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ALFREDO PRIETO VALIENTE | Abogado y exdiputado nacional

"Torcuato era clarividente, pero en sus clases nadie entendía una palabra"

"A mi padre lo detuvieron al inicio de la guerra, un gerifalte republicano nos facilitó la fuga y se libró porque logró en Bilbao el pasaporte cubano e hicimos creer que la familia se marchaba para América"

Alfredo Prieto Valiente, en su despacho en Oviedo.

Alfredo Prieto Valiente, en su despacho en Oviedo. LUISMA MURIAS

Alfredo Prieto Valiente (Oviedo, 1934) se recuerda un día, quizá de 1978, en el palacio de la Moncloa, en Madrid. "Había ido a resolver unos asuntos a uno de los edificios anexos a la residencia del presidente Suárez. Y cuando acabé me fui al hall de entrada y por otro tramo de escaleras bajaba Santiago Carrillo. No nos conocíamos, aunque él era un político muy conocido y por supuesto que le reconocí".

Ambos pidieron al ujier un taxi, y el hombre tomó una iniciativa un tanto arriesgada. "Nos preguntó si íbamos ambos al Congreso de los Diputados, le contestamos que sí y entonces nos dijo: 'Pues entonces, para qué llamar dos taxis si pueden compartir uno'. No teníamos ningún inconveniente. Cuando nos metimos en el vehículo yo me presenté, le dije que era diputado por UCD y que era asturiano. Y, claro, Asturias se convirtió en nuestro principal tema de conversación. Pero en un momento dado, Santiago Carrillo comenzó a hablar de Adolfo Suárez en unos términos que iban incluso mucho más allá del elogio. Aquello se convirtió en un monólogo. Y yo le escuchaba y pensaba: Dios mío, es asombroso cómo le comió el coco a este hombre".

En el Congreso de los Diputados se debatían los artículos de la Constitución que se iba a aprobar por abrumadora mayoría en diciembre de 1978. Alfredo Prieto Valiente fue uno de los diez diputados por Asturias que conformaron aquella histórica Cámara baja que aprobó el texto constitucional y que se disolvió tras ello. "La mayoría de los diputados entendimos que habíamos cumplido con nuestro deber a la patria. Yo nunca fui un animal político, mi carrera profesional iba por otro lado". Y aun así, todavía le quedaban otros dos años como integrante del consejo de la preautonomía asturiana.

Prieto Valiente, abogado y presidente de la Unión Financiera Asturiana, vino al mundo casi con la Revolución de Octubre de 1934. "A mí me pilló, como quien dice, en el Sanatorio Miñor con el chupete puesto. Nací en Asturias un poco por casualidad, porque coincidió en verano y mis padres pasaban las vacaciones aquí. La familia vivía en Madrid, yo creo que de las rentas de la familia paterna, pero la Guerra Civil lo iba a cambiar todo. Mi abuelo paterno fue emigrante a Cuba. Se fue a finales del XIX a La Habana desde Caravia. La familia tenía un pequeño negocio tabaquero en la isla y él lo convirtió en algo muy grande. Se dedicaba a comprar la rama de tabaco, tenía secaderos y vendía el producto a las fábricas. Formó una familia y en un momento dado dijo que había que volverse para Asturias, levantó una casa en Caravia, plantó sus palmeras alrededor y dejó el dinero muy bien invertido en valores norteamericanos radicados en Cuba. Lo malo es que el pobre se murió muy pronto, a los cuatro años de su regreso. Mi abuela vivió como una gran señora en Madrid y tuvo la gran 'suerte' de morirse en 1957, muy poco antes de la revolución castrista, con las nacionalizaciones que hicieron volatilizarse las inversiones del abuelo".

Por parte materna, el abuelo de Prieto Valiente ejerció de notario en Madrid. Un cerebro, que superó las oposiciones a notarías siendo muy joven. La familia residía en un chalé en el Paseo de La Castellana, que la guerra acabó destruyendo.

