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José Manuel Félix Magdalena | Facultativo de minas y artista autodidacta

“Fui niño de mucho médico por una alergia respiratoria"

“Fui un guaje diferente que andaba solo, pero muchos críos querían venir conmigo porque con mis habilidades manuales hacía juguetes”

José Manuel Félix Magdalena, ante uno de sus cuadros en su taller de Cudillero. | |  MIKI LÓPEZ

José Manuel Félix Magdalena, ante uno de sus cuadros en su taller de Cudillero. | | MIKI LÓPEZ

–Nací en Brañanoveles, Mieres, en 1941. La aldea podían ser 25 casas con 5 personas cada una y estaba unida a Tablao. Las dos aldeas se llevaban bien, tenían familias comunes y compartían escuela. Soy hijo único. Mi madre, Valentina Magdalena Velasco, se dedicaba a sus labores. Mi padre, Manuel

–¿Cómo fue su padre?

–Un minero de primera fuera de serie. Era sencillo, fuerte, muy riguroso, muy buena persona y muy apreciado por compañeros, jefes y vecinos. Trabajó en el pozo Barredo y no sé si en Pisos Altos de Mariana. Era un especialista en levantar quiebras, grandes hundimientos de 10 o 12 metros de obstrucción.

–¿Cómo era con usted?

–Muy preocupado por que estuviese bien alimentado y vestido y muy sargento hasta que me casé. Ni él ni mi madre me pegaron.

–¿Cómo era su madre?

–Muy inteligente y manitas: cosía para la familia, llevaba la casa impecable y trabajaba la huerta. Conmigo era cariñosa, pero seria, con un amor de verdad sin remilgos.

–¿Qué tal la niñez?

–Fui un poco delicado por una alergia, algo ahora común, que me provocaba problemas respiratorios. Iba mucho al médico. Estuve muy cuidado.

–¿Qué ambiente ideológico había en su casa?

–Mi padre fue a la guerra por el bando republicano, fue un poco represaliado y era más bien de izquierdas. Por mi madre, el apellido Magdalena está bastante significado con la izquierda en Mieres, pero en casa no se hablaba de política ni de religión ni quisieron influirme en ningún sentido. Fui a misa por exigencias escolares.

–¿Eran de la Cuenca?

–Mi madre, sí. Mis abuelos paternos eran de Les Regueres y fueron a trabajar al campo a Soto del Barco, pero cuando nació mi padre, atraídos por la minería, marcharon para Mieres. Soy hijo, nieto y sobrino de mineros. Mi tío Gabino trabajaban en la mina Pocacosa, en la Agüeria San Juan, y cuando iba a pasar unos días a su casa me llevaba al taller de lampistería y me metía un poco en la bocamina, con 5 años. Era caballista, guardia, cuadreru, tenía el voltímetro en casa y hacía de todo. Me crie en un ambiente plenamente minero y lo tengo muy metido dentro, en el lenguaje y los modos de ser, gustos y costumbres.

–¿Dónde estudió?

–Empecé en la escuela de Brañanoveles. Jugaba delante de casa, en mitad de la ladera, junto a la caleya. Un día, con 4 años, escapé con los críos que bajaban a la escuela. Cuando mi madre fue a buscarme, el maestro ya me había acomodado y quedé. A los 6 años marchamos al primer piso de La Mariana, 100 metros por encima del pozo Barredo, donde vivimos 15 años. Estudié en el grupo escolar Aniceto Sela, a dos kilómetros de casa. Mi madre me bajaba la comida a casa de una tía que vivía en Mieres.

–¿Cómo era ese entorno?

–Al primer piso afluía todo el carbón y había hospital, oficinas, lavadero, almacenes, fragua y un ferrocarril que bajaba el carbón en plano inclinado hasta donde hoy está el Pozo Barredo. Según se fue agotando el yacimiento se profundizó en el pozo y aquellos edificios se fueron transformando en viviendas bastante buenas.

–¿Qué tipo de rapacín fue?

–Algo diferente. No jugaba a los indios, sino que explotaba mis habilidades manuales. Andaba solo, pero muchos críos querían ir conmigo porque me gustaba hacer casas, minas... con carretes y latas de sardinas hacía un teleférico y los niños querían esos juguetes.

–El germen de lo que hizo.

