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El incendio de 1521

La noche que Oviedo pudo desaparecer: cinco siglos de la quema de la ciudad

El 24 de diciembre de hace quinientos años la ciudad cabeza del Principado quedó arrasada por las llamas; hoy LA NUEVA ESPAÑA reconstruye aquel núcleo medieval y aquella tragedia

Atravesar el arco del edificio consistorial que separa la plaza del Ayuntamiento de Oviedo de la calle Cimadevilla es, hoy, un paso agradable hacia el corazón de una de las zonas mejor rehabilitadas del casco viejo. Un músico callejero interpreta a Dylan y una empleada ofrece jamón al corte a la puerta de una tienda de recuerdos y gastronomía local. Terrazas suficientes, alguna tienda, calles anchas y una luz suficiente, una mañana de sol como la de esta última semana, para seguir avanzando por Rúa y abrirse a la gran plaza de la Catedral, su torre, la zona cero de la Vestusta de Clarín y un grupo de turistas alrededor de un paraguas que ahora no protege de ninguna lluvia pero congrega al grupo. Si pudiéramos viajar en el tiempo y retroceder justo quinientos años, no solo nos achicaría en el retroceso el multiverso y el baile de dimensiones. Todo ese Oviedo redondo, esas mismas 11 hectáreas dibujadas por la muralla, nos parecerían menos. Menos luz, menos espacio, menos aire. Atravesar el arco de Cimadevilla, entonces una torre-fortaleza que guardaba la entrada principal por la que llegaban los peregrinos, era pasar a una calle estrecha, bulliciosa y en penumbra. De un lado a otro, las fachadas alargaban tejados, telas y colgadizos que acaban tocando con los de las casas del otro lado. A pocos metros, en el cruce que hoy es el de Rúa, Altamirano y San Antonio, los bancos del azogue, el mercado, llenaban el aire de campo, mar y vísceras, vida y putrefacción. Pero todo ese ir y venir de vecinos se había recogido ya, pasada una hora del ocaso, cuando a las siete de la tarde del 24 de diciembre de 1521 el armero Alonso de Trexo dejó un fuego encendido en el suelo de su casa y ardió Oviedo.

Dentro de una semana se cumplirán quinientos años del gran incendio que destruyó dos terceras partes de la ciudad. A finales de la Edad Media, los fuegos eran relativamente habituales en los núcleos de población de tamaño medio como era Oviedo. También otros desastres, como el temporal con una fuerte granizada que aquel mismo año, unos meses antes, había destrozado las vidrieras de la Catedral. O las lluvias torrenciales sufridas en la ciudad a los pocos meses, al año siguiente. Pero el incendio de Oviedo de la Nochebuena de 1521 fue de una violencia inusitada, devastador. Sus efectos siguieron arrastrándose durante las décadas siguientes, la reconstrucción ayudó a dar el empujón definitivo hacia la ciudad moderna y la tragedia pasó a ser recordada, magnificada y manipulada por el relato de los vecinos de Oviedo como la noche de “la quema”.

La noche que Oviedo pudo desaparecer

Las llamadas “casas de Alonso López”, en la cima de la villa, eran ya entonces propiedad de su yerno, Juan González de Oviedo, el mismo al que el boticario Pedro de Madrid había tenido que indemnizar veinte años atrás con 5.450 maravedís por un mal remedio en la enfermedad de un familiar que había acabado en muerte y llanto. Fue en estas casas donde vivía el armero Alonso de Trexo, yerno de Diego de la Rosa.

Y De Trexo, pese a las recomendaciones de los corregidores, usaba, como tantos, el fuego dentro del hogar para su oficio. Fuego como el que zapateros, coreeros o vaineros y otros que trabajaban el cuero tenían prohibido encender. Y en el suelo del patio debieron quedar las brasas encendidas aquella Nochebuena cuando un viento huracanado que soplaba del mediodía entró por donde la torre, avivó la lumbre, saltó la chispa, prendió en las vigas de madera y pronto estaban las casas de Alonso López envueltas en llamas y también las del otro lado de la calle y ya todos los vecinos escapaban de sus casas y unos con cubos iban corriendo a la fuente de Solazogue y otros con palos trataban de atizarle a las llamas.

