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Las mujeres que nos cuidaron este año: retrato de las profesionales que sacaron adelante a un país atemorizado por el covid

Las trabajadoras que desempeñaron su labor en sectores esenciales durante la pandemia, la mayoría fuertemente feminizados, consiguieron que todo siguiese funcionando

Las mujeres que nos cuidaron.

Las mujeres que nos cuidaron.

Médicas y enfermeras, dependientas de supermercado, cuidadoras en geriátricos, auxiliares de ayuda a domicilio, limpiadoras. La inmensa mayoría de los trabajos considerados esenciales en esta pandemia están altamente feminizados. En los cuerpos de seguridad, Policía, Guardia Civil, incluso en el Ejército, otros esenciales, hay cada vez más mujeres. Todos esos profesionales fueron los que sacaron adelante un país enclaustrado y atemorizado en los meses más duros del covid, y la mayor parte eran mujeres. En esta atípica celebración del 8M el movimiento feminista ha querido agradecerles ese esfuerzo que a muchas, agotadas y estresadas, ya les está pasando factura. Pese a los aplausos y los reconocimientos públicos, muchas de esas mujeres, que han sostenido a toda España en la mayor emergencia nacional en décadas, desempeñan su trabajo en condiciones precarias, con una carga laboral excesiva y salarios muy cortos.

Aida Marmesat Montes es una de esas mujeres que, sin pararse a pensar, se echaron a los hombros la carga que se les vino encima. Médica de Urgencias en el Hospital de Cabueñes, en Gijón, en su primer recuerdo de la pandemia se ve vistiéndose el EPI, el equipo de protección individual, para, a continuación, encerrarse durante toda la tarde en el área de aislamiento de Urgencias para pacientes sospechosos de haber contraído el covid. “Recuerdo la sensación de incertidumbre, de inquietud, la incomodidad del traje y la impotencia de no saber claramente a qué nos enfrentábamos”, cuenta.

Aida Marmesat Montes | Médica de Urgencias en Cabueñes, en Gijón.

Aida Marmesat Montes | Médica de Urgencias en Cabueñes, en Gijón. Juan Plaza

En el año transcurrido desde entonces la joven doctora, de 33 años, ha experimentado “ansiedad, cansancio, tristeza” y ha vivido como si estuviera “en un bucle sin fin”.

También ha habido espacio para momentos felices, pese a todo. “He aprendido a valorar más todo lo que me rodea, y estoy orgullosa de poder estar trabajando como médica, aportando mi grano de arena en una crisis como esta”, afirma. Aida se refiere “con especial cariño al primer día que la gente salió a aplaudir por la ventana”. Ha tenido pacientes que le han dado las gracias por su atención, aunque para ella y sus compañeros el mejor reconocimiento que los ciudadanos pueden tener hacia ellos es ser “responsables con su salud y la de los demás”.

Llevamos años siendo testigos de los recortes y la mala gestión en la sanidad pública, y especialmente en la atención primaria, a la que han llevado a una situación de precariedad sin precedentes, que en estos últimos meses ha tenido que verse compensada con el compromiso y el esfuerzo de sus profesionales, tanto sanitarios como no sanitarios”, sostiene.

La brecha de género en el sector sanitario “siempre ha estado ahí”, según Aida, y en su opinión no ha habido un “ empeoramiento reseñable” durante la pandemia. “Siguen existiendo sesgos a nivel salarial, a nivel de dirección, en puestos de investigación y, en general, en puestos de toma de decisiones”, comenta, algo que a ella misma le resulta “llamativo”, porque entre los médicos cada vez hay más mujeres.

Belén González García | Charcutera en un supermercado de Mieres.

Belén González García | Charcutera en un supermercado de Mieres. Miki López

En Mieres, Belén González García, de 55 años, trabaja como dependienta en un supermercado atendiendo la charcutería, y cuando se le pregunta por aquellos primeros días del confinamiento la respuesta le salta a los labios: “Fue horroroso”. “Parecía que se iba a acabar el mundo”, dice al recordar el aluvión de clientes haciendo acopio de suministro. Se trabajaba “a tope” y la situación era desconcertante. “Al principio se decía que la protección no era obligatoria: luego había que mantener la distancia obligatoria y no podíamos cambiarnos en los vestuarios juntas; en abril nos dieron unas mascarillas de tela. A mí, como soy persona de riesgo, me dieron una FFP2”, relata.

