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Qué hacer con el empleo juvenil: dos modelos para abrir el mercado laboral

Cada crisis hace más mella en la situación laboral de los jóvenes: No solo crece el desempleo, los salarios son cada vez más bajos y hoy están entre un 27% y un 50% por debajo de los que se percibían en los años 80

Jóvenes participantes en el TICLAB de Mar de Niebla

Jóvenes participantes en el TICLAB de Mar de Niebla Marcos León

Un análisis de Florentino Felgueroso, investigador de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea)

Esta pandemia ha vuelto a poner en evidencia tres de los problemas más dramáticos de nuestra sociedad: la pobreza, el envejecimiento demográfico y el empleo juvenil.

La tasa de paro de personas de 16 a 24 años ha vuelto a superar el 40%, más del doble de la media de la Unión Europeo, y 6 puntos porcentuales más que el segundo país con mayores problemas de paro juvenil, Grecia.

Desgraciadamente, no son cifras extrañas. Nuestro mercado de trabajo es tan bulímico que este indicador alcanza valores similares con frecuencia, cada vez que se produce una crisis y, posteriormente, durante unos cuantos años más. En la última crisis, alcanzó el récord de 57% (64% en Asturias) y aún necesitamos tres años de expansión para que se situara por debajo del 40% (en Asturias, 3 años y medio), pero el resto del tiempo sigue en valores muy altos: hace 12 años que supera el 30%.

El problema del empleo juvenil es un problema estructural, de difícil solución, pero se ha ido agravando y tiene efectos perjudiciales en la vida adulta. En primer lugar, hemos de tener en cuenta que estos resultados tan negativos se obtienen con muchos menos jóvenes que en tiempos pasados. En Asturias, en lo que va de siglo, hemos perdido cerca de la mitad de la población en este tramo de edad.

Pero, además, también se ha ido produciendo un deterioro progresivo, quizá menos visible, de las condiciones de entrada al mercado de trabajo. En un reciente estudio en colaboración con Samuel Bentolila (Cemfi), Marcel Jansen (Universidad Autónoma de Madrid) y Juan Francisco Jimeno (Banco de España y Universidad de Alcalá), mostramos que el impacto negativo que han tenido las últimas crisis en los salarios y en el tiempo de trabajo de los jóvenes han sido considerables, y que no se han recuperado los valores previos en los periodos expansivos. Así, los ingresos laborales medianos de los jóvenes trabajadores son hoy en términos reales entre un 27% y un 50% inferiores a lo que percibían a finales de los años 80. Y los días de trabajo (equivalentes a tiempo completo) han caído entre un 22% y un 73%. Ambos fenómenos se pueden explicar por la caída de la duración de las relaciones laborales y por la reducción de la jornada laboral. En especial, esta última década se ha caracterizado por un incremento continuo de los contratos de muy corta duración. El subempleo también creció considerablemente durante la última crisis y se ha resistido a bajar desde entonces, y estos fenómenos han perjudicado, sobre todo, a los jóvenes.

¿Qué podríamos hacer para aliviar los problemas de empleo juvenil y facilitar la transición de la escuela al mercado de trabajo?

Muchas cosas, pero me centraré aquí solo en una: observar y, en la medida de lo posible, intentar replicar lo que hacen aquellos países que lo hacen mejor.

Una tasa de paro juvenil del 40% significa que cuatro de cada diez jóvenes que desean trabajar no encuentran un empleo. Este indicador no es tan informativo para realizar comparaciones en el tiempo y entre territorios como el porcentaje de jóvenes que trabajan y, aún más, el de los que estudian y trabajan. Aquellos países con menores tasas de paro juvenil no son países en los que la mayoría de los jóvenes solo trabajan o solo estudian, sino que combinan o compaginan los estudios con el trabajo. Primero los jóvenes tienen que desear y poder trabajar, aún estudiando, y, claro, desear y poder estudiar aun trabajando. En España hemos pasado por un largo periodo de abandono escolar temprano, en el que los jóvenes, sobre todo los varones, dejaron la escuela atraídos por la llamada de sector de la construcción durante la burbuja inmobiliaria. Este periodo se acabó, y las nuevas cohortes han cambiado el trabajo por los estudios, no por una situación en la que comparten ambas actividades. Lo contrario de lo que ocurre en aquellos países con bastantes menos problemas de empleo juvenil.

Estos siguen dos tipos de modelos: programas mixtos de formación y empleo, la llamada Formación Profesional dual, muy presente en los países germánicos, o compaginar la jornada laboral con escolar, típica de los países anglosajones y de los países del norte de Europa. En ambos casos, los jóvenes se contabilizan como empleados, y existe evidencia que estos modelos facilitan la transición del sistema educativo a la incorporación definitiva al mercado de trabajo.

Análisis: Cómo fomentar el empleo entre los jóvenes

Nuestra experiencia en Formación Profesional dual sigue siendo muy pobre. El actual modelo, iniciado en el año 2012, no ha cuajado: no ha cambiado prácticamente la proporción de jóvenes que combinan los estudios de Formación Profesional con el trabajo. El modelo actual tiene muchas deficiencias, posiblemente una falta de recursos, pero, sobre todo, una falta de incentivos y por lo tanto implicación para solucionarlas. Urge pues una reforma del modelo por el bien del desarrollo de la Formación Profesional (y del empleo juvenil).

Pero en otros países, sin un peso tan relevante de la formación dual, también observamos que los jóvenes compaginan estudios y trabajo. El paradigma quizá sea Holanda. En este país, el 41% de los menores de 25 años estudian y trabajan (el 8% en España). Y otro dato relevante: cerca de la mitad del empleo total del sector de la hostelería de este país lo ocupan personas de menos de 25 años (12% en España), y en el sector del comercio cerca del 30% es empleo joven (7%, aquí).

Al margen de posibles explicaciones culturales (la protección familiar) o económicas (los precios y las políticas de vivienda y otras ayudas a jóvenes) relacionadas con una mayor propensión a emanciparse en edad temprana en los países del Norte, los jóvenes pueden combinar estudios y trabajo cuando tienen unos puestos de trabajo “reservados” para ellos en determinados sectores y ocupaciones. Por ejemplo, jornadas que no den para dos turnos a tiempo completo podrían completarse por jóvenes, una vez finalizada la jornada escolar, como hacen en las grandes superficies de algunos países. Para acceder a ambas ocupaciones, los estudios y empleo, también se requiere de una mayor flexibilidad de la jornada y otras facilidades en los centros de trabajo y de estudio, y que no se discriminen a los que combinen ambas actividades, es decir, una “mentalización” de lo importancia de que los jóvenes tengan acceso a ambas actividades.

Evidentemente, tiene que producirse bastante más cambios para resolver nuestros problemas de empleo de nuestros jóvenes una vez que finalizan los estudios, tanto en el sistema educativo como en el mercado de trabajo, y, especialmente, en nuestro modelo productivo. Estas acciones darían para varios artículos más, pero creo que estos primeros cambios ayudarían bastante a la transición definitiva al mercado laboral.

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