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Osos, la importancia de ser un icono de asturias

La conservación de la población osera se sustentó, en buena parte, en la concienciación ciudadana: la especie pasó de ser considerada una alimaña a lucirse como el emblema de la naturaleza asturiana que todos querían proteger y rentabilizar

Uno de los osos pardos que habitan en la cordillera Cantábrica.

Uno de los osos pardos que habitan en la cordillera Cantábrica.

Alimaña y bestia salvaje, o peluche. Son los dos extremos de la percepción que la sociedad tiene del oso, con todas las variantes geográficas y temporales que se quieran añadir, porque el relato del oso ha cambiado, y mucho, en las últimas décadas, y corremos el peligro de que vuelva a cambiar. Carmen Suárez, una mujer de 75 años de Cangas del Narcea, lleva una semana en el hospital tras un encontronazo con un oso durante un paseo por una carretera entre los pueblos de Sonande y Sorrodiles. Es el último episodio de una convivencia que puede hacerse complicada, de animales paseándose por los pueblos y generando inquietud entre los vecinos. Ya se oyen voces que hablan de escopetas, que argumentan que la población de oso pardo cantábrico está descontrolada en Asturias y eso podría dar al traste con décadas de intenso trabajo, con todo el esfuerzo invertido desde hace más de 50 años para recuperar una especie que estaba a punto de extinguirse para siempre en Asturias.

Lo primero que hay que hacer para conservar una especie es lograr su aceptación social, y eso se hizo en Asturias con el oso.

Este gigantesco plantígrado siempre ha estado ligado a la historia de Asturias. Ahí, por ejemplo, está el oso que mató al rey Favila, hijo de Pelayo, en una cacería en el año 739. Durante años se celebró en Llueves (Cangas de Onís) el homenaje (republicano) al oso regicida.

Así funciona el protocolo de intervención con osos en la cordillera Cantábrica

Diferencia entre tres tipos de osos y fija diferentes actuaciones según esta clasificación

Con problemas

Habituados

Problemáticos

Son esbardos abandonados, ejemplares heridos y enfermos...

Son plantígrados que de “manera recurrente” bajan a los pueblos.

Son ejemplares “agresivos y peligrosos que tienen un comportamiento que ocasiona situaciones graves de conflicto con los humanos”.

TIPO

Seguimiento

del animal,

realización

de primeros

auxilios en

el lugar

donde fue

recogido y, en última instancia, trasladarlo a un centro de recuperación o clínica veterinaria con el fin de liberarlo cuando esté recuperado.

La disuasión se hará poniéndose frente al oso, manteniendo contacto visual permanente con él y usando un tono firme y severo. Si esto no funciona, se continuará con gritos, elementos sonoros, perros, pirotecnia, disparos de bala de goma o munición real de poco gramaje. Si aun persiste en su comportamiento, se podrá capturar para llevarlo a cautividad.

Si “inequí-

vocamente”

tiene un

comporta-

miento

problemático,

se pondrá en

marcha un operativo para la retirada del ejemplar y su traslado a cautividad. En casos extremos, se permite su sacrificio.

ACTUACIÓN

Protocolo de

intervención con osos

en la cordillera Cantábrica

Diferencia entre tres tipos de osos

y fija diferentes actuaciones según

esta clasificación

CON PROBLEMAS

Son esbardos abandonados, ejemplares heridos y enfermos...

Actuación

Seguimiento

del animal,

realización

de primeros

auxilios en

el lugar

donde fue

recogido y, en última instancia, trasladarlo a un centro de recuperación o clínica veterinaria con el fin de liberarlo cuando esté recuperado.

HABITUADOS

Son plantígrados que de “manera recurrente” bajan

a los pueblos.

Actuación

La disuasión se hará poniéndose frente al oso, manteniendo contacto visual permanente con él y usando un tono firme y severo. Si esto no funciona, se continuará con gritos, elementos sonoros, perros, pirotecnia, disparos de bala de goma o munición real de poco gramaje. Si aun persiste en su comportamiento, se podrá capturar para llevarlo a cautividad.

PROBLEMÁTICOS

Son ejemplares “agresivos y peligrosos que tienen un comportamiento que ocasiona situaciones graves de conflicto con los humanos”.

Si “inequí-

vocamente”

tiene un

comporta-

miento

problemático,

se pondrá en

marcha un operativo para la retirada del ejemplar y su traslado a cautividad. En casos extremos, se permite su sacrificio.

