Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Aquellas dieciocho horas grotescas: así se vivió el 23-F en Asturias

El Principado vivió el “tejerazo” con la izquierda quemando fardos de documentos, Fernández Villa en un Seat 132 a toda pastilla hacia Madrid y mineros y ultras con la pistola en el cinto

, Rafael Fernández, durante su época como presidente regional.

, Rafael Fernández, durante su época como presidente regional.

Pistolas, un Seat 132 a toda pastilla y carnés y documentos comprometedores ardiendo en un monte de Olloniego. Estos son algunos de los episodios que el 23-F, el golpe de Estado de 1981, el “tejerazo”, dejó en Asturias en la que fue la noche más larga de la democracia española. Cuarenta años después de aquel 23 de febrero, lo que queda son icónicas imágenes, como la del teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero aupado al atril del Congreso de los Diputados utilizando su pistola como dedo para poner orden entre sus aturdidas señorías. Poco más. El tiempo y el hecho biológico han apartado de la primera línea a la mayoría de sus protagonistas.

¿Y cómo se vivieron aquellas horas en Asturias? Pues el golpe llegó como al resto de esa España que no estaba en la trama o sufriendo sus consecuencias: a través de la radio. Escuchándola estaba Jorge Fernández Díaz, por entonces gobernador civil de la provincia. El que años después sería ministro del Interior con Mariano Rajoy escuchó en un pequeño transistor el “¡quieto todo el mundo!” de Tejero y los disparos que siguieron al frustrado intento de zancadilla del bigotudo teniente coronel a Manuel Gutiérrez Mellado, militar y vicepresidente del Gobierno que lideraba Adolfo Suárez y que aquel día cedía el testigo de la presidencia a Leopoldo Calvo-Sotelo.

“Vigía de servicio. Nos encontramos en situación de alerta” fue el mensaje que Francisco Laína, director de la Seguridad del Estado y que durante unas horas encabezaría un Gobierno paralelo de altos cargos para cubrir el vacío de poder durante el golpe, hizo llegar al Gobierno Civil de Asturias poco después del asalto al Congreso.

Fernández Díaz convocó a la Junta Provincial de Orden Público. Todos los mandos de las fuerzas de seguridad con presencia en la región acudieron a la llamada. Quien no pudo ser localizado fue el general Enrique Puga Cruz, gobernador militar que había tomado posesión del cargo once días antes. Nada se supo de él hasta que TVE emitió, pasada la una de la madrugada y tras horas de música militar en la radio y películas hilarantes de Bob Hope en la tele, el discurso pregrabado del Rey Juan Carlos I que desactivó la “tejerada”.

En las primeras horas de aquella tarde que empezó a torcerse a las 18.22 con la irrupción en escena de Tejero la confusión era generalizada. Cada representante de las fuerzas vivas de la época en la región se enteró a su manera de lo que estaba pasando en Madrid. Rafael Fernández, histórico militante socialista y presidente del Gobierno preautonómico, recibió la noticia en su domicilio ovetense junto a Purificación Tomás, su esposa. De inmediato, Pura Tomás se dirigió a la sede de la Federación Socialista Asturias (FSA-PSOE), situada en aquel entonces en la calle Jovellanos, y dio a conocer la noticia a los correligionarios que allí se encontraban.

Al mismo tiempo, Rafael Fernández inició una frenética serie de llamadas telefónicas con algunos de sus consejeros. Su interés se centraba, principalmente, en hablar con los que eran miembros de la Unión de Centro Democrático (UCD), el partido de Suárez, el partido en el poder. Se suponía que tenían hilo directo con los dueños del aparato del Estado en la capital. Se suponía, porque en esas horas daba igual ser amigo del ministro que del ujier. Pocos sabían lo que estaba pasando.

La llegada de la Policía Militar al Congreso.

