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Arquitectura personal
Alfonso Lantero Exbatería de “Ilegales” y poeta

"Inicié Periodismo para ver la New Wave de Madrid"

“Entré en la música madrileña horas después de que Jorge Martínez dijera en Radio 3 que yo era ‘un batería de la hostia’ que buscaba grupo”

Alfonso Lantero en casa de sus hermanas en Gijón. | | JUANPLAZA

Un baterista hasta los 30 años que regresa con canciones y poemas

Alfonso Lantero (Gijón, 1963) es un baterista de precisión y concisión, de fuerza y sin florituras, un autodidacta que aprendió en ensayos y en directo y que tocó con “Ilegales”, “Pistones”, “The nativos”, los franceses “Ton-Ton Macoute” y “Desperados”.

Dejó la música profesional con 30 años, fue camarero en Málaga, marinero en Mallorca, tuvo una empresa de mudanzas y otra de venta de leña a domicilio en las afueras de Madrid, vendedor de antigüedades en La Granja (Segovia) y hace tres años regresó a Asturias, a una casa de su padre que rehabilitó en una aldea de Infiesto con 10 vecinos.

En esa soledad buscada escribió, musicó, cantó y grabó “Utopía”, tres canciones y ocho poemas para los que se ha reunido con viejos amigos y colaboradores como Juan Martínez (producción y guitarras), Rafa Kas (guitarras), Alejandro Felgueroso (bajo), Xuan Zen (vibráfono), Sergio Pevida (percusiones) y Sil Fernández (coros).

Sufre las secuelas de una sordera súbida que no le supieron tratar y le hizo perder un oído.

Está divorciado y tiene dos hijos: Diego, madrileño, de 27 años y Julia, mallorquina enamorada de Asturias, de 24. Conserva una novia en la distancia.

Hizo la entrevista en Gijón, en casa de dos de sus hermanas por un problema transitorio de movilidad .

–Nací en Cabueñes en 1963. Soy el pequeño de 8 hermanos seguidos, uno cada dos años, con el salto de dos abortos. Vivimos todos. Mi padre, Manuel, tenía Maderas Lantero y mi madre, Pilar, era ama de casa.

–Hable de su padre.

–Era muy entrañable. Le gustaba el campo, pescar y carretear por Asturias. Viajó mucho a Galicia y a Valencia como importador de maderas africanas y suecas. Fue un negocio muy floreciente hasta la crisis de 1975.

–¿Y su madre?

–Era de Madrid y la guerra le pilló veraneando en Cabueñes con 12 años, hasta que entraron las tropas de Franco. Mis padres se veían cuando él iba a pescar al Peñafrancia y le llamaba la atención porque era muy guapina. Luego volvieron para instalarse.

–¿Qué tal era?

–Muy enérgica para cuidar de 8, con ayuda. Era hija de Manuel Benedicto, jefe de taxidermia del Museo de Historia Natural de Madrid. Descendía por su madre de Pedro Duro, el siderúrgico.

–¿Fue un último mimado?

–No había mimos para tantos. Me cuidaban mis hermanos.

–Vivían como...

–Clase media alta, buena casa, manera austera, sin caprichos. Crecimos algo asilvestrados en un Cabueñes sin chalés y con caleyas. En el monte asábamos chorizos, con una hoguera rodeada de piedras que apagábamos con pis. Por el monte Deva a Peón nos metíamos por las caserías, íbamos con los aldeanos a la hierba y volvíamos en los carros de heno, agarrados a las cuerdas.

–¿Gijón?

–Lo pisaba muy poco. Conocía a los guardias en sus torretas: “El manejoso”, por sus movimientos; “El oso”... “Morgan”, que tenía un gran bigote.

–¿Qué rapacín era?

–Tímido y tranquilo. Desde el primer día, a los 4 años, me sentí prisionero en el colegio: miraba por la ventana, me ponía colorado para hablar e intentaba pasar desapercibido en la fila de atrás. Fui al colegio Blancanieves, y seguí en el Liceo de la Corolla, privados y laicos. Mis hermanos estudiaron con curas y por lo que contaban yo no quería ir.

