El Pelayo del Ejército de Tierra
Una escultura en bronce del rey astur, obra del militar y artista Antonio Colmeiro, preside el Patio Central de Armas del Palacio de Buenavista

Estatua del rey Pelayo que preside el Patio Central de Armas del Palacio de Buenavista. / Alicia VALLINA VALLINA Conservadora de museos
Alicia Vallina Vallina
El Palacio de Buenavista se erige majestuoso entre el tráfico y el trajín diario de viandantes del centro de la capital madrileña, situado entre las emblemáticas calles de Alcalá y Barquillo, como una enorme construcción palaciega cuyos orígenes se remontan al Renacimiento.
La finca, conocida como el Altillo de Buenavista y propiedad del entonces arzobispo de Toledo e Inquisidor General Gaspar de Quiroga, fue regalada a Felipe II.
Pasó por las manos de distintos propietarios hasta que Fernando de Silva y Álvarez de Toledo, XII duque de Alba, adquirió en la testamentaría de la reina Isabel de Farnesio (esposa de Felipe V) la casa que la reina madre había venido ocupando durante los últimos años de su vida en la mencionada finca.

Estatua del rey Pelayo que preside el Patio Central de Armas del Palacio de Buenavista. / Alicia VALLINA VALLINA Conservadora de museos
El duque encargó al arquitecto madrileño Ventura Rodríguez el proyecto de ampliación de la residencia, la construcción de un terrado, un picadero y una zona ajardinada que nunca llegaron a realizarse debido al fallecimiento del duque en 1776.
Al año siguiente su nieta y heredera, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva, XIII duquesa de Alba, retomó el proyecto junto a su marido, José Álvarez de Toledo y Gonzaga, marqués de Villafranca, ordenando al arquitecto Juan Pedro Arnal la construcción del actual palacio siguiendo modelos franceses e italianos. Ambos convirtieron este lugar en su residencia habitual y lo decoraron con valiosas obras de arte de grandes maestros internacionales, tales como Rafael, Corregio o Velázquez.
Tras sufrir varios incendios y numerosas remodelaciones, el palacio fue expropiado a la casa de Alba en 1807 y regalado, por el Ayuntamiento de Madrid, a Manuel Godoy (valido del rey Carlos IV).
El Museo Josefino nunca llegó a cristalizar y el Palacio de Buenavista se cedió al Ejército en 1816. Se convirtió en Ministerio de Guerra en 1847 y, desde 1981, en la sede del Cuartel General del Ejército de Tierra español
Tres años más tarde, con la ocupación francesa de la capital y la llegada de José Bonaparte, se decretó que fuera destinado a albergar la colección de pinturas del futuro Museo Josefino, germen de lo que posteriormente sería el actual Museo Nacional del Prado (ubicado, esta vez, en el actual edificio de Juan de Villanueva).
El Museo Josefino nunca llegó a cristalizar y el Palacio de Buenavista se cedió al Ejército en 1816. Posteriormente se convirtió en Ministerio de Guerra en 1847, en Ministerio del Ejército y de Defensa en 1939 y 1977 respectivamente y, desde 1981, en la sede del Cuartel General del Ejército de Tierra español.
El rey, de gesto severo, rostro delgado, nariz recta y barba abundante, desenfunda con fiereza una gran espada que sostiene en horizontal equilibrando la composición. Lleva la leyenda: “la fe y el valor de un hombre forjaron el destino de una patria”
El palacio cuenta con infinidad de estancias interiores decoradas atendiendo a los gustos de la época y al carácter de sus habitantes. Alfombras, tapices, mobiliario, relojes, espejos, pinturas y esculturas, cubren sus paredes y techos. Sin embargo, es en el exterior del edificio, en la zona norte del Patio de Armas, donde brilla con luz propia la colosal escultura en bronce fundido del rey de los astures: Pelayo.
Obra original del escultor y pintor barcelonés Antonio Colmeiro Tomás (coronel de artillería retirado del Ejército español) y realizada en 1986, muestra al insigne guerrero estante, de cuerpo entero, cubierto con casco militar, larga túnica y capa de enormes pliegues volátiles que confieren al conjunto un enorme movimiento y ligereza.
El rey, de gesto severo, rostro delgado, nariz recta y barba abundante, desenfunda con fiereza, empleando ambas manos, una gran espada que sostiene en horizontal equilibrando la composición. La escultura se acompaña, además, de la siguiente leyenda: “la fe y el valor de un hombre forjaron el destino de una patria”.
La obra recoge, grabada, la fecha de defunción del monarca asturiano, el año de 737. Así, Pelayo deja como sucesor a su hijo Favila (también conocido por el nombre de Fáfila), muerto prematuramente, según las crónicas, por las zarpas de un oso durante una cacería. A este le sucederá el rey Alfonso I el Católico, esposo de la hija del rey Pelayo, Ermesinda.

El escultor del Cid, Cortés y Agustina de Aragón / Alicia VALLINA VALLINA Conservadora de museos
Pelayo fue enterrado en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en Cangas de Onís, creada exclusivamente por él para albergar sus restos. El cronista cordobés Ambrosio de Morales recoge en sus escritos de mediados del siglo XVI que el rey Alfonso X el Sabio ordenó trasladar sus restos mortales y los de su esposa, la reina Gaudiosa, a Covadonga, donde hoy se conserva lo que por muchos es considerada su actual morada.
El escultor Antonio Colmeiro, hijo del pintor y aviador militar Alejandro Colmeiro, inició su carrera como dibujante en el diario “Pueblo”, estudió en la Escuela de Bellas Artes de Valencia y realizó otras siete esculturas de ilustres personajes para el Patio de Armas del Palacio de Buenavista entre las que destacan la del Cid Campeador, Hernán Cortés, Pizarro o Agustina de Aragón.
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