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El impacto psicológico de la pandemia en los asturianos: la segunda ola nos trae de cabeza

La aceleración de la pandemia y la dificultad para ponerle freno han sumido a la sociedad en un clima de indefensión y abatimiento | tras tantos meses en alerta los cuadros de ansiedad son cada vez más comunes

Ola

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Martin Seligman construyó en los años sesenta del siglo XX toda una teoría sobre el comportamiento de los animales y las personas cuando, durante un largo periodo de tiempo, experimentan que, hagan lo que hagan, nada pueden contra las circunstancias.Una sensación continuada de falta de control los sumerge en

El psicólogo Daniel López explica algunas actitudes y comportamientos extendidos durante esta segunda oleada del virus aplicando el modelo de Seligman. “La gente ve que no importa lo que haga, que no consigue ningún resultado y como no tiene control de la situación opta por no hacer nada”, explica. Eso explica la lasitud y el escepticismo respecto al cumplimiento de las normas en ciertos contextos, y también la tristeza y el ánimo decaído generales. “Hay un agotamiento físico, colectivo y emocional que nos induce a cometer errores”, indica Daniel López.

“La diferencia entre estas dos olas del coronavirus es que en la primera lo que había era miedo, era algo nuevo y la sociedad se quedó paralizada, se aunaban esfuerzos para combatir al enemigo porque pensábamos que podíamos acabar con él; pero ahora estamos en alerta desde hace demasiado tiempo y eso provoca agotamiento, hay una frustración continua y se percibe la falta de alegría en la calle, no hay ganas de bromear ni de estar con la gente”, reflexiona Daniel López. “Esa mascarilla física que estamos obligados a llevar desde hace tanto tiempo es también una mascarilla psicológica, de frustración y hartazgo”, afirma.

“Estamos en un punto crítico, el nivel de tolerancia no puede mantenerse indefinidamente. Vemos ira y manifestaciones en las calles, ahora sale la noticia de la vacuna de Pfizer y las bolsas se disparan; hay una situación tan contenida emocionalmente que, cuando esa contención se relaja, hay una explosión emocional”, explica el psicólogo asturiano. La gente está cansada, continúa, “muchos no se han recuperado del daño emocional de la primera ola, mucha gente mayor, gente que vive sola, sanitarios, enseñantes, y hay mucha saturación informativa”. No ha pasado la segunda ola y ya se está hablando de la tercera, hay miedo a contagiarse y miedo a contagiar, la disputa política sube la tensión. Apenas hay respiro, resume, después de confirmar que en su consulta atiende cada vez más pacientes con problemas de ansiedad.

Sara Conde Fernández, 26 años, enfermera en la uvi móvil, está doblando turno durante estos días en las Urgencias del hospital Valle del Nalón. A la pregunta sobre cómo se encuentra de ánimo responde hablando de cansancio, agotamiento, frustración y desamparo al intuir que se avecinan “cosas peores”. Reconoce que ha llorado mucho en estos meses y que su pareja, Daniel, ha sido su mayor desahogo. Libera tensión haciendo deporte y, como muchos de sus compañeros, recurre regularmente a la terapia psicológica para sobrellevar toda la carga emocional que soporta.

A día de hoy, la joven brega con un cuadro de ansiedad que ha tenido que aprender a compatibilizar con su desempeño profesional y su vida personal. “Me cuesta mucho desconectar de las situaciones que vivo en el trabajo, tardo en dormirme, me despierto de continuo; intento recurrir a remedios naturales, pero a veces no queda más remedio que tomar algo para descansar”, relata. Su estado es producto de la sobrecarga laboral, del miedo que tiene al contagio y a contagiar, y también al escaso eco que tienen los ruegos de los profesionales de la sanidad. “Pedimos mejor organización, más recursos, porque por mucho que te esfuerces llega un momento en el que no das más de ti”, cuenta.

Sara Conde está describiendo un sentimiento de indefensión. “En Asturias no sabíamos que era la primera ola, nos pasó desapercibida. Se veía venir que esto iba a ir a peor en la segunda. Entendemos que hay que sobrevivir, pero la frustración de que en los hospitales y los centros de salud estuviéramos peleando y la gente siguiera a lo suyo, los cargos políticos e incluso nuestros familiares y amigos…”, plantea. Se acabaron los aplausos y los homenajes de los primeros meses y los profesionales de la salud, que seguían siendo los más expuestos física y emocionalmente, se quedaron más solos que nunca. Sara Conde tiene asumida que la situación es “muy preocupante” y de momento no acierta a ver la salida por ninguna parte.

El impacto de ese sentimiento hace que se resienta la salud emocional individual y la del cuerpo social. Jacobo Blanco, decano del colegio de Sociólogos y Politólogos de Asturias, refiere que “la conducta humana depende de la percepción de las cosas, que a su vez depende a su vez de nuestra forma de ser y de la información que recibimos”. “Llevamos prácticamente un año de pandemia y las informaciones que hemos ido recibiendo han tendido a equivocarse: primero decían que no iba a haber epidemia en España, luego que habíamos vencido el virus…”, expone.

