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Ricardo Mojardín: “Madrid en los años ochenta era un torbellino de ideas para un artista”

“No sabría decir cuándo empecé a pintar, mi abuelo me contaba que aplanaba la tierra y dibujaba con un palín porque en El Rebollal no tendría ni bolígrafo ni lápices ni nada”

Ricardo Mojardín, en el taller de su casa, en Loriana.  |   IRMA COLLÍN

Ricardo Mojardín, en el taller de su casa, en Loriana. | IRMA COLLÍN

Con esfuerzo y determinación Ricardo Mojardín (El Rebollal, Boal, 1956) dio un vuelco a su vida, que durante años fue la de un obrero altamente cualificado de Ensidesa. Lo hizo muy a disgusto de su padre, que había salido de la aldea a ganarse el jornal en la industria y

Grietas en la madera. Nací tal día como el 25 de octubre del 56, el día que Picasso cumplía 75 años, en una aldea mínima, mínima, como es El Rebollal, en el concejo de Boal, de donde es la familia de mi madre, Benedicta Mojardín. Mi padre, Óscar González, era de Sampol, que queda a unos pocos kilómetros y donde vivimos algunos meses. En El Rebollal había dos caserías, la de mi abuelo y la del vecino. Allí vivió mi abuelo hasta que murió con 96 años. Yo fui la última persona que nació en ese pueblo, en una habitación con los suelos de madera, con unas grietas por donde se veía el ganado en la cuadra. Seguramente los primeros sonidos que oí, aparte de la voz de mi madre, serían los mugidos de las vacas.

Adiós a la aldea. Mi padre había ido a Avilés, a trabajar en las empresas auxiliares de Ensidesa, y, cuando estaba más o menos establecido, fuimos mi madre y yo. La primera residencia que tuvimos fue en Molleda, en Corvera. En poco tiempo cambiamos para Llaranes. Un tío mío estaba de coadjutor en la parroquia, vivía solo y tenía disponible un piso bastante grande en la rectoral de Llaranes, y con él estuvimos tres años. Allí empecé a la escuela, en un edificio de construcción redonda, que llamaban “los tubos”, cerca del antiguo campo de fútbol. Las había iguales en La Magdalena. Allí hice mi primera comunión y después fuimos a Villalegre. De aquella mi padre ya había entrado en Ensidesa, tenía un empleo fijo, de obrero raso, el último escalafón que había, pero por lo menos un empleo estable. En Villalegre mis padres alquilaron un bar, mi madre trabajaba en él y mi padre ayudaba cuando salía de la fábrica. Daban comidas a la gente que trabajaba por la zona. Trabajaban como negros, sobre todo mi madre, que tenía que cuidar de mí y de mi hermana. Tengo dos hermanas menores, Ángela y Begoña. Al poco tiempo compraron un piso en otra zona de Villalegre y empezaron a tener gente durmiendo, familiares que venían a trabajar a Avilés o amigos del pueblo. Cuando nació mi segunda hermana dejaron el bar, porque era demasiada carga para mi madre. Al poco tiempo cambiamos para Las Vegas, en Corvera, y allí estuvimos bastantes años.

La pesadilla de San José. Cuando empecé el Bachiller, mis padres, haciendo un esfuerzo económico y pensando que iba a ser mejor para mi educación, me matricularon en Avilés, en un sitio que se llamaba Academia San José, del que tengo unos recuerdos horribles. Aquello era una especie de campo de tortura donde había profesores que eran auténticos psicópatas. Te daban unas palizas tremendas. Un día, por mirar al compañero de al lado, el profesor empezó a darme en la cabeza con un palo a diestro y siniestro hasta que ya no notaba el dolor y empecé a sentir un zumbido. Sentía tanto terror que nunca se me ocurrió decir nada en casa, por si mis padres iban a preguntar por qué nos pegaban y me acababan matando. Bastantes años después, cuando pasaba por el portal donde estaba la academia se me erizaban los pelos. Por suerte, cuando empecé segundo de Bachiller mis padres me cambiaron al Instituto de La Luz. Cuando un compañero me dijo que allí los profesores no pegaban me pareció una cosa sorprendente, el paraíso.

En el exterior de los talleres de las antiguas escuelas de Raíces, en Castrillón

El aprendiz. La aspiración de los hijos de productores de Ensidesa era entrar en Ensidesa. La vía era la Escuela de Aprendices, donde te daban una formación durante tres años, y si aprobabas tenías acceso a un empleo fijo. En cuanto tuve la edad mínima para poder presentarme al examen de acceso lo hice, con 13 años, saqué el número uno y pude elegir especialidad. Todo el mundo quería Electrónica, que era la más fina, la más elitista y la que menos plazas tenía. Yo escogí Electrónica, lógicamente. Estuve tres años estudiando allí mientras hacía simultáneamente, en el nocturno del instituto de Avilés, el Bachillerato superior y COU. Cuando acabé la escuela de aprendices ingresé en Ensidesa, como técnico electrónico, el primer año como aprendiz y luego oficial de tercera, de primera… Llegué a maestro industrial.

El chavalín de Ensidesa. Entré a Ensidesa con 16 años, era un crío total, ni había crecido siquiera, y me paraban en la guardería jurada de la entrada: “¿Adónde vas, chavalín?”, “A trabajar”, “¿A trabajar dónde?”, “Aquí, en Ensidesa”. Luego, cuando ya me conocían, les decía de cachondeo: “Voy a llevar el bocadillo a mi padre”. Casi siempre iba en bicicleta. Estaba en laminación este, en las líneas donde se hacían la hojalata y la chapa galvanizada. Durante un año o dos yo fui el empleado más joven de Ensidesa. Tuve la suerte de contar con unos compañeros con los que me entendía muy bien, gente con inquietudes culturales. Les gustaba la lectura, en los pocos ratos libres que teníamos se leía “Cuadernos para el diálogo”, “Triunfo”, “El viejo topo”, incluso, “Ajoblanco”, cosas impensables en otros sitios donde lo normal era el “Interviú”, el “As” o el “Marca”.

