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Arquitectura personal
César Caicoya Arquitecto

"El trabajo del Guggenheim me abrió a mundo nuevos, amigos nuevos y un cambo de creatividad, fuerza y energía"

“Me atrajo ser arquitecto en la adolescencia, cuando vi levantarse la obra de Castelao para Hacienda en el convento de Santa Clara”

César Caicoya, en la casa familiar de Oviedo. |  IRMA COLLÍN

César Caicoya, en la casa familiar de Oviedo. | IRMA COLLÍN

El disfrutón director de proyecto y de obra del Guggenheim de Bilbao

César Caicoya Gómez-Morán (Oviedo, 1948) estudió Arquitectura en la Universidad de Navarra, se especializó en Urbanismo en la de Barcelona y es miembro del Colegio de Arquitectos Vasco-Navarro y honorario del Colegio de Ingenieros de Venezuela.

En 1975 estableció su propio despacho de arquitectura y en 1986 fundó la empresa de arquitectura e ingeniería ACXT/IDOM, de la que fue socio, director corporativo, country manager de México y consejero asesor hasta 2015. En 2016 fundó en México Arquidos, en sociedad con el arquitecto Pablo Martínez Lanz.

La dirección de obra del Guggenheim de Bilbao le emparejó con Frank Ghery (también en el hotel Marqués de Riscal de Elciego) y con la fundación estadounidense. Es autor de los edificios de las comisarías de Deusto y Ondarreta, de la Universidad de La Rioja y de la Torre Iberdrola de Bilbao.

Está casado con Juana María Crespo y tienen tres hijos: Carolina, que acabó Arquitectura; Fernando, que finaliza Negocios en la IE Business School, y Teresa que empezará segundo de la ESO en septiembre.

En Oviedo está la casa familiar y viven la mayoría de sus diez hermanos, pero desde que se fue a estudiar a Pamplona no vive en la ciudad.

–Fui abducido por la vida.

Ha volado mucho por el mundo y asegura que ha disfrutado cada momento.

–Nací el 28 agosto de 1948 en la finca de mi abuelo materno, César Gómez-Morán, en La Lloral (San Claudio). Soy primogénito.

–Su padre, Elías Caicoya Masaveu, era empresario...

–Mi padre nos dio a los once hermanos un enorme ejemplo de honradez y desprendimiento, de deportividad porque fue un campeón de deportes desde su infancia hasta su vejez y de disfrutar de la vida con todo, fuera poco o mucho, una cerveza o un champagne, en Oviedo o en Ribadesella, esquiando o navegando. Me influyó mucho que fue un católico practicante ejemplar y entregado. Esto no lo sabíamos por él, lo fuimos sabiendo. No contaba que estuvo en la cárcel en la guerra, a punto de ser fusilado, pero su personalidad nos ahormó en esa falta de avaricia y de lucirnos.

–¿Era cercano?

–No. Era del siglo XIX aunque nació en el XX. No demostraba su afectividad, aunque eso era mayor en mi madre.

–Crecieron sin mimos.

–No nos consintieron nunca nada. Somos de mucho comer y nunca nos faltó de nada, gracias a Dios, pero si había algún postre rico que no fuera fruta, galletas de coco, una vez al año, y pedías más mi madre decía: “Repite garbanzos y luego, si te caben más galletas, te doy”. Sí sentimos cariño. Eran un matrimonio que se entendía con la mirada.

Mis padres no nos consintieron nunca nada. Nunca nos faltó de nada, pero si había algún postre rico que no fuera fruta, galletas de coco, una vez al año, y pedías más mi madre decía: “Repite garbanzos y luego, si te caben más galletas, te doy”

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–¿Y los hermanos?

–Después estábamos la tropa. Éramos una piña. Una herencia, por esas virtudes con ejemplo y sin prédica, es que somos un club de amigos y nuestro nexo es Mercedes, nuestra hermana enferma, a la que todos adoramos.

