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MEMORIAS | Gema Llamazares González | Galerista de arte

"Me metí en política por ilusión y fue un desengaño"

“Con 14 años decidí que no era la más guapa ni la más lista”

Gemma llamazares.

Gemma llamazares. ÁNGEL GONZÁLEZ

Nació en Santander en 1955, pero es gijonesa por querencia, por ejercicio y por pasión. Gema Llamazares González es una de las referencias artísticas de la región. Desde su galería en la calle Instituto ha llevado el arte asturiano a ferias de todo el mundo. Se adentró en la política

La infancia en Casa Serafina. “Nací en Santander en 1955, en Casa Serafina, era la casa de mis abuelos maternos, en la que vivían mis padres y mis tíos. Había jardines y huertas. Fui feliz en aquella casa, era nieta única y fueron mis años mágicos. El abuelo, Enrique González Herrero, era el abuelo que siempre había soñado, un hombre adelantado a su tiempo. Subía a esquiar en burro. A los 4 años me enseñó a leer con la revista “Life”. En estas fechas navideñas recuerdo que me hacía un nacimiento que era una habitación entera. Me apasionaba aquel mundo de tertulias que veía en casa. La familia de mi madre, Carmen González García, eran todos muy célebres, ella era la más seria. Yo vivía en un mundo de mayores y era una niña muy imaginativa. La familia de mi padre, Manuel Llamazares Elustondo, era de León, de Palazuelo de Boñar, gente muy recia y religiosa. Vendieron las tierras y acabaron en Santander porque un tío de mi padre, tío Tomás, tenía una cadena de droguerías. Se asentaron allí y mi padre se casó con la señorita de Santander. De esa rama de la familia, la paterna, he heredado la capacidad de trabajo. Mi padre era tremendamente trabajador, pero también era un hombre muy lúdico, al que le gustaba vivir bien. Me siento muy identificada. Hizo su buen dinero honradamente y vivimos muy bien. Mi madre era muy guapa, una mujer muy maja. La rama de los santanderinos, la de mi madre, era más hedonista. En los de León, la familia de mi padre, estaba mi abuelo Salustiano Elustondo, que venía del caserío de Marigorta, en Elgoibar. Era el segundón, se escapó y apareció en los montes de León. Se casó en León y allí nació mi padre. Era un mito en la familia. La palabra de Salustiano era ley. Mi padre heredó la palabra y el actuar de buena fe y con honradez”.

Con sus hijas, en Marbella, en 1990.

El Santander lluvioso. “Cuando yo tenía 8 años nació mi hermana Ana. Nos fuimos a vivir a un piso, a una casa normal, y se acabó la infancia idílica. Había ido a un colegio de señoritas y a los 9 años ingresé en Bachiller. Mis padres estaban obsesionados con la educación. Fui al instituto teresiano del Padre Poveda y María Josefa Segovia, una institución muy avanzada. Era un Santander encantador, aunque muy gris. Era de cuento, al menos así lo recuerdo, y muy pequeño; si te escapabas del colegio, siempre se enteraban tus padres. El Bachiller se me hizo muy largo, solo recuerdo la lluvia, el maldito uniforme y los zapatones Gorila. Me trababa al hablar y las matemáticas no eran lo mío. Con 14 años me examiné de cuarto y reválida. Aprobé y aquel verano lo tengo idealizado, lo pasamos en la playa de Oriñón. Con 14 años decidí que no era la más guapa ni la más lista, pero que estaba muy a gusto conmigo misma. Empecé un Bachiller de letras, me sentía segura y fui como una moto”.

Con su marido, Armando, en Atenas, en 2010.

