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MEMORIAS Luis Rodríguez-Ovejero Presidente de la empresa tecnológica Satec

“Mi padre iba a cuidar a los osos ‘Petra’ y ‘Perico’, y yo lo tenía a gala”

“Juan Benet tomaba el café y el aperitivo con mi padre y con mis tíos en Boñar, donde veraneábamos: le veías ahí, todo el mundo le llamaba ‘El Ingeniero’ ”

Luis Rodríguez-Ovejero, durante la conversación con LA NUEVA ESPAÑA. MARA VILLAMUZA

El ovetense Luis Rodríguez-Ovejero (1951) es el presidente de la multinacional Sistemas Avanzados de Tecnología (Satec). Conversa con LA NUEVA ESPAÑA en la terraza que da al jardín de su casa, en Castrillón. Allí es donde se ha dejado hacer alguna de las fotos que acompañan estas memorias.

Padre veterinario. “Luis Rodríguez-Ovejero es mi padre. Era de Boñar, en León. Mi madre, Pilar, es asturiana, de Oviedo. Mi padre vino a Asturias de jovencito, cuando acabó la carrera de Veterinaria. Trabajó un tiempo fuera y recaló en Asturias a mitad de los cuarenta. Cogió una plaza de veterinario en el Ayuntamiento de Oviedo. Después fue, durante muchísimos años, el director del Matadero municipal. Estuvo en las batallas de las pandemias: la fiebre aftosa, la peste porcina. Lo que hacían entonces era terrible: tenían que matar a la cabaña entera y luego traer los nuevos animales para vacunarlos. Mi padre combinó toda la vida la actividad del Ayuntamiento con lo que él llamaba la clínica. Era veterinario de los de coger el coche y plantarse en las quintanas de Asturias para curar vacas, atender partos... Nuestra infancia, la de mis hermanos y yo, fue la de conocer todas las aldeas de la región”.

Luis y Juan Carlos Rodríguez-Ovejero, en Groenlandia

Padre emprendedor. “Luego mi padre fue durante veintitantos años presidente del Colegio de Veterinarios. Era un hombre muy activo, fue muy emprendedor. Viajó por el mundo: estuvo en Italia tres o cuatro veces con una beca de la FAO, en los Estados Unidos, también con una beca de la FAO. Estuvo viendo mataderos también y cuando regresó engrandeció el de Oviedo. Recuerdo a mi padre salir de casa todos los días de su vida a las siete de la mañana. Era una cosa matemática. Cogía el autobús para ir al Matadero, trabajaba. Por la tarde, volvía a comer y se iba a hacer la clínica. Mi padre era muy alto, muy simpático, muy dicharachero; un tío estupendo”.

La Central Lechera. “Mi padre inventó la Central Lechera Asturiana. En los años cincuenta, a su vuelta de Italia, planteó la necesidad de una Central Lechera por miles de razones. Insistió e insistió durante muchísimo tiempo y no le hicieron ni caso hasta que un amigo suyo, que era procurador en Cortes, Jesús Saénz de Miera, un leonés como él, cogió la idea y la sacó adelante. Luego, cuando ya estaba montada, Sáenz de Miera le propuso entrar en la Central, pero no quiso. Tenía bastante con el Matadero, pero, vamos, él fue el factótum de la Central Lechera”.

Los tres Luis Rodríguez-Ovejero de la familia: nieto, abuelo y padre

La madre. “Mi madre se llama Pilar. Es asturiana. Tiene 95 años. Es hija de padre y madre leoneses. Así que tengo cuatro abuelos leoneses y he nacido en Oviedo. Mi madre se tuvo que hacer cargo de su padre, que se quedó viudo muy pronto. Además, también, de sus hermanos, que eran más pequeños que ella. Con todo eso, bastante tenía. Es una mujer muy guapa, guapísima, siempre fue una persona de una disciplina y un rigor tremendos. Mi abuelo consideró que ella no tenía que hacer la carrera pese a que la hicieron sus hermanos. Cosas que pasaban entonces. Mi padre nos dio el ejemplo y vimos en mi madre el esfuerzo que tuvo al cuidarnos. Ella era la que estaba todo el día con nosotros. Así que, en los dos tuvimos el referente del esfuerzo y del ejemplo”.

Palacio de las Medias. “Mi abuelo era comerciante. Inicialmente, su familia se dedicaba a los curtidos, en León y Palencia. Mi abuelo entonces cambió de sector y se radicó en Asturias. Era el dueño del Palacio de las Medias, en Oviedo. Uno de los edificios que tenía es el que tiene ahora Zara en frente del teatro Campoamor, en la calle Pelayo. Además, tenía un negocio de paquetería: unos viajantes que iban a comprar a Alicante, a Alcoy. Con ellos cubría Asturias, parte de León... Un Amazon de la época”.