–El origen está en la escuela de Brañanoveles. Un día faltó don Simón, el maestro, y vino doña Rosario, la maestra, y nos metió en la escuela de las niñas. Me sentó al lado de una cría que estaba copiando una oreja, una nariz y unos labios de una lámina de dibujo artístico. Fue una revelación. Luego traté de hacer con arcilla un mapa de España con las cordilleras en relieve.

"En el baile era patosu y recibía calabazas, pero Carmen no me las daba y aquí estamos, 56 años después"

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–¿De dónde sacaba las referencias para el dibujo?

– Tuve un tío con inquietudes culturales que dibujaba muy bien y compraba libros con ilustraciones de edificios y monumentos y me llamaba poderosamente la atención. Cuando tenía 10 u 11 años, la Caja de Ahorros editó unos álbumes y, por cada peseta que ahorrabas, el maestro te daba un cromo. Había un álbum de escultura y pintura que me volvía loco y recuerdo una “Purísima”, de Murillo; “La última cena”, de Juan de Juanes, o “El discóbolo” de Mirón...

–¿Tenía quién le orientara?

–No. A los 12 años empecé a dibujar sin orientación y sin saber. Hacía casas de la altura de una silla y creaba los planos porque copiaba lo que veía hacer a los albañiles. También me gustaba cazar bichos: xuncía dos ciervos volantes con un alambre y les ponía un carrín. En un bidón cortado que quedó como un cilindro muy bajo, organicé un circo y colgaba los insectos por los artejos.

–¿Sabía qué quería ser?

–De niño, médico o arquitecto. Luego la cosa cambió. Cuando acabé cuarto de Bachiller entré en la Escuela de Aprendices de Fábrica de Mieres. Por entonces, mi padre tuvo un accidente gravísimo y estuvo ingresado con una lesión en la cabeza. Cogieron miedo. Fue cuando se abrió la Escuela de Aprendices, eso era seguro y me metió. Tuvo razón.

–¿Qué tal estudiante fue?

–En general, muy bueno. Con 19 años era oficial tornero y empecé a trabajar. Pedí ir a minas y me destinaron al taller central de minas de Fábrica de Mieres, en el Batán, pero, por lo que sea, me mandaron a Nicolasa a hacer labores de peón. Por entonces estaba en cuarto de facultativo de Minas. En Nicolasa no querían darme facilidades para que estudiara y me convocaban sábados y domingos. Un día vino un ingeniero de la jefatura, Luis Vendrell de Benito, que había sido profesor mío, muy duro, pero con el que saqué sobresaliente. Me reconoció, me saludó y al día siguiente fui a hablar con el ingeniero que le acompañaba, le conté lo que me pasaba y se arregló.

–Mejoró su vida

–Al poco tiempo la jefatura más alta de Batán se enteró de que estaba a punto de acabar facultativo, me mandaron bajar y me nombraron encargado de servicio de primera. Tenía 22 años. Supe hacerme con una cuadrilla que había, muy competente, pero difícil de mandar. Llamé al oficial, le hablé claro: “sabes más que yo, pídeme lo que necesites y vas a dirigir los trabajos bajo mi responsabilidad”.

–¿Cuándo conoció a su mujer?

–A los 18 años, en las fiestas de Santa Rita en la romería de Xana. Yo no era de romería. En el baile yo era un patosu y recibía muchas calabazas, pero Carmen no me las daba y, poco a poco, cuajó y aquí estamos 56 años después, aguantándonos. Es de Mieres.

–Se casó con 24 años y un trabajo para siempre.

–Y fuimos a vivir a Mieres, junto al cuartel de la Guardia Civil. Seguí formándome porque siempre quise superarme. Admiraba a las grandes personalidades como Velázquez y Ramón y Cajal y aunque no iba a llegar a tanto como ellos me marcaban en qué dirección iba a ir.

Todo lo que se puede hacer con una vida y dos manos

José Manuel Félix Magdalena (Brañanoveles, Mieres, 1941) ha hecho muchísimas cosas con una sola vida y dos manos muy habilidosas. Nieto, sobrino e hijo de minero, es facultativo de Minas e hizo su carrera en Fábrica de Mieres hasta prejubilarse de Hunosa con 52 años.