–¿Dónde creció?

–En la calle Muñoz Degraín, primero en las casas de la Caja de Ahorros, cerca de los chalés del Prau Picón y de media docena de conventos, en el borde de la ciudad, en el prao, haciendo cabañas en los árboles, llenos de heridas, cazando saltamontes y con vistas al Aramo. Mi padre tenía sensibilidad para hacer confortables aquellas casas pobres.

–¿Dónde estudió?

–En la preparatoria y en el Instituto Alfonso II, con catedráticos, algunos de Universidad y don Pedro Caravia de director –no me explico cómo la autoridad de entonces lo dejó–, un sabio, discípulo de Ortega. Académicamente, el instituto era muy exigente y entre los compañeros era el sálvese quien pueda... podías volver a casa con un dedo roto. Agradezco mucho a mis padres que hayan escogido esa educación pública.

–¿Qué ambiente ideológico había en su casa?

–No se hablaba de Franco ni de política. No se notaba que eran creyentes. Cuando Luis Legaspi, que nos bautizó a la mayoría, venía a casa era el amigo y ejercía de intelectual, no de cura. Mi madre tenía grandes discusiones con él sobre filosofía y teología. Mi hermano Martín, también. La religión no salía y si lo hacía, pasaba la segadora. Ideológicamente hay mucha disparidad en la familia, del conservadurismo al progresismo.

César Caicoya Irma Collín

–¿Qué tipo de rapaz era?

–Buen chaval. No me gustaba estudiar, sí el deporte, la lectura. Repetí la reválida de cuarto. En casa no gustó nada y fui interno a Pravia, donde hice los peores amigos del mundo, jajajaja. Luego cursé quinto y sexto y reválida en un año porque no quería descolgarme de mi pandilla. Espabilé.

–¿Cómo hizo ese cambio?

–Había conocido gente que me invitaba a conocer el Opus Dei y, aunque tardé en acceder, cuando fui al piso de la avenida de Galicia me gustó lo que vi, por la parte religiosa, por los amigos y porque en su sala de estudio saqué los cursos y la reválida, algo insólito en mí hasta entonces.

–Hable de lo religioso.

–¡Buf, eso es una intimidad brutal! “Religare” es la relación con el otro. A partir de la primera comunión y del uso de razón empecé a sentir la necesidad de esa relación trascendente. Los domingos iba a misa, leía...

Hablar de la religión es ¡buf, una intimidad brutal! “Religare” es la relación con el otro. A partir de la primera comunión y del uso de razón empecé a sentir la necesidad de esa relación trascendente

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–¿Libros piadosos?

–La piedad es una palabra que no voy a usar. Lo mío es trascendencia, nada que ver con los santinos. Stefan Zweig y otras lecturas me exigieron una respuesta que pasó por una unión con el Dios de Jesús, el catolicismo.

–¿Que sigue viva?

–Gracias a Dios.

–Fue numerario.

–Con mucha alegría porque tenía esa vocación, la viví intensamente y fue formativo en el espíritu cristiano y humano, porque estudié Filosofía y Teología. El Opus Dei me enseñó responsabilidades y servicio a los demás.

–¿Sabía qué quería ser?

–A los 15 años iba a una academia y al pasar por delante de Santa Clara veía lo que Castelao iba levantando para Hacienda y me gustaba. También me ayudó la sensibilidad de mi padre para acomodar los espacios.

–Arquitecto en Pamplona.

–Fuimos juntos tres amigos del instituto: Ramón González-Cuesta Villamil, que murió hace unos años, Javier Solano y yo.

César Caicoya. Irma Collín

–Cuente su vida universitaria.

–Estuve cuatro años en el colegio Aralar y fui decano. Todo nacía y eso fue una oportunidad. Éramos 110 alumnos y la mitad tenían que ser extranjeros: australianos, norteamericanos, japoneses, nigerianos... El último año fui al colegio mayor Belagua, en el centro del campus.

