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Un ferreiro para la eternidad

La conservación y la dignificación del patrimonio rural asturiano deben mucho a Pepe el Ferreiro, fallecido ahora hace un año, fundador del Museo Etnográfico de Grandas de Salime y descubridor del Chao Samartín

Arriba, Pepe el Ferreiro, ante una zona de olivares en Portugal.

Arriba, Pepe el Ferreiro, ante una zona de olivares en Portugal.

“Imagina, por un momento, que un día los dichosos americanos aciertan con esa bomba de neutrones que mata pero no destruye [...]. Pues bien, si eso ocurriera, yo tendría que venir corriendo aquí, arrodillarme ante el señor Cayo y suplicarle que me diera de comer [...]. El señor Cayo podría vivir sin mí, pero yo no podría vivir sin el señor Cayo”.

El texto precedente corresponde a la célebre novela “El disputado voto del señor Cayo”, una ácida reivindicación del saber de la España vaciada donde Miguel Delibes presenta un pueblo burgalés habitado únicamente por un campesino, a quien los candidatos electorales piden el voto.

Imposible leer este texto memorable sin recordar a José Naveiras Escanlar, conocido cariñosamente como “Pepe el Ferreiro”, que falleció el 13 de junio del año pasado; testigo privilegiado de los grandes cambios ocurridos en el mundo rural tras el desarrollo y la globalización. Pronto se dio cuenta del valor de las tradiciones y de los conocimientos acumulados en las aldeas durante siglos y dedicó su vida a conservarlos. Así, a principios de los años ochenta, inició lo que acabaría convirtiéndose en el extraordinario Museo Etnográfico de Grandas de Salime.

Pepe el Ferreiro trabajando en las labores para reflotar las piedras del pueblo anegado por el embalse de Salime, y, finalmente, Pepe el Ferreiro, en una malla. Salvador Rodríguez / Antonio Arias

Pepe el Ferreiro ha sido una de las grandes personalidades de la etnografía española. A su esfuerzo e instinto debemos la recuperación de un importante patrimonio cultural astur-galaico. Al dar la noticia de su muerte, LA NUEVA ESPAÑA titulaba “La herencia del Ferreiro: el futuro del patrimonio campesino asturiano” evocando sus aportaciones como emprendedor frente a la pérdida de identidad de un campo despoblado o por intuir que en el Chao Samartín se encontraba uno de los mejores castros del norte español y acudir al rectorado de la Universidad de Oviedo –hace cincuenta años– con varias cajas de cerámica de Terra sigillata para su estudio.

Deberíamos intentar dejar un mundo mejor a las futuras generaciones. En muchos aspectos lo logramos, pero en otros somos un desastre. Heredan un mundo rural desamparado por los poderes públicos y con problemas de asistencia sanitaria o educativa. Desde el punto de vista electoral tiene su explicación: sólo el ovetense barrio de La Corredoria tiene más votantes que toda la frontera astur-galaica.

El Ferreiro, en los trabajos de recuperación de la panera que ahora está en el Museo Etnográfico;

Un paisano auténtico

La periodista de este diario Ana Paz Paredes, en su reciente obra “Asturadictos”, destina un capítulo al poblado abandonado de A Paicega, incluyendo una cariñosa dedicatoria a nuestro Ferreiro: “Un paisano auténtico como pocos... que abrió el camino a un turismo que buscaba las raíces de los pueblos que visitaba en un suroccidente que aun sigue siendo desconocido, incluso para muchos asturianos”. En efecto, Pepe puso a Grandas de Salime en el mapa del Principado; ese alejado museo llegó a tener veinte mil visitas hace unos años.

Al principio, se ubicó en los bajos del Ayuntamiento y desde los años noventa en la antigua casa rectoral, rehabilitada al efecto. Allí se irrumpe en un túnel del tiempo que reproduce el laborioso y sobrio modo de vida rural con sus oficios tradicionales y ese acervo cultural que dio de comer a generaciones. Un lugar para disfrutar “desde unas horas hasta una semana, como hizo un peregrino alemán”, solía decir su fundador, que durante años fue el mejor guía, indicando el origen de los cientos de piezas, su utilidad e historia o fotografiándose con visitantes y peregrinos de todas partes del mundo.

