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El golpe que pudo triunfar: Pedro De Silva analiza el 23-F en su 40 aniversario

Los enigmas que persisten de la intentona y las posibilidades de que se repita un ataque a la democracia de esa magnitud

El coronel Tejero, en la tribuna del Congreso el 23-F.

El coronel Tejero, en la tribuna del Congreso el 23-F. Manuel Pérez Barriopedro / Efe

El expresidente del Principado Pedro de Silva vivió el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, hace ahora 40 años, como diputado en el Congreso por el PSOE. En este artículo analiza los antecedentes y, sobre todo, las consecuencias de la intentona. En la parte final se pregunta si sería posible la repetición de un golpe en la España de hoy.

1. ¿De qué golpe se habla aquí?

Se ha escrito mucho del 23-F (yo mismo: “Las Fuerzas del Cambio”, Ed. Prensa Ibérica, 1996), pero la efeméride podría servir para examinarlo tanto en su contexto como bajo la experiencia de la historia posterior, sacando de paso consecuencias para el hoy de nuestra democracia.

¿De qué golpe hablamos? Siendo un golpe fallido, importa tanto como lo sucedido identificar el proyecto abortado. Aquí se habla del concebido por el general Alfonso Armada, con la toma del Congreso como detonante-bloqueante y la salida a la calle de los tanques en Valencia al mando del teniente general Milans del Bosch como factor de fuerza de una esperada reacción en cadena. La aparición del propio Armada como pacificador –que por esa vía pasaría a presidir un gobierno de gestión de amplio espectro encargado del golpe de timón para “salvar la democracia”– sería “en nombre del Rey” (como todo el golpe, según los golpistas).

2. Los antecedentes

Dos años después de la Constitución de 1978, a la crisis económica se añadía la percepción de riesgos para la unidad de España por el terrorismo separatista de ETA (con sus complicidades en Euskadi) y la ausencia de un verdadero modelo autonómico que sustituyera al centralista de forma ordenada. Para colmo, el Presidente Adolfo Suárez, hostigado por el PSOE y minado desde dentro por el tribalismo de UCD, se ve incapaz de marcar un rumbo. Por eso desde el verano de 1980 (sobre todo a partir del llamamiento a un “golpe de timón” por el president Tarradellas, en junio), entra en escena en el discurso político un posible enderezamiento de las cosas, que irá tomando cuerpo en fórmulas como un gobierno de concentración, bajo una presidencia no partidista o técnica. Sotto voce se llega a hablar incluso de que pueda ser un militar, por supuesto con respaldo del Parlamento. Armada, que ha estado junto al Rey Juan Carlos desde que era Príncipe de España, y que al pasar a un destino de mando ha dejado a su lado al general Sabino Fernández Campo, se encargará de que su propio nombre aparezca como candidato. He ahí el cuadro general que enmarca la situación.

3. La colocación de la última pieza, y el golpe

Siendo fundamental que el golpe se haga de veras en nombre del Rey, asegurando así el apoyo en bloque de las fuerzas armadas sin riesgo de división, el objetivo es colocar en lo alto de la cadena de mando al mismo Alfonso Armada. El dimitido presidente Suárez, que hasta el relevo sigue en Moncloa y nunca se ha fiado de Armada, se resiste a la propuesta del ministro de Defensa Agustín Rodríguez Sahagún, pero al fin cede y el 12 de febrero es nombrado 2.º Jefe del Estado Mayor del Ejército. Por encima tiene solo al único general que había estado dispuesto en su día a asumir el cargo ante el boicot del estamento militar, José Gabeiras. Este carece de carisma entre sus compañeros, que lo ven casi como un general de opereta (luego no sería así, y ayudaría a desmontar el golpe), por lo que Armada parece tener el camino expedito. Es un hecho que el nombramiento de Armada tuvo como gran valedor al Rey Juan Carlos (*), aunque no lo sea que este conociera sus intenciones. En cuanto al desarrollo del golpe y sus distintos episodios y escenarios, ya son bien conocidos. El que esto escribe lo vivió en su escaño de diputado por Asturias en el Congreso, pero sus fuentes principales no vienen, claro está, de esa condición de secuestrado-espectador.

4. Los enigmas que persisten sobre el golpe

Básicamente afectan al papel del Rey, el de Norteamérica y el de la llamada “trama civil”.

¿Cuál fue el papel del Rey Juan Carlos? Al respecto poco tengo que añadir (y reiterarlo aquí comería todo el espacio) al capítulo “Cuando el Rey dudó el 23-F” de mi citado libro. Como nadie ha explicado al detalle qué sucede en las horas que pasan entre la llegada del equipo de TVE a Zarzuela y la salida del Rey al aire con uniforme militar para parar el golpe, y como Alfonso Armada ha callado sobre los preparativos (a la usanza del antiguo hombre de honor), lo probable es que nunca tengamos la respuesta completa. Es evidente, en todo caso, que en determinado momento el Rey detiene el golpe que estaba en marcha. Y es verdad, también, que un general (más un comandante en jefe) no debe dar una orden sin estar seguro de que será cumplida. ¿Fue eso –dando el beneficio de la duda– lo que le aconsejó no salir antes en pantalla?

¿Cuál fue el papel de EE UU? España aún no formaba parte de la UE (CEE, entonces), y su tutor en el mundo seguía siendo EE UU, con bases militares y fuerte presencia económica desde que en 1953 pasara a ser el sostén principal de Franco. Su papel en el golpe (si lo tuvo y cuál) tampoco lo sabremos, salvo si un día aparece algo en un archivo liberado de secreto. Lo que sucediera en el flanco sur de la OTAN era vital para sus intereses estratégicos mucho antes del 11-S. Por otra parte, el modelo del departamento de Estado para el cambio español a la democracia nunca había incluido a los comunistas (sería lo que hoy llamaríamos una semidemocracia). Lo que apenas tiene duda es que sus servicios secretos tenían información del golpe que se preparaba, con cierto detalle. Mi opinión es que de haber tenido el apoyo del Rey (y triunfado, por tanto), la nueva situación habría obtenido la rápida bendición de Ronald Reagan, recién llegado a la Casa Blanca.

En cuanto a la “trama civil”, ¿hasta dónde llegaba y quién la formaba? Ha habido siempre una especie de pacto tácito en no investigarlo a fondo. Supuestamente quedaría clara en conversaciones telefónicas registradas en el Congreso, cuyas cintas habrían desaparecido.

5. ¿Por qué no triunfó el golpe?

Un mecanismo tan complejo como el diseñado por Armada estaba expuesto al fallo de cualquiera de sus piezas, pero un apoyo en bloque de las fuerzas armadas (que presupondría el del Rey) habría dado lugar, creo, al triunfo del golpe, bajo una forma u otra y aunque fuera efímero.

De este modo el factor principal del fracaso sería, en última instancia, la indecisión de las fuerzas armadas. Franco había modelado durante 40 años un Ejército sumiso para erradicar cualquier tentación golpista contra él, y ese mismo Ejército no estuvo dispuesto, salvo en Valencia, a salir a la calle sin una orden clara del Rey designado por el propio Franco. Por igual motivo, cuando el Rey dio una orden sin fisuras en contrario desde TVE (a la 1.14 horas del 24-F, casi 7 horas después de la toma del Congreso), la suerte quedaría echada.

Por ese motivo resultó crucial para el desenlace la actuación del secretario general de la Casa Real, el general Sabino Fernández Campo, cortocircuitando la posibilidad de vincular directamente al Rey con el golpe y haciéndose con el control efectivo de la Casa, al menos respecto de las órdenes del Rey. Una actuación en la que, dada la presencia en Zarzuela de afines al golpe, podría haberse jugado la vida (*). Finalmente, la sobreactuación de Tejero en su truculenta toma del Congreso distorsionó sin duda la escena (espantando apoyos al “golpe de salón”), y su posterior negativa a aceptar la “solución Armada” impidió toda posibilidad de que el golpe, ya muy desvirtuado, triunfara “in extremis”. Algo después se produjo la salida en pantalla del Rey, cerrando el capítulo central. El capítulo siguiente, que se prolongaría muchas horas e incluye episodios de peligro de “tarascadas” de alto riesgo, plasmaría ya simplemente la dificultad de dar marcha atrás de quienes habían dado pasos de importancia en falso, o la sensación de “pérdida de la ocasión” de quienes pensaban (y con razón) que no tendrían otra mejor en el futuro para cambiar un estado de cosas que deploraban.

6. Las consecuencias del fallido golpe

El golpe y su teatralización en el Congreso causaron de momento un enorme descrédito a la imagen internacional de España, enaltecida tras haber logrado superar de forma pacífica la Guerra Civil y el franquismo. No obstante, los efectos del fracaso de la intentona, más duraderos, son otros:

- El reforzamiento de la figura del Rey. El discurso “oficial” sobre la Transición –impuesto por los partidos dinásticos y el establishment académico y mediático– atribuye al Rey Juan Carlos, junto a Suárez, el papel casi exclusivo en la Transición, ignorando fuerzas que la movieron de modo decisivo, como la clase obrera, el movimiento ciudadano, algunos núcleos del Ejército, la Iglesia y la intervención internacional. A partir del 23-F el Monarca reforzaría su papel con el de salvador de la democracia esa noche (no inveraz, en su momento clave): un enorme capital político luego insensatamente dilapidado.

- La entrada en la OTAN. La coherente decisión al efecto un año después de quien tras el golpe y la reanudación de su investidura sería nuevo presidente, Leopoldo Calvo-Sotelo, sería contestada por el PSOE solo con la boca pequeña, primero mediante un calculado e ingeniosísimo juego de palabras (“OTAN, de entrada no”) y luego con un movimiento de contramarcha tras la llegada al poder meses más tarde de Felipe González, quien tendría la decencia política de convocar para ello un referéndum.

- La reforma militar en España. Tras desfondarse la parte más dura de la ultraderecha militar, por el fracaso del golpe y sobre todo por su incoherente y lamentable papel en el juicio posterior (sin asumir lo hecho y con culpabilizaciones cruzadas que el estamento militar consideraría poco honorables *) quedaba expedito el paso a la gran reforma militar, acometida dos años después por un ministro de Felipe González que no había hecho la mili: Narcís Serra Serra.

- La reconducción parcial del proceso autonómico. Un pacto entre UCD y el PSOE tras el fallido golpe sirvió de marco para reelaborar y aprobar los estatutos de autonomía pendientes (el de Asturias el primero), así como para la aprobación de la ley Orgánica de Ordenación del Proceso Autonómico (LOAPA, junio de 1982), tras el informe de una comisión de expertos presidida por el jurista Eduardo García de Enterría.

- La política francesa respecto de ETA (cuya lucha armada había servido para “justificar” el golpe) no cambiaría plenamente hasta años después, sobre todo tras la entrada de España en la UE (1986), pero a raíz del 23-F se iniciaría una cooperación de alcance al menos informativo, resquebrajando el “santuario” francés. La intensificación más tarde con los GAL de un contraterrorismo en suelo galo también influiría en un cambio de política que, junto al Pacto de Ajuria Enea (1988), enmarcaría a largo plazo la decadencia de ETA.

7. ¿Es posible hoy un golpe contra la democracia en España?

Tras el fracaso del golpe del 23-F, la entrada de España en la OTAN y luego en la UE (entonces CEE), junto a la asunción por las fuerzas armadas de nuevos roles en misiones exteriores o ligadas a la protección civil que han dejado patente su pleno reciclaje, se ha venido pensado durante décadas que el fantasma de un golpe de Estado se había alejado tanto de nuestro país como de cualquier otro de Occidente.

Sin embargo, el reciente y gravísimo episodio de la toma del Capitolio de Washington, con sus antecedentes y su entorno, ha puesto de manifiesto la fragilidad de cualquier democracia cuando se dan o se crean ciertas condiciones. Estas van unidas en especial al populismo en fase de apoteosis favorecido sobre todo por la revolución producida en la comunicación y en la traslación del eje de esta al mundo de las redes. Se usa aquí apoteosis en segunda acepción (próxima a su etimología) de glorificación “divina” de una persona (o una verdad).

En el caso de Washington lo singular, lo nuevo, es que son masas enfervorizadas las que dan el golpe, y, tras una decepcionante e inútil actuación policial para impedirlo, las fuerzas armadas (el Pentágono) al final lo paran en seco, primero mediante una toma clara de posición y luego con la toma física de la calle en el Distrito Federal. Sería inocente pensar que un fenómeno así, en la patria originaria de la democracia, no anticipe un fenómeno más general. La dialéctica sigue siendo la examinada en “Las fuerzas del cambio”, es decir, entre “la masa y la bala” (quienes pueden ocupar la calle y quienes pueden desalojarla en ultima instancia), pero los papeles han cambiado.

En todo caso, la activación del populismo requiere “causas” situadas en las zonas de rotura de una nación, que suelen estar más allá de un análisis racional. Todas las naciones tienen sus líneas de rotura, sean de tipo territorial, social, racial, cultural o religioso, aunque siempre suela haber una principal. La propia dialéctica entre los medios clásicos de comunicación de masas y las nuevas redes define hoy otra línea de ruptura: mientras la verdad estaría en las redes, la información intermediada respondería a una conspiración. En EE UU la línea principal de fractura es racial. Aunque en un escenario de conflicto puedan acompañarla otras (cultural, religiosa, económica), resulta sintomático que Trump se haya despedido con una visita al muro frente a la emigración ilegal.

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