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Esteban García, el capitán asturiano del “Titanic gallego”

El gijonés estaba al frente del vapor correo “Santa Isabel”, que naufragó hace cien años a la entrada de la ría de Arosa con un saldo de 213 muertos

Una imagen de la película "Titanic"

Una imagen de la película "Titanic"

El pasado 2 de enero se cumplieron cien años del naufragio del vapor correo “Santa Isabel”, que naufragó en los bajos de la isla de Sálvora, a la entrada de la ría de Arosa. Murieron 213 personas, entre ellos 18 asturianos. Viajaban 60 niños. Sobrevivieron 53 personas. El impacto social del suceso le hizo valedor del sobrenombre del “Titanic gallego” y sus últimos momentos están plagados de heroísmo y también de miseria humana.

El vapor correo había sido botado el 26 de agosto de 1915 y la naviera lo destinó inicialmente a la ruta Barcelona-Cádiz-Fernando Poo, vía Canarias, pero luego recorrió los puertos de la Península para trasladar al pasaje con destino a la emigración americana.

La noche del segundo día de 1921 el capitán era Esteban García Muñiz, gijonés, de 33 años de edad, y era la sexta vez que hacía el viaje de la línea a Cádiz. A pesar de su juventud, era un veterano con fama de conocer bien las rutas marítimas porque estaba embarcado desde los 14 años.

Su segundo oficial, Luis Cebreiro, era un ferrolano de 1894, hijo del capitán de fragata José María Cebreiro, comandante de la Marina en Gijón, formado en Náutica en el Instituto de Luanco.

El “Santa Isabel” embarcó en Bilbao a 55 pasajeros y recogió en Santander a otros 40, casi todos de Castilla, León, Euskadi, Cantabria y Asturias. Su destino sería Argentina y Uruguay.

Quedó atracado en el dique de viajeros de La Coruña a primera hora del día 1 de enero de 1921. El vapor cargó también tres bultos que incluían un altar, un regalo destinado a los misioneros de la colonia africana de Fernando Poo. El vapor acostumbraba a estar pocas horas en cada puerto para llegar a Cádiz y que el pasaje fuera transbordado al transatlántico “Reina Victoria Eugenia”, procedente de Barcelona, que lo llevaría a Sudamérica. Con toda la carga a bordo, el capitán apuró la marcha a la una de la tarde, en vez de a las cuatro, hora oficial de salida. Trataba de llegar a Villagarcía para embarcar a 37 pasajeros y que allí la tripulación descansara.

Sobre las diez de la noche, a la altura de Finisterre, empezó el mal tiempo. Dos horas más tarde el vapor enfiló la entrada de la ría de Arosa tomando como referencia los faros de las islas de Ons y Sálvora. El fuerte mar picado hizo que el pasaje se retirara a sus camarotes y el buque bajó su velocidad. El capitán dispuso que se corrieran las cortinas de la banda de estribor para que la luz del salón no impidiera ver el mar. La mala visibilidad y el fuerte mar del Sudoeste, que pasaba por encima de la cubierta, obligaron al propio capitán a permanecer en el puente dirigiendo personalmente la navegación.

La intención del capitán era entrar en la ría por el Sur y abordar la bocana lejos de los bajos de Sálvora. La navegación discurría lentamente tomando la referencia de los faros con el fin de tener en cuenta la derrota que producía el fuerte mar picado del Sudoeste, que iba arrastrando al vapor hacia la isla. El mal tiempo hizo que el buque se desplazara más rápido de lo previsto. El capitán ordenó la marcha atrás. Al ir casi en lastre, no obedeció tan rápido como debía, montó de popa sobre la plana de la Pegar y quedó encallado con tres hendiduras por estribor, por las que comenzó a entrar agua. Comenzó a hundirse de proa rápido y a escorar.

Era la 1 y 50 minutos de la madrugada del domingo 2 de enero. A bordo 266 personas entre pasajeros y tripulantes, de las que 213 morirían ahogadas y destrozadas contra las rocas de la isla.

Gráfico

El “Santa Isabel” estaba perdido. A las dos y media de la madrugada se arrió el primero de los botes salvavidas de la cubierta de babor, ya que los de estribor habían sido barridos por el mar. Los botes, de madera, eran llevados contra las rocas, donde se destrozaron dejando más muertos.