–Diferencias entre Oviedo y Pamplona entonces.

–Oviedo es Vetusta y lo sigue siendo, ciudad, capital de la industria de Asturias, el aperitivo, La Paloma, hay que ir bien vestido, te miran, saben quién eres. Pamplona era rural. La plaza del Castillo, el centro, olía a cuero y a aperos de labranza.

–¿Qué tal la carrera?

–Hice amigos dentro y fuera, lo pasé muy bien dibujando y proyectando. No dibujo muy bien, pero pinto bien. Las materias técnicas me costaron.

–¿Hizo vida en Pamplona?

–En el campus y el colegio mayor. La Universidad tiene en el pantano de Yesa un club con barcos y una borda en el Pirineo y me encargaba un poco de eso.

–¿Hubo conflictividad política en el 68?

–No como en Barcelona o Madrid, pero sí sentadas en el Rectorado. Participé en las manifestaciones universitarias porque forma parte de la educación y me pegaron “los grises”, a caballo por los callejones. Vivía con alemanes, suecos... y tenía un punto de vista de España desde fuera. La falta de democracia me parecía insólita.

Oviedo es Vetusta y lo sigue siendo, ciudad, capital de la industria de Asturias, el aperitivo, La Paloma, hay que ir bien vestido, te miran, saben quién eres. Pamplona era rural. La plaza del Castillo, el centro, olía a cuero y a aperos de labranza

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–Acabó en Barcelona.

–Había acabado en Pamplona con muy buena nota, pero me quedaba pendiente el Cálculo de Estructuras de Javier Lahuerta Vargas, una autoridad europea en cálculo de hormigón. No enseñaba a proyectar estructuras, solo a calcular. Me fui a hacer esa asignatura, enfadado, a Barcelona, con Joan Margarit, gran poeta y buen amigo, muerto recientemente. Le expliqué mi desacuerdo con Lahuerta y acordamos que me enseñaba a diseñar estructuras y que me examinaría de un calculín, un garaje.

–¿Y después?

–Por mi mejor amigo tuve una gran relación con José Antonio Coderch, viví y trabajé en su casa, como contacto entre él y el estudio. De él aprendí, como de mi padre, la actitud ante la vida.

–¿Cómo ha de ser?

–De valentía y de honradez. El director general de IBM le dijo por dónde debía ir la entrada del aparcamiento al edificio y me dijo: “César, acompañe a estos señores a la puerta”. Volvieron con un cheque en blanco: “Ponga usted la cifra”. Se indignó y les replicó: “Los Coderch no estamos en venta”. Aprendí la dignidad humana. Era pobre.

–¿Pobre?

–Cuando murió me llamó su viuda, fuimos a enterrarle a Espolla en una tumba que había diseñado él con tierra, flores y hierbas del alto Ampurdán y a la vuelta vimos cómo pagar sus deudas: hubo que vender el estudio y buscar piso a su viuda. Era un caballero, como mi padre.

–1972, ¿por qué fue a Bilbao?

–Por los amigos que hice en la carrera: el bilbaíno es divertido, trabajador y muy compatible.

César Caicoya Irma Collín

–¿Cómo se vio en la vida de adulto y fuera de la universidad?

–Gozando de la vida. Como buen heredero de mi padre el dinero me interesa para pagar nóminas, vivir y mantener a la familia.

–¿Cómo empezó a ejercer?

–En el estudio de Emiliano Ammán, cuando un amigo lo dejó. Al año y pico logré mis propios clientes y me colegié. Tuve mucha suerte con los promotores, hice mucha vivienda de protección oficial, un centro comercial del casco viejo y la rehabilitación y ampliación del monasterio de Montehano... proyectos muy distintos.

–¿Cómo se independizó?

