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Madres “pulpo”: entre el teletrabajo y el cuidado de los hijos

El confinamiento y el cierre de los centros escolares han impactado en la vida profesional de las mujeres y han obligado a que los padres se impliquen más en las tareas domésticas

Ana Murcia: "El confinamiento ha mejorado la corresponsabilidad en casa, mi marido asume ahora casi todas las tareas" Amor Domínguez

Conciliar familia y trabajo es una ecuación que está lejos de ser resuelta. En España, aún a día de hoy, son las mujeres las que, en la mayoría de los casos y a costa de su sacrificio profesional, asumen las obligaciones domésticas. Sus parejas a menudo se limitan a “ayudar”, para muchas eso ya es tener suerte. La pandemia de coronavirus, con el confinamiento y el teletrabajo, ha hecho más evidente esa desigualdad. Un sondeo del Club de Malasmadres revela que en el último año casi la cuarta parte de las mujeres trabajadoras ha tenido que renunciar a su empleo o a una parte de su jornada para hacerse cargo de sus hijos, que, con los colegios cerrados y siguiendo las clases online, requieren atención las 24 horas del día.

Antes de la emergencia sanitaria, con sus excepcionales circunstancias , ya eran las madres las que más a menudo se planteaban elegir entre los hijos y el trabajo. El 94 por ciento de los solicitantes de un trabajo a tiempo parcial para atender a menores, dependientes y obligaciones familiares eran mujeres, según datos de la Central Sindical Independiente de Funcionarios (CSIF).

Las empresas son poco comprensivas con las madres –al 37 por ciento de las mujeres con hijos que solicitaron acogerse al teletrabajo se les denegó su petición, según el informe de Malasmadres–. Tampoco el Gobierno ha sido ágil en responder a sus requerimientos: la baja laboral en el caso de cuarentena de los hijos que había prometido estudiar sigue en el aire.

María Pilar Broto Portaspana.

María Pilar Broto Portaspana. M. Villamuza

“Trabajar en casa con niños es muy duro: no sabemos las consecuencias”

María Pilar Broto, abogada y con dos hijos de 4 y 5 años, ha dado vida a una empresa en plena pandemia

M. MANCISIDOR

María Pilar Broto Portaspana lleva en el nombre su tierra de origen: Zaragoza (Aragón). Aterrizó en Avilés en 2013, cuando se casó con Pablo Granda. Al poco tiempo nació su hijo mayor, Saúl, de 5 años. Y un año después, Micaela, de 4. La pandemia le pilló con un reto profesional entre manos. Como abogada especializada en mediación familiar, civil y mercantil y coordinadora de parentalidad, Broto Portaspana acababa de dar vida a un proyecto nuevo que, curiosamente, se basaba en la presencialidad de las partes. “Compaginar el trabajo y la crianza ha sido difícil sobre todo porque estaba naciendo ‘Resuelve Asturias’, pero aun así no paramos y, como todos, nos adaptamos a la nueva situación. Tanto es así que ahora, si hace falta, hacemos mediación online”, manifiesta esta mujer para la que la mediación es una forma de vida: “Es la pasión por la justicia en un camino marcado por conseguir objetivos, resultados y beneficios amparado por la legalidad y la eficiencia”.

Esa mediación también existe en su hogar: “La crianza en mi caso no es tan difícil como en otros, porque mi marido y yo creemos en la parentalidad compartida y lo aplicamos, y si bien es verdad que las mamás asumimos más sinergias inconscientemente, cada vez avanzamos hacia una igualdad más completa”. Pese al respaldo de su pareja, Broto vio cómo su vida laboral y personal daba un giro de 180 grados a cuenta del covid: “El teletrabajo es muy duro. Es difícil encontrar la desconexión, y al estar en casa normalmente se adapta más el trabajo a la familia que al revés, sobre todo porque es algo nuevo y aún no hemos visto las consecuencias”. Broto tuvo la fortuna de contar con la que llama la “familia extensa”, una mezcla asturmañica que le ha tendido la mano siempre que ha tenido apuros: “Ha sido necesario su apoyo para poder conciliar la vida profesional y familiar. Durante el confinamiento total la relación fue online, pero todos nos adaptamos, porque la relación familiar y los valores que se transmiten desde los bisabuelos en adelante son importantes para nosotros”, resalta esta abogada de 39 años que, como muchas madres también, respiró el día que sus hijos se regresaron al colegio por dos razones: el bienestar emocional de los pequeños y el poder disponer de más tiempo para dedicar a su carrera profesional.