Valladolid, años 70. “Cuando yo tenía 17 años dejó de existir el Preu y se implantó el COU. En mi colegio no lo había, así que me fui al instituto, con chicos y todo. Al acabar los estudios quería hacer Periodismo, pero mi padre no lo veía de señoritas. En Santander solo se podía estudiar Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos, así que en 1972 me fui a Valladolid a estudiar Filosofía y Letras. Aquello era una olla a presión que todavía arrastraba el mayo del 68. En el 71 habían cerrado la Facultad porque le habían tirado huevos al rector. Era una ciudad efervescente en la que había desde guerrilleros de Cristo Rey a la Joven Guardia Roja. También estaban las huelgas de los trabajadores de Renault. Corríamos delante de los grises, yo por higiene mental. Cada poco nos cerraban la Facultad por hacer reuniones no permitidas. Aquello era otro mundo comparado con el Santander pequeño y provinciano del que yo venía. Lo vivíamos muy intensamente. Era una Pucela en la que había una convivencia estupenda, salvo los burros de Cristo Rey, que iban con cadenas. Ese mismo año, en el 72, conocí a Armando (González, su marido). Él estudiaba Arquitectura, y es lo mejor que me pudo pasar. En Valladolid tuve de catedrático a Víctor García de la Concha, que me dio una cura de humildad. Protesté diciéndole que yo no había suspendido un examen de Lengua, que me había suspendido él. Me volvió a suspender en junio, en septiembre y en febrero. En junio me recibió y yo ya tenía la lección bien aprendida. Me dijo que sabía de sobra que yo me sabía la asignatura, así que le pedí perdón y entonces aprobé. He coincidido varias veces con él y siempre se lo he querido contar, pero nunca he tenido ocasión de poder comentárselo en persona”.

La galerista en Santander en 1974

Historia del Arte en Oviedo. “Tras dos años de asignaturas comunes en Valladolid me fui a Oviedo a estudiar los tres de la especialidad de Historia del Arte. Armando ya trabajaba en su empresa en Gijón, Curtiplás, así que vine para Asturias. Tengo muy buen recuerdo de esa etapa. Oviedo no era Pucela, pero era una ciudad encantadora. Estudié en la Facultad que estaba en la plaza Feijoo. Hice muy buenos amigos y tuve muy buenos profesores. Empezaban a dar las primeras clases Emilio Casares y unas chicas jóvenes, Soledad Álvarez y Julia Barroso. Oviedo era una ciudad pequeña con muy buen ambiente universitario. Recuerdo la zona de los vinos, en el Antiguo. En clase éramos muy pocos alumnos. Conmigo estaban Pilar Lafita y Pepa García Pardo. Acabé la carrera en el 77. En mi familia nunca había habido interés por el arte. Siempre pienso que, si papá hubiese comprado arte en vez de acciones, hubiera tenido una muy buena colección. El interés por el arte empezó con Armando, no teníamos lámparas y comprábamos obra”.

“Tuve depresión y me metí en casa pensando en no volver a salir jamás. Me veía incapacitada para montar una galería de arte”

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Primeros años en Gijón. “Me casé en el 77 y nos fuimos a vivir a Gijón. No conocía absolutamente nada. En el 77 Gijón era mucho más feo que ahora, feísimo. Lo comparaba con Valladolid, una ciudad por la que corría el dinero, y con Oviedo, que era de cuento. Hice mucho Alsa de Oviedo a Gijón, a aquella estación de autobuses horrible. No puedo ser más feliz en Gijón, pero es que aquella zona de Fomento, aquella rula... era todo muy triste. Con los años ha mejorado terriblemente, es una ciudad muy abierta y con mucho ambiente cultural. No es que lo quiera vender, que también, pero es la ciudad perfecta para vivir, tiene la dimensión perfecta, no somos un pueblo ni una gran ciudad, aunque es grande por actividad cultura. Y tenemos unos alrededores maravillosos. Gijón tiene una calidad de vida increíble. Soy muy embajadora de Gijón. Recuerdo que llevé a una coleccionista judía a comer a un restaurante en Somió y quedó alucinada. Soy de las que fardan de Gijón. Aunque mi Santander está ahí, creo que nunca volveré, soy gijonesa. Bueno, a lo que iba. Me vine a Gijón en el 77, aquí nacieron mis hijas. Hasta el 84 estuve en casa cuidándolas y con mi marido trabajando. En el 84 entré a formar parte de la sociedad de una sala de arte. Estuve hasta 2003. Son de esas cosas en la vida que te han hecho mucho daño y de las que has salido mal, pero que te sirven para aprender la lección. Yo tenía un concepto muy claro de lo que era una galería de arte y no era aquello. Me vi anulada, tuve una depresión y me metí en casa. Pensaba: ‘De aquí no salgo nunca jamás’. Aprendes la lección de una forma increíble. Son cosas que ocurren con la juventud, que confías en alguien que se aprovecha de ti. Fueron años muy difíciles. He tenido suerte de tener una pareja con la que nos hemos crecido en los momentos difíciles.

