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lITERATURA

El alargado legado de Miguel Delibes

El discurso de ingreso del escritor castellano en la academia se recuerda por su clarividencia 45 años después

El escritor y periodista miguel delibes, en 2008, dos años antes de su muerte. |  | EFE

El escritor y periodista miguel delibes, en 2008, dos años antes de su muerte. | | EFE

A veces, un gran final también es un buen principio. “Si la aventura del progreso, tal como hasta hoy en día la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de

Estas fueron las últimas palabras del discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua (RAE) del escritor, periodista, cazador, pescador y finalmente precursor del movimiento ecologista Miguel Delibes. Fue en 1975 y lo tituló “Un mundo que agoniza”. Este pasado mes de octubre se celebró el centenario de su nacimiento, un aniversario eclipsado por la crisis sanitaria. En su extensa obra, el autor vallisoletano (17 octubre de 1920-12 de marzo de 2010) se centró esencialmente en dos cuestiones que, a día de hoy, están más vivas que nunca: el abandono de los pueblos –la “España vacía”, término acuñado hace pocos años por el periodista Sergio del Molino– y las desigualdades sociales. Un tercer tema, la muerte, también planea sobre todos sus libros. Tanto la física, la del individuo, como la cultural. “La sombra del ciprés es alargada”, “El camino”, “Diario de un cazador”, “Las ratas”, “Cinco horas con Mario”, “El disputado voto del señor Cayo”, “Los santos inocentes”, “Señora de rojo sobre fondo gris”, “El hereje”... en todas aparecen, en mayor o menor medida, estas cuestiones.

Para delibes, si se busca salir “mejor” de una crisis hay que modificar las costumbres: “Si queremos conservar la vida, hay que cambiarla”

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Delibes no solo destacó como escritor. Antes incluso que periodista fue dibujante, firmaba como Max (“M” de Miguel, “A” de Ángeles, su mujer, “X” de la incógnita de la vida), un notable caricaturista, de ojo vivo y crítico. Algo que dejó bien claro en su discurso en la RAE, tal vez el más recordado de todos los pronunciados hasta la fecha en la academia. Casi medio siglo después, su contenido sigue plenamente vigente. Son las palabras de un escritor sobre su obra, “mis literaturas, deficitarias en tantos aspectos, no son precisamente admirables por su rigor gramatical”, pero es ante todo el pensamiento de un analista de la realidad, de un sociólogo que se adelantó a su tiempo. Aquel medio centenar de páginas es rememorado como el primer gran alegato ecologista en España, pero leído a día de hoy es mucho más. El pesimismo vital del vallisoletano puede verse hoy como mera clarividencia. Su “cascabel”, quien le contagiaba la alegría, era su mujer, Ángeles de Castro, que murió prematuramente a los 48 años, en noviembre de 1974, pocos meses antes de su discurso. En él disecciona cuestiones que no preocuparían a la sociedad hasta varias décadas después: la contaminación y sus efectos sobre la salud, el cambio climático, los problemas de incomunicación personal, la obsolescencia programada de los objetos, la educación en el egocentrismo y la competencia, la vigilancia sobre el individuo, el desarrollo de la informática, la excesiva dependencia de los combustibles fósiles, la sobrepesca, la deforestación, la extinción de especies, el declive inexorable del mundo rural, las desigualdades, la economía por encima de las personas.

En el texto, Delibes explica cómo ve que las sociedades se adaptan a las crisis –entonces la del petróleo, que comenzó en 1972 y cuyos efectos en 1975 aún continuaban–, algo aplicable hoy en día a la pandemia sanitaria: “El mundo se acopla a la nueva situación, acepta el paréntesis, eso es todo”. Una crisis continuada “se soportará como una calamidad, sin el menor espíritu de regeneración y enmienda”. De este modo, la única forma de “salir mejores”, uno de los debates abiertos tras el confinamiento y las restricciones sociales de este año, pasa por modificar las costumbres y a la propia sociedad: “A estas alturas, si queremos conservar la vida, hay que cambiarla”.