Pepe era un erudito, por mucho que le pese a algunos. No deja de ser significativo que alguien sin asistir a la Universidad, criado en los confines limítrofes con Galicia y de oficio ferreiro nos haya dejado un museo

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Un ferreiro que conservaba en la cabeza el conocimiento ancestral que divulgó como nadie en libros y artículos en LA NUEVA ESPAÑA. Una obra escrita (a mano sin una tachadura, con cuidada grafía) donde presenta la vida cotidiana en los pueblos campesinos, sus costumbres, sus utensilios o sus problemas. ¿Cómo era la siega, la mallega o el trato na feira? ¿Qué es una lareira o una fragua? ¿Por qué hacer una colada de ceniza? ¿Quién sabe hacer un clavo? ¿Y trabajar el lino? ¿Dónde y cuándo se recoge la carqueixa, esa planta medicinal que alivia la dermatitis? Él lo sabía y lo compartía.

En efecto, Pepe era un erudito, por mucho que le pese a algunos. No deja de ser significativo que alguien sin asistir a la Universidad, como tantos de su generación, criado en los confines limítrofes con Galicia y de oficio ferreiro nos haya dejado un museo concebido, diseñado, mimado y soportado en su personalidad.

José Naveiras, con el entonces Príncipe Felipe, en el Museo de Grandas de Salime durante la entrega del premio “Pueblo ejemplar”.

Las peripecias de un visionario

Ni el museo se cayó de un guindo ni nació a golpe de chequera. Fue un lento proceso de adquisiciones y, sobre todo, donaciones o depósitos de particulares que él conseguía. El núcleo de la colección lo compone el elenco inicial recopilado por Pepe, tal y como reconoce la cuidada página web del museo. Hoy es una entidad pública que cuenta con presupuesto y plantilla, pero en su origen, a principios de los ochenta, conseguir las piezas era toda una epopeya, con mil y una anécdotas.

Se aprovechaba todo aquello de valor etnográfico que sobraba o se liquidaba, incluyendo una barbería o una sastrería, una tienda mixta y hasta una escuela rural, con sus pupitres de madera y sus pizarras o las enciclopedias de Álvarez. Cuando Pepe recogía botellas antiguas tiradas a la basura, cómodos parroquianos lo observaban incrédulos, encodados en la taberna mientras mascullaban “tá tolo, tá tolo”. Así se rescataron, por ejemplo, algunos cascos del coñac que vendía mi abuelo hace un siglo, cuando a Los Oscos solo se llegaba en caballo.

En las obras nunca fue pacífico. Durante la rehabilitación de la casa rectoral para sede del museo fueron tan frecuentes las discusiones con la dirección técnica que se le impidió la entrada. Terminados oficialmente los trabajos, durante un fin de semana, cambiaron el sentido de una enorme viga de castaño que soportaba el peso del tejado para ganar un bajocubierta. Una tarea complicada realizada solo con cuerdas, la fuerza, el ingenio y el cariño de sus amigos incondicionales en tantas peripecias.

En las obras nunca fue pacífico. En la rehabilitación de la casa rectoral fueron tan frecuentes las discusiones con la dirección técnica que se le impidió la entrada

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Así, se supo de una panera que se vendía en el caserío de una aldea deshabitada donde no llegaba la carroceta. Allí se desplazó con su inseparable ayudante Salvador y con algunos voluntarios. Lo desmontaron y numeraron pieza a pieza, llevándolas con gran esfuerzo hasta Grandas, ante la indiferencia, cuando no burla, de muchos lugareños. Hoy, la panera se erige espléndida en el museo, dándonos la bienvenida.