Protocolo de intervención con osos en la cordillera Cantábrica

Diferencia entre tres tipos de osos y fija diferentes actuaciones según esta clasificación

Con problemas

Habituados

Problemáticos

Son esbardos abandonados, ejemplares heridos y enfermos...

Son plantígrados que de “manera recurrente”

bajan a los pueblos.

Son ejemplares “agresivos y peligrosos que tienen un comportamiento que ocasiona situaciones graves de conflicto con los humanos”.

TIPO

Seguimiento

del animal,

realización

de primeros

auxilios en

el lugar

donde fue

recogido y, en última instancia, trasladarlo a un centro de recuperación o clínica veterinaria con el fin de liberarlo cuando esté recuperado.

La disuasión se hará poniéndose frente al oso, manteniendo contacto visual permanente con él y usando un tono firme y severo. Si esto no funciona, se continuará con gritos, elementos sonoros, perros, pirotecnia, disparos de bala de goma o munición real de poco gramaje. Si aun persiste en su comportamiento, se podrá capturar para llevarlo a cautividad.

Si “inequí-

vocamente”

tiene un

comporta-

miento

problemático,

se pondrá en

marcha un operativo para la retirada del ejemplar y su traslado a cautividad. En casos extremos, se permite su sacrificio.

ACTUACIÓN

En esa historia mitológica se enmarca también la figura de Juan Díaz-Faes, Xuanón de Cabañaquinta, un paisanón de casi dos metros de altura que mató a lo largo de su vida un total de 92 osos, algunos de ellos en lucha cuerpo a cuerpo y acabando con la vida del animal con tan solo sus potentes brazos y un cuchillo. Xuanón era un semihéroe que vivía en el concejo de Aller y que ejemplificaba a la perfección esa lucha del hombre con la bestia salvaje a la que había que aniquilar. Tal era la fama de Xuanón y tal el prestigio que daba cazar un oso que el hombre llegó a participar en cacerías en los montes de Felechosa con el rey Alfonso XII que incluso le regaló una escopeta. Xuanón Murió en 1894 a los 73 años de edad.

Esa imagen del oso como alimaña se mantuvo durante décadas. En los pueblos se los cazaba y en las ciudades se los presentaba en los circos como animales a los que había que domar igual que a tigres y leones. Hasta los años setenta del pasado siglo XX, los ovetenses lo tenían más fácil, solo tenían que acercarse al Campo San Francisco para ver a “Petra” y “Perico”, dos oseznos que habían sido rescatados en Somiedo (igual que “Paca” y “Tola” a finales de los años ochenta) y que vivían en una enorme jaula en la principal zona verde de la capital del Principado. Oviedo ofrecía la posibilidad de ver bestias salvajes a pocos metros de distancia. Y no fue una cosa puntual. “Perico” murió en 1956 pero “Petra” sobrevivió veinte años más, hasta el 21 de junio de 1976. Hubo incidentes, como cuando “Petra” casi se escapa de la jaula el 30 de noviembre de 1964 provocando el pánico en la ciudad.

Carlos Nores: “Siempre hemos estado en contra del peluchismo”

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“Petra” y “Perico” habían quedado huérfanos. Un cazador había matado a su padre. La caza del oso estuvo permitida en España hasta 1967. Ese año se empezó a prohibir dar muerte al animal, pero no fue hasta 1973 cuando se sacó de la lista de especies cinegéticas, coincidiendo con la declaración de especie en peligro de extinción.

Fue un punto de inflexión. Se apeló a las emociones, se dibujó a aquel entrañable plantígrado que había inspirado al estadounidense Morris Michtom a crear en 1902 el primer oso de peluche. El oso, un animal “que nunca había jugado el papel de malo en los cuentos infantiles”, como apunta Guillermo Palomero, presidente de la Fundación Oso Pardo, se extinguía. Así que “no era difícil que la sociedad lo asumiera como símbolo, como máxima expresión de una naturaleza plena y completa”, añade.

Eran los inicios del conservacionismo, de los movimientos ecologistas que desde las ciudades se preocupaban por la fauna y la flora del mundo rural. Así nacía ANA (Amigos de la Naturaleza Asturiana), una organización pionera, la segunda de España. Era 1972 y desde un piso en el número 16 de la calle Uría, en el centro de Oviedo, en plena urbe, un grupo de amigos querían cambiar las cosas. “La sensibilidad ambiental de la sociedad asturiana era cero”, recuerda uno de los fundadores de ANA y hoy presidente del FAPAS (Fondo para la Protección de los Animales Salvajes), Roberto Hartasánchez. Su labor, y la de otras asociaciones e instituciones, ha sido clave. Con fracasos, aciertos, rencillas y abrazos, lo que ha quedado claro es que aquello cambió y la percepción de la sociedad hacia la naturaleza es ahora bien distinta, y eso incluye el oso. O, por decir más, el oso fue uno de los grandes emblemas de ese cambio. Asturias, entre otras muchas cosas, se convirtió en “El país del oso”, que era tanto como decir que gozábamos de una pureza ambiental muy superior a la del resto de España.