Fui un crío tímido y tranquilo. Desde el primer día, a los 4 años, me sentí prisionero en el colegio: miraba por la ventana, me ponía colorado para hablar e intentaba pasar desapercibido en la fila de atrás

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–¿Qué ambiente ideológico había en casa?

–Conservador... mi madre, más liberal. Mi abuela materna, Pilar Velázquez, vivía con nosotros y hablaban inglés, italiano, francés y algo de ruso porque había estudiado en Escocia y viajado con sus padres. Fue importante porque leía mucho. Había muchos libros de naturaleza con láminas maravillosas.

–¿Sabía que quería ser?

–No, pero me llamaba la atención la música y ponía discos en el monoaural de maleta. Se oía clásica y, por parte fraterna, Cilla Black, Johnny Halliday, “Dúo Dinámico”, “Beatles”, Cat Stevens, Edith Piaf, Mireille Mattieu, Engelbert Humperdinck.

–¿Cuando se inició en Gijón?

–A los 14 con amigos un año mayores que yo que conocía del Chas, donde un hermano mío montaba a caballo. Había piscina y jugamos por Las Mestas y el Piles hasta que nos quedó infantil. No había dónde meterse y fuimos a la calle a comer pipas, fumar pitillos y tomar “escarpines”.

–¿Que es eso?

–Un pelotazo de ginebra venenosa y Coca-Cola compartida en un bar de la Plaza Mayor.

–¿Tenía inquietud creativa?

–Leía a Verne y a Salgari y escribía novelitas de aventuras de un cuadernillo. Intenté hacer canciones y algún poema. Paco Abril me publicó en su suplemento infantil un poema y el dibujo de un tren con 10 años. Dibujaba hombres con caras de animales que tocaban guitarras eléctricas.

–¿Cómo llegó a la batería?

–En casa había una papelera metálica redonda, empecé a darle con la mano y sonaba muy bien. En “Minutos musicales” de TVE vi un concierto de Tony Ronald en una fábrica de camisas y una filmación de “Dr. Feelgood” en la que Wilko Johnson tocando me dejó noqueado.

Lantero, en una fotografía promocional.

–¿Lo compartían sus amigos?

–Los sábados por la mañana íbamos a una tienda de discos, “Memphis”, y nos metíamos cuatro en una cabina a escuchar y fumar. Le comprábamos poco.

–¿Y las chicas?

–Los viernes del Jardín con Fernando Guerra pinchando “Pink Floyd” y “Rolling Stones”.

–¿Y lo lento?

–Sacar a bailar, arrimar cebolleta, olerles el pescuezo y enamorarte. Era muy tímido pero encontré a una novia muy tímida, muy guapa, que hablaba muy poco. Siempre la recordaré.

–¿Cómo avanzó en la batería?

–El padre de una compañera de instituto tocaba en una orquesta y me ofreció unos tambores viejos con parche de piel de cerdo. Los recogimos un amigo y yo en una moto. Un amigo manitas sujetó el timbal al bombo con un soporte de BH y puse un plato en una punta de una silla. Ensayaba en el establo.

–¿Le enseñó alguien?

–Debajo del “Puentín”, un merendero de la Guía, ensayaba “Madson”, el grupo de Jorge Martínez antes de “Ilegales”. Los oí un día, me acerqué, pregunté si podía escuchar y Jorge me dijo “Sí, tío, pasa, siéntate ahí y aprende”. Su batería, Javier Galán, se ofreció a enseñarme algunos ritmos.

Lantero, en el salón de la casa de sus hermanas. Juan Plaza

–¿Y su primer grupo?