El armero Alonso de Trexo usaba, como tantos, el fuego dentro del hogar para su oficio, como zapateros o vaineros; fuego en el suelo del patio que un violento vendaval avivó y extendió por toda la calle Cimadevilla

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Sabemos hoy por las actas concejiles de las primeras semanas de enero de 1522, por las declaraciones que varios vecinos prestaron para el informe presentado ante el teniente licenciado Juan Martínez y por el relato que escribió Tirso de Avilés (1537–1598), casi contemporáneo, que el incendio de Oviedo tuvo que iniciarse de forma parecida a la descrita. Y como conservamos todos esos documentos que historiadores como Eloy Benito Ruano, Juan Uría Ríu, María Álvarez o Margarita Cuartas han citado en sus estudios sobre “la quema” de 1521, se recomienda descartar el relato popular, asentado cien años después, según el cual fue un horno el origen del incendio. Aunque sí es cierto que las ordenanzas acabarían expulsando extramuros estos hornos, tan frecuentes antes en el interior de la ciudad medieval. Esta política permitió también ofrecer refugio nocturno a los que, llegando tarde de romería, encontraban las puertas de la ciudad cerrada y se quedaban a su calor, conociéndoseles luego a estos vecinos de Oviedo como “los gatos del forno”.

Aquella Nochebuena no hubo fiesta. En solo cinco horas, las llamas habían seguido el recorrido que les dictaban los vientos huracanados, avanzando hacia el Norte, en dirección a la puerta de Socastiello, siguiendo el camino de los peregrinos y llegando incluso a tocar, también, al Salvador, pues las lenguas de fuego llegaron a prender en el maderaje que entonces estaba levantado para la construcción de la primera torre.

La noche que Oviedo pudo desaparecer Chus Neira

Se ha dicho alguna vez que la muralla primitiva que rodeaba el recinto religioso, la ciudad sagrada, la hierápolis, salvó al conjunto catedralicio y a sus iglesias y monasterios del incendio. Pero el relato de los contemporáneos obliga a descartarlo. No sabemos hasta qué punto aquella primitiva muralla del siglo IX seguía en pie en 1521, aunque así se ha representado en el gráfico que reproduce el Oviedo de la época y que acompaña este texto. Lo que sí sabemos es que al salir de la Rúa el fuego se extiende como un abanico y no respeta tampoco las posesiones de la Iglesia. Al Oeste, el incendio arrasó el barrio de Socastiello, el que se extendía a los pies de la fortaleza o castillo de Oviedo en el lugar que hoy ocupa el edificio de Telefónica en la plaza Porlier. Todos los caseríos, hórreos, posesiones, ardieron y precisamente de esa zona cero irían naciendo, en el siglo siguiente, los grandes palacios que hoy todavía conservamos.

Ardió también, en el extremo más septentrional, San Juan y su hospital, pero el fuego prosiguió en dirección Este, causando daños en San Pelayo, provocando el gran fuego ya citado en el maderaje de la torre que los vecinos de Oviedo se afanaron en extinguir. Pero también ardió la desaparecida calle de los Plateros y Trasantirso, en la poblada manzana, hoy desaparecida que se extendía delante de la Catedral. El fuego propició, precisamente, que en los años siguientes se decidiera dejar algunos solares sin construir para ganar un atrio de entrada al Salvador, anticipo de la gran plaza que llegaría mucho después, con el derribo de los arcos y la construcción del espacio que hoy acoge mercadillos y cabezas de manifestación.

En la retaguardia, el incendio se había extendido en dirección a la calle que hoy es de San Antonio, hasta llegar al cantón de los barberos, justo en el cruce del Martillo de Santa Ana. Y penetró también en Ferrería, que hoy llamamos Mon, y llegó a tocar la calle de San Isidoro porque la reconstrucción de casas en aquella vía así lo prueba.

Resulta casi más sencillo decir lo que no se quemó. La Catedral de San Salvador, a excepción de su incipiente torre, se salvó de la quema. Y también San Vicente. Y todo el extremo oriental de la muralla, el que enmarca el eje que va desde la puerta de la Noceda al Postigo, tampoco ardió. Y al Sur se salvaron calles como Salsipuedes, y la iglesia de San Isidoro. Y es de suponer, aunque no hay seguridad documental, que tampoco el fuego se llevó las propiedades al sur de Socastiello. Fueron cinco horas hasta que el fuego quedó controlado y unas cuantas más hasta que los vecinos de Oviedo lograron apagarlo, cuando ya clareaba el día 25 de diciembre. Y es por eso, y no porque haya sido el 31 de diciembre, porque en aquella época el año comenzaba con el nacimiento de Jesucristo, que algunos autores dicen que Oviedo se despertó arrasada por el fuego en el primer día del siguiente año, el 1522.