Hay una anécdota realmente singular: en 1986, la limpieza del embalse de Salime dejó al descubierto el pueblo anegado por las aguas; la sillería de pizarra con la que estaban construidas las casas era una gran tentación para rehabilitar algún edificio del museo, nos cuenta Pepe en su libro “Cuando los ferreiros forjan museos”. Así que nuevamente el quijote y su escudero Salva, junto a muchos voluntarios, aprovecharon la feliz coyuntura para recoger, numerar y fotografiar el empedrado del pueblo. Sin embargo, quedaba un problema por resolver. ¿Cómo arrastrar las pesadas losas a tanta distancia de la carretera? Sin medios, casi sin dinero, solo quedaba la prodigiosa agudeza de Pepe, que dio una vez más una lección a los facultativos que le desaconsejaban la costosa operación: “Las piedras salen solas”, les dijo. Con bidones reciclados fabricó tubos soldando sus cabezas para flotar, soportando una pequeña plataforma de tablas donde sujetó las piedras, que previamente fueron marcadas y quedaron dispersas entre las ruinas. Semanas después, las aguas volvieron a su nivel habitual y las improvisadas balsas comenzaron a navegar con las losas, para sorpresa de los automovilistas que circulaban por la zona. Algunas están, por ejemplo, en el arco de la entrada del museo.

Pepe el Ferreiro, en una malla.

Un legado para las siguientes generaciones

No le gustaba a Pepe salir de Asturias. Hace una década, dio una conferencia en el curso de verano del Centro de Estudios Ibéricos que las Universidades de Salamanca y Coimbra mantienen en la localidad fronteriza de Guarda. Su título es todo un manifiesto: “Recuperar o nosso patrimonio, restaurar a dignidade”. Habló con cariño a los portugueses de un mundo que desaparece. Empatizó enseguida con el auditorio en una memorable conferencia que aún se recuerda por la larga ovación. La vida rural de ambos lados de la Península fue idéntica: igual de pobre y esforzada. Para terminar su exposición, nuestro encorbatado Ferreiro les entregó unos clavos artesanos hechos por él en su propia fragua y cuyo proceso había grabado para exhibir allí: un vídeo de dos minutos como colofón, demostrando que el ponente era de verdad un ferreiro, machacando el hierro al rojo vivo con ese característico ruido metálico del martillo sobre el yunque.

Pepe poseía una gran inteligencia natural y respondía con solvencia a las preguntas de los académicos. Podría calificarse de sabio humilde, dos características que parecen presentarse por ese orden. Orgulloso de sus orígenes se le reconocía por el uso habitual de la pucha (boina), con su enorme carga simbólica. Era afable con los visitantes y muy exigente con los burócratas. El año 2009, compareció ante la Junta General del Principado con ocasión del debate presupuestario. Una reunión que calificó de “pantomima” para sorpresa de los diputados asistentes a la Comisión de Hacienda. Así lo indica el diario de sesiones:

“Esto parece un teatro de titiriteros donde la escoba golpea a la bruja o al malo, y sin embargo, sólo se trata de mover los hilos. Muevan algo más y demuestren, sus Señorías, eficacia”.

l año 2009, compareció ante la Junta General del Principado, una reunión que calificó de “pantomima”: “Esto parece un teatro de titiriteros pero sólo se trata de mover los hilos. Muevan algo más y demuestren, sus Señorías, eficacia”

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Terminó recriminándoles a todos los partidos no haber comparecido ante la Comisión de Cultura, para preocuparse por la marcha y desarrollo del museo, pues “no les interesaba lo más mínimo. Me hacen comparecer aquí tanto los lobos con pieles de cordero, como los que pertenecen a otra manada, y entre semejantes jaurías pretenden descuartizar la pieza en beneficio propio”. Impresionante alegato que algunos parlamentarios no le perdonarían.

Semanas después, Pepe fue destituido, a pesar de esa íntima conexión con su obra. El museo no se concibe sin él, ni él sin el museo al que consagró su vida, muchos de cuyos contenidos salieron no solo de donaciones que consiguió; también de su patrimonio personal con privaciones de su familia porque se había salvado tal o cual pieza que años más tarde entregaría al consorcio que lo gestionaba. Repuesto por los tribunales de aquel atropello, ya nunca fue el mismo y comenzó a dejarse morir lentamente en Aguasmestas (Belmonte de Miranda), lugar de nacimiento de su esposa, Olga. Hoy su espíritu vuela libre por el museo, junto a la cuna donde nació, la cama donde murió su madre o en el que fuera su modesto despacho. Él mismo constituye la última aportación y principal pieza de su museo. Hay que morir para verse reconocido.

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