–Un día me dijo Jorge: “tengo unos alumnos de guitarra y vas a tocar con ellos”. Se llamaban “Mercromina”. Eran Jorge Burgaleta, ingeniero de minas, ahora financiero; Alejandro Felgueroso, gran músico; José Barrial, al que no volví a ver. Ensayábamos en el garaje de Burgaleta cuando su padre sacaba el coche.

–Y luego “Rimmel”, ganadores del concurso de rock Villa de Gijón ex-aequo con “Sombrero de copa”. ¿Y los estudios?

–Bien, pero con el 5 me valía. Acabé en el Instituto de El Coto en la época revolucionaria de la transición y el 23F. Era un hervidero de comunistas con huelgas día sí, día no. Tuve buenos profesores y me gustaron literatura, geografía e historia, odiaba las matemáticas y la física. El latín me dio problemas pero acabé traduciéndolo sin analizar.

–¿Qué quería estudiar?

–Quería tocar. La costumbre era continuar en la universidad y elegí Periodismo porque no se estudiaba en Asturias. Quería ir a Madrid por la New Wave que oía a Carlos Tena en Radio 3. El heavy que hacíamos estaba anticuado.

–¿Y en periodismo?

–Hice primero, más fácil que COU, pero en segundo tocaba en grupos y lo dejé. Tenía 19 años y fui a un piso de mi abuela en el barrio de las letras, sin calefacción, solo, por el que pasó gente que hacía la mili, músicos de paso, la casa de Tócame Roque.

–¿Cómo engarzó con el primer grupo de Madrid?

–Vino Jorge Martínez a promocionar “Revuelta juvenil en Monglolia” y quedó en casa 15 días. Me invitó a acompañarle al programa de Radio 3 de los sábados por la mañana que hacían Juan de Pablos, Carlos Tena, José María Rey y Jesus Ordovás. Yo en el estudio de Prado del Rey, junto a Jorge, sin decir palabra. Carlos Tena preguntó: “¿Y este chico que está contigo?”. y Jorge contestó: “Un amigo que ha venido de Gijón y es un batería de la hostia que está buscando grupo”. Dije el número de teléfono en antena y por la tarde tuve una oferta.

"¿Drogas en los 80? A los 21 años fumé mi último porro porque me sentó mal, pero le di bien al whisky"

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–¿Para formar qué grupo?

–“Corazones blindados”. Sacamos un disco con una marca de Zafiro, que era del Opus Dei, y que en “Chapa discos” sacó toda la música satánica de la época.

–¿Qué tal fue?

–Sonó por las radios, nos pidieron un elepé pero estábamos hasta el moño del cantante, muy guapito, lo echamos y el proyecto acabó, no sé si por el cambio de imagen. Me metí en “Dirigidos”.

–No me suena nada.

–Era una banda regional madrileña de new wave americana tipo “The Cars”.

–Y en 1983, “Pistones”.

–Número 1 con “El pistolero” el año anterior. Ricardo, el cantante fue a la mili y el bajista, Juan Luis Ambite, dijo “hay que rehacer la banda”. Me ficharon a mí, a un guitarrista, Ramiro, de “Tacones” y empezamos a ensayar. El manager consiguió que dejaran salir a Ricardo Chirinos del cuartel para las actuaciones. Hice la gira de verano y luego regresó Ariel Roth, no le interesé de batería y metió a Julián, de “Tequila”.

–Fue músico en los 80... ¿Qué relación tuvo con las drogas?

–A los 21 años fumé mi último porro porque me sentó mal. Le pegué bien al whisky.

–Su siguiente grupo fue “The Nativos”, ahora de culto.

–Lo formó Esteban Hirschfeld, de un grupo muy conocido en Uruguay que había tocado con Manolo García en “Los Rápidos” y “Los burros” y se trajo a Antonio Fidel. El cantante, Jimmy, de Valladolid, era la bomba para música de garaje. Los músicos cambiaban. A veces venía Guillermo Martín de “Desperados”, a veces Josele Santiago, de “Los Enemigos” y “El Botas”, guitarra de Raphael y Rocío Dúrcal, buenísimo, o Santiago Agudo de “Ciudad Jardín”. Los conciertos eran muy salvajes. Nos fichó Twins, hicimos un minielepé que produjo Paul Collins y el manager y diseñador fue Pepo Perandones, director de “Rock Ola”. Giramos y funcionaba solo. 

