Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Sanjurjo : los años de formación

La transición de la pintura figurativa al expresionismo abstracto

Castropol, desde la Linera, pintado en 1971.

Castropol, desde la Linera, pintado en 1971.

Las tres exposiciones de Bernardo Sanjurjo, que actualmente se exponen en Oviedo –Museo de Bellas Artes, Edificio Histórico de la Universidad y Escuela de Arte de Oviedo– , abarcan obra entre 2014-2020, con alguna cala anterior, como un cuadro de 1976, que forma parte de la muestra del Museo. La obra de este pintor ha evolucionado constantemente, sin detenerse nunca, sin que su autor se complaciera en repetir una fórmula o hallazgo estético, y cada etapa de su evolución artística tiene, además, un valor sustantivo.

En torno a 1970, a los treinta años del autor, se produjo su transición de la etapa figurativa, de formación académica, al expresionismo abstracto. El paisaje es –frente a la figura humana o el bodegón– el género donde mejor se puede contemplar esta transformación, sobre todo en la serie de representaciones de Castropol. Salvando las distancias, puede compararse la dedicación y fervor con que Sanjurjo pintó Castropol desde La Linera con la reiteración de Cézanne en pintar toda su vida la montaña de Sainte-Victoire, en las proximidades de Aix-en-Provence. También aquí puede decirse, como dijera un crítico de Cézanne, que “como las variantes se suceden unas a otras, se vuelven más apasionadas en su ejecución y más espirituales en su contenido”. La evolución de los paisajes del pintor de Barres sigue una dirección bien distinta de la que representa el famoso cuadro de Piñole “El pino de la Rebollá”, desde la quinta de Chor, en Prendes, Carreño, que recoge un número casi infinito de gamas de color verde, tras la recogida de la hierba en la seronda de 1905. Por el contrario, la visión de Castropol de Sanjurjo es una sinfonía de color que reduce al mínimo la síntesis cromática.

Por la izquierda, linares, Sanjurjo, Vicent, Manuel Campa, Margarita Alonso, Lombardía y Víctor Manuel. todos están en la inauguración de la exposición de Marqués Uranga, el 6 de agosto de 1973

“Los demonios del paisaje –según J. M. Moreno Galván– están presentes en toda la obra pictórica de Sanjurjo para prestarle a la quieta sumisión de sus masas cromáticas una indeterminación estructural que está muy cerca de la movilidad”. También don Jesús Villa Pastur considera que “el más fecundo germen de su obra se encuentra en los paisajes”. En 1978, Antonio Gamoneda clasificaba la obra de Sanjurjo como “un paisajismo liberado o, mejor, como una abstracción paisajística.” Es muy pertinente la referencia, en el catálogo del Museo de Bellas Artes, de Ricardo Menéndez Salmón, a la biblioteca personal del pintor: “Una de la más fecundas y mejor cuidadas colecciones de arte que conozco”, pues, desde la adolescencia, antes de poder visitar los museos europeos y norteamericanos, ya se esforzaba en comprar los libros de arte necesarios para su formación. Así tuvo muy pronto conocimiento de artistas plásticos contemporáneos, entonces con escasa presencia en los museos españoles, como Rothko, Picasso, Miró, Guerrero, Luis Feito, etcétera.

1973 es un año decisivo en la vida de Bernardo Sanjurjo: casado con Françoise Peron, nace Pablo, su primer hijo, gana por oposición la plaza de Dibujo Artístico de la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Oviedo, y quema las naves de la figuración, por ahora, hasta las espléndidas exposiciones actuales del Museo de Bellas Artes, la Universidad y la Escuela de Arte, emprendiendo entonces una nueva navegación estética que se manifiesta plenamente en la Exposición de la sala Marqués Uranga de Gijón, en el mes de agosto de aquel mismo año.