Criticó la educación al servicio de la economía, “el dinero se antepone a todo, incluso al hombre”

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La preponderancia de la economía por encima de todo, incluso antes de que llegaran al poder Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que marcan el triunfo del neoliberalismo, le preocupaban profundamente. “El hombre, obcecado por una pasión dominadora, persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro”. Su punto de vista es más actual ahora que entonces, cuando fue tachado de reaccionario: “El verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la naturaleza, ni en sostener a un tercio de la humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica” (lo que hoy llamamos tecnología), “facilitar el acceso a toda comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia”. Lamenta el autor la limitación de opciones políticas frente a la diversidad de ideas del individuo, “el hombre ha llegado a la Luna, pero en su organización político-social continúa anclado en una ardua disyuntiva: la explotación del hombre por el hombre o la anulación del individuo por el Estado”. Para Delibes, las personas –“yo soy yo y mis circunstancias”, parafraseando a Ortega y Gasset– son demasiado complejas como para encasillarlas en dos únicos modelos, capitalismo y comunismo.

En un momento del discurso, el escritor advierte de los primeros estudios científicos que hablan de un futuro cambio climático. Un cambio que hoy ya es una realidad, pero que en 1975 se percibía de otra forma: las investigaciones avisaban de que las emisiones a la atmósfera, en vez de calentar el planeta, como así ha sido, lo enfriarían al impedir la llegada de los rayos del sol. Así, Delibes teme “una nueva glaciación” a causa del hombre, de cuya naturaleza, pese a los avances médicos y la mejora de la esperanza de vida, duda. “La medicina, pese a sus esfuerzos, no ha conseguido cambiarnos por dentro; nos ha hecho más, pero no mejores, estamos más juntos, pero no más próximos”.

Precisamente la falta de comunicación personal, pese a tener más medios que nunca, era otra de sus preocupaciones. También el uso de la tecnología para “entretener” y lanzar mensajes con ánimo de dominación al individuo. Entonces era la televisión, hoy son las redes sociales, la dictadura del algoritmo. “La supertécnica ha venido a descubrir que también existen juguetes para entretener a los adultos y borrar de sus mentes cualquier idea de participación y responsabilidad (…), el pueblo no solo no piensa, sino que incluso nos facilita la posibilidad de conducir su pensamiento, de hacerle pensar lo que nosotros queremos que piense”. Esta misma tecnología se usa, según el escritor, para mantener a raya a las personas, para la vigilancia social, “el hombre actual se sabe vigilado o, lo que quizás es peor, siente constantemente sobre sí la posibilidad de ser vigilado”. “Los mundos de pesadilla imaginados un día por Huxley y Orwell han sido prácticamente alcanzados”, continúa el autor, al que impresionan los inicios de la informática: “Basta una caja de cerillas para archivar datos de computadora que, de estar impresos, no cabrían en una catedral”.

“El desarrollo”, afirmaba, “exige que la vida de las cosas sea efímera, esto evita que el monstruoso mecanismo se detenga”

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Critica la educación como mecanismo al servicio de la economía, y no como forma de crecimiento personal. Una educación en la que “los estudios de Humanidades sufren cada día, en todas partes, una nueva humillación”. Delibes ve que el sistema de aprendizaje se basa en “la idea del provecho, o lo que es lo mismo, del bienestar. ¿Pero qué es el bienestar? Para los actuales rectores del mundo, y para la mayor parte de los humanos, consiste en disponer de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y sin cosas no es posible ‘estar bien’ en nuestros días. El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo, llegado el caso, incluso al hombre”. En su pensamiento, al alumno no se le enseña a ser una buena persona. Aprende a ser un consumidor, “el hecho de que las cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El juego consiste en producir y consumir”. “Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista”, añade, le “ha sucedido un objeto-centrismo”.