Por su trabajo, Broto es testigo de la factura que nos está pasando a todos el covid. “Los divorcios, los conflictos vecinales... todo ha aumentado con la pandemia, y se nota en el lenguaje de las partes, que vienen con los nervios a flor de piel a solucionar problemas que ahora están más enquistados”, manifiesta, y agrega: “La gente necesita mucho ser escuchada”. Y lo dice una experta en mediación a la que la pandemia por el nuevo coronavirus le puso la casa patas arriba a nivel laboral y familiar , por eso ahora habla de una nueva vida por el “bichito malo” que les enseñó a encontrar fortalezas donde antes había debilidades. “De todo hay que intentar sacar una lectura positiva”, concluye.

Ana Murcia, entre sus hijos.

Ana Murcia, entre sus hijos. Irma Collín

“La maternidad no debe ser planteada como renuncia a la vida personal”

En casa de Ana Murcia, con 4 hijos y orientadora escolar, el confinamiento mejoró “la corresponsabilidad”

Elena VÉLEZ

Tres lavadoras al día, montañas de ropa para planchar, una lista de la compra kilométrica sobre la mesa y tres equipos informáticos a pleno rendimiento gracias a la wifi doméstica. Ese el día a día en casa de Ana Murcia, una orientadora escolar de 48 años con domicilio en Las Regueras y madre de cuatro niños: Sergio, de 13 años; Carlos, de 8, y los mellizos Antonio y Jaime, de 5. Tanto ella como su marido, el consultor Santiago Fernández-Reinante, han cambiado radicalmente su rutina laboral desde hace un año debido al confinamiento. En lugar de ir a la oficina, la mayor parte de la semana teletrabajan, por lo que hacer la comida o ayudar a los peques con los deberes se hace en el mismo espacio (y, a veces, a la vez) que un informe laboral de 200 páginas.

“Cuando nos confinaron fue un momento bastante complicado. Además de nuestros trabajos, teníamos que supervisar la escolarización a distancia de los críos. Ayudar al mayor, que estaba en la ESO y tenía muchas asignaturas. Un ordenador era para él, otro para mi marido y otro para mí, mientras que los peques se conectaban en el mío cuando se podía. Fue agotador. Yo me levantaba y me arreglaba como si fuera a salir. Si me quedaba en pijama tenía la sensación de estar enferma. La suerte es que vivimos en una casa con prado y los críos no lo pasaron tan mal, tenemos columpios, hay animales en el entorno…”, cuenta Murcia. Muchos de aquellos hábitos, especialmente las videoconferencias y las reuniones telemáticas, los han incorporado definitivamente a su rutina. No solo eso, el confinamiento ha equilibrado el reparto de las tareas domésticas.

“El confinamiento ha mejorado la corresponsabilidad en casa, mi marido asume ahora casi todas las tareas porque sigue teletrabajando. Antes yo hacía bastantes más tareas del hogar debido a su trabajo, que tenía el típico horario infernal, partido; yo solo estoy de mañanas. Él salía temprano y volvía a las nueve de la noche. Ahí la corresponsabilidad se hacía bastante compleja porque, con niños pequeños, si llegas a las nueve de la noche a casa, ya están acostados o a punto de hacerlo”, explica la orientadora escolar, que dirige un equipo en Grado encargado de 10 colegios públicos. “Cuando la vida era normal me permitía tener tres tardes para mí; iba a comer con mis amigas o a hacer un curso. La maternidad es algo precioso, pero no hay que plantearla en términos de renuncia”, opina. 