Además, estaba la preocupación por “contagiar a la familia”. Ese era tema de conversación habitual entre la plantilla. El súper en el que trabaja Belén González García colocó a un guardia de seguridad a la entrada, bandas en el suelo para marcar la distancia de seguridad y llenó el local de geles hidroalcohólicos. Ella se siente protegida tras el mostrador, pero muchas de sus compañeras están en contacto directo con los clientes. “Ya que somos un grupo esenciales y estamos en primera línea, deberían vacunarnos”, aprovecha para pedir.

La continua reorganización del trabajo, por la evolución de la pandemia, no facilita la conciliación familiar. “Es un continuo cambio de horas de entrada y de salida; primero a las ocho, ahora a las nueve… Y fuera tienes una vida esperando”, se queja. En su caso, en casa hay un marido y un hijo, ambos trabajando y por los que, durante estos meses, ha estado doblemente preocupada, por su salud y por su seguridad laboral.

Carmen Álvarez González | Auxiliar de ayuda a domicilio en Corvera.

Carmen Álvarez González | Auxiliar de ayuda a domicilio en Corvera. Mara Villamuza

Entre tantos nervios y tanta angustia hubo momentos entrañables. “Como todo estaba cerrado y no podíamos salir a tomar el café o a por un pincho, teníamos a un cliente, un señor mayor, que todos los días nos traía la merienda; luego murió de covid”, relata.

También ha sido un año duro para Carmen Álvarez González, auxiliar de ayuda a domicilio en Corvera, de 51 años, una hija que estudia fuera y un padre del que tiene que estar pendiente. Estaba preocupada por contagiarse y preocupada por poder contagiar a la familia, especialmente a su marido, con una patología de alto riesgo. Mientras sobrellevaba su propia angustia se esforzaba en transmitir a las personas que tiene a su cuidado, una docena de usuarios cada semana de entre 60 y 93 años, “calma y tranquilidad: había que darles un poco de esperanza”.

Recuerda cómo empezó todo: “Fue un domingo. Soy delegada del comité de empresa y el domingo 15 de marzo me llamó la coordinadora para decirme que estaban preparando servicios mínimos”. Había que reorganizar rápidamente la atención para que solo tuvieran que asistir personalmente a las personas que vivían solas y a los grandes dependientes. También repartirían la medicación por los domicilios.

Dulce Gutiérrez López | Policía local de Oviedo.

Dulce Gutiérrez López | Policía local de Oviedo. Irma Collín

Cree que la epidemia de coronavirus ha contribuido a visibilizar a su colectivo. “Somos profesionales sociosanitarios y ahora nos han declarado esenciales, pero no estamos valorados suficientemente. Nosotros hacemos posible que la gente siga en sus hogares y con sus recuerdos”, afirma. “Se nos ve como la persona que viene a limpiar y a veces somos los primeros en detectar una enfermedad, una demencia u otras patologías similares”, argumenta.

“Nunca se contempló que nos quedáramos en casa. Somos un colectivo muy responsable y sacrificado y las personas que cuidamos no pueden quedar desatendidas”, explica, y no tiene duda del impacto psicológico que todo esto va a tener en ella, y en el resto de la población. “A nivel mental todos vamos a salir perdiendo, las mujeres como el resto. Yo y mis compañeras estamos en unas condiciones aceptables, pero me pongo en el lugar de las personas que trabajan sin cobertura social y es terrible, yo me siento afortunada”, admite Carmen.

Dulce Gutiérrez López forma parte de la Unidad contra la Violencia de Género de la Policía Local de Oviedo. Con el confinamiento temió que las agresiones y las denuncias se dispararan, por la “convivencia obligatoria”, pero no fue así, incluso descendieron. Supuso que una cosa eran las denuncias y otra lo que ocurría en el interior de las casas, y que al desconfinar llegarían las denuncias, pero no. No sabe decir por qué, aunque intuye que algo tuvo que ver el acceso al alcohol.