“En la primera ola hubo una reacción de miedo, nos encerramos en casa antes incluso de que lo dijera el Gobierno. Había cierta excitación, aquello de salir a las ventanas a aplaudir, era como una especie de primavera comunitaria, los días crecían y el ánimo tiende a mejorar con más luz”, rememora el sociólogo asturiano, y así llegó el 24 de junio, del que se dice que es el día más feliz del año, listos para afrontar, recuerda Blanco, “un verano de casi normalidad”. Hasta que la ilusión se vino estruendosamente abajo. “Ahora creemos que el esfuerzo que habíamos hecho sirvió para poco, y nos venimos abajo; quizás haga falta dar más explicaciones sobre para que sirvió todo aquello y lo importante que fue ralentizar la velocidad de expansión del virus”, opina.

¿La consecuencia, según Jacobo Blanco? La sociedad reacciona con decepción y deslegitimando todo lo institucional, como refleja la última encuesta difundida por el CIS, el Centro de Investigaciones Sociológicas. “Los gobiernos autonómicos están descoordinados, nos faltan criterios comunes y las medidas no son del todo efectivas. La percepción que impera es que los políticos nos piden esfuerzos, y que no sirven para nada”, expone Blanco, y llegados a este punto, se expande la “desesperanza”. “Hay que cambiar nuestro modo de vida y nuestra cotidianidad, y hacerlo de manera tan súbita supone un estrés adicional”. La desinformación y las informaciones cruzadas, sean ciertas o “fake news”, también son una fuente de fatiga.

"Soy enfermera, me cuesta mucho desconectar de las situaciones que vivo en el trabajo, tardo en dormirme, me despierto de continuo...", relata Sara Conde

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La psicóloga Angélica Rodríguez, especializada en emergencias y miembro del comité de expertos que asesora al Gobierno del Principado sobre la covid-19, habla de ese agotamiento general. “Está haciendo mella en la población, provocando una sensación de hartazgo que se manifiesta en conductas irritables, sentimientos de angustia y desesperanza. La incertidumbre mantenida en grado alto y sostenida en el tiempo es la responsable de esta fatiga emocional”, indica, y tiene consecuencias importantes, “nos lleva a sentirnos mal, e, incluso, a emitir conductas disruptivas y desafiantes, como el incumplimiento de las medidas de seguridad necesarias para combatir la pandemia”. “La segunda ola de coronavirus está siendo más difícil de soportar, psicológicamente hablando, que la primera”, reconoce.

“Han aumentado los problemas de insomnio, ansiedad y depresión. También el trastorno de estrés post traumático en los sanitarios y en los enfermos de covid que han sufrido la enfermedad en su modo más grave”, refiere, y cree que “en los próximos meses, probablemente, irá en aumento”. “Las alteraciones emocionales suelen llevar asociadas alteraciones físicas, principalmente por la ausencia de auto cuidado personal derivado del hartazgo pandémico que sufre la población”, añade.

"Ahora creemos que el esfuerzo que habíamos hecho sirvió para poco, y nos venimos abajo; quizás hace falta dar más explicaciones", señala Jacobo Blanco

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Jacobo Blanco detecta un sentimiento general de “aturdimiento”. “La vida humana consiste en hacer proyectos y ahora cualquier proyecto de futuro está en entredicho, a un año, al menos, no podemos hacer planes”, reflexiona. “Hay grupos muy minoritarios de negacionistas y, entre ellos, unos pocos pueden llegar a ser violentos”, señala. Tampoco la pandemia ha ayudado a mantener la moral de los sectores económicos más golpeados en la crisis del 2008, que aún no se habían recuperado y que vuelven a ser los peor parados.

“La pandemia ha actuado como catalizador de tendencias que ya venían de antes, ha bajado la confianza en el sistema de salud, que quizás estaba sobrevalorado, habrá implicaciones para el estado del bienestar y una transformación de la economía”, avisa, y todo eso, de forma tan repentina, requerirá grandes esfuerzos adaptativos.

¿Cómo liberarse de la sensación de indefensión, de la ansiedad y la fatiga, y de sus consecuencias? Daniel López asegura que es posible. “No se puede cambiar la realidad, es un hecho, pero lo que sí podemos cambiar es lo que nos decimos sobre ella”, sostiene. Aconseja “no saturarse de información; no anticipar (la gente ya está pensando en cómo va a pasar las Navidades, mejor planificar día a día); concentrarse en lo que está bajo nuestro control (siempre hay algo, aunque sea tan simple como elegir una mascarilla con mayor grado de protección) y responsabilizarse de uno mismo (nada de ejercer de policías, vigilando y recriminando las conductas ajenas, eso genera ira)”.

Angélica Rodríguez recomienda desarrollar recursos de afrontamiento como “evitar la sobreinformación”, “proveerse de información sencilla, clara y eficaz”, “buscar fuentes fiables” y dosificar el tiempo de exposición, y, como su compañero de profesión, “centrarse en el día a día, sin hacer muchos planes a futuro”. También “poner el foco en lo que tenemos, mejor que en lo que nos falta, o creemos que vamos a perder” y, muy importante, “salir de la queja y ayudar a quienes tienen necesidades”. En definitiva, recuperar la sensación de control con acciones que están a nuestro alcance.

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