Los hermanos. “Nací en la calle Cabo Noval. Soy el segundo de tres hermanos. La primera es mi hermana Pilar. Nacimos los tres en tres años y un día. Mis padres se casaron tal un día como hoy y a los tres años y un día había nacido mi hermano Juan Carlos, que es el pequeño. Mi hermana Pilar trabajó toda la vida en Madrid, en Iberia. Mi hermano es ingeniero de minas. Juan Carlos es un personaje, en eso se parece mucho a mi padre. Juan Carlos es uno de los factótum de que esté aquí DuPont. Se casó con Montaña, que es secretaria de Juzgado. Ella consiguió aquí la plaza y Juan en una filial de Repsol. Hizo el doctorado en Colorado. Trabajó buscando petróleo hasta que surgió la oportunidad de venir a Asturias. Y ahora es el presidente de la Asociación de Amigos de la Ópera de Asturias”.

Luis Rodríguez-Ovejero, en Cambridge, tras defender su tesis

Estudios. “Yo estudié en los Jesuitas. Primero estudiamos en las Ursulinas, en el Naranco. Ahí hicimos párvulos. Mi hermano y yo formamos parte de la primera tanda de los Jesuitas. Empezamos 13 chicos en la calle Doctor Casal, en un piso de las congregaciones marianas, enfrente de la iglesia de San Juan. Allí arrancamos la anterior y la Preparatoria. Luego, al año siguiente, los Jesuitas se establecieron en la Academia Ojanguren, en la calle Cervantes, y allí empecé ya el colegio. Allí hicimos hasta Bachillerato. Hasta el final. Juan, mi hermano, también es el presidente de Antiguos Alumnos de los Jesuitas en Asturias. Hay mucho ilustre asturiano en el San Ignacio. Teníamos clase toda la semana y también el sábado por la mañana. Subíamos por la calle Toreno, bajábamos por la calle Cervantes y, después, por Gil de Jaz hasta Uría”.

Oviedo de la infancia. “Vivíamos en la calle Uría, donde Botas. Mi padre era el veterinario del Ayuntamiento. Mi padre iba a cuidar a los osos, a ‘Petra’ y a ‘Perico’, y yo lo tenía a gala. El que entraba a la jaula de los osos del Campo San Francisco a poner las inyecciones era él. Esto, cuando tienes 8 o 9 años, te da un crédito importante. La vida de Oviedo era una vida muy sencilla. Había muy pocas cosas, muy pocas diversiones. Había un culto enorme al esfuerzo y al trabajo. Tanto en casa, como en los Jesuitas, nos enseñaron que lo que valía era lo que te esforzabas. El ejercicio de cultivar la voluntad, de cultivar la creatividad. Y luego la vida era muy austera: no había cosas. Bueno, había juguetes en Reyes, no había restaurantes. Yo creo tenía 16 o 17 años cuando fui al primer restaurante de mi vida. Hasta entonces, comías en tu casa. Solo estaba Casa Modesta, pero más que restaurante era una casa de comidas. Lo que sí que había eran cafeterías, pero eso fue también después”.

Familia burguesa. “Efectivamente, éramos una familia burguesa, pero en una ciudad que todavía estaba por formarse. La ciudad todavía estaba en construcción. Jugábamos cerca del colegio, en el campo de maniobras, lo que hoy es la plaza de España. Entrábamos en los sótanos y había balas y cosas así de la época de la Guerra Civil. Jugabas en la calle, ibas al Bombé, a la Rosaleda. Un poco más arriba estaba el Carlos Tartiere. Para ir al estadio tenías que ir por los prados prácticamente. Aquello todo era mucho descampado. Lo único que había era el cine. No digo que fuera todas las semanas, pero casi todas. Teníamos el Aramo, el Real Cinema, el Principado, el Ayala. No había televisión, pero sí la radio: las novelas, los concursos, el fútbol”.