Los orígenes cubanos del padre de Alfredo Prieto Valiente fueron fundamentales para librarse en una contienda que comenzó para aquella familia numerosa con tintes inquietantes. "Estalla la guerra y mi padre y mi madre, que ya tenían cinco hijos, deciden dejar Madrid y venirse a Asturias. En Villaviciosa detienen a mi padre y nos quedamos todos allí, en la Villa, esperando acontecimientos. Venían con nosotros la abuela y unos tíos. Resulta que un gerifalte republicano que conocía a mis padres nos encuentra por la calle y nos pregunta qué hacíamos. Y nos facilita una fuga a medianoche, en un pequeño autocar y ya con mi padre libre. Nos fuimos a Santander, donde pasamos unos cuantos días escondidos en casas. Mi padre, que había nacido en Cuba, quería llegar a una ciudad donde hubiera Consulado cubano, y el más cercano era Bilbao".

Ramón Prieto, Carola Valiente y sus cinco pequeños estaban a punto de vivir una aventura marítima un tanto delirante. "Cuba reconoció a mi padre la ciudadanía, y también a mi madre en calidad de cónyuge y a los hijos del matrimonio. Así que yo fui cubano tres años. Con el nuevo pasaporte simularon que se marchaban para América, compraron los pasajes y se embarcaron en un transatlántico. Era todo un amaño de la Cruz Roja. Ya en aguas internacionales se hacía un transbordo a otro barco que nos llevó hasta San Juan de Luz, en territorio francés. Allí estuvimos hasta que las tropas nacionales entraron en San Sebastián. Y de allí a Burgos, donde se murió una de mis hermanas, muy pequeñina".

Retorno a Asturias en 1937, "a un Oviedo muy derruido donde no pudimos encontrar una casa capaz de albergar a una familia tan numerosa. Mis padres encuentran acomodo en Noreña. En 1942 nos mudamos a uno de los chalés en la subida al Seminario Metropolitano, que era de una hermana del médico Pedro Quirós. Y ya en 1944, al piso definitivo. En el Termómetro, en la calle Fruela. Eran unos 250 metros cuadrados, pero éramos tantos que no sobraba espacio. Mi madre no daba abasto. Mi abuela provenía de Benia, pero su casa fue quemada durante la guerra, y vivió un tiempo en Cangas de Onís, en un caserón que está justo enfrente del puente medieval, a la entrada de la localidad. Mamá nos mandaba para allá por paquetes, de dos en dos o de tres en tres, para aligerar peso en la casa de Oviedo".

La detención del padre de Alfredo Prieto Valiente al inicio de la Guerra Civil tenía unos antecedentes que explican algunas cosas. "Conocía a Gil Robles y a Ángel Herrera Oria, que con el paso de los años llegó a cardenal. De hecho, los dos fueron testigos de su boda. Cuando se declaró la República en 1931 se afilió a Acción Popular, que con el tiempo dio lugar a la CEDA, que era un poco la UCD de entonces".

Descartada ya la posibilidad de retornar a Madrid, Ramón Prieto encontró trabajo como juez del Tribunal Tutelar de Menores de Asturias. "Tuve nueve hermanos y mi padre nos llevaba con él a los dos centros de menores que había en la región, que de aquélla se conocían con una palabra tan fea como reformatorios. Nos decía: 'Esto es para que veáis que existen otras realidades, otros problemas'".