–Monté mi estudio con 25 años. Pedí un crédito al 18% para comprar un torreón en la plaza elíptica de Bilbao, que es como La Escandalera. Compartí este sitio amable y luminoso con un amigo superdotado, Alfonso Rubí, que se dedicaba a lo que no me apetecía nada, la gestión de las cuentas, mientras yo me centraba en el diseño. Lo que es la vida, cuando llegó el proyecto del Guggenheim me dediqué a la gestión. Ahora he vuelto al diseño.

–Su papel en el Guggenheim. Recibió una maqueta de 40 y tantos centímetros y algunos dibujos de Frank Ghery ¿a partir de ahí desarrolló el edificio? 

–En colaboración con Ghery porque hubo desarrollos arquitectónicos de dibujo en Los Ángeles. Yo soy director de proyecto, director de obra y codirector de la gestión de plazos y costes, con ingenieros. La ventaja que tuve en los 8 o 9 proyectos que hice con la Fundación Guggenheim en todo el mundo, que ninguno salió, fue ir con ingenieros. 

–¿Eso es excepcional?

–Los arquitectos internacionales trabajan con consultores, pero en España nos dan formación integral. En 1985 cofundé el área de arquitectura ACXT en IDOM, una ingeniería de Bilbao con 3.000 empleados, la mitad ingenieros y técnicos superiores. 

Durante 25 años me despertaba haciéndome dos preguntas: ¿dónde estoy y qué tengo que hacer? Era muy excitante, maravilloso una vida muy plena, hoy en Los Ángeles, mañana en Nueva York, al otro en Singapur

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–¿Cómo logró eso?

–Empecé contratándoles en el proyecto del monasterio de Montehano, porque era una obra de cirugía fina, y acabé siendo contratado por ellos y abandonando mi estudio cuando el Guggenheim.

–¿Cómo fue ese proceso?

–Un día, el presidente de IDOM -cuando yo ya estaba en el consejo- me preguntó qué tal iba el estudio y le dije que no lo sabía. Miré y estaba perdiendo dinero. 

–¿Qué edad tenía cuando empezó con el Guggenheim?

–“Nel mezzo della sua vita”, dice Dante en la “Divina Comedia”. 42 años. Me avaló que tenía experiencia y que el músculo de la ingeniería era imbatible. Pasé dos semanas con Ghery que acababa de cambiar de estilo. 

–¿Cómo fueron esos días?

–Hablé con él; con Bertha, su mujer, con Richard Serra... Les dije que yo era un cartesiano europeo, de escuadra y cartabón. A mi me pesa Europa... En ese sentido, no tengo nada que ver con Ghery, judío de origen polaco criado en Canadá que vive en Los Ángeles, un apátrida casi sin pasado. Le dije en Santa Mónica que la obra significaría a la arquitectura del siglo XX lo que el Guernica a la pintura del XX. Está en las portadas de los libros de arquitectura del mundo. 

–¿Qué le aportó esa obra? 

–Una enorme riqueza interior: me abrió a libertades que no conocía, puertas a la vida y al conocimiento que desconocía que existieran y ¡guaaa!, mundos nuevos, amigos nuevos y un campo de creatividad, fuerza, energía...

–¿Cambió su vida?

–Todo te la cambia, pero aquí se desplegó.

César Caicoya Irma Collín

–Por ese tiempo dejó el Opus.

–Sí. Salí bien. Ghery, como no entiende lo que es, bromea que me he vuelto laico gracias a él. 

–Hablaba de proyectos que no se hicieron ¿Qué pasa con ellos?

–Se archivan. A mi nivel, de cincuenta proyectos ejecutas dos porque son obras de envergadura muy complejas.

–¿Cuándo hizo su familia?

–Me casé en 1996, con 48 años. 

–¿Nunca es tarde?

–No me enamoré de mi mujer hasta esa edad.

–¿Cómo fue?