Pilar Alonso lleva en la carretilla a sus tres hijos: Luis, Juan Carlos y Pilar

Oviedista y atlético. “Soy del Oviedo de toda la vida, pero también del Atlético de Madrid. Tengo la mitad del corazón en un equipo y la otra mitad en otro. Me hice del Atlético de Madrid por una razón curiosa. Mi padre nos llevaba al fútbol todos los domingos: íbamos al Tartiere. Tenía dos localidades: en una se sentaba él y en la otra o mi hermano o yo. Tenía el Oviedo un equipo muy potente: los que trajeron del Mundial de Suecia. Amarilla, Romero, Carlos Gómez como portero. Una vez quedamos los terceros en la Liga. Aquí venía el Real Madrid con Puskas y todos esos y yo, con mi mirada infantil, sentía que nos robaban. Salía del campo pensando que nos habían robado el partido. Venía el Barça y exactamente igual. Venía el Atlético y aquello, desde luego, no era lo mismo. Tenía el sentimiento de que aquella competencia era justa. Me hice del Atleti por eso, porque me parecía un equipo que no ganaba por privilegios, como sí que le pasaba al Real Madrid o al Barça”.

Veraneos en Boñar. “Veraneábamos en Boñar. Íbamos allí cuando acababas del colegio, para allá que nos mandaban los abuelos: tres meses. Entonces hacíamos esencialmente dos cosas: andábamos en bicicleta y pescábamos. Todo el santo día montados en las bicis y a los barbos o a las truchas. En aquellos días estaban haciendo la presa del Porma, que es el río que pasa por Boñar. El proyecto de la presa es de la época de Primo de Rivera, pero, como todas esas cosas, terminó haciéndose cuando Franco. Aquellas presas se tardaban de hacer seis o siete años. Había casas de ingenieros. Aquella obra me impresionó mucho. Desde bien pequeño yo quería ser ingeniero de caminos”.

Juan Benet. “En el colegio yo era buen estudiante, no era el primero de la clase, pero de los primeros. Ver a mis padres y a mis tíos hablando con los ingenieros me animó a querer serlo. Había uno muy famoso: Juan Benet. La Región de Juan Benet es Boñar. Juan Benet tomaba el café y el aperitivo con mi padre, con mis tíos. Le veías ahí. Le llamaban ‘El Ingeniero’. Años después, cuando estaba viviendo en Inglaterra, apareció Juan Benet por el Instituto de España. Tenía que dar una conferencia sobre literatura, pero decía que la había perdido. Habló de sí mismo”.

Ingeniero. Juan Benet era un tipo legendario. Era un hidráulico nato, un ingeniero brillante. Pertenecía a una tropa de la profesión muy destacada. Eso, literalmente, me enganchó: yo quería ser ingeniero hidráulico, lo tenía metido en mi mente y a eso me quería dedicar.

Santander. Estudié Caminos en Santander. Entonces había dos escuelas: la de Madrid y la de Santander, que cuando yo fui estaba recién creada. Mi padre consideró que era mejor Santander, hombre, era más centrado. Fuimos para allá algunos compañeros del colegio para allá. Uno de ellos es Luis Mazón, el diputado del PRC, que fue compañero de clase. Allí estudiaban los vascos, los asturianos, los gallegos, los catalanes. Y hasta un canario. La carrera era dificilísima. Nadie acabó la carrera en los cinco años previstos: repetías primero, repetías alguna por ahí perdida... Era prácticamente imposible acabar a tiempo. Estudiabas mucha matemática, mucha física. La carrera me gustó mucho. Mi madre decía que tenía que ser profesor de la Universidad y, entonces, yo me preparé para eso. En tercero o cuarto empecé a mirar para estudiar fuera, en los Estados Unidos, y al final conseguí una beca Fulbright. 

Beca. Acabé la carrera un día como hoy y a la semana estaba en un avión para los Estados Unidos. Y con la Fulbright estuve un par de años en la Universidad de Utah, en Salt Lake City. Nos habíamos ido de toda España sólo diez personas: de todas las especialidades: de Medicina, de Filosofía y Letras. Yo era el único ingeniero. Cada uno fue a una universidad distinta. Llegabas y estabas perdido: no tenías ni mucha información, ni contactos. 

Mecánica de la fractura. Fui a hacer una cosa que se llamaba Mecánica de la fractura, una cosa muy matemática, que era lo que me gustaba. Allí estuve un tiempo. Al final yo tenía que hacer la mili, es decir, tenía que volver, pero estaba con el doctorado a medio hacer. Con todo esto llegué a la conclusión de que lo que estaba haciendo allí no era lo que me interesaba. Para hacer Matemáticas, para hacer cosas analíticas, para eso me quedo en España. 