Llegados a este punto, Delibes habla incluso de lo que hoy en día se conoce como obsolescencia programada, los objetos diseñados para dejar de funcionar en un momento dado: televisiones, móviles, ordenadores, electrodomésticos, incluso la ropa, hecha de mala calidad a propósito: “El desarrollo exige que la vida de estas cosas sea efímera, o sea, se fabriquen mal deliberadamente, puesto que el desarrollo del siglo XX requiere de una constante renovación para evitar que el monstruoso mecanismo se detenga”. Pone como ejemplo la moda, “unas ropas vitalicias podrían provocar el gran colapso económico de nuestros días”. Para poder atenuar en parte este frenesí, el escritor habla de términos como “reutilización”, del llamado crecimiento cero y de la hoy denominada economía circular, “que aprovechando los desperdicios orgánicos, se pudiera cerrar el ciclo de producción de manera racional y ordenada”.

La polución no afecta solo al medio ambiente, “también a la salud”

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A partir de este punto, tras el análisis social, llega el alegato conservacionista. Critica el uso desmedido de transportes como el avión y los coches, “los pies ya no sirven para desplazarnos, sino para acelerar y desembragar”. Esto dispara el “gasto de combustibles fósiles”, e ironiza: porque “llegado el caso, el hombre podrá jactarse de una nueva proeza, en esta época de culto hacia las marcas: haberse bebido en un siglo una riqueza que tardó 600 millones de años en formarse”. Pone como ejemplo de la sobrepesca la reducción de capturas en los caladeros del Sahara, de la extinción de especies la reducción de la población de perdiz roja que tantas veces él mismo cazó en Castilla, habla de la deforestación, “la vegetación arbórea es un estorbo, de 1882 a nuestros días más de un tercio de los bosques existentes en el mundo han sido destruidos. Dilatadas extensiones de Indonesia, el Congo y Kazajistán, ayer selvas impenetrables, ofrecen hoy al contemplador su monda desnudez”. No atisba, como así se ha demostrado, una solución inmediata al problema, porque “¿qué razones morales podrán aducir los países industrializados para vetar el noble afán de los países necesitados para salir de un hambre de siglos?”. Desconfía de los políticos y de las soluciones a estos dilemas, porque como ocurre hoy con las sucesivas cumbres del clima, “el problema se estanca, pues, en la pura retórica. Las palabras no concuerdan con los hechos”.

Delibes continúa augurando que la contaminación no solo afectará al medio ambiente, también a los humanos, en los que “provoca trastornos de salud”. No solo física, también mental, porque como se ha constatado en el confinamiento “la contaminación del medio y el hacinamiento” se relacionan “con el desarrollo de ciertas afecciones psíquicas como la ansiedad, la angustia, la tensión, la agresividad”. “Hemos matado la cultura campesina”, afirma, “pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble”. El “éxodo rural, por lo demás, es un fenómeno universal e irremediable”. Pero augura, para un futuro que empieza a llegar, que contra la concentración “en las grandes urbes, sucederá un movimiento de repliegue en el que el hombre buscará de nuevo su propia personalidad, cuando ya tal vez sea tarde”.

El escritor intenta ofrecer soluciones a través de los personajes de sus libros. “Se resisten, rechazan la masificación. Al presentárseles la dualidad técnica-naturaleza como dilema, optan resueltamente por esta que es, quizá, la última oportunidad de optar por el humanismo”. “Preservar la integridad del hombre y de la naturaleza radica en ensanchar la conciencia moral universal”, ya que “únicamente empleando la inteligencia y la razón” se podrán afrontar tantos problemas. La moraleja, por tanto, es tan obvia como difícil de alcanzar: “Los hombres debemos convencernos de que navegamos en un mismo barco, y que todo lo que no sea coordinar esfuerzos, será perder el tiempo”.

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