–La conocí haciendo una obra al lado de lo que era su casa. Excavé varios sótanos de aparcamientos y un día que llegaba de Los Ángeles, después de 14 horas de vuelo, fui a la obra. Llovía, estaba muy oscuro, bajo el paraguas con la maleta, vi personal concentrado. Me dijeron, preocupados, que en la casa vecina, antigua, se quejaban de que habían salido humedades y grietas. Pregunté con quién podía hablar, me señalaron a la presidenta de la comunidad y fui a verla. Me invitó a un café en su casa y hasta hoy.

Salí bien del Opus Dei. Frank Ghery, como no entiende lo que es, bromea que me he vuelto laico gracias a él

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–¿Cómo se llama? 

–Juana María Crespo. A la semana siguiente hubo que ir a ver cómo iban las cosas. Entre seis meses y un año después nos casamos. Ella era gerente de una empresa y cuando nació la primera hija me comentó que prefería trabajar desde casa. Luego lo dejó.

–¿Cuántos hijos tienen?

–Tres. Carolina defiende ahora el fin de grado de Arquitectura en Madrid. Fernando acaba la rama de negocios en el IE Business School. Teresa termina primero de la ESO con todo sobresalientes. Además, tocan el piano, saben de robótica, hablan cinco idiomas. Tienen las herramientas.

–¿Repite el modelo de sus padres? 

–Sí, salvo que les doy puntos de avión. Como viajo a México, a Nueva York y adonde haya un Guggenheim, tengo dos millones y medio de puntos. Mi hija marcha de prácticas a México y los usará.

–¿Les dio algún mimo más?

–Sí, y me pasa factura. Su grado de autonomía es menor y no está bien. Fernando lo tiene muy alto.

–¿Fue un padre presente?

–Lo soy. Lo fui menos cuando trabajaba 14 horas al día y llevaba una vida de viajes. Durante 25 años me despertaba haciéndome dos preguntas: ¿dónde estoy y qué tengo que hacer? Era muy excitante, maravilloso una vida muy plena, hoy en Los Ángeles, mañana en Nueva York, al otro en Singapur.

En la familia repito el modelo de mis padres de pocos mimos, salvo que les doy puntos de avión. Como viajo a México, a Nueva York y adonde haya un Guggenheim, tengo dos millones y medio de puntos. Mi hija marcha de prácticas a México y los usará

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–¿Sin parte negativa?

–El desgaste, pero siempre disfruté mucho, pero mucho. Podría haber dicho no en cualquier momento porque era libre y no tenía ataduras, pero no lo hice.

–¿Cómo logra su vínculo con México?

–En la arquitectura de IDOM tuve el privilegio de abrir diez oficinas en todo el mundo. Tengo familia en México por parte de padre y madre y es estar en casa. Casi mis mejores amigos están allí. Es muy fácil ser amigo de un mexicano. No podía ir a trabajar sin quedarme el fin de semana porque tenía que comer en casa de uno y cenar en la de otro. Cuando dejé IDOM por edad, hace 5 años, empecé mi tercera etapa profesional, quise tener una pata en México y fundé Arquidos en sociedad con un amigo, el arquitecto Pablo Martínez Lanz. Doy clases en varias universidades, entre ellas la UNAM, en el taller Barragán, segundo premio Pritzker de la historia. 

–¿Qué tal cree que le ha tratado la vida hasta ahora?

–Ah, muy bien. Se lo dije a mi hermano Martín esta mañana desayunando. Le dije “Martín, estoy muy agradecido a la vida” y el me replicó cantando “que me ha dado tanto”. Intento devolver a la sociedad lo que me ha dado.

–¿En qué forma?

–Hacer cosas gratis. He dejado de cobrar clases y eso que mi abono son mil euros la hora y se los acabo de cobrar al MoMA porque son millonetis. Estoy agradecido a la vida porque tengo la libertad de elegir y casi la he tenido siempre. He hecho lo que me ha dado la gana o lo que he hecho me ha gustado tanto que me ha dado la gana.

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