Pujaron siempre dentro de él la pintura y la escultura. Intentó compaginar su trabajo con la formación de Bellas Artes en Madrid y en Barcelona, pero eso quedó por encima de sus fuerzas o por debajo de sus intereses y lo que consiguió fue convertirse en un artista autodidacta al que se conoce como el escultor de los mineros, que tiene en la cuenca del Caudal un auténtico museo al aire libre que incluye “El escanciador de sidra”, en la plaza de San Juan de Mieres,, el grupo escultórico “El relevo” en Turón y ha colocado un monumento a los mineros en Cangas del Narcea. Es licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Oviedo.

A partir de su prejubilación levantó él solo el chalé de dos plantas y bajo cubierta que tiene en el bellísimo pueblo de Oviñana (Cudillero) y que ha sido su refugio anticovid desde que comenzó la pandemia.

Ha hecho un libro monumental sobre el Camino de Santiago (“Siguiendo las Estrellas por caminos de Europa hacia Santiago” con 120 dibujos suyos) y el catálogo de su propia vida y obra “Contrastes y armonía”, una contraposición en la que se siente perfectamente definido. Ha ido haciendo una colección escultórica muy centrada en el estudio del movimiento y la anatomía aplicada a temas mitológicos y muchos dibujos y pinturas de estilo figurativo y temática clásica.

Está casado desde hace 56 años, tiene dos hijos y cinco nietos.

“Iba poco a la Facultad, era mayor, me sentaba atrás y creían que era ‘secreta’”

-¿Tiene recuerdos de las huelgas de 1962?

-Las conocí, pero en mi servicio no aceptaron. Había activistas, pero la mayor parte de los que estábamos por allí ni nos preocupábamos mayormente de esto.

-¿Cómo progresó en la empresa y en el arte?

-Fueron años de centrarme mucho en la profesión para lograr la estabilidad económica. En 1965 el IDEA organizó una exposición de dibujos y envié dos. Ganó Santamarina, pero hice buen papel porque lo dijo en la prensa Antonio García Miñor.

"Hice una autocaravana en 1980 porque quería conocer museos y países pero no podía pagar los hoteles y con ella recorrí toda Europa en vacaciones"

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-No renunciaba al arte.

-No, yo quería hacer Bellas Artes en San Fernando, por libre, y fui a pedirle a García Miñor permiso para dibujar estatua en horas no lectivas en la escuela de Artes y Oficios, en la calle del Rosal. Me dijo que no, claro. En 1968 fui a Madrid y me suspendieron el ingreso. Al año siguiente fui a Barcelona, a San Jorge, y aprobé preparatorio e ingreso. Hice algo de segundo que aprobé, pero eran vanguardistas, hablaban catalán y lo dejé. Además, fue cuando Carlos Cid empezó la especialidad de Arte en Oviedo.

-Pero era de estudio del arte.

-Me hubiese gustado ser artista, pero era técnico de minas y era de lo que iba a vivir. En vez de estar en la mina me hubiera gustado ser profesor de un instituto y luego pintar y modelar.

-¿En casa entendían esto?

-Mi mujer me apoyó siempre, aunque no tiene esas inquietudes. Mi vida tiene contrastes muy fuertes, pero no se estorbaron, se complementaron.

-Mudanza a Oviedo en 1975.

-Por mi afán de mejorar. El colegio de Facultativos de Minas creó una cooperativa, nos apuntamos y compramos un piso y un bajo y puse un taller en el que trabajar que ahora es un almacén. 

-Ya pensaba en vender.

-No. Si hay encargo y me gusta, lo hago, pero en Mieres hay varias obras mías que son gratis et amore por ser vos quien sois. No quiero vender. Me gustaría tener la obra junta y barajo que esta casa se pueda convertir en un pequeño museo. Si no fuera por la crisis económica de hace ocho años y la pandémica de ahora, habría hecho un barracón para exponer la obra de manera decente. 

-¿Cómo sacó la carrera en Oviedo?

-Brillantemente, si se me permite la babayada. Me sentí muy bien con compañeros y profesores. Tuve la suerte de tener a Carlos Cid, muy exigente, con el que me fue muy bien; Emilio Casares, me dio sobresaliente; me dieron clase Emilio Murcia y Germán Ramallo y quiero recordar a una monja, María Teresa, que sabía todo de Arte clásico y explicaba la cerámica que maravillaba.

-También había Filosofía.

-Con Vidal Peña. Hice nocturno, porque lo puso durante tres años Galmés para unos maestros. Como salía tarde encontraba a los que iban a cenar a la Cocina Económica y había dos haciendo cola que se expresaban en tono muy correcto pero a los que no entendía nada y me di cuenta de que me pasaba igual que en la clase de Vidal Peña. Luego saqué sobresaliente, pero al principio no le entendía ni palabra.