"Estudié el Bachillerato, siete años, mitad en Asturias y mitad en Madrid. Los tres primeros años en los Maristas, en Oviedo. En Madrid tenía unos tíos y primos. Yo era un crío de salud delicada y mi madre no quiso que me fuera al colegio de los Jesuitas de Gijón en régimen de internado. El centro de los Jesuitas madrileño estaba en lo que hoy es el ICADE, un colegio de segunda enseñanza que tenía mil y pico alumnos. Había lista de espera y yo, encima, entraba a mitad de etapa. Mi tío José María fue secretario de Gil Robles y durante la guerra tuvo la agilidad suficiente de meterse en una Embajada de un país nórdico, donde se pasó los tres años de guerra y quizá con eso salvó la vida. Y mi padre también tenía cierto predicamento en la Compañía de Jesús. Total, que me admitieron. Las pasé canutas porque el primer día me llaman al despacho de uno de los directores que muy serio me dice: 'Te hemos admitido a prueba, entraste con calzador, pero si no das la talla no vuelves en el segundo trimestre'. Y yo me quedé desolado".

- ¿Cómo le fue?

-Estudié como un desgraciado, pero aquella gente no me ponía más que aprobados. Antes de las vacaciones de Navidad fui al despacho del director y pregunté si podía regresar en enero. Me dijo que sí, pero ni siquiera en ese momento tuve la suerte de escuchar un elogio.

El examen de Estado lo superó Alfredo Prieto Valiente en Madrid, organizado por la Universidad Central. "Era una prueba dura. Primero, un examen escrito con problemas de Matemáticas, una traducción de Latín y una redacción sobre el tema que tocara. Si aprobabas, pasabas a la prueba oral, e ibas pasando de catedrático en catedrático contestando a las preguntas un día entero. A las ocho de la tarde salí del último interrogatorio tan exhausto que recuerdo que me senté en una acera en la Gran Vía y me pasé allí no sé cuánto tiempo, recuperándome".

Entre las asignaturas que metían un poco de miedo estaba la Religión. "Unos días antes del examen los Jesuitas nos alertaron. Se habían enterado de quién iba a ser el profesor encargado de las preguntas de Religión. Nos dijeron: 'Cuidado con él, que es agnóstico y a ver qué vais a decir. Lo mejor es no hablar de Dios'".

Con el aprobado en la mano, Alfredo Prieto Valiente se matriculó en la Universidad de Oviedo. "Tenía muy claro que quería estudiar Derecho. Supongo que influiría el hecho de tener un abuelo notario y un padre juez de menores, pero yo lo que quería era ser abogado. En 1951 la Universidad padecía aún las secuelas de la guerra, y no sólo físicas. Muchas asignaturas carecían de catedrático y estaban gestionadas por profesores auxiliares. Había un nivel muy dispar, pero tuve profesores de enorme talla. Uno era Torcuato Fernández-Miranda. Tato era clarividente, pero, seamos claros, muy mal pedagogo, con unas explicaciones muy enrevesadas y un libro de texto, escrito por él, que no había quien lo entendiera. Explicaba los principios generales del Movimiento, y estaba de acuerdo con algunos y en desacuerdo con otros, así que a veces derivaba filosofando sobre temas políticos. Un día, en el claustro del edificio histórico, los alumnos nos pusimos de acuerdo en formar una comisión para explicarle a Torcuato que no entendíamos una palabra de sus clases. Nos eligieron a tres, que nos armamos de valor y le expusimos la situación. Y Torcuato diciéndonos que no, que todo era muy sencillo, que la materia de Derecho Político no tenía dificultad alguna. Al final zanjó la conversación con una frase memorable: 'En la vida tendrán ustedes que estudiar muchas cosas que no entienden para poder comenzar a entender alguna'".

José Aparici impartía Derecho Romano. Silva Melero, que llegó a presidente del Tribunal Supremo, también estaba en la nómina de docentes de la Universidad, institución de la que llegó a ser rector. "Y Sabino Álvarez Gendín, otro rector con el que Asturias yo creo que no se portó del todo bien. Cuentan que en plena posguerra el Estado quiso cerrar algunas universidades por falta de capacidad económica, y que en esa lista estaba la Universidad de Oviedo. Gendín y otros profesores plantaron cara, y quizá aquí intervino Carmen Polo, y la Universidad se mantuvo. No me imagino Oviedo sin su Universidad".