Ese paso dado por el pintor de Barres hacia el expresionismo abstracto, a comienzos de los años 70, marca su obra hasta hoy, determinada por “la construcción y el informalismo” (Alejandro Mieres), “con una íntima relación con su propia materialidad” (Gamoneda), “cada vez más volcada sobre su propia materialidad y las cualidades cromáticas” (Félix Guisasola), “con la voluntad de disolver el yo en el comportamiento de la materia” (Fernando Castro). “Con el color asumiendo también ahora su papel de elemento plástico fundamental se ha constituido en valor configurativo, aun sin abdicar de su función emocional” (Rubén Suárez). “El color ha pasado del dramatismo a la vitalidad. En la obra última emplea el color, donde parece sostenerlo en un espacio casi completamente autónomo, a punto de abandonar la forma y, con ella, el tiempo” (Santiago Martínez).

Cista de Castropol, de 1971, en el RIDEA.

Cista de Castropol, de 1971, en el RIDEA.

Pero, si el camino del arte es siempre difícil, lo es especialmente en la abstracción, tanto por su dificultad intrínseca como por factores externos. Cuenta don Jesús Villa Pastur que en el certamen de paisaje del RIDEA, de 1971, un miembro del jurado, arquitecto, muy conservador en estética, y en lo demás, amenazó con abandonar el jurado si se admitía a concurso una obra de Sanjurjo, una vista de Castropol, una muy bella sinfonía de color que presagiaba la próxima etapa no figurativa del autor. Sin el voto del arquitecto, la obra alcanzó el segundo premio del concurso. La 4.ª Bienal de Arte “Ciudad de Oviedo” (1984) mostró el cambio de un buen número de pintores abstractos españoles, que se sumaban a la nueva corriente de “indistinción progresiva” entre abstracción y figuración, quedando sólo unos pocos a contracorriente, manteniendo, tal vez, una trayectoria con coherencia.

Hace ahora un siglo, en 1921, escribe Ortega y Gasset, a propósito de la deshumanización del arte: “El arte evoluciona inexorablemente en el sentido de una progresiva purificación; esto es, va eliminando de su interior cuanto no sea puramente estético.” Don Pedro Caravia gustaba de completar esta frase con una idea que procedía del poeta Jorge Guillén: “Arte puro, sí, pero no demasiado, tampoco hay que pasarse”. En este sentido la obra de Bernardo Sanjurjo –al que Alfonso Palacio, director del Museo de Bellas Artes, presenta como el “decano de los pintores vivos asturianos”, y Oscar Alonso Molina, comisario de la exposición actual, “como el pintor vivo asturiano de mayor relevancia en la escena nacional”–, bien puede decirse que cumple puntualmente los designios del filósofo madrileño.

Bernardo Sanjurjo forma parte, además, de una formidable generación de artistas plásticos asturianos. Lo expresó muy bien Vicente Pastor, otro buen pintor del occidente asturiano, de la generación siguiente, que procede también de un paisaje privilegiado, el de Barcellina, al lado mismo de Luarca: “Bernardo y los de su generación fueron la bisagra del arte asturiano, fueron nuestros maestros” (LNE, 26-3-2021). Entre otros, forman parte de esta generación de artistas de los años 70, Adolfo Bartolomé, Miguel Ángel Lombardía, Manuel García Linares, Fernando Alba, Carlos Sierra, José María Legazpi, Jesús Díaz Zuco, José Santamarina, Ramón Rodríguez, Alejandro Mieres, Higinio del Valle, Elías García Benavides, Eduardo Úrculo y Mariano Ciagar.

Francisco Vizoso, el gran educador de Gijón en la segunda mitad del siglo XX –entre sus discípulos figura Ignacio Villaverde, actual rector de la Universidad de Oviedo– describe fielmente la trayectoria artística de Sanjurjo: “Largo y noble camino recorrido, camino hecho de obras serias, esforzadas, originales y, sobre todo, bellas. Su originalidad –existe siempre– no es pretendida por él como una diferencialidad, sino que está en él como una faceta de autenticidad”.

Compartir el artículo

stats