Un palín para dibujar. Desde los 10 u 11 años había empezado a pintar asiduamente. Casi no sé decir cómo empecé. Los veranos y las vacaciones de Navidad las pasaba casi íntegramente en mi pueblo, donde no había más críos que yo, ayudando en los trabajos del campo. Si podías manejar una herramienta te la ponían en la mano y a trabajar como uno más, fuera para sallar las tierras, para cuidar el ganado, ir con las ovejas o las vacas al monte o llevarlas al agua. Mi abuelo me contaba que cuando íbamos a alguna feria a pueblos más lejanos, por las sierras, y había que caminar por el monte kilómetros y kilómetros, hacíamos alguna parada para descansar y yo me sentaba en el suelo, aplanaba un poquitín de tierra, cogía un palín y me ponía a dibujar. Allí en el pueblo no tendría ni bolígrafo ni lápices ni nada. Me apañaba con aquello. Con 10 u 11 años ya me había regalado una tía una caja de acuarelas. Cuando empecé a pintar al óleo, a los 12 , de repente las vecinas empezaron a encargarme cuadros. Me vi pintando encargos para todo el vecindario: una cacería, un paisaje, un bodegón, y mi madre haciendo de marchante. Me pedían el mismo cuadro y tenía que repetirlo cuatro o cinco veces, y llegó un momento en que estaba hastiado. Aquello no era lo que yo quería, no tenía a nadie que me enfocara por otros caminos, ni veía museos ni exposiciones ni nada.

Ricardo Mojardín en el centro, con su hermana Ángeles y tres primos

La Casa de Cultura de Avilés. Dejé de pintar, hasta que tuve 18 años y me encontré con la Casa de Cultura de Avilés. Allí se me abrió todo un mundo. Venía arte contemporáneo de lo mejorcito que había en España. Ramón Rodríguez organizaba las exposiciones y ciclos de conferencias. Entré en contacto con otros artistas, con Busto, que estaba al cargo, con Vicente Pastor, Ignacio Bernardo, Paco Fernández, todos asiduos de la Casa de Cultura.

Bicicletas, pasteles y amor. Beatriz Reigada López fue mi primera y única novia y mi mujer actual, con la que llevo cuarenta y pico años de feliz matrimonio. Beatriz es de Taramundi. Nos conocimos en Avilés comiendo pasteles. Yo hacía ciclismo de carretera y competición y había entrado en el equipo de Ensidesa. A mí la bicicleta me pareció siempre el medio perfecto de locomoción: te da el tiempo ideal para ver las cosas. Un coche a mí me parece que va demasiado rápido; andando me parece un poco lento. Siempre practiqué ciclismo y sigo practicándolo. Intento hacer una salida a la semana, por lo menos. A los 18 años yo competía y los domingos por la tarde, después de la carrera de por la mañana, junto con dos o tres compañeros de equipo iba a reponer calorías a la confitería Llana, en El Parche, en Avilés. Allí fue donde conocí a Beatriz, que compartía la mesa de al lado con unas amigas. Empezamos a tirarnos los tejos de un grupo a otro, coincidimos un domingo y otro domingo y ahí empezó una relación más personal.

"A mi la bicicleta me pareció siempre el medio perfecto de locomoción: te da el tiempo ideal para ver las cosas"

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La mili. Con 20 años llegó el momento de marchar a la mili, por narices. Con novia, con trabajo, marché dos meses a Almería, donde hice el campamento, y luego un año entero en Melilla, donde hice la parte del cuartel. Era un ambiente duro para alguien que siempre gustó de la libertad. Se hacían las cosas por galones. Pasé como buenamente pude ese año. Guardo algún buen recuerdo de amigos, de algún momento, pero la mayoría son tristes, como el primer día que estuve de cabo de guardia y vinieron a traerme una bolsa con ropa de un compañero de otro escuadrón que se había suicidado en un hotel en Melilla.

En Ensidesa.

A la Escuela. Volví a casa de mis padres, una casa que habían terminado en el embalse de Trasona, y un año después me casé con Beatriz, yo con 22 años y ella con 18. Nos fuimos a vivir al piso donde había vivido antes con mis padres y allí estuvimos durante siete u ocho años, en Las Vegas. Una vida tranquila: el trabajo, mi actividad artística... Mi primera exposición individual fue con 25 años, más o menos, creo que en la Casa de Cultura de Candás, o en la de Corvera. Casi todos los meses cogía por la noche el tren para Madrid, dormía tumbado en los asientos como buenamente podía y llegaba a Madrid por la mañana. Durante todo el día me pateaba galerías y museos hasta llegar por la tarde extenuado y volver en el tren por la noche. Así estuve tres o cuatro años, con ese régimen de ver cientos y cientos de exposiciones y nutrirme de todo lo que se hacía de arte contemporáneo en España, de todo lo que llegaba en los años ochenta a las galerías de vanguardia de Madrid. Madrid en los ochenta era un torbellino de ideas. Volvía físicamente agotado, pero con las pilas cargadas. Pero me apetecía entrar en contacto con la gente que se estaba moviendo en Asturias en el arte contemporáneo y descubrí de rebote que había una Escuela de Artes aplicadas y Oficios artísticos en Oviedo y me dije: “Pues voy a matricularme, ahí estaré en contacto con más gente del gremio”.

Con su mujer, Beatriz Reigada, en Vila Nova de Milfontes, en Portugal.

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