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Asturianos en la cabeza de la corona

La Reina, los jefes de la Casa del Rey Fernández Campo y Aza, y el jefe de protocolo Alfredo Martínez simbolizan el vínculo real con valores asociados a una forma de entender la asturianía

Letizia Ortiz  | Nacida el 15 de septiembre de 1972. Reina consorte desde 2014.

Letizia Ortiz | Nacida el 15 de septiembre de 1972. Reina consorte desde 2014.

¿Casualidad o causalidad? La Corona española respira asturianía desde hace décadas en puestos clave de su organización. Más si cabe desde que la Reina es ovetense: Letizia Ortiz. Dos jefes históricos de la Casa del Rey también proceden del Principado –Sabino Fernández Campo y Alberto Aza–, al igual que el actual jefe de protocolo, el muy influyente Alfredo Martínez Serrano. Al margen de sus cualidades profesionales cabría preguntarse si en la decisión de elegirlos podría influir, de forma premeditada o inconsciente, la idea ampliamente extendida –aunque no unánime– de que la asturianía se percibe como una forma de encarar la vida desde la lealtad, el compromiso y una mirada de calado nacional sin renunciar a la esencia de los orígenes. Sobre ello reflexionan historiadores y sociólogos consultados sobre LA NUEVA ESPAÑA.

Asturianos decisivos. Contextualicemos. Nadie mejor para ello que el historiador Enrique Moradiellos. Que nos recuerda que “es muy notable la presencia de asturianos en los ámbitos superiores de decisión política de España en la época contemporánea y acaso desde el siglo XVIII, como mínimo. Sobre todo, considerando que es una presencia bastante constante y siempre destacada, al menos si cotejamos el número de los protagonistas con el número de asturianos en el conjunto demográfico español”. Ya en el XX, apunta, “el número es acaso menor, pero hay que contar la figura de Torcuato Fernández-Miranda, como vicepresidente, presidente interino de gobierno en 1973, presidente de las Cortes en la transición y tutor del Rey cuando éste era príncipe de España todavía”. Asturias, pues, “aportó mucho al poder político español y muy por encima de lo que correspondía a su población, riqueza u otros factores”.

Sabino Fernández Campo  | Nacido en 1918. Jefe de la Casa del Rey de 1990 a 1993.

Sabino Fernández Campo | Nacido en 1918. Jefe de la Casa del Rey de 1990 a 1993.

El también historiador Fernando Manzano considera que “es innegable que hay una larguísima tradición de asturianos al servicio de la Corona, y no sólo en la Casa Real, a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Últimamente estoy trabajando sobre la Real Congregación de Nuestra Señora de asturianos en Madrid en el período 1742-1808 y llama poderosamente la atención la presencia de no pocos asturianos que ostentaban cargos en la alta administración borbónica. Las redes de sociabilidad asturiana en Madrid eran muy densas, y no debemos olvidar las redes políticas basadas en el paisanaje y en las relaciones familiares y clientelares”.

El sociólogo Jacobo Blanco se suma al recordar, “más allá de la Casa Real, la pléyade de políticos asturianos, por lo general ilustrados, de relevancia nacional”. Y que se pueden englobar en dos grandes grupos: el de los juristas y el de los militares y los ingenieros. “Podríamos decir, concluye, “que si hay un hilo común a la mayoría de ellos es su moderantismo reformista, un entendimiento más o menos liberal de las relaciones humanas que podría llevarse, incluso, a algunos de los políticos más radicales”. Datos importantes para dar el siguiente paso:

Tres figuras clave. Llegamos a la Corona en su etapa más reciente, y en la que Fernández Campo y Aza, como jefes de la Casa del Rey, y Martínez Serrano, como actual jefe de protocolo se han ocupado de la “sala de máquinas”. Moradiellos los define como figuras representativas “de otro tipo de servidor público de primer nivel nacional: no el político, sino el funcionario con cargo de asesoramiento, consulta y gestión práctica y a veces oscura y discreta, sin focos de luz sobre su persona y obra. No por eso son menos decisivos y transcendentales. A veces, todo lo contrario. El protagonismo de Fernández Campo es el más destacado de los tres por los tiempos que le tocó vivir. No hay manera de entender ni la actuación del Rey ni el proceso de desmantelamiento del golpe del 23-F sin la decisiva actuación de Fernández Campo. Su protagonismo histórico, por esa misma coyuntura y su propio oficio, es superior a la que haya podido tener Aza, sin demérito alguno para éste”.