–¿Qué pasó?

–Jimmy, muy carismático, tenía un sueño americano de ser Iggy Pop, marchó a Los Ángeles y nos paralizó. Duramos año y medio. Me fastidió: era una oportunidad en la mano. Cansé de Madrid. 

–Y emigró a Londres.

–La fama era que los ingleses eran musicazos. Saqué billete de ida y vuelta, hice reserva de hotel, vendí unas baterías por cien mil pesetas e hice la maleta.

“Fui a Londres para quedarme con 100.000 pesetas que me robaron a los 4 días; quedé con 20 libras y un día de hotel pagado”

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–Como un sultán.

–A los 4 días me robaron el dinero de la cazadora en un local de ensayo. Quedé con 20 libras y una noche de hotel pagada.

–¿Cómo se buscó la vida?

–Fui a Bayswater, un barrio de hotelitos, a ofrecerme de chico para todo y entré en uno al instante. A la semana me enteré de que cobraba poco y cambié al hotel de un australiano que pagaba el doble. A partir de las 3 de la tarde disfruté de cantidad de cultura gratuita. Iba para quedarme toda la vida. 

–¿Y la música?

–Iba a los pubs a ver músicos, a Candem Town, leía los anuncios del “Melody Maker”, hice audiciones y di con un grupo de irlandeses, ingleses y franceses que se iban inmediatamente a Francia. 

–Los “Tonton Macoute”.

–Sí. Tenían un autobús con camas, cocina y bodega para los instrumentos. Nuestra base estaba en Tarbes. Fue volver a la luz: el invierno de Londres es muy triste y mi inglés era muy pobre.

–¿Cuánto duró?

–Seis meses de gira, ambiente de grupos, vida nocturna. Íbamos a pasar a Dinamarca pero hubo desavenencias entre el irlandés y el inglés y se acabó. Mis amigos franceses me dijeron que quedara pero tenía que venir a España a ver a mis padres cuatro días.

–Que no lo fueron.

–No. Un día antes de volver a Madrid, con el billete del Alsa en el bolsillo, fui al bar de Pepe Goñi en el barrio La Arena y su mujer, que era muy esotérica, se ofreció a echarme las cartas. No creo en eso, pero acepté. Me dijo: “Estás de paso pero va a suceder algo y te vas a quedar”. Llegué a casa a las 4 de la mañana y mi madre había puesto una nota en mi almohada: “No te vayas mañana. Tu tío Chono se mató en la autopista de Oviedo”.

–¡Qué fuerte!

–Cuando volví del funeral sonó el teléfono de baquelita y era Jorge Martínez, que me ofreció sustituir a David Alonso en “Ilegales”. Fui de técnico aquella gira de verano para que David marchara con dinero e ir ensayando el repertorio.

–¿Dónde debutó? 

–En el concierto de Guayaquil, 80.000 espectadores y luego en el de Quito, 40.000. Los llevaba de corbata. Prohibieron una tercera actuación por disturbios, culpa de la organización. La gente se abalanzó, tiró las vallas, vinieron hacia el escenario y la policía los golpeaba con unos palos que llamaban “calmalocos”.

–Ilegales, de 1986 a 1990.

–Nunca viví bajo tanta exigencia. Es un trío, no se puede perder un golpe y la intensidad es 100 por 100, potente y comprimido.

Nunca viví bajo tanta exigencia como en ‘Ilegales’; es un trío, no se puede perder un golpe, la intensidad es 100 por 100 y el sonido potente y comprimido

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–¿Por qué se fue?

