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La mirada de Lúculo Crónicas gastronómicas

¿Quién mueve a Nero Wolfe?

El detective gourmet más sedentario de la historia y su defensa de la contribución estadounidense a la alta cocina

¿Quién mueve a Nero Wolfe?

¿Quién mueve a Nero Wolfe?

Probablemente los lectores más jóvenes no estén familiarizados con las novelas que escribió Rex Stout y con su famoso personaje, el detective privado Nero Wolfe. Los de mi generación puede que sí. Por lo que me concierne, conservo algunas de ellas, de la serie de misterio. Resultan divertidas y en ellas ayudan los diálogos chispeantes, con descripciones que permanecen en el recuerdo después de ser leídas. Stout escribió 33 novelas y 39 piezas cortas entre 1934 y 1979, la mayoría ambientadas en la ciudad de Nueva York. A Wolfe no le gusta viajar, de hecho prefiere no moverse, suele argumentar que, nueve de cada diez veces, los lugares a los que se desplazan los viajeros no representan ninguna ventaja respecto a los lugares desde los que parten. En los tiempos que corren y para hacer de la necesidad virtud no cuesta compartir ese apostolado de la razón.

La comida siempre está presente, de hecho Nero Wolfe y su ayudante, Archie Goodwin, la voz narradora de sus historias, son a su manera conspicuos gastrónomos. Sobremanera el jefe; Goodwin admite que mientras a Wolfe le gusta estimular sus papilas gustativas a él le interesa satisfacer el estómago. La diferencia de actitudes entre saborear y tragar que caracteriza sus dos mundos opuestos es la misma que distingue a los amantes de la buena mesa de aquellos que solo comen para sobrevivir. Las reflexiones de Goodwin al respecto resultan interesantes. Cuenta cómo su relación con el perspicaz y analítico detective es, por decirlo de algún modo, complicada. El asistente bebe leche, mientras el jefe se ocupa de la cerveza y del vino, preferentemente francés. Goodwin es presa fácil de las mujeres, mientras que en Wolfe hay un redomado misógino. El primero viaja a cualquier lugar para investigar un caso; el segundo solo se mueve de su silla de cuero del despacho al taburete de la cocina, o, como mucho, a su amado invernadero en el piso superior. Aparentemente no tienen nada en común; y, sin embargo, como cuenta Goodwin, juntos son el cerebro y el músculo, un duo para la resolución de los crímenes casi tan famoso como Holmes y Watson. Ambos son un mal necesario el uno para el otro, y por eso el asistente no piensa mudarse de la habitación del edificio que comparten en el West Side neoyorquino. Otra de las razones por las que jamás se irá es por el chef de la casa, Fritz Brenner, que a duras penas ha logrado mejorar su paladar. De la suma de Wolfe y Brenner posiblemente se obtenga el cocinero perfecto: hablan, discuten y urden. Uno es la cabeza y el otro, las manos. Uno pone la imaginación, el otro la técnica. Parecido a lo que sucede con las investigaciones entre el detective y su ayudante. Son igual de complementarios. El gordinflón de Wolfe daría un brazo por el pastel de ostras de Brenner. No sabría qué hacer sin él, sin un atlas que ojear, sin orquídeas que cuidar o corchos de botellas de vino que contar, como resume el observador Goodwin. Cuando se trata de beber, Wolfe no suele rechazar ningún ofrecimiento, pero su bebida predilecta es la cerveza. Una de sus preguntas más recurrentes es: “¿Dónde está mi cerveza?”. Guarda unas diez botellas de marcas diferentes en la casa. El ritual consiste en abrirlas con un abridor de oro de 18 quilates, regalo de un cliente particularmente satisfecho.

Nacido en Montenegro, nuestro hombre aterriza en Estados Unidos y con el dinero ganado como detective adquiere un apartamento en Nueva York, provisto de un invernadero en la azotea y de un chef personal. Como no le gusta salir de su domicilio, se asocia con Goodwin para la resolución de los crímenes: este es quien se encarga del trabajo preliminar de campo en los casos y de los recados culinarios. Dentro de su oasis de ladrillo rojo, Wolfe se aprovisiona de ingredientes selectos: anchoas, huevas de sábalo, ostras por docenas, gansos de cuatro kilos y se vuelve loco por un pollo macho castrado que Fritz cocina con madeira y trufas.

En todas las novelas de Stout sobre Wolfe hay comida, pero es “Too many cooks” (“Demasiados cocineros”), publicada en 1938, donde predomina el asunto culinario. En ella un grupo de quince grandes chefs internacionales, “les quinze maitres”, se reúnen en un hotel balneario de Virginia para un fin de semana de cocina y discusión. Nero Wolfe, rompiendo su norma sedentaria, y su ayudante, asisten como invitados; el papel del detective es presentar un artículo académico de interés. Sus planes privados consisten en hacerse con la receta de unas salchichas inolvidables que comió años atrás en una taberna de Figueras, antes de la guerra civil española, y que en manos del chef Jerome Berin, hijo de la tabernera, habían adquirido el rango de saucisse minuit. Finalmente, Wolfe tiene que encargarse, además, de descubrir al asesino de uno de los cocineros, que muere durante un concurso de degustación con un cuchillo de trinchar clavado en la espalda.

Pero lo más gastronómico del asunto es el artículo de Wolfe en defensa de la contribución americana a la alta cocina. Es una tesis que los chefs europeos no tardan en despreciar asegurando que en Estados Unido solo existen sólidos platos familiares, y que la sopa de maíz, o de almejas de Nueva Inglaterra son, comparadas con las obras maestras culinarias del Viejo Mundo, lo que las canciones de amor populares para Beethoven y Wagner. “¿Ha comido tortuga de Maryland guisada con mantequilla, jerez y caldo de pollo?”, pregunta el detective. “Espere a probar un porterhouse de cinco centímetros de grosor”. Para convencer de su error a los detractores, Wolfe les ofrece el siguiente menú que confecciona el equipo del hotel: ostras horneadas; tortuga de Maryland; pavo asado; croquetas de arroz con mermelada de membrillo; habas en su crema; pan Sally Lunn; aguacate Todhunter; sorbete de piña; pastel de bizcocho y queso de vaca de Wisconsin.

No revelaré el nombre del asesino por si están interesados en leer la novela más culinaria de Rex Stout.

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