Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Una casa para el invierno

Disponer de un refugio para hibernar, para huir de los periodos más crudos de la estación o para descansar a resguardo de las inclemencias atmosféricas es una necesidad para numerosas especies de fauna

Luis Mario Arce

Luis Mario Arce

Tener una casa, un refugio, es una necesidad imperiosa para todos los animales que no emigran pero que tampoco se mantienen activos en invierno, o no todo el tiempo, al menos. Cuevas, oquedades de árboles y edificaciones ofrecen alojamientos aislados de las inclemencias atmosféricas, aunque las opciones de ocultarse entre piedras, aprovechar el abrigo de la vegetación o enterrarse en el suelo también son populares, y un tercer grupo de especies opta por elaborar su propio hogar, un nido. Muchas de esas casas de invierno son cápsulas, habitáculos para recluirse e hibernar; otras actúan como habitaciones para dormir o, si acaso, para recluirse durante unos días, cuando en el exterior las cosas se ponen demasiado duras.

Los lirones gris y careto son un ejemplo clásico de la hibernación y también de las residencias de invierno porque, si bien construyen un nido, su ubicación, su soporte, es de lo más diverso: oquedades de árboles, montones de piedras y huecos de construcciones humanas o bien los enseres que contienen: armarios y otros muebles; incluso en el interior cálido y acolchado de una almohada. Y ahí pasan, profundamente dormidos (tanto que se los puede coger y manipular sin miedo a que despierten), hasta más de medio año.

Una casa para el invierno

Una casa para el invierno

Otro caso de libro es el del oso pardo, que se guarece en cuevas naturales o excava él mismo cubiles en la tierra (una quinta parte de las oseras estudiadas en la cordillera Cantábrica corresponde a la segunda opción), donde se aletarga, guardando ayuno (aunque provisto de una abundante reserva de grasa), ralentizando sus constantes vitales y suspendiendo funciones como las de orinar y defecar. No obstante, muchos osos no se encuevan, en especial los grupos familiares de hembras con crías, a los que les resulta más rentable energéticamente mantenerse activos. Tanto los refugios naturales como los excavados son angostos, del tamaño justo para el corpachón del oso. Frente a estos "apartamentos a la japonesa", los murciélagos se alojan en cuevas grandes (también minas y túneles), donde existen unas condiciones microclimáticas estables y propicias para el apareamiento. Así lo hace, por ejemplo, el murciélago grande de herradura, una de las especies más abundantes.

Las madrigueras subterráneas también ofrecen, a otra escala, ambientes estables. Su uso, de nuevo, se reparte entre hibernantes, como el sapo común, y ocupantes activos, como el tejón o melandru, que, no obstante, permanece en ellas sin salir durante días en los períodos más crudos del invierno. Las tejoneras, por otro lado, pueden ser de uso permanente u ocasional, únicas o múltiples, y pueden estar habitadas por familias o por clanes, según la densidad local de población y de alimento. Son auténticas ciudades subterráneas: un entramado de galerías, cámaras y aberturas, acompañado en el exterior por una red, más o menos simétrica, de senderos. Pese a todo, no resultan fáciles de descubrir, pues los tejones sitúan los accesos con discreción. A su vez, el sapo común pasa el invierno bajo tierra, bien en galerías excavadas por roedores, bien en huecos bajo las raíces de los árboles o en oquedades artificiales asimilables, como las arquetas de las llaves de paso.

Una casa para el invierno

Una casa para el invierno

También buscan acomodo bajo tierra las lagartijas. La lagartija de turbera posee un período de hibernación prolongado, sobre todo en las zonas de montaña (alcanza, al menos, los 2.400 metros de altitud), donde puede extenderse desde septiembre hasta mayo. Se entierra en el suelo, a profundidades de entre dos y cuatro centímetros, y soporta temperaturas bajo cero gracias a una adaptación fisiológica: la acumulación de glucosa, la cual, aparte de mantener su metabolismo, actúa como un anticongelante.

Al erizo común le basta con un montón de piedras o de leña, o simplemente con la maraña de la vegetación densa de la base de las sebes y de los arbustos. Tampoco desdeña el cobijo que proporcionan un garaje o un sótano, aunque en este tipo de lugares se arriesgue a no poder salir luego o a sufrir algún percance con sus habitantes legítimos.

Una casa para el invierno

Una casa para el invierno

Y no faltan los refugios aéreos, suspendidos de los árboles. Ahí sitúa su residencia la ardilla roja, que no hiberna, pero se atrinchera en los días de peor tiempo. Le gusta construir los nidos en las ramas altas, cerca del tronco (pero no pegados) y con orientación Sur. Son masas ovoidales o esféricas, bien visibles (los nidos de parto los camuflan más), que constan de dos capas: una externa, compuesta de ramitas toscamente entrelazadas, y otra interna, elaborada con hojas y con otros materiales vegetales no leñosos, que conforma una cámara en cuyo interior prepara una cama (mejor hecha y más delicada en los nidos de parto que en los de reposo).

Una casa para el invierno

Una casa para el invierno

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents