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Píldoras para superar un encierro

Durante el confinamiento de la pasada primavera, Francisco García, subdirector de LA NUEVA ESPAÑA, escribió para la web del periódico un diario de la cuarentena. Esta es una selección de los mejores artículos

Dos niñas en los balcones de sus casas durante el confinamiento

Dos niñas en los balcones de sus casas durante el confinamiento Ricardo Solís

Papel viral.

El acaparamiento de papel higiénico es la metáfora más relevante de la crisis del coronavirus: la gente está cagada de miedo. El bicho se ha instalado en nuestras vidas, seguramente para quedarse como incómodo huésped, y nos ha encontrado con las ventanas abiertas y el culo en pompa. El papel del váter, como el virus de la pandemia, lo inventaron los chinos, que comen armadillos con idéntica gula que nosotros un plato colmado de garbanzos con callos. Cuando esta crisis pase, se habrá llevado por delante menos vidas que toneladas de celulosa. Ese detalle quedará para los restos, para los anales de la historia.

Agripina.

Agripina se siente en casa, enclaustrada a cal y canto, como una fiera enjaulada en el arca de Noé; y lo peor es que no escampa, que arrecia el chaparrón, que los nubarrones se oscurecen al paso de los días. Las horas se le hacen eternas, el tedio avanza, se le están acabando las sopas de letras, los pasatiempos no logran que el tiempo pase más deprisa y los días duran como estaciones. Echa de menos la charla con el tendero, la vista semanal de los nietos, el café de media tarde en la cafetería de la esquina, la partida de bingo con las amigas... Volará sobre el tejado de Agripina, aún no sabemos cuándo, una paloma blanca con un brote de olivo en el pico, y lo posará suavemente en el rellano de su ventana. Entonces reconocerá esa mujer el inicio de una nueva primavera.

Remigio.

Remigio Acevedo del Páramo es investigador orate que invierte la ganancia de sus días en inventar la máquina del teletransporte. Trabaja sin descanso en un laboratorio casero, en lo que fue el garaje de un chalé de la Moraleja. Las primeras pruebas han dado resultado positivo. Ayer, a mediodía, se trasladó como por arte de magia del laboratorio a la cocina, en un chas, un visto y no visto. Si esta noche logra que la máquina maravillosa le meta en la cama desde el garaje, mañana se empleará en la prueba definitiva: saltarse el confinamiento para pasar la tarde en una playa del Caribe, tumbado en una hamaca, masticando el hielo picado de lo que fue minutos antes un mojito.

Una nota.

“Estimado vecino –si bien es cierto que cada día menos– del portal B del Sexto: estoy hasta las bolas de tus malditos boleros. No soporto escuchar un día más a Lucho Gatica y los Panchos, a Eydie Gormé y a Armando Manzanero. Mi reloj ya no marca las horas porque voy a enloquecer. Esa música que escuchas a todo volumen es, además de insufrible, blasfema: esta Semana Santa te has pasado por el pentagrama las tres cruces en el Gólgota y las has dejado en dos, dos cruces en el monte del olvido. Te lo aviso solamente una vez, de lo contrario, si te cruzo por la escalera voy a tener algo contigo. Y para llorona, tu hija pequeña”. (Fragmento de una nota pegada en papel higiénico en el portal de una comunidad de vecinos de una ciudad cualquiera).

Dominico engordó.

Dominico de Las Heras había engordado cuatro kilos, tirando por lo bajo, durante el confinamiento. El mensaje abdominal se lo dictó el agujero del cinturón, que del tercero pasó al segundo tras una última semana de platos de cuchara, fritanga y arroz con leche. Cuando el ministro Illa anunció que se permitía, por fin, salir a hacer deporte de uno en uno, rescató de los abismos del armario una malla negra y una camiseta del mismo color que su tormentoso estado anímico. Calzó las zapatillas de “running”, aún sin estrenar, regalo envenenado de por Reyes, y se echó animoso a la calle. No le importó al enfrentarse al espejo del ascensor que embutido en aquella ropa oscura, más que un atleta popular, pareciera el anuncio publicitario de una morcilla de Burgos.

Últimos días.

Tenía 86 años, vivía solo, cobraba una pensión mísera. Sus hijos llevaban meses intentando convencerle de que se instalara en una residencia de ancianos, que ellos se harían cargo de la factura, pero no quiso; ni irse a vivir con alguno de ellos, no quería convertirse en un estorbo. Los últimos días tosía por el teléfono, pero ni la insistencia de ellos le llevó a reconocer que pudiera tener síntomas de coronavirus. “Estoy bien, estoy bien”, insistía cada mañana. Dejó de contestar al teléfono y los sanitarios se lo encontraron muerto en el sofá, vestido con traje y corbata, y abrazado al retrato de ella. Total, aquella casa ya era un mausoleo desde que ella murió; en mayo iba a hacer dos años. Le incineraron y, tras un responso de cinco minutos, sus hijos no pudieron ni abrazarse siquiera.

Apadrina un perro.

En situaciones de confinamiento, el hombre es el mejor amigo del perro. El amo de un perro posee, a día de hoy, un tesoro con hueso y un salvoconducto a cuatro patas. Por fin han encontrado los canes animales de compañía insospechados. Hubo un futbolista glorioso: Marco Van Basten, que, como todo holandés que se precie, gozaba de malas pulgas; y que cuando una vez le preguntaron por el trato displicente a un rival, respondió que “quien quiera un amigo, que se compre un perro”. Mi vecino el del quinto, fumador empedernido al que la parienta no autoriza convertir el salón en la humeante chimenea de Arcelor, pregunta por las redes cómo se puede estos días apadrinar un can, no tanto por amor franciscano a los animales como para burlar varias veces al día la orden de enclaustramiento.

Me lavo las manos.

Recomiendan con tino las autoridades sanitarias la higiene frecuente de las manos. El lavado de palmas y dorsos se erige en frontera natural contra el avance del coronavirus, invisible a los controles aduaneros. Conviene repetir ese ejercicio en múltiples ocasiones, adquirir la costumbre de dejarse los dedos inmaculados. Las manos son transmisoras de gérmenes, pero también de afectos. “Palpar” y “pálpito” proceden de la misma raíz, de manera que lo que hacemos con las manos tiene casi siempre origen en el corazón. En la lucha contra el virus maligno conviene, sin embargo, no lavarse las manos al modo de Pilatos. No es de justicia desentenderse; hay que jugar limpio esta partida.

Miedo al miedo.

Estamos huérfanos de líderes, de dirigentes que asuman con decisión y valentía la batalla contra el coronavirus. Como Franklin Delano Roosevelt, el presidente norteamericano que sacó a su país de la Gran Depresión y lo condujo a la victoria en la Segunda Guerra Mundial. A través de la radio, con sus “charlas desde la chimenea”, mantuvo en pie la moral de esa gran nación. Roosevelt nos dejó una frase para la historia: “Solo hay que tener miedo al miedo”. Buena propuesta para tiempos de pánico y papel higiénico. Es tiempo de un “new deal” planetario, solidario, justo y más humano. Los países ya no batallan unos contra otros; ahora hay un enemigo común que reclama la suma de todos los ejércitos.

A las ocho.

Veo asomar las lágrimas de mi vecina cada día desde hace dos semanas, a las ocho de la tarde, cuando abre la ventana y aplaude al paso de las ambulancias y los coches patrulla de las fuerzas de seguridad, que recorren la ciudad con sus sirenas encendidas, recaudando apoyo moral para acercarlo a los hospitales y así repartirlo entre médicos exhaustos y enfermeras en vela. A las ocho atardece, y en las ventanas y balcones de los edificios de enfrente otra gente aplaude y comparte señales luminosas con sus móviles. Mi vecina, una mujer mayor de gesto digno, me mira y sonríe mientras una lágrima navega por los surcos excavados por la edad en su mejilla.

Amigos.

La amistad es un valor volátil que cotiza a la baja en el parqué del individualismo. Reconforta, por tanto, en una situación inhóspita como la que atravesamos –desierto de arenas movedizas e inabarcables que no permite otear aún las palmeras del oasis–, que los buenos amigos permanezcan; aunque se cuenten con los dedos de una mano y aún puedan sobrar el índice y el meñique. La llamada oportuna, la videoconferencia que justifica un brindis imaginario que acaba en borrachera, el mensaje de ánimo, el aviso al timbre para que recojas unos tupper colmados de ensaladilla rusa y carne guisada... En la prosperidad, nuestros amigos nos conocen; en la adversidad somos nosotros quienes conocemos a nuestros amigos. Y los míos, aunque pocos, entran en el catálogo de los ejemplares.

El lector.

Mercedes ya vivía sola, era viuda. Su vecino de puerta, Mateo, le había prestado un libro para que se entretuviera durante el confinamiento. Hace semanas coincidieron en la puerta del ascensor y Mateo le preguntó que cómo llevaba la lectura. La anciana respondió que se sentía tan triste y angustiada, que era como si un cuervo negro revoloteara sobre las páginas y le impidiera centrar la vista en los renglones. Mateo, conmovido, se ofreció a leerle por teléfono, un rato por la mañana y otro por la tarde, “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Y así comenzó la tarea, el 25 de marzo, con las primeras líneas: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. Durante varios días le relató los avatares del amor contrariado de Florentino Ariza y Fermina Daza, hasta que la mujer enfermó y la llevaron al hospital. Mercedes falleció la semana pasada, en Oviedo. Salvo los nombres de los dos protagonistas, ficticios, el resto de la historia es real.

Yan Li se divorcia.

Cuentan los noticieros que el brutal aislamiento de ciudades impuesto en China ha tenido como consecuencia un incremento exponencial de los divorcios. Una mujer de Hubei, Yan Li, dejó plantado al marido porque la suegra le tiró a la basura su mascota, un hámster, por temor a que fuera transmisor de patógenos. Se sabe que la suegra, de procedencia rural, antes de la pandemia cocinaba carne de perro, gato, pangolín y culebra; y que el paladar de la nuera, de gustos más refinados, apetecía en todo caso de saltamontes y civetas. “O tu madre o yo”, gritó Yan Li antes de dar un portazo en las narices al marido, que se aplicaba en un cuenco de sopa de murciélago.

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