En marzo, Dulce salía a la calle con la sensación de estar enfrentándose a “un enemigo invisible”. Se emocionó con la gente aplaudiéndoles desde las ventanas -“¡Aplaudir a la Policía!”, recalca con incredulidad- y con los encuentros con el personal sanitario. A las oficinas del cuartel del Rubín acabaron yendo a trabajar de uno en uno. Llegaban y limpiaban su escritorio con lejía y cuando se iban volvía a repetir la operación, y además estaba el servicio de limpieza habitual. 

Rosaura Rosalía Rivas Echeverría | Auxiliar de enfermería en un geriátrico de Nava.

Rosaura Rosalía Rivas Echeverría | Auxiliar de enfermería en un geriátrico de Nava. Luisma Murias

A sus 47 años, Dulce Gutiérrez López tiene a su cargo a tres hijos. Su marido es policía como ella, así que “el riesgo era doble”. Ambos intentaban “no coincidir en los turnos y mantener unos hábitos de higiene estrictos”. En su trabajo, dice, no hay diferencias entre hombres y mujeres. En la calle, “salvo excepciones, en aquellos primeros meses la gente se comportó bien; ahora ya se va hartando…”, admite. 

Nuria González Bermúdez es una de las veteranas del Hospital Universitario Central de Asturias, el HUCA; antes del traslado ya llevaba años en el complejo sanitario del Cristo. Es limpiadora, tiene 51 años y dos hijos, de 22 y de 16 años. Los mismos nervios con los que se anunciaba la llegada del covid a Asturias los vivió con el ébola, que afortunadamente quedó en nada. Psicológicamente, dice, es difícil soportar la incertidumbre. “Hay compañeras que llevan desde marzo trabajando con covid, en UCI y urgencias, y el desgaste es grande”, señala. Ella está en la zona quirúrgica, habituada a las mascarillas, pero lo de ahora es otra cosa. “En planta, para limpiar las habitaciones covid, se ponen el EPI completo, y con él sudas más, es más aparatoso, y vas más lenta”, explica. 

Nuria pasó tanto miedo por su marido y su hijo pequeño, de 16 años, y tanto extremó la limpieza que el chaval se amendrentó y se encerró en sí mismo. “Hacía la compra una vez a la semana, al volver de trabajar, y lo limpiaba todo a la puerta; al entrar en casa iba directamente a la ducha”, refiere. El personal no sanitario, como ella, se consideraba de bajo riesgo, pero en el HUCA no ha percibido distinciones y se ha sentido “arropada” por el resto de los trabajadores. 

Nuria González Bermúdez | Limpiadora en los quirófanos del HUCA.

Nuria González Bermúdez | Limpiadora en los quirófanos del HUCA. Luisma Murias

A Rosaura Rosalía Rivas Echeverría, empleada de una residencia para mayores de titularidad privada de Nava, le encanta su trabajo. Es auxiliar de enfermería y técnico en farmacia y parafarmacia. En el turno de mañana, en el que ella está, tiene a su cargo entre ocho y diez personas. 

Ha cumplido 38 años y es madre de una niña, de la que la pandemia y el trabajo, por miedo a contagiarla a ella y a sus abuelos, la obligó a estar separada 55 días, y eso que la tenía al cabo de la calle, a cinco minutos. Para ella los primeros días de pandemia y confinamiento fueron “una pesadilla”. El reencuentro con su niña y las videoconferencias entre los residentes son su mejor recuerdo de este año.

“Ya que los trabajadores de los supermercados somos esenciales y estamos en primera línea, deberían vacunarnos”, reclama Belén González

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Rosaura alaba “la solidaridad de la gente” y recuerda con cariño detalles como el que tuvo una vecina que cosió mascarillas de tela para ellos, cuando escaseaban. “La gente se volcó, y humanamente ha sido increíble”, dice.

Con las personas a su cuidado, ella, como el resto de sus compañeras en la residencia, ha estrechado lazos de cariño. “Hemos sido sus cuidadores, su familia, sus ojos y sus oídos, hemos hecho videollamadas, en el pueblo las familias nos preguntaban por ellos… Hemos intentado transmitir calma”, relata. Han tenido suerte y entre los residentes solo han tenido un positivo, de una persona que había pasado por un hospital. 

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