Un golpe de mar arrastró a tres personas y al capitán, que logró agarrarse a la jarcia del palo trinquete, donde permaneció durante casi toda la noche.

Hacia las ocho y media de la mañana el “Santa Isabel” se partió en dos. Sobre la plana de la Pegar, el ruido del fuerte mar apagaba los gritos desesperados del pasaje y la tripulación, pero llegaron a los oídos del farero, Tomás Pagá, que esa noche hacía guardia en el viejo faro de Sálvora, y de su perro, que no paraba de ladrar. Apenas salió unos metros vio el vapor, con sus luces encendidas, montado sobre las rocas.

A bordo, sin vapor en las calderas que permitiera hacer sonar la sirena, los tripulantes tocaban silbatos de bolsillo y gritaban pidiendo auxilio. Vieron cómo una persona, desde tierra, les hacía señales con un farolillo. Era el farero que corrió a la aldea, a unos tres kilómetros, en busca de ayuda.

Mientras tanto, el agua ya había ahogado a buena parte del pasaje de tercera y parte del de primera, sin darles tiempo a ponerse a salvo. El primer maquinista y el fogonero abrieron las válvulas de seguridad en la sala de máquinas para evitar que explotara. Ambos pagaron con su vida esa heroica acción.

En las primeras horas del naufragio, en popa, Luis Cebreiro y el reverendo Antonio Pescador y dos curas más trataban de dar ánimos a los pasajeros que aún confiaban en poder salvarse e impartían, “in articulo mortis”, el perdón a quienes se lo pedían. Cedieron el lugar en los botes salvavidas. Solo uno de los tres sacerdotes se salvó.

Cebreiro, que llegó a ser el oficial más condecorado de la Marina civil española en la primera mitad del siglo XX, evitó que murieran más personas al retener a bordo del bote número 8 a casi veinte pasajeros y tripulantes, evitando que fueran contra las rocas. Permaneció en el mar y se negó a subir al bote. Por su peso y tamaño era conocido popularmente como “Tonelada”.

La gran ayuda vino de las mujeres y hombres de la isla. Era fin de semana y Año Nuevo y en la pequeña aldea de Sálvora solamente quedaban los más jóvenes y los más viejos, ya que 57 habitantes estaban celebrando el comienzo de año con sus familiares en la parroquia de San Paio de Carreira.

Cuando el farero llevó la noticia del embarrancamiento del “Santa Isabel”, tres mujeres –María Fernández (16), Cipriana Oujo (24) y Josefa Parada (32)– se echaron, contra las indicaciones de los más viejos, hacia la playa dos Bois, donde permanecían varadas las dornas y remaron varias millas en una noche de temporal hasta llegar al vapor e iniciaron el rescate de los pasajeros, que, en botes y tratando de ponerse a salvo, estaban a punto de ir contra los bajos. Mientras tanto, desde tierra les ayudaron varios residentes de la aldea y “El Rosiña”, primer vapor que llegó al rescate.

La noticia del naufragio del “Santa Isabel” llegó a la recién estrenada ciudad de Riveira sobre las 10 de la mañana llevada por algunos vecinos de la isla que se desplazaron en dorna. Salieron hacia Sálvora varios pesqueros, que traerían horas después los náufragos y los primeros cadáveres. La ciudad acogió en sus casas a los supervivientes durante varias semanas.

El capitán del buque fue el último en abandonar el barco y los supervivientes le eximieron de cualquier responsabilidad y la investigación hecha por una junta de oficiales en Ferrol también porque atribuyó la desorientación a los chubascos y a la fuerza de la corriente.

La prensa de la época informó del naufragio, llamado el “Titanic gallego” porque el hundimiento del “Santa Isabel” fue el segundo naufragio en número de víctimas civiles de la historia marítima de Galicia.

Las envidias, los celos y los comentarios mal intencionados levantarían, con el paso del tiempo, una falsa leyenda sobre la intervención de los aldeanos de Sálvora en la noche del naufragio, renaciendo la historia de los “raqueiros”, personas que ayudaban a hundir barcos o robaban lo que transportaban.

Durante décadas, los buques de la Compañía Trasatlántica Española, propietaria del vapor correo “Santa Isabel”, hicieron sonar sus sirenas en señal de respeto y recuerdo de las mujeres y hombres muertos en aquella tragedia cada vez que pasaban frente a los bajos de Sálvora.

Los cantares de ciego se hicieron eco de la trágica noche durante años.

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