-Fue una época de agitación política.

-Julio Mangas estaba recién llegado de catedrático y venía como un toro. Fui a cuatro de sus clases -porque me era incompatible con el horario- y me sentaba al fondo. Mangas preguntó si yo era un secreta. Me dio matrícula de honor. Me sentí realizado como universitario con la apertura intelectual y del sentido crítico.

“Hunosa me prejubiló con 52 años e hice con mis manos la casa de Oviñana: fui albañil, encofrador, pintor, carpintero y fontanero”

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-Tenía en torno a los 40 años. ¿Qué tal en la empresa?

-En Hunosa me reconocieron como titulado superior. Me tocó reformar el Batán y otros lavaderos y vino un montador alemán de la casa Bedag, muy inteligente, que despachaba con el gerente de la cuenca, al que habló de mí. Cuando acabé Historia del Arte se produjo una vacante de un abogado que llevaba los recursos humanos en la mina del Turón y me la ofrecieron. Entré como un pulpo en un garaje, pero estudié y me defendí. En 1980 era director de recursos humanos la zona hullera de Turón. Cuando cambió el gerente y el nuevo me volvió a hacer director. Salí bien parado hasta con los sindicatos y no tengo nada de negociador.

-Y cuando entró el PSOE

-Se reorganizó y me llevaron a las oficinas de Oviedo, al pozo Moqueta y anduve entre la secretaría general y recursos humanos haciendo estudios sobre economatos, absentismo laboral... lo que me encargaran. Acabé en lo que hoy sería Organización y servicios generales que fue hacer obras en el Pozu Moqueta.

-¿Cuándo se prejubiló?

-En 1993, con 52 años. Fui para casa encantado. 

-¿Y se disparó su obra?

-Hice unos relieves. No había hecho mucho. Cuando hice el monumento al minero jubilado de Turón apenas había modelado más de cuatro cabezas. Yo quería conseguir la obra sin aprendizaje. Y me salieron bien. Pero mi obra de prejubilado es la casa en la que estamos ahora, 400 metros cuadrados en dos plantas y bajocubierta.

-En Oviñana (Cudillero)

-La hice entera. Fui albañil, encofrador, pintor, carpintero y fontanero. Para construir la chimenea estudié seis libros. Me llevó dos años, con paradas para vacaciones.

-Vacaciones muy singulares.

-Hice una autocaravana, debo de ser el primero en Asturias, porque tenía mucho afán de conocer museos y países y no tenía dinero para ir de hotel. En 1981 pasamos julio entero por Italia, en 1982 recorrimos Francia, Bélgica y Holanda; en 1984 llegamos a Centroeuropa. Llegué a Grecia...

-Hizo un libro sobre el Camino de Santiago en 1992 y una expuso los 120 dibujos que lo componen.

-El germen viene de mi infancia. En la obra de la Caja de Ahorros de Asturias de Pola de Gordón (León), donde estuve con 10 años había una monja que una noche, antes de acostarnos, nos enseñó en el cielo la Vía Láctea y nos dijo que era para guiar por la noche a los peregrinos que van a Santiago de Compostela. Nunca lo olvidé.

-¿Fue un padre presente?

-Creo que sí, aunque el peso de la educación lo llevó mi mujer. Tengo dos hijos. Julio, que nació en 1966 y es otorrino, creo que muy bueno, y Luis, de 1971, que fue joyero y luego se hizo maestro industrial. Tengo 5 nietos, de entre 23 y 13. Tres son adoptados de Rusia: Yuri, Vitali y Alejandra. Los de Luis son Mencía y Covadonga. 

-¿Qué tal siente que le ha tratado la vida hasta ahora? 

-Soy afortunado. En ninguna época me faltó una posición relativamente buena. Mis abuelos y mis padres estaban muy bien considerados, nos llevamos bien con los vecinos, tengo recuerdos maravillosos de los compañeros de la escuela, tuve buenos profesores y, sobre todo, disfruto con el arte, con la música clásica y tengo unas aptitudes que me permiten dar forma a mis creaciones. En la familia estamos muy unidos, hablamos todos los días, llevamos aquí desde que empezó la pandemia por consejo de ellos... como todos, en la vida tuve algunas decepciones y sufrí algún agravio, pero no impidieron mi trayectoria.

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