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Fontanas dell’Acqua Paola y Trevi, eternas como su ciudad

estas dos fuentes romanas han quedado inmortalizadas en conocidas películas y en los corazones de romanos y visitantes

Muchos suscribiríamos hoy la frase del poeta inglés Percy Bysshe Shelley cuando afirmaba que “las fuentes eran motivo suficiente para justificar un viaje a Roma”.

Inmortalizadas en el cine, la música y la poesía, las fontanas son parte consustancial de la ciudad en la que se asientan felices, insuflando vida a la envejecida y evocadora urbe. En el discurrir de sus aguas cristalinas, en el rumor amoroso de sus cascadas, la vida sigue latiendo en Roma. Siempre me ha parecido que ellas representan las voces de la ciudad. Unas voces a veces magníficas, majestuosas… otras, profundas, recónditas… pero en todo momento voces acogedoras y amorosas.

Roma es la ciudad con más fuentes del mundo. No me atrevería a decir cuántas, pero creo que son unas cincuenta las conocidas por su monumentalidad y belleza. Y miles las diseminadas en sus plazas y rincones.

Desconozco si la Fontana di Trevi es la fuente más bella del mundo, pero lo que sí creo que se puede afirmar es que ninguna ha conseguido ser tan famosa como ella. Te puedes ir de Roma sin ver los Foros, sin subir al Aventino o al Gianicolo, sin entrar en el Coliseo… pero casi nadie se va sin ver la Fontana di Trevi.

Hoy quiero detenerme en Trevi y contagiarme de la emoción expresada en muchos de los rostros que la ven por primera vez, aunque antes considero obligado aludir a otra hermosa fuente romana; la Fontana dell’Acqua Paola, que posiblemente sirvió de inspiración para la de Trevi. Si las observamos con detalle vemos ciertas similitudes, aunque la dell’Acqua Paola es mucho más desconocida, a pesar de que hace unos años fue llevada a la gran pantalla. Con su imagen comienza la película “La gran belleza”, de Sorrentino. Un grupo de turistas la visitan y uno de ellos, ante su belleza y la increíble vista que desde allí se contempla, se desploma en el suelo, víctima posiblemente del conocido como síndrome de Stendhal.

La Fontana dell’Acqua Paola, también conocida como la Fuente del Gianicolo o Il Fontanone nació para cubrir la necesidad de suministro de agua a las zonas del Trastevere, de vía Giulia y del Vaticano. Fue mandada construir por el Papa Paolo V. Del diseño de la fuente se encargaron los arquitectos, Giovanni Fontana y Flaminio Ponzio.

Está compuesta por un gran frontón con cinco nichos. Los tres centrales son de gran tamaño y los dos laterales mucho más pequeños. El agua se vierte sobre las cinco cuencas de mármol de los arcos para caer en cascadas en una gran palangana que constituye la base de la fuente. Su ornamentación es mínima. Solo unos ángeles que sostienen el escudo papal sobre los emblemas de la casa Borghese a la que pertenecía el Papa. Unas águilas coronando los pináculos y unos dragones en los nichos laterales de cuyas bocas fluye agua. Por su sencillez y límpida belleza ha sido calificada como prototipo de fuente renacentista.

Situada en un lugar estratégico en la colina del Gianicolo, muy cerca de san Pietro in Montorio, la Fontana dell’Acqua Paola merece la pena ser visitada no solo por verla a ella, sino para poder admirar la belleza de las vistas de Roma que desde allí podemos contemplar. Es como si la Fontana dell’Acqua Paola nos mostrara, nos facilitara la visión de Roma, mientras que con la de Trevi, sucede todo lo contrario, es Roma quien en la intimidad de sus calles nos conduce hasta el lugar donde ella nos espera.

Para llegar a la Fontana di Trevi puedes utilizar tres caminos, de ahí el nombre de Trevi, y los tres son más bien callejuelas estrechas. Cuando crees que posiblemente te has equivocado de dirección porque no se atisba ningún gran espacio, el rumor del agua avisa de que el camino es correcto. Y de pronto, en una plaza en la que solo cabe ella, aparece la preciosa Fontana di Trevi. Y ya todo deja de existir. Su belleza barroca y el fluir de sus aguas impresiona a todos que, una vez superados los primeros momentos, su asombro se incrementa al comprobar el reducido espacio en el cual se levanta.

Construida por Nicola Salvi, en el siglo XVIII, fueron necesarios treinta años, para su edificación, y en ella se recuerda a los tres papas que se preocuparon de convertirla en realidad; Clemente XII, Benedicto XIV y Clemente XIII.

Es la más grande de Roma, mide 26 metros de alto y 20 de ancho. El imponente Neptuno, rodeado de tritones y ninfas, se muestra poderoso, consciente de la admiración con la que le miran los cientos de personas que rodean la fuente. Es tanta la gente que allí se congrega, que a determinadas horas del día resulta imposible verla en su totalidad.

Sin duda el mejor momento para disfrutar de Trevi es al amanecer (hora que yo he elegido para hacer las fotos) o muy entrada la noche. Es entonces cuando en verdad la puedes disfrutar solo para ti, aunque quien haya visto la “Dolce Vita” puede que comparta ese momento con el recuerdo de Anita Ekber y Marcello Mastroianni dándose un baño en la Fontana.

Confieso que en mis visitas otoñales a Roma acudo a Trevi varias veces. Me gusta observar las reacciones de la gente cuando ven la Fontana. He presenciado escenas entrañables, protagonizadas por todo tipo de personas, pero las que más me emocionan son las de parejas mayores. Recuerdo con toda nitidez la humilde felicidad reflejada en el rostro de una señora mayor que, incluso parecía pedir disculpas por sentirse tan bien, mientras su marido o compañero le hacía la foto. Me sentí tan conmovida que me brindé para hacérsela a los dos. Agradecidos me dieron las gracias y cuando curiosa les pregunté si habían tirado la moneda, me dijeron que no, que lo habían hecho la primera vez y que se había cumplido, pues allí estaban.

–¿Y no repiten? ¿no desean volver?– les pregunté

–Claro que sí, pero ya no necesitamos moneda. La Fontana di Trevi forma parte ya de nuestra historia de amor, ya no somos unos desconocidos para ella.

Al despedirme de mis amigos, miré a la Fontana y me percaté de que yo había hecho lo mismo que ellos pues solo tiré una moneda la primera vez.

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