 Alberto Aza  | Nacido el 23 de mayo de 1937. Jefe de la Casa del Rey de 2002 a 2011.

Alberto Aza | Nacido el 23 de mayo de 1937. Jefe de la Casa del Rey de 2002 a 2011.

Y señala que Martínez Serrano “tiene un prestigio tan evidente y arraigado que transciende su propio ámbito de actuación y es bien conocido fuera de los círculos políticos y mediáticos, donde se le asocia con justicia a la espléndida labor que está haciendo el nuevo Rey desde su proclamación, siguiendo esos principios de modernización, transparencia y pleno y total compromiso con el régimen democrático constitucional en todos los órdenes de la vida. La razón de ese prestigio es simple pero creo que crucial: aúna la inteligencia del experto diplomático de hoy en día y el buen hacer del servidor público vocacional, con su catálogo de virtudes correspondientes entre las cuales la prudencia y la discreción son sólo algunas de ellas”.

El historiador Rubén Vega apunta que “desde mi escaso fervor monárquico, intuyo que Sabino jugó un papel relevante durante años y que sus capacidades y virtudes fueron en cierto modo también la causa de su caída en desgracia porque quizá fue más monárquico que juancarlista. Desde ese punto de vista, no incurrió en los vicios habituales de lo sedicentes monárquicos que son en realidad cortesanos y que componen un cuadro de pésimas compañías para los reyes y la familia real: aduladores, acríticos, faltos de sentido histórico o de Estado, tendentes a consentir, encubrir y justificar cualquier conducta. A eso fue a lo que tendió Juan Carlos cuando prescindió de Sabino porque probablemente no se prestaba a ello y quienes tenían influencia sobre el rey sembraron cizaña para deshacerse de él al percibirlo como un estorbo para sus ambiciones y negocios. Sabino permaneció leal a la institución y se llevó a la tumba los secretos y los trapos sucios”.

Interviene el jurista Javier Junceda: “De Sabino trascendió un rol más intenso o global en su función. Aza, sin embargo, destacó tal vez más por su discreción y consejo en la tarea, que lleva mucha coordinación aparejada con el resto de poderes del Estado y la agenda internacional. Dejaron su huella, proyectada más en el ámbito interno en el caso de Sabino y más en el exterior en el de Aza. Y fueron protagonistas de tiempos especialmente complejos para la Corona, que supieron superar con éxito”.

Blanco define a Fernández Campo como militar “con un amplísimo conocimiento de la administración civil y sus procedimientos, siempre desde un relevante segundo plano”. Al igual que Aza, con un “talante liberal, moderadamente reformista y conocedor de las estructuras del estado y de la administración. En el caso de Aza, también del servicio diplomático. Durante sus años al frente de la Casa, la Monarquía y, en particular, el Rey, gozaron del asentimiento mayoritario de los españoles. Tras su marcha las cosas empezaron a ser otras. Dos personalidades de perfil político discreto con un carácter personal prudente, sobrio y reservado: “Atributos ideales para un consejero del Monarca”.

Alfredo Martínez Serrano | Nacido en 1971 en Oviedo. Jefe de protocolo desde 2014.

Alfredo Martínez Serrano | Nacido en 1971 en Oviedo. Jefe de protocolo desde 2014.

Vínculo de asturianía. Manzano viaja en el tiempo para matizar oportunamente que “más que por la fidelidad y la discreción del carácter asturiano, la intensa presencia de asturianos en los engranajes del poder central también tiene que ver con la construcción del estado borbónico después de la Guerra de Sucesión. Felipe V se apoyará en miembros de las élites periféricas como la asturiana, y de este modo orillar a los representantes de la vieja nobleza que habían copado durante siglos los puestos de representación. Este es uno de los motivos por el que rastreamos muchos ‘hombres nuevos’ asturianos en torno a los primeros Borbones”.