Un testigo dice que muchos de los vecinos “se han ido fuera por no tener casas donde se acoger, y otros están en los arrabales, en establos, hospitales, ermitas, iglesias y monasterios”

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El panorama después de la quema, el de los días sucesivos, el que relataban los testigos en febrero, parece, hoy, un campo de refugiados. Buena parte de los vecinos habían perdido “sus haciendas por no poder sacarlas, por lo rápido” y se habían ido a morar por las aldeas y los arrabales.

Hay que hacer notar que las afueras de la ciudad, la ciudad extramuros, ya estaba muy poblada en esas primeras décadas del siglo XVI, aunque en la representación del gráfico se ha optado por detallar con más minuciosidad la ciudad intramuros. Pero eran zonas de campo, de cultivo, caseríos y hospitales los que sirvieron de refugio a aquellos ovetenses desposeídos.

Empezó entonces, tanto por parte del municipio como por parte del Cabildo, que era también propietario de un buen número de casas fuera de sus dominios, una negociación para conseguir el favor de la Corte y una ayuda para la reconstrucción de la ciudad.

Parece que las declaraciones de los testigos realizadas en febrero iban encaminadas a ese fin: conmover al Rey, mostrar la lealtad de Oviedo, y hacerle ver que para asegurar la pervivencia de la ciudad y el paso de peregrinos hacía falta ayudas a la reconstrucción.

Uno de los testigos convocados, Gonzalo Fernández de la Bara, declara: “haber visto por sus ojos que muchos de los vecinos después de la quema se han ido fuera de la ciudad a morar por no tener casas donde se acoger, y otros muchos están acogidos en los hospitales y ermitas, iglesias y monasterios alrededor de la ciudad, y cree que si Dios y su majestad no dan algún remedio, muchos de los vecinos de la ciudad se irán de ella a poblar a otras partes, pero ser pobres y esta ciudad de acarreo y costosa y pobre de tratos ́y es la verdad porque este testigo lo vio por sus ojos”.

La Corona dio remedio. Pero antes, la ciudad ya se había puesto en marcha. El 10 de enero de 1522, dos semanas después del incendio, se manda a cada uno de los vecinos que limpie delante de su puerta y que derriben los muros que están en mal estado, bajo pena de ser derribados a su costa con multa añadida de 200 maravedís destinados a la reconstrucción.

Los fondos “Next Generation” del Oviedo de 1522 se justifican en la quema y se gestionan de aquella manera. Hay testimonios en los años siguientes de quejas vecinales por el reparto sospechoso “de los maravedís de la quema”, y beneficios de hasta 50 ducados para algunos que no habían sufrido tanto en sus propiedades como decían. En verano de 1522 se mandaron comisionados a la Corte y al año siguiente ya había llegado parte de la ayuda. Consta una merced del Emperador de 1.200.000 maravedís. Y, también, la concesión, el 10 de septiembre de 1523, del privilegio de estar el mercado de los jueves exento de alcabala (el IVA de la época) “porque la dicha ciudad se quemó el año pasado de quinientos y veinte y un años, y porque la dicha ciudad se torne a reedificar y sea más poblada y ennoblecida”.

Todavía en 1544 siguen reconstruyéndose casas quemadas, como así consta una en Trasantirso, pero una de las consecuencias más inmediatas fue la preocupación por evitar otra tragedia similar. Nació así la “ordenanza para edificar”, donde se prohibió aquel amontonamiento arquitectónico, y el crecer de los tejados y los malos materiales. Mandaban enderezar las calles, hacerlas más amplias, de seis y metros y medio, sin balcones ni colgadizos, y dejar la muralla con un paso de ronda y así crecer de forma ordenada y hacer una ciudad segura y bella.

Del Oviedo que ardió queda hoy poco. Se salvó la casa de la Rúa, posiblemente por la calidad de sus materiales. Se pueden rastrear recuerdos de sillares medievales en San Antonio o Schultz. Hubo otra parte que con el nacimiento de la ciudad moderna se fue borrando. La torre de Cimadevilla dio paso al arco del edificio consistorial. Y esos arrabales que habían acogido a los refugiados de la quema también se revalorizaron. Fueron los nuevos barrios del XVI, una expansión previa al otro estirón que llegaría doscientos años más tarde. Pero esa es otra historia con otros fuegos y otros rescoldos.

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