Inglaterra. Me surgió una oportunidad en Inglaterra. Dejé los Estados Unidos y me vine a Europa. Me dieron la opción de trabajar y de estudiar al mismo tiempo. Allí entré en la empresa americana Dames & Moores, una ingeniería muy brillante que trabajaba en lo que entonces se llamaba I+D y ahora es I+D+i. Tenía un negocio en Londres donde hacían proyectos de investigación. En los Estados Unidos se había saturado la capacidad de investigación de las universidades y se habían venido a Europa para captar talento para hacer investigaciones. Mi tesis doctoral me la pagaron las fuerzas aéreas de los Estados Unidos, es decir, yo tenía un proyecto con Dames & Moores por el cual me pagaban a mí y, además, me pagaban el doctorado. Mi proyecto tenía un componente industrial en beneficio de las fuerzas aéreas, así que mi tesis se la debo a ellos. 

King’s College. Estudié en el King’s College, en Londres, fui el primer español que hice la tesis en ese centro y de los primeros con la Fulbright, que luego recibió el premio Príncipe de Asturias. Estamos en 1976-77. Hasta 1982 no volví a España. Estuve seis años fuera. Todo esto, claro, se lo debo a mi padre, que nos abrió los ojos a que el mundo era más grande de lo que imaginábamos. Así que mi hermano y tenemos la convicción de que al acabar la carrera teníamos que salir al extranjero a completar la formación. Mi hermano se fue a la Escuela de Minas de Colorado que era, entonces, de lo mejor del mundo. 

Universidad. Mi aspiración era sacar una cátedra en la Universidad: tenía la sensación de que tenía un currículo interesante para ello. Lo que pasa es que no pude conectar con la Universidad en España, no encontré la manera. Era muy difícil y yo no estaba en el aparato, no conocía a nadie, pero me surgió un trabajo.

Ordenadores. En Inglaterra utilizaba laboratorios, ordenadores... Yo iba todos los fines de semana a la Universidad de Londres, al “data center”, con las fichas perforadas, con toda esa cosa... O sea, que trabajaba con la informática, pero con la de aquella época. Eran ordenadores que llenaban una habitación: era más hidráulica que electrónica. Aquello era una cosa legendaria. Entonces vi un anuncio de la compañía de los ordenadores que había utilizado, que era Control Data, que era la segunda compañía del mundo después de IBM. Me presenté a la selección de un puesto que había en España y me cogieron inmediatamente. Me pagaban el doble que en Inglaterra. Llevaba toda la vida estudiando mecánica de la fractura, estudiando geotermia, cuestiones de dinámica y, de repente, todo eso aparcado por la informática que es algo que tenía como totalmente auxiliar. Estudié informática porque la necesitaba para mis estudios de mecánica, como necesitaba escribir o leer. Es decir, era una herramienta para mi trabajo. 

Madrid. Dejé Londres y me fui a Madrid: yo quería volver a España. Aquel Londres que dejaba era el Miss Thatcher, el de las huelgas de los estibadores, de los mineros... Aquel Londres me marcó. Tuve la oportunidad de hacer una tesis doctoral de I+D, pero absolutamente pragmática: una aplicación real para una cosa concreta. Me cambió mucho la forma de ver las cosas, por ejemplo, la motivación por la investigación, por el aprendizaje: hay que formarse hasta que te mueres, hasta el día anterior al óbito tienes que seguir aprendiendo.

I+D.  Esto del I+D tiene un punto de audacia, es una cosa muy especulativa. Lo primero que haces de manera profesional te marca “per saecula saeculorum”. Y a mí me marcó todo esto de la investigación. El trabajo de mi tesis al final fue mi vida. Así que un día dejé de pensar como un ingeniero y empecé a pensar como un informático. 

Control Data. En Control Data había un servicio: la famosa nube de hoy. Entonces a esto se llamaba “shared time” (tiempo compartido). La conexión era entre un ordenador en Bruselas y otro, no sé, en Minneapolis. Lo que teníamos que hacer es facilitar esa cooperación, apoyo en las aplicaciones. De golpe y porrazo, me hicieron jefe de grupo: tenía a mis órdenes a quince o veinte personas. Poco a poco fui ascendiendo. Aprendí allí todo este negocio. Control Data subió a la estrastofera: inventó los periféricos para terceros. Llegó al pico y empezó a caer y se hundió y literalmente desapareció. Me tocó vivir Contro Data en la caída. Y eso sí que fue un aprendizaje durísimo. 

Fundación de Satec. Sabía de ciencias, de ingeniería, pero no sabía de gestión, de balance, de cuentas de resultados... Hice un master en el IESE con un esfuerzo tremendo. Así que llegamos a 1987 y formamos Servicios Avanzados de Tecnología (Satec). La idea de la empresa era mía: unir cada sistema digital porque entonces estaba todo verticalizado. Había que comunicar un fichero con otro, pero eso costaba un pastizal. 

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