Al igual que el resto, el vicepresidente del Consejo Regional, el centrista Juan Bautista Fernández Fidalgo, se enteró del golpe por la radio tras la llamada de un amigo que le recomendó encenderla. Fidalgo llamó entonces a Rafael Fernández y se puso a su servicio: “Voy a la sede de mi partido y allí me tienes para lo que quieras”. Fidalgo telefoneó al Congreso después de pedirle el número a Serafín Abilio Martínez, secretario regional de UCD. La idea era hablar directamente con Tejero, que esperaba por aquella “autoridad militar competente” que se pusiera al mando del operativo y que nunca llegó. Pero “una cándida voz femenina” le explicó a Fidalgo que no podía ser. El teniente coronel estaba a otras cosas. La idea de Fidalgo era decirle: “¡Que deje de tocar los cojones y que se entregue inmediatamente!”. Puede que a Tejero le resultara imposible atender a Fidalgo por estar manteniendo aquellas delirantes conversaciones con Juan García Carrés, el único civil condenado por el golpe, con aquellos “¡Aguanta, coño!” y “¡Es por España, coño!”. O esa llamada a tres en los tiempos en los que no existían en la que Carmen, la mujer de Tejero, a través de Juanito –así llamaba el guardia civil a García Carrés– le suplicaba a su marido: “¡Papá, que no haya sangre alguna!”.

En Asturias, mientras tanto, los comunistas, conscientes de que serían de los primeros en ser depurados si triunfaba el golpe y la situación desembocaba en un baño de sangre, también comenzaron a moverse. A Gerardo Iglesias, secretario del Partido Comunista de Asturias (PCA), esto le quedó muy claro desde el primer momento una vez que se trasladó de su piso de Gijón a la sede que el partido tenía en Oviedo, en la calle Melquíades Álvarez. Allí descolgó el teléfono. “A los primeros a por los que van a ir es a por vosotros”, le espeto Fernández Fidalgo mientras le iba dictando direcciones de lugares donde esconderse. Algunos “radicales” de la época pasaron la noche ocultos en el Arzobispado.

La conversación entre ambos políticos resume lo que estaba sucediendo en muchos hogares asturianos. Se improvisaron piras en los fregaderos donde se quemaron carnés de partidos, de sindicatos y de otras organizaciones que tuvieran tufo de ser de izquierdas. Más de uno llamó al tío exiliado en Francia para que le hiciera un hueco. Otros prepararon el petate para huir a Portugal. Sobre todo cuando se supo que Milans del Bosch había tomado Valencia y publicado un bando suspendiendo toda actividad civil inspirado peligrosamente en el que el general Mola había leído cuando se levantó en armas en Pamplona en julio de 1936. “No me jubilaré sin sacar los tanques a la calle”, dijo en una ocasión Milans de Bosch, militar de gran experiencia al que sus hombres comparaban con Rommel y Montgomery. Ya cuando era responsable de la brigada acorazada “Brunete”, y durante un ejercicio con unos nuevos cañones en enero de 1977 al que asistió Juan Carlos I, le espetó al Rey: “Desde aquí puedo disparar contra Madrid, incluido el Congreso”.

En ese clima, miembros de la ultraderecha asturiana comenzaron a reunirse en distintas localidades de la región. Hay euforia por el asalto al Congreso. Aparecen algunas pistolas. Las cabezas están calientes, pero fuera, en la calle, no hay nadie: el temor y el frío no invitan a salir. Aunque a la FSA van llegando dirigentes del partido. Marcelo García, secretario de propaganda, decide con otro militante empaquetar la documentación y los datos sobre los afiliados. Son quince fardos que iban a llevarse a un lugar secreto: un bajo en un barrio de las afueras de Oviedo. Pero los fardos acaban ardiendo en un monte de Olloniego. “Así estamos más seguros”, le dice Marcelo a Jesús Sanjurjo, máximo responsable de la FSA. “Ésas no eran las instrucciones”, le recrimina. Algo similar ocurre en el PC. En Avilés, por ejemplo, los carnés de los comunistas acabaron enterrados en un huerto.

Jorge Fernández Díaz, cuando era gobernador civil de Asturias.

En esas están unos y otros cuando llegan a la FSA veteranos militantes socialistas del Nalón armados con pistolas. Son las siete de la tarde. Rafael Fernández pide calma. Habla con Jorge Fernández Díaz. El gobernador civil le cuenta que “los mandos de la Policía y de la Guardia Civil han mostrado lealtad a la Constitución” y que está “preocupado” porque el gobernador militar no aparece por ningún lado.

Al mismo tiempo, Emilio Sánchez Llorente, jefe superior de la Policía de Oviedo, ordena a sus agentes la custodia de periódicos y de radios. José Gonzalo de Castro Aller, jefe de la brigada provincial de información, la antigua “político-social”, le había advertido de que temía que la ultraderecha ejecutara algún tipo de acción violenta. En la Comisaría de Gil de Jaz hay quien pide a un bar cercano dos botellas de champán y las pone a enfriar en la nevera que se usa para conservar la sangre y el plasma que se traen de Madrid cuando la Familia Real visita Asturias. Toda una declaración de intenciones.

