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Andrés Rodríguez-Pose | Titular de la Cátedra Princesa de Asturias de la London School of Economics

“Donde los gobiernos han ido de la mano la epidemia ha ido mejor”

"El exceso de mortalidad es el dato más fidedigno; la medición de los contagios ha dejado mucho que desear"

El catedrático de Geografía Económica Andrés Rodríguez-Pose.

El pasado 1 de septiembre Andrés Rodríguez-Pose (Madrid, 1966) tomó el relevo del hispanista sir Paul Preston en la Cátedra Princesa de Asturias –una de las tres cátedras reales que España tiene en el mundo– y en la dirección del Centro Cañada Blanch de la London School of Economics. Catedrático de Geografía Económica, enseña en esta institución desde 1995 y fue director del departamento de Geografía y Medio Ambiente entre 2006 y 2009. Es, además, catedrático de Innovación a tiempo parcial en la Universidad de Stavanger, en Noruega. Esta semana ha hecho público el informe “Instituciones y desigualdades geografía de la primera ola de la pandemia de covid-19”, que firma con la investigadora italiana Chiara Burlina y en el que queda en evidencia que, en la actual crisis sanitaria, la debilidad institucional y la falta de cohesión social se pagan en vidas humanas.

Rodríguez-Pose trabaja habitualmente como consultor para organismos internacionales como la Comisión Europea, el Banco Mundial, el Banco Europeo de Inversiones, la Alianza de Ciudades, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco de Desarrollo de América Latina y para diversas agencias de Naciones Unidas, como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En 2018 obtuvo el premio de Ciencia Regional de la ERSA (European Regional Science Association), la distinción más importante en su área de investigación.

En el primer semestre de este año, en Europa, los gobiernos nacionales débiles y una mayor mortalidad por covid-19 fueron unidos. ¿Se mantendrá ese vínculo durante lo que queda de pandemia? ¿El caso de Alemania no echa por tierra esa vinculación?

–Es difícil saber si será el caso. Estamos todavía dentro de la segunda ola de la pandemia en Europa. Una segunda ola con picos de exceso de mortalidad en general menores a los de finales de marzo y abril, pero que está resultando mucho más prolongada en el tiempo. Hay también países en donde la incidencia fue menor durante la primera ola que se están viendo mucho más afectados en la segunda. Es el caso de los Países Bajos, Alemania o de la mayoría de los estados del centro y este de Europa. Pero los que más sufrieron la pandemia a finales de los meses de marzo y en abril siguen, desgraciadamente, afectados por el virus. Según datos de exceso de mortalidad para 31 países europeos recién publicados por Eurostat, los tres países con más incidencia de exceso de mortalidad hasta la semana 40 de este año son Rumanía, España y Bélgica. Es cierto que el exceso de mortalidad en Alemania se ha disparado en los últimos días. Pero no hay que olvidar tampoco que entre principios de julio y principios de octubre el exceso de mortalidad fue superior en España al de Alemania o al de Francia todas y cada una de las semanas menos una. Estamos hablando de un total de catorce semanas seguidas en el que, en relación a los años anteriores, murieron más personas en España que en la gran mayoría de los países de nuestro entorno.

"Cuando la sociedad percibe que esto es un 'Sálvese quien pueda', el impacto se puede medir en contagios y en muertes"

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–La evolución de la epidemia por países parece absolutamente aleatoria. En Alemania, que empezó siendo un modelo de gestión, los contagios se han descontrolado en estos días; hace unas semanas en España, que acumulaba los peores datos durante el verano, parecían haberse moderado. ¿Usted tiene una explicación para ello?

–Hay muchos factores que influyen en la evolución de la pandemia. La suerte es, sin duda, uno más. La mayor incidencia en Italia en un primer momento está ligada a ser el principal foco inicial del covid-19 en Europa. Luego están otros factores: la conectividad de los territorios, el grado de preparación del sistema de salud, la contaminación, el clima o la eficacia de los gobiernos. En algunos casos, como en el clima, poco se puede hacer. En otros, como en el caso del deterioro de los sistemas de salud o de la eficacia de los gobiernos, la baja capacidad de respuesta ante la pandemia es el resultado de largos periodos de declive que han limitado la capacidad de maniobra de muchos estados y regiones.

–Usted, en su informe, se centra en el análisis de la mortalidad del covid-19. ¿Es mayor a medida que crecen los contagios o no siempre es así? ¿Qué factores lo determinan?

–Me centro en el exceso de mortalidad porque simplemente es el dato más fidedigno existente para hacer comparaciones a nivel regional en toda Europa. La medición de los contagios ha dejado mucho que desear, tanto por la variación en el tiempo y entre países de qué se considera un contagio como por la falta de capacidad, sobre todo durante la primera ola, para medirlos. Según el Estudio Nacional de Sero-Epidemiología de la infección por SARS-CoV-2, en España se detectaron solamente en torno al 10 por ciento de los casos durante la primera ola y el 60 por ciento durante la segunda. Mucha gente contagiada no ha sido contada.

"El exceso de mortalidad es el dato más fidedigno; la medición de los contagios ha dejado mucho que desear"

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–Para contener el virus, ¿es más eficaz la gestión de cercanía –la autonómica, en España– o funciona mejor una acción política centralizada?

–Esta es una pregunta más destinada a los epidemiólogos. Lo que hemos constatado en nuestro informe es que la capacidad para generar consensos en una sociedad permite afrontar retos de una manera más adecuada. En aquellas sociedades en las que los gobiernos han ido de la mano y han contado con la ciudadanía, la incidencia y los resultados han sido mejores. En aquellas otras en que la falta de consenso ha sido la norma y en las que durante tiempo se ha cercenado la confianza de los ciudadanos en las instituciones públicas, los resultados han sido peores.