Desde la Fundación Oso Pardo, Guillermo Palomero insiste en que “la aceptación social es clave para avanzar en conservación”. La Administración regional también lo entendió así, el Gobierno socialista de Pedro de Silva aprobó el 24 de enero de 1991 el plan de recuperación del oso pardo. En el texto se subraya que se tomarán “medidas de carácter socioeconómico, de educación, sensibilización y divulgación”. De Silva luchó por la conservación del oso “aunque nos decían que con tan solo 30 ejemplares que había de aquella, la tarea era prácticamente imposible”, recuerda.

Guillermo Palomero: “Lo primero para recuperar una especie es su aceptación social”

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No se puede proteger una especie si la sociedad la rechaza. Si a nadie le gusta el oso de poco vale que una Administración luche por su conservación. No era complicado, el oso estaba en el imaginario colectivo, en la infancia de todos. Se trazó un símil con el lobo. Otro animal con muy mala reputación pero que estaba siendo “rehabilitado socialmente”. Los niños urbanitas de los 70 le cogieron cariño a aquella fiera gracias a Félix Rodríguez de la Fuente y su programa de televisión “El hombre y la tierra”. El lobo pasó a portar también la esencia de la naturaleza en estado puro. Aunque los pastores y ganaderos no compartieran precisamente la visión del legendario naturalista burgalés.

La sociedad asturiana, en especial en las ciudades, abrazó al oso, lo adoptó como mascota-emblema de la naturaleza asturiana (que también empezaba a convertirse en un recurso turístico de primer orden) y llegó incluso a olvidar que se trata de un animal salvaje. Los osos pasaron a ser “osinos”, juguetes de carne, pelo y hueso. Carlos Nores, profesor titular de Zoología de la Universidad de Oviedo jubilado y miembro honorífico del Instituto de Recursos Naturales y Ordenación del Territorio (Indurot), rechaza directamente ese “peluchismo”. “Llevamos años intentando desvincular el oso de esa imagen de mascota amigable”, insiste.

Pero esa imagen puede cambiar en el futuro. Nores vuelve al paralelismo con el lobo. “En los 70 iba directamente al abismo y después de 50 años se ha recuperado y hay un enfrentamiento muy fuerte entre los que defienden al lobo y los que lo rechazan”. Un efecto péndulo, de apego y desapego social hacia una especie, que también puede ocurrir con el oso. “En su día fue un animal muy querido porque estaba desapareciendo, ahora corremos el peligro de que si la gente piensa que no existe ese riesgo, pierda en valor social”.

Guillermo Palomero insiste en ese problema de la aceptación social, en el “nos gustan mucho los osos, pero no al lado del pueblo”. En su opinión hay un peligro real de que disminuya esa aceptación, “en especial en el medio rural”. En la zona urbana, matiza, “no creo que disminuya ese cariño”.

Roberto Hartasánchez: “En los 70 la sensibilidad con la naturaleza en Asturias era cero”

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Tanto Nores como Palomero repiten constantemente que “el oso no es un peluche, es un animal salvaje” y por tanto “puede generar peligro e inquietud”. De ahí a ser rechazado hay un paso, pero es un paso que se puede dar o que se puede evitar.

¿Cómo se evita? Pues de nuevo con educación, con sensibilización y con acciones concretas. “Tenemos que dar un giro a la didáctica”, dice Palomero. Si en los 70 se trataba de presentar al animal como algo casi mítico, al borde de la extinción, ahora “hay que mantener la convivencia”. Y esa convivencia no puede tener escopetas por medio. “Hay que tomar medidas sólidas que vayan por delante de los acontecimientos”, propone. Hay más población de osos que hace 50 años (alrededor de 300 frente a los 30 de entonces) y “hay que hacer todo lo posible para evitar incidentes, pero aun así no los podemos descartar”.

Por ello, dice el presidente de la Fundación Oso, además de evitar los incidentes con todas las medidas posibles, también “hay que explicarlos”. Y no solo a los vecinos de las zonas oseras, sino a los propios animales y también a los urbanitas. Los osos se están habituando a entrar en zonas pobladas y eso se debe evitar, “enseñándoles a los animales que no es buena idea cercarse a los pueblos”. Hay que actuar sobre la fauna, pero también sobre los humanos, “sobre los vecinos de los pueblos, sobre los senderistas o los cazadores”.