Vega piensa que “el título de Príncipe o Princesa de Asturias pueda dar cierta relación, inspirar predilección y favorecer accesos o elecciones. Pero es pura especulación. Sí parece obvio que tanto la monarquía como el nacionalismo español fundan una de sus raíces en Covadonga y hacen del origen del reino de Asturias una base para sus propias concepciones y legitimaciones. No creo, en todo caso, que el sentimiento monárquico ni el de españolidad de los asturianos supere al de los castellanos, extremeños o murcianos. Rayará más alto que el de catalanes y vascos, pero poco más porque hay una larga tradición de izquierdas y una apreciable raigambre republicana. De hecho, desde hace ya bastantes años, los Premios dividen las afueras del Campoamor, cordón policial mediante, entre quienes aplauden y quienes abuchean. Así que no tengo tan claro que ser de la pata de Pelayo y abonar el prurito de que somos España y lo demás tierra conquistada, aparte de grandones, nos haga más españolistas o más monárquicos. Depende de con quién nos comparemos”.

Junceda, por el contrario, afirma que “desde luego, que haya habido tanto asturiano alrededor de los Reyes siendo esta una comunidad con una población y una influencia socioeconómica tan modesta, revela que el carácter del asturiano encaja como anillo al dedo en esta Institución. El asturiano suele compaginar el sentido del humor con la nobleza, y eso siempre cuenta a favor. Me consta el profundo cariño que se tiene al transparente y natural estilo asturiano. Además, no hay aquí problemas de identidad nacional, sino que Asturias es España, como solemos decir con sano orgullo y sin complejos. Todo eso siempre es un valor añadido cuando se trata de asumir responsabilidades de altura como las ligadas a la Casa Real. A los asturianos que han dejado su impronta en Zarzuela seguirán pronto otros con total seguridad, porque ser asturiano es un timbre de honor siempre”.

Blanco no cree que haya “características especiales de los asturianos que les hagan proclives a tan delicados destinos. Pero sí un ambiente académico y cultural que ha impregnado a buena parte de las élites –y no tan élites– asturianas y que, en la percepción que de los asturianos tienen el resto de los españoles, pesa menos que la obrerista, ‘dinamitera’ y revolucionaria. Quizás ese liberalismo, reformismo, o Ilustración asturiana merezca investigarse con mayor profundidad. Cabe reflexionar sobre si ese reformismo ilustrado, liberal, sigue impregnando a nuestras élites o no. Y, sobre todo, a las futuras. Y quizá sea lo que esté detrás, junto a otros muchos elementos naturalidad con la que, hasta ahora, casamos lo asturiano y lo español. Supongo, además, que una región con tan escasos canales para llevar a cabo una carrera profesional y, por tanto, tan proclive a la emigración, como por ejemplo a los altos cuerpos funcionariales, no haya sido ajena a la creación de redes de asturianía, unas formales (Centros Asturianos) y otras más discretas y elitistas, que quizá no sean ajenas a esa profusión, quizá superior a la que le correspondería, en la alta administración y, quizás, en la Casa Real”.

El escritor Pedro de Silva incide en la importancia clave de Fernández Campo configurando una Monarquía en democracia, y ese subrayado puede servir para acordar que hay en el ser y el estar de muchos asturianos “una cierta idea de Estado, de región madre de la Nación, una visión de conjunto a la par que una gran claridad de mente y la virtud de decir las cosas tal cual con suavidad”.

Punto final con un apunte emotivo: el de María Teresa Álvarez, viuda de Fernández Campo, cuya figura no valora porque “no soy objetiva”, pero sí destaca que ”los asturianos somos muy sinceros. Y si un asturiano se entrega, lo hace de verdad. Fidelidad en cuerpo y alma”.

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