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El traje de asturiana que regalaron a Isabel II y que aún se puede ver en Madrid

El Museo Nacional del Traje atesora la indumentaria regional que la reina recibió para su hija, apodada “la Chata”, en su visita a Asturias en 1858

En primer término, la indumentaria conservada en el Museo Nacional del Traje. En el fondo, detalle de la corona y el cetro pertenecientes a las Colecciones Reales de Patrimonio Nacional. REUTERS

En primer término, la indumentaria conservada en el Museo Nacional del Traje. En el fondo, detalle de la corona y el cetro pertenecientes a las Colecciones Reales de Patrimonio Nacional. REUTERS

Alicia Vallina

Este conjunto de indumentaria festiva, con número de inventario MT001263-66 y procedente de la colección permanente del Museo Nacional del Traje, Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico (CIPE), estaba incluido en la testamentaria de la infanta Isabel de Borbón y Borbón, apodada “la Chata”. Tras un viaje familiar realizado por la reina durante el verano de 1858 a Castilla y León, Asturias y Galicia, este conjunto fue un regalo ofrecido por los lugareños a Isabel II para su hija primogénita, de 6 años, la infanta Isabel (quien por matrimonio se convertiría en condesa de Girgenti al contraer nupcias con Cayetano de Borbón- Dos Sicilias).

Con tan solo 28 años de edad, Isabel II de España, también conocida como “la reina castiza”, visitó Asturias acompañada de su esposo, Francisco de Asís, y de su primogénito y futuro rey Alfonso XII, que por aquel entonces contaba con tan solo 8 meses. Tras visitar primero León y siguiendo la crónica de quien fuera director del Museo Arqueológico Nacional entre 1894 y 1900, el almeriense Juan de Dios de la Rada, publicada en Madrid en 1860, la familia real llega a Asturias el día 29 de julio de 1858. Visitan la fábrica de hierro de Mieres y, el 31 de julio, son recibidos por una multitud en Oviedo para, con posterioridad, visitar, el 3 de agosto, la Fábrica de Armas de Trubia. El 5 de agosto se trasladan a Gijón, hospedándose en el palacio del conde de Revillagigedo. Los días 23 y 28 de agosto visitan respectivamente Avilés, Covadonga y el santuario de la Virgen de la Cueva en Piloña. De regreso a Gijón, el 31 de agosto, tomarán un vapor de la Armada rumbo a Ferrol para continuar con la parte última de su viaje por la provincia de Galicia.

Traje festivo de asturiana de la reina Isabel II

La indumentaria de asturiana de “la Chata” conservada en el Museo Nacional del Traje. / Alicia Vallina

Atendiendo a la descripción proporcionada por el Museo Nacional del Traje, y que ahora transcribimos, esta indumentaria festiva regalada por el pueblo asturiano a la reina española, “por las características del dengue o prenda de cuerpo cruzada, de perfil muy redondeado, realizado en paño merino color rojo con un zócalo perimetral aplicado de terciopelo negro y un entredós de pasamanería”, responde a la tipología utilizada en la Asturias occidental, más cercana a la zona gallega. Por su parte, el jubón “se cierra con botonadura y broche de veneras de plata, motivo muy vinculado al camino de Santiago, y posee un lujoso forro de seda labrada color crudo, justificado por ser una infanta la destinataria del regalo. El manteo abierto es de paño de lana negro, guarnecido con adornos de pasamanería y azabaches de pasta vítrea negra, que suele acompañar a la indumentaria tradicional a fin de enriquecerla. Cierra a un lado de la espalda con broche de plata de veneras, las conocidas conchas del peregrino”.

En cualquier caso, y bien entrado el siglo XIX, siguió utilizándose el traje de cada comarca frente a la uniformidad de la burguesía y aristocracia sujeta a la moda. Tal es la época del paso del traje llevado al disfraz mediante la simplificación de estos para actos folclóricos, acontecimientos cada vez menos exigentes en cuanto a la autenticidad, simplificando la enorme variedad en un solo traje típico o convirtiendo innovaciones temporales en rasgos definitivos y al conjunto en un símbolo. Los cambios socioeconómicos provocaron el abandono de los trajes de diario y la reserva de los de fiesta para determinadas ocasiones. Pero, por otra parte, también la conservación artificial de algunos de ellos.

En síntesis, el traje típico popular, establecido entre los siglos XVIII y XIX, tiene poco que ver con el auténtico, que responde, aparte de a ciertas razones históricas y a fuertes influencias personales y de clase, a factores económicos y culturales que diferenciaron los trajes de diario, de fiesta y de rito, estableciéndose una clara separación de uso y de conservación, y manteniéndose y conservándose el traje de fiesta con más fuerza por su coste e incluso por su significación que el de diario, que presenta menos características diferenciales. Habrá que precisar y diferenciar entonces épocas históricas, circunstancias personales, económicas y sociales, en cada una de ellas, e incluso gustos y contingencias. En cualquier caso, es tarea del antropólogo llegar al conocimiento de los mecanismos culturales que articulan los procesos indumentarios en todas sus categorías, siendo el descubrimiento de las reglas que rigen sus procesos de transformación característica esencial para no despreciar información alguna sobre el tema.

Traje festivo de asturiana de la reina Isabel II

La reina Isabel II. / Alicia Vallina

Por todo ello, apreciamos cómo la indumentaria evoluciona en función de la materia prima y la tecnología disponible, dando lugar al concepto de moda, abandonada en determinadas zonas y momentos por diversas causas. El aislamiento, el clima o la limitación de recursos suponen que, en ciertas zonas, se consoliden formas de vestir fuera del tiempo. La indumentaria adorna, proporciona comodidad y utilidad, matiza la identidad cultural y es símbolo de singularidad y de dignidad.

Traje festivo de asturiana de la reina Isabel II

La reina Isabel II visitó las instalaciones industriales de Arnao (Castrillón) y descendió a 80 metros de profundidad, recorriendo 250 metros de galería minera alumbrada con una vela. Según relatan las crónicas de la época, trazó con ella la inicial de su nombre en la pared de roca. Nunca antes una mujer, y menos una reina, había descendido hasta allí. Para recordar el suceso se colocó en el lugar una placa de cinc con una inscripción.

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