Agentes vinculados a la progresista Unión Sindical de Policía (USP) alertan a políticos regionales de que están viendo cosas raras: inacción de compañeros y mandos. “Aquí algunos están muy contentos. Nadie nos dice qué tenemos que hacer”. Instantes después, esos mismos policías son sometidos a una estrecha vigilancia por otros compañeros. Nadie se fía de nadie.

Y entra en escena José Ángel Fernández Villa. El líder minero del SOMA-UGT está nervioso. Tiene prisa por trasladarse a Madrid. Es de los escasos dirigentes nacionales del PSOE que no están retenidos en el Congreso. Toma un Seat 132 del parque móvil asturiano. Lo conduce el periodista Ramiro Fernández, jefe de prensa del Consejo Regional. Villa quiere llegar cuanto antes a la capital: hay una reunión de emergencia de la ejecutiva federal socialista. En una larga recta a la salida de la localidad vallisoletana de Tordesillas, Villa no aguanta más: “Pisa-y Ramiro, pisa-y. Mete-y caña”. A las once y media llegan a la madrileña calle de Santa Engracia, donde estaba la antigua sede del PSOE. Allí se reúne con lo que queda de la ejecutiva: Txiqui Benegas, Raimon Obiols, José María Maravall y Curro del Real.

A esas alturas, en Oviedo nada se sabe aún del gobernador militar. “Jorge, esta película ya la he visto”, le dice Rafael Fernández a Fernández Díaz, ya reunidos en el Gobierno Civil. Otra vez julio de 1936 en el horizonte. En el edificio de enfrente, el Gobierno Militar. Fernández Díaz ordena vigilar desde la ventana para ver si hay movimientos al otro extremo de la plaza de España. El dichoso gobernador militar sigue desaparecido.

Aparecen los mandos de la Guardia Civil de Oviedo y Gijón: Cortés y Palacios, ambos con el grado de teniente coronel. Y ambos, compañeros de promoción de Tejero. Los dos coinciden en el perfil psicológico del hombre de bigote y tricornio que ha tomado el Congreso: “Es un exaltado, un radical”. Pero tratan de tranquilizar a los presentes: “Pensamos que no matará a nadie. Es muy religioso”. Da igual. No acaban de llegar noticias claras sobre la postura que mantienen los acuartelamientos del Milán y del Rubín. Tampoco del cuartel gijonés de Simancas, el mayor de la región. En este último estaban en situación de “Diana alerta 2”. Los soldados se acostaron con el uniforme de faena puesto y con los fusiles cargados. Salen camiones hacia el cerro de Santa Catalina, donde había un polvorín del Ejército. Empiezan los rumores: un grupo de mandos está en el cuarto de oficiales celebrando el golpe. Hay nervios entre la tropa: “¿Cuál ha de ser nuestra misión? ¿Apoyar el golpe o defender la democracia?”. Dudas que se incrementan cuando las tanquetas arrancan los motores. No llegaron a recorrer ni un metro.

También había rumores en la calle. Se habla de que ya circulan listas negras. La represión inherente a todo golpe. Algunos ultras se ponen (ellos y sus armas) a disposición de la Guardia Civil. También se brindan voluntarios en el Gobierno Civil “para lo que sea”. Nadie acepta su oferta. Tampoco son detenidos.

Los sindicatos llaman a la huelga general en defensa de la democracia. Hay un comunicado conjunto de las fuerzas parlamentarias asturianas que termina con los tres “vivas”: “¡Viva la Constitución!”, ¡Viva la libertad! ¡Viva España!”. Pasada la una de la madrugada, se emite el discurso del Rey. Poco después, el gobernador militar da señales de vida: “Todo está tranquilo. Calma, serenidad”. La centralita del Gobierno Civil, muda a lo largo del día, se colapsa de llamadas de lealtad a la Constitución. El golpe ha acabado. Una de las mejores definiciones sobre lo sucedido la dejó el propio Leopoldo Calvo-Sotelo: “Hubo unos minutos dramáticos, pero luego llegaron horas grotescas”. Exactamente, dieciocho.

Compartir el artículo

stats