–No quiero hablar de eso, pero no me peleé con Jorge ni con nadie del grupo. Volví a Madrid y me reuní con el amor de mi vida, Cristina Señán, separados porque era azafata, y decidimos encontrarnos en Madrid y vivir juntos.

–Y volvió a “La vía láctea”. 

–Y estaban Fernado y Guillermo de “Desperados”, que acababan de grabar un elepé producido por Ollie Halsall, que había tocado con Kevin Ayers, en “The Rutles” y era guitarrista de “Radio Futura”. Me metí para el directo, giré tres años, llevé a Rafa Kas, que quedo en Madrid, y me retiré. 

–¿Para hacer qué?

–Intenté una banda: “Panduro”. En México había una movida madrileña cuando Madrid se deshinchaba. Fui con un par de teléfonos que me dio Paco Loco a promocionarlo, volví con 18 fechas, querían que grabáramos, pero la banda no quiso dar el salto. Dejé de tocar con 30 años. Salían cantautores y pachanga y la movida declinaba.

–¿Qué hizo después? 

–A mi mujer le ofrecieron el traslado a Málaga. Fui camarero de una taberna andaluza, unos meses, hasta que a mi mujer le ofrecieron Mallorca.

–¿Y allí?

–Saqué la titulación para embarcar y trabajé de marinero en cruceros turísticos de la zona. Se ganaba buen dinero. Echaba de menos la música pero sin frustración. Me adapto bien y navegar me gustaba. Estuvimos 7 años.

–¿Tiene hijos?

–Diego, madrileño, de 27 años y Julia, mallorquina enamorada de Asturias, de 24. Vive en Madrid con mi exmujer. Acaba Pedagogía y da equinoterapia. Diego acabó Políticas, hizo un curso en Sciences Po, becado, otro en la San Martín de Porres de Lima y el máster en Venecia y Croacia. 

–¿Fue un padre presente? 

–Mucho. Su madre viajaba e hice de padre y madre muchas veces.

–Después de Mallorca

–A Madrid. Puse la condición de que fuera en el campo y pasamos a Hoyo de Manzanares, presierra de Madrid. Compré un camión de transporte ligero y monté una empresa de mudanzas. En once años, tuve varios vehículos y ayudantes. Fue muy bien y lo dejé antes de la crisis inmobiliaria. 

“Dejé la música con 30 años cuando la movida madrileña declinó y empezó la pachanga”

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–¿Y la batería?

–Hicimos una banda de versiones rock en el pueblo con Lis Pardo, hija de Juan Pardo, de cantante. Actuamos por Madrid y dos veces en Argelia, en Argel y Orán, con éxito imprevisto y ante chicas con jihad y mini extrema.

–¿Después de las mudanzas?

 –Un negocio de venta de leña a domicilio por la sierra de Madrid. Compré volquete y cargadora, alquilé un terreno y a buscar leña por España. Todo el día dando leña. Me encantaba: trabajo al aire libre, ir a las fincas... Fueron 6 o 7 años. 

–¿Cuándo se separó?

–En 2013. Fui a vivir a La Granja (Segovia) y, por medio de mi novia, María Castilla, entré en el negocio anticuario y librero.

–¿Cuándo regresó a Asturias?

–Hace 3 años. Arreglé una casa de mi padre en una aldea cerca de Arriondas, me puse a escribir, descubrí cuánto mejora corrigiendo y empecé a hacer canciones. Salió “Utopía” y el placer del estudio. Vivo muy bien, como un monje para no vivir como un siervo, que escribió Joan Margarit. No me gustan las metrópolis que tanto disfruté. No entiendo el hacinamiento. 

–Perdió el oído en Mallorca.

–Sordera súbita que la médico de urgencias no conocía y no me supo tratar con cortisona. 

–¿Qué tal cree que le trató la vida hasta ahora?

–Bien, sigo confiando en la gente y no me cierro a nadie, aunque soy prudente porque no soy tonto. He dejado amigos por muchos sitios. Me gusta la soledad buscada y sé vivir en ella. Sé soportarme. 

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