Su labor como orientadora escolar también dio un vuelco hace un año. Y no solo por el cierre de los colegios y el teletrabajo. El sufrimiento de las familias con algún deceso por covid-19 o algún enfermo, la precariedad económica y la brecha digital le hicieron reorganizar su hoja de ruta y adaptarse a las nuevas necesidades de padres y alumnos. “Tuvimos que trabajar más que nunca”, cuenta, y “cubrir la brecha digital y la emocional por ERTE, fallecimientos y enfermedad”, explica. La primera ola fue muy dura en Grado, con un elevado número de contagios en las residencias geriátricas.

Susana Pascual, en su casa, en plena faena con su hija Carmela. | Ángel González

Susana Pascual, en su casa, en plena faena con su hija Carmela. | Ángel González

“Hubo días que pensé que no podía más: la empresa, la sopa, juguetes...”

Susana Pascual, ingeniera y CEO de PixelsHub, con una niña de 2 años: “Hay vida más allá del trabajo”

Luján PALACIOS

Susana Pascual, ingeniera industrial y CEO de la empresa PixelsHub, dedicada en el Parque Científico de Gijón a la realidad virtual y a la realidad aumentada, es una más de la legión de madres que con el confinamiento han visto cómo sus dificultades se volvían tal cual: reales y aumentadas. Con una niña, la pequeña Carmela, que cuando se cerró todo aún no había cumplido los 2 años (de hecho sopló las velas el primer día que se permitieron los paseos) y una empresa en marcha de la que ella y su marido, Antonio Parra, son responsables, “de repente nos vimos en la vorágine de tener que montar todo en casa”.

Sus empleados también se pusieron a teletrabajar y ellos tuvieron que cuadrar horarios y tareas porque “la niña de repente ya no podía ir a la guardería y todo se volvió caótico”. La ventaja es que ya disponían de un despacho en casa para trabajar; la dificultad, hacer todo compatible con el cuidado de un bebé que requiere atención todo el día. Pese a lo difícil del cometido, salió “razonablemente bien”, confiesa Susana.

La clave fue “un reparto de tareas y una estructuración férrea de los horarios desde el primer día”. Es decir, tratar de mantener la misma disciplina que antes del confinamiento, pero en casa. “La suerte ha sido que mi marido trabaja en lo mismo, con lo cual pudimos hacer turnos de trabajo, de forma alterna, unos días por la mañana y otros por la tarde, en días y semanas cambiados para no agobiar”. Y con todo, “solo pudimos mantener uno de los dos puestos de trabajo”, explica. 

En los meses en casa, en los que los horarios se mantuvieron a rajatabla: desayuno, trabajo, actividades lúdicas y educativas con la niña, deporte por la tarde, baño y cena, uno y otro día de forma metódica, “hubo de todo”, reconoce. Porque “lo mismo estaba con una videoconferencia, y a la vez con una sopa, los juguetes de la niña y pendiente de la colada, a la vez que pensábamos en el futuro de la empresa; hubo días que pensé que no podía más”. Pero aun así, y aunque ha sido una prueba dura, se considera afortunada. “Mi marido y yo nos hemos complementado muy bien, la crisis nos ha dado la oportunidad de afianzar aún más el trabajo en equipo, hemos estrechado aún más lazos y la verdad que estamos muy contentos”, asegura. 

También les ha dado la pandemia la oportunidad de redescubrir que “tenemos una vida más allá del trabajo, porque nos pilló en un momento de mucho trabajo, de muchas reuniones, y hemos visto que había otras cosas importantes. 

Ahora han vuelto a la oficina, porque “alguien tiene que estar allí, y la verdad que nos encanta”. Pero mantienen el teletrabajo para sus empleados, porque se han dado cuenta de que “aunque el contacto humano es fundamental, la gente tiene que estar cómoda. Lo importante es que el trabajo se haga bien y con calidad”. Aunque sea con varios frentes abiertos. “Podemos con todo”. 

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