Gemma con su abuelo en 1957.

Gemma con su abuelo en 1957.

Galería de arte Gema Llamazares. “Yo me veía incapacitada para montar una galería de arte. Si no es por mis hijas y por Armando... Mi hija Diana y yo decidimos meternos en la aventura de abrir una galería. Ella había acabado Derecho. Fue una aventura muy pensada y con una estrategia. Yo quería arte moderno, era algo muy difícil, pero el acierto fue que nos adelantamos al mercado. Apostamos por gente joven que estaba a mitad de su carrera y logramos que la obra de esos artistas acabase en buenas colecciones y museos y que con los años se revalorizase. Apostamos mucho por introducir a las mujeres artistas en el mercado del arte, no porque fuesen mujeres, sino porque tenían obra muy buena. En la plástica ha habido un ostracismo horroroso hacia las mujeres, siempre han estado relegadas a un segundo plano, y nosotras queríamos darles visibilidad. Teníamos muy clara nuestra apuesta por artistas locales. Empezamos con artistas como Antonio Suárez y Orlando Pelayo en 2005. Eran años en los que había dinero. La tercera exposición fueron artistas asturianos: Kelly Méndez Riestra, Vicente Pastor, María Jesús Rodríguez, Hugo O’Donnel, Francisco Fresno y Luis Vigil. En 2005, Toto Castañón me dio una serie de artistas que no tenían galería. Nosotros trabajábamos siempre con artistas que no tuviesen galería. Jamás nos hemos inmiscuido en el trabajo de otros. Muchos de aquellos artistas se involucraron en el proyecto”.

Gemma Llamazares.

La crisis de 2008 y los mercados internacionales. “Siempre tuvimos clara la estrategia de la galería. La idea era trabajar con arte contemporáneo. La crisis de 2008 tardó mucho en llegar a las galerías, no llegó hasta 2010 o 2011, fue cuando se reajustó el dinero que corría. Nos hizo cambiar y adentrarnos en los mercados internacionales. Nuestra respuesta a esa crisis fue salir de lo sembrado, salir de España. Decidimos acudir a ferias. No es fácil, tienes que enviar tu propuesta y si les gusta te admiten. No vale con pagar. Invertimos mucho esfuerzo y dinero en sacar a artistas fuera para que su obra se revalorizase. La primera feria internacional a la que fuimos era en Miami y no nos entraban las cajas de los cuadros en los aviones, tuvimos que llevarlas en camión hasta Luxemburgo. En Bogotá llevábamos unas urnas de metacrilato que no llegaron y tuvimos que hacerlas nuevas en un país en el que no conocíamos a nadie. Las ferias internacionales son muy complicadas y caras, no te imaginas lo que puede llegar a costar un metro cuadrado. Luego ves los planos y parece que todo está bien, pero llegas allí y no es así. Una vez en Miami di una patada a una pared y dije que me la tirasen. Hemos estado en Lima, Bogotá, México, Miami. En tu galería estás más arropado, pero en las ferias nos ha pasado de todo. Una vez me robaron la cartera. Luego están los montadores que no aparecen. En las ferias es donde realmente se factura. Si nos hubiésemos quedado en Gijón mirando a la calle Instituto, la galería estaría cerrada”.

Los coleccionistas. “Desde el principio hemos apostado por artistas jóvenes, entre otras cosas porque la instituciones compran obra de artistas de hasta 45 años, es la tiranía del mercado. Somos una empresa, pero vendemos emociones y belleza que se revaloriza más que cualquier fondo de inversión. Una galería de arte no es un negocio normal, lo que me ha servido para encontrar muy buenos amigos entre coleccionistas, críticos y artistas. Un momento muy importante de la galería fue cuando la coleccionista Pilar Citoler nos empezó a comprar obra. Es muy importante entrar en colecciones como la de DKV o el Banco de Santander. Nosotros habíamos hecho una apuesta por el arte contemporáneo, por salirnos de la decoración. En una galería tienes que tener la línea muy clara y tener mente empresarial, no puedes salir de ese camino. Es fundamental saber qué quieres conseguir y marcarte un plan para llegar a ello. Nunca lo hubiese conseguido sin mi hija Diana y la buena cabeza de Armando, mi marido. Tener estudios de Historia del Arte te sirve de base, a veces hablas con gente que se supone que son grandes profesionales y tienen unas lagunas enormes. Lo importante es leer mucho y estar al día. También es fundamental el instinto, la intuición, a veces un poco animal, y la experiencia de muchos años de profesión. Cuando tienes conocimiento e intuición puedes crear un concepto y sabes cuando debes apostar por algo. Si no tienes conocimiento no puedes transmitirlo y los profesionales tenemos la responsabilidad de que a la hora que llevamos a exponer a alguien tenemos que saber perfectamente lo que estamos ofreciendo. Si eres fuerte en el terreno que te mueves lo vas a transmitir al coleccionista. El que acaba de dar la lectura de la obra es el coleccionista. El pálpito y la sensación que da la obra es el último camino de la obra. Una pieza puede ser buenísima y morirse en un estudio, pero creo que hay que darla a conocer, es un bien para la sociedad difundir el arte”.