Los expertos son los que tienen que tomar de nuevo las riendas del relato. Si en su momento llegó a presentarse al oso como poco más que un juguete achuchable, ahora se debería explicar la otra cara de la moneda, que es un animal salvaje, que puede provocar problemas y que hay que convivir con él, y la única forma de convivir es evitar esos problemas.

Vincenzo Penteriani: “Es una burrada decir que hay que controlar la población de osos”

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Vincenzo Penteriani es miembro del Grupo de Investigación del Oso Cantábrico, pertenece a la Unidad Mixta de Investigación en Biodiversidad (UMIB), con sede en el campus de Mieres. Penteriani advierte: “Se habla mucho de que ahora hay más osos y que automáticamente tiene que haber más ataques”. Eso puede generar ese temido rechazo. El experto es rotundo: “Es una burrada decir que hay que controlar una población que, como mucho, puede ascender a 400 ejemplares en la Cordillera Cantábrica”. Lo dice porque “ya hemos visto comentarios de gente que afirma que hay que dar muerte a los osos”. Penteriani inicia ya esa campaña de educación, de didáctica acorde a los tiempos, para decir que “tras años estudiando los ataques de grandes mamíferos hemos comprobado que nada tiene que ver la densidad de población con posibles ataques”. El investigador pide que “se trabaje desde la ciencia” no desde la visceralidad que podría cambiar esa aceptación social hacia el rey de los bosques asturianos.

Sobre esa base científica establece también Carlos Nores la necesidad de “darnos un baño de realidad”. “Las posturas que idealizan excesivamente la naturaleza ayudan muy poco a la conservación de la especie”, dice. Nores plantea dos escenarios inmediatos. Por un lado está ir por delante de los acontecimientos, de esos problemas futuros de los que habla Palomero. “Si lo haces, te puedes encontrar con la incomprensión y la falta de apoyo de la sociedad, que no ve un problema donde tu sí lo estás viendo”. Por otra parte, añade, “si no haces nada, también se genera esa incomprensión”. Nores apuesta por la mesura, “por hacer planes para cuando las cosas sucedan y no tomar iniciativas apresuradas cuando se dé una situación determinada”.

Roberto Hartasánchez considera también “un peligro (para ese relato de aceptación social) pensar que 300 osos son muchos”. Cree que “incluso desde la Administración del Principado parece que se defiende la idea de que son muchos ejemplares y por tanto no se hace nada”.

Todos los expertos consultados coinciden en el éxito del plan de recuperación del oso pardo cantábrico, pero también aclaran que no se ha llegado al final, que la especie no está ni mucho menos asegurada y que la población en Asturias sigue siendo pequeña, aislada y continúa en grave peligro. “Una enfermedad podría mermar rápidamente esa población”, alerta Hartasánchez.

Tom Fernández: “Hemos idealizado la naturaleza como Walt Disney”

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Uno de los mayores temores de todos los que han participado en la recuperación del oso es precisamente eso, que los asturianos dejen de considerarlo el gran símbolo del paraíso natural.

Para evitarlo saben que es necesario mantener al animal a raya, evitar conflictos graves con la población y explicar una y otra vez que no es un peluche, que es un animal salvaje. Pero el problema es mucho más complejo, va mucho más allá y está relacionado con la conservación del entorno rural.

El cineasta ovetense Tom Fernández dirigió en 2011 la película “¿Para qué sirve un oso?”. Un alegato del conservacionismo protagonizado por Javier Cámara y Gonzalo de Castro. Durante aquella producción, el director se dio cuenta de que “había una devoción absoluta a la figura del oso”. Ahora, Fernández, gran aficionado a la montaña, cree que “hemos alterado las reglas del juego, idealizado la naturaleza al estilo Walt Disney y han llegado los problemas”. Teme que puedan ir más allá. El cineasta recuerda su etapa de estudiante en Canadá, cuando “salía por las afueras de Vancouver y me encontraba señales que advertían que a partir de un determinado punto podría sufrir el ataque de un oso y sería mi responsabilidad”. “Debemos dejar en paz a los animales, pero parece que no vamos a parar hasta que consigamos hacernos la foto con el oso para colgarla en Instagram”. Con esas palabras, Fernández apela a esa educación, a la de saber mantener el equilibrio con la naturaleza.

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