–Ha constatado que hay regiones europeas en las que la mortalidad general se redujo durante la primera mitad del año, por las restricciones que se impusieron y que hicieron caer el número de muertes por accidentes de tráfico o por infecciones distintas al covid. En términos demográficos y económicos, ¿habrá que analizar el impacto demográfico y económico de la epidemia de una manera global?

–Durante los primeros seis meses del 2020 la mortalidad cayó en el 40% de las regiones europeas con respecto al mismo periodo de los cinco años anteriores. Esto se puede explicar por el hecho de que se pusieron en marcha confinamientos antes de que la pandemia se difundiese activamente en estos territorios. La rápida toma de decisiones, a veces muy drásticas, posiblemente contribuyó a reducir la mortalidad ligada a otras enfermedades infecciosas o a accidentes de tráfico. Pero los largos confinamientos, aunque contribuyan a salvar vidas, también tienes costes y muchas de las regiones –fundamentalmente en Rumanía, Chequia o Polonia– que navegaron bien la primera ola de la pandemia están pasando una segunda mucho peor.

"Los que más sufrieron la pandemia a finales de marzo y en abril siguen, por desgracia, afectados por el virus"

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–España, adoptando las medidas más restrictivas durante los primeros meses de la pandemia, tuvo una elevada mortalidad, ¿cuál fue el fallo?

–Hay muchos motivos posiblemente detrás del alto exceso de mortalidad en España. Desde luego el azar ha podido jugar un papel preponderante. Pero hay factores como el retraso en la toma de decisiones sobre confinamientos y restricciones de la movilidad al inicio de la pandemia, la menor capacidad del Sistema de Salud español con respecto a otros países de nuestro entorno y la mayor sociabilidad de los españoles que han jugado en nuestra contra. No hay, sin embargo, que olvidar que la incidencia de la pandemia en España no fue homogénea. Así, mientras que la Comunidad de Madrid, Castilla-La Mancha, Cataluña y Castilla y León estuvieron entre las diez regiones europeas más azotadas por la pandemia durante los primeros seis meses del año, en Asturias y en Cantabria el exceso de mortalidad con respecto a los años anteriores fue inferior al 4%, en Murcia inferior el 3%, en Andalucía al 1% y en Galicia no hubo exceso de mortalidad.

–¿Hay algún país que pueda servir de modelo de gestión de la crisis del coronavirus? ¿Y algún ejemplo de mala gestión?

–Muy pocas sociedades y muy pocos gobiernos estaban preparados para hacer frente a un reto de las dimensiones de la pandemia del covid-19. Países como Corea del Sur y Taiwán, que habían visto las orejas al lobo en epidemias anteriores, supieron reaccionar mejor y más rápido. Esto permitió combinar test masivos y restricciones a la movilidad con operaciones de carácter más quirúrgico en el rastreo de casos. Corea y Taiwán también tenían un mayor y mejor aprovisionamiento de material sanitario, tanto para el personal sanitario como para la población en general. Y el mensaje que se lanzó a la población fue claro desde un principio. En Europa es más difícil señalar modelos, pero la mayor contención de la pandemia en países como Noruega, Dinamarca y, en menor medida, Finlandia está a la vista. El contraste de estos países con Suecia –que adoptó una estrategia más basada en la responsabilidad individual y en mantener la actividad– es también marcado.

"La baja capacidad de respuesta ante la pandemia es el resultado de largos periodos de declive que han limitado la capacidad de maniobra de muchos estados"

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–¿Es más determinante la fortaleza de los gobiernos o la de los sistemas sanitarios en la contención de la mortalidad por covid-19?

–Desde mi punto de vista, estamos ante un dilema inexistente. Cuando la eficacia de los gobiernos se deteriora, cuando es difícil generar consensos sobre las prioridades y los objetivos de política pública, todo sufre, incluido el sistema sanitario. Y si el sector público no funciona bien –o si se cree que es más fuerte de lo que realmente es– la capacidad y la eficacia de los gobiernos se deteriora.

–Afirma que la mortalidad fue mayor en sociedades con dificultades para lograr consensos, ¿también los ciudadanos son responsables, no solo los gobiernos?

–Aquí el problema no es solo de los gobiernos o del Estado, sino de la sociedad en general. Cuanto menor es la capacidad institucional, cuantos menos puentes se tienden entre grupos diversos, cuanto menos diálogo social hay, menor es la confianza en el sistema y resulta más difícil no solo consensuar reglas destinadas a mejorar el bien común, sino también que estas se respeten.

"En Asturias y Cantabria el exceso de mortalidad con respecto a los años anteriores fue inferior al 4% en la primera mitad del año"

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–¿Lo más importante, y lo más difícil, para los gobiernos es mantener la confianza de sus ciudadanos en su gestión de la pandemia?

–La confianza se genera cuando la población siente que todos reman en la misma dirección en medio de la tormenta. Cuando la percepción es que esto es un “sálvese quien pueda” y que cada uno defiende sus intereses particulares, el impacto se puede medir en contagios y, desgraciadamente, en muertes.

–Afirma que para tener éxito en la gestión de la crisis sanitaria hay que abordar el problema de “los cuellos de botella institucionales”, ¿a qué se refiere con ello?

–Me refiero a problemas como la falta de mejora en la eficacia de los gobiernos, a la transparencia y la responsabilidad social de la esfera pública, a la corrupción persistente o a sistemas que no facilitan la participación ciudadana en la toma de decisiones. En estos temas se hizo relativamente poco hincapié durante los periodos de vacas gordas y lo estamos pagando durante las vacas flacas.

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