Otro profesor para el recuerdo fue Manuel Albadalejo, "el catedrático de Derecho Civil que me inoculó la afición por la especialidad. Fui su alumno preferido, nos hicimos amigos pero el problema fue que se marchó pronto, en 1956, a Sevilla, Madrid y Cataluña. Acabó de rector en la Universidad de Barcelona en una época de líos estudiantiles. Una vez casi le tiran por la ventana del despacho. Si Albadalejo hubiera seguido en Oviedo probablemente yo habría seguido su rumbo profesional y me habría dedicado a la docencia, para la que tenía vocación. Pero claro, no podía andar detrás de él por toda España".

- ¿Algún suspenso en la carrera?

-Ninguno, pero con un incidente reseñable. Teníamos de profesor de Derecho Procesal a José Serrano, que era todo un personaje, un auténtico pedazo de pan. Tenía por costumbre llegar a los exámenes y plantear dos temas para que cada alumno eligiera uno. Y en un examen de junio un grupo amplio de estudiantes nos pusimos de acuerdo para incluir uno de los temas por nuestra cuenta, que muchos ya llevaban escrito de sus casas. Serrano era muy bueno, pero nada tonto, pilló el engaño y tuvo el detalle de ponernos a todos un "no presentado". Y para septiembre. Cuando se enfadaba, nos amenazaba a su modo: "Voy a hacer con ustedes la misma masacre que hice hace seis años cuando suspendí a tres".

En 1956 Prieto Valiente se licenció en Derecho, "en una época en la que era muy difícil abrirse paso. A falta de escuelas de práctica jurídica el aprendizaje era la pasantía, con un abogado como maestro. Entré en el bufete de José Orche, un hombre con una capacidad de síntesis tremenda, que estaba soltero y tenía todo el tiempo del mundo para su profesión. Trabajé con él cuatro años, hasta que llegó el momento en el que ambos nos dimos cuenta de que había llegado el tiempo de volar solo. Me matriculé como abogado en 1960, tenía 26 años, estaba soltero y sin compromiso y vivía aún en casa de mis padres. En el piso de la calle Fruela me pusieron un despacho, don José Orche me mandaba alguna cosilla y estaba el turno de oficio, pero lo Penal nunca me gustó".

De la Universidad Alfredo Prieto Valiente había sacado conocimientos académicos y cierta "preocupación por lo político". Hay que retratar el marco social de la época, la década de los cincuenta, "La Universidad era un páramo en materia de sensibilidad política, había un grupito de estudiantes que pertenecían al SEU, un sindicato que sirvió de vivero y trampolín para cargos políticos del Movimiento. De ahí salieron personajes tan importantes en la Transición como Rodolfo Martín Villa y Fernando Suárez. Y frente a ellos, otros grupito anti-SEU en el que estaba yo. Acabé afiliándome a una cosa muy rara, la Asociación Estudiantil Tradicionalista, que eran unas siglas que enlazaban con los carlistas, pero era lo que había. Desconecté pronto y enseguida me apunté a Izquierda Democrática, que era como se llamaba la democracia cristiana en España. Al frente, Ruiz Giménez, y en Asturias, Luis Vega Escandón, que conocía a mi padre. Éramos una oposición civilizada, pero al fin y al cabo ilegal. La Policía nos tenía superfichados. En un momento dado, el régimen decidió que había que infiltrar a policías en las universidades. En Madrid y Barcelona aquella estrategia dio resultado, pero en Oviedo, donde nos conocíamos todos, al segundo día dimos con el policía secreta que nos habían puesto. Un tipo sensato que acabó terminando la carrera. Octavio y yo nos hicimos muy amigos, tiene más de noventa años y anda todavía por ahí. Enseguida se dio cuenta de que no había nada que investigar. Es una gran persona".

Segunda entrega mañana, lunes:

Las elecciones de 1977 y un Parlamento para la historia de España

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