La aventura política. “En un momento determinado me metí en política por idealismo, pero fue un desengaño. Yo sabía de arte, estaba en la Fundación Municipal de Cultura y en la junta rectora del Museo de Bellas Artes. En un momento dado, cuando estaba deprimida por mi trabajo, Pilar Fernández Pardo me propuso ir en las listas para el Senado, le dije que sí y se hizo público, pero el que iba a dar un paso atrás para dejar que Pili Pardo fuese de diputada y yo de senadora no lo dio y me cortaron la cabeza a mí. Luego me pidieron ir en las listas del PP al Ayuntamiento de Gijón y dije que no. Igual hubiese sido buena política, no lo sé, soy demasiado honrada y visceral, pero creo que acerté dedicándome a la empresa. En la Fundación Municipal de Cultura y en el Bellas Artes nunca seguí las directrices de partido (PP), votaba a favor de exposiciones que me parecían buenas aunque el partido dijese que no. El arte no es de derechas. No debería ser de nada, pero en arte contemporáneo está más avanzada la izquierda, aunque en la derecha también hay gente que ha hecho grandes colecciones. He tenido muy buenos clientes socialistas. En Gijón toda la escultura urbana de arte contemporáneo se hizo con gobiernos socialistas”.

La relación con Santander. “Voy poco a Santander. Allí tengo a mi hermana Ana, que es médica y con la que tengo muy buena relación, y algunas amigas, pero estos años he trabajado demasiado, al abrir la galería los sábados se me hacía difícil. Desde que vendimos la casa familiar hay menos vínculo. Hace un año colgué en mis redes sociales una foto en el Centro Botín y escribí: “Jirones de vida que vas dejando”. Fue el día que vendimos la casa. Estaba esperando a Ana para ir al notario y me fui al Botín, miraba a la bahía y me entristecía”.

La pandemia y el futuro. “La pandemia nos ha servido para trabajar en la nueva estrategia, no hemos estado parados. Hemos contratado a una empresa de ‘branding’ y vamos a cambiar el logo, la galería pasará a llamarse Llamazares. Tengo una amiga psiquiatra que dice que lo que no crece decrece, siempre hay que crecer. Las galerías adolecemos de meternos en la burbuja del coleccionismo, y el arte tiene que estar de moda. Tenemos que meternos en el mercado joven, el arte no es caro, lo pagas en mil veces. En Asturias somos periféricos, pero ahora disponemos de muchas herramientas para vender y darnos a conocer en todo el mundo. Lo importante es tener un criterio claro, puedes exponer en Madrid, Londres o Nueva York pero puede que esas galerías sean malas, mucho peores de lo que tienes más cerca. Yo ya pienso en jubilarme, voy a seguir activa, no dejaré de trabajar, pero será otra forma de vivir. Mis pasiones son la familia y el arte y moriré con las botas puestas. Voy a seguir acudiendo a la galería, aunque de otra forma, dejaré paso a Diana. Ya acude sola a ferias internacionales, es más completa que yo, domina idiomas y las nuevas tecnologías. Yo siempre estaré echando una mano, pero me encanta dejar paso libre. El pasado año era el 15.º aniversario de la galería y no lo pudimos celebrar. Hicimos un vídeo con amigos y fue emocionante. Hemos logrado lo que queríamos, hacer una familia, trascender. No somos una galería más, ni una empresa. Ahora tenemos la obra de Marina Vargas, de la que me enamoré hace muchísimos años. El futuro queda en manos de los jóvenes y estaremos para respaldarlos”.

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