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Memorias Miguel Munárriz Escritor y promotor cultural

“El 20N de 1975 fue el principio de mis años más intensos”

“Me curtí en mil batallas como ayudante de topógrafo, vendedor de libros, mozo de almacén, subdirector de revistas, gestor y periodista cultural, autor y agente literario”

Miguel Munárriz, rodeado de sus amados libros.

Miguel Munárriz nació en Gijón en 1951. Con 2 años vivía en Tánger. Preámbulo viajero para una vida de idas y venidas. A modo de sinopsis: “Tras haber sido padre dos veces y abuelo otras dos, me he curtido en mil batallas como ayudante de topógrafo, vendedor de libros a domicilio, mozo de almacén, vendedor en unos grandes almacenes, librero, colaborador en prensa con cuatro columnas semanales sobre televisión, subdirector de varias revistas de minería, turismo y sociedad, gestor cultural de premios literarios y talleres de escritura, colaborador ocasional con la Fundación Príncipe de Asturias, presidente de una importante asociación cultural, autor de libros de poemas y de antologías, socio de una agencia literaria y de Attyck, un marketplace de arte, coproductor de un documental sobre John Dos Passos, coordinador de la web literaria ‘Zenda’ , cuyo editor es Arturo Pérez-Reverte, periodista cultural…”.

Por la izquierda, Noelí Puente, Miguel Munárriz, Helios Pandiella, Ángel González, Alberto Vega y Ricardo Labra, en una cafetería de La Felguera. Fue el homenaje de “Luna de Abajo” a González en 1985.

Estampas gijonesas. “En 1952, mientras mis padres preparan las maletas para viajar a Tánger, Julián Ayesta publica su novela ‘Helena o el mar del verano’. Nuestra calle de Magnus Blisktad dista un kilómetro de la colonia de chalets de Somió, playa de San Lorenzo por medio, en donde vivió el escritor. Muchos años después, ante la balaustrada de piedra del Muro, recuerdo lo que Ayesta escribió en aquella novela tan breve como llena de encanto y amor por la vida:

Miguel Munárriz con Gunter Grass en su casa de Portugal en 1999.

‘Y en la playa se veía el Club de Regatas lleno de bombillas de colores.

La infancia en Tánger.

Y había mucha gente en la calle y pasaba tocando una banda de música.

Y pasaban automóviles con ruedas blancas.

Y las calles estaban regadas y brillantes y negras.

Y olía a neumático caliente y a colonia y a mar’.

Por esas mismas calles brillantes y negras rodaría mi padre en su Vespa blanca, conmigo, de pie en la plataforma, protegido por sus piernas, que poco antes habrían saltado de un lado a otro despejando balones en el área de El Molinón.

En Asturias muchas palabras se construyen con diminutivos, y algún aumentativo que, aunque en sentido estricto no lo sea, el nombre de Gijón lo parece. Al Club de Regatas y al estadio de El Molinón los une el Cantábrico, una línea de mar cuyo paseo de más de un kilómetro y medio es un rompeolas con 16 escaleras de piedra. La número 4, la más grande, tiene tres relojes, un termómetro, un barómetro, un medidor de mareas y un mirador en semicírculo que recuerda la proa de un barco. Todo esto tiene también su aumentativo: La Escalerona, a la que Víctor Manuel rinde homenaje en una de sus canciones. El carácter del gijonés oscila entre la rudeza cántabra y gijonuda y la melancolía del romero que, bajo bombillas de colores, baila al son de una banda de música o al son de una gaita. En común tenemos ser del culo moyáu.

Entre el fútbol en la playa y el ciclismo pasaban lentos los veranos. El KAS era mi equipo favorito. En esos últimos años cincuenta yo lo veía todo a través de los ojos de mi padre. Mira, ese de ahí es Bahamontes, ‘El águila de Toledo’. Aunque mi memoria sea del Norte mis recuerdos están llenos de luz y de colores. Los prados verdes, los árboles, el cielo y el mar azules, los brillos de la espuma del mar alargándose sobre la playa amarilla. Sensaciones siempre nuevas al pisar la arena, las toallas extendidas y las sombrillas y las casetas de baño con telas de colores, cerca del río Piles. Algo así como el sol para Camus: ‘El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento’”.

Coppi, a dos ruedas. “Mi primera bicicleta me la trajo mi padre en tren desde Bilbao, heredada de mi primo Juan Luis, que estrenaba pantalones largos. Mi padre me llamaba Coppi; era mucho de poner nombres. Cuando alguien conducía el coche muy rápido decía que era un Fangio. Aprendíamos los nombres porque los mayores los repetían: ‘El águila de Toledo es el mejor de la montaña’, ‘Guillermo Timoner es el mejor en pista’. Mi primo Javier Cellino, que es cinco años mayor que yo, decía tubular y cuadro y cambio de piñón y catalina. En Bilbao, en los veranos de los años 60, los dos subíamos caminando al monte Archanda, comíamos un bocadillo de tortilla francesa que nos había preparado la tía Eusebi y bajábamos en el funicular, admirando el paisaje verde y las chimeneas. En la Vuelta, tras el último ciclista pasaba el coche-escoba y regresábamos a casa contentos, y mi padre decía: ‘Vámonos ya, que mamá ha preparado bonito con tomate’”.

De mujeres y héroes. “Olores. Sabores. Presencias decisivas de familiares y amigos. Tía Julia llegó una tarde conduciendo un Volkswagen verde botella. Muy moderna para aquellos años, tía Julia, Julita, era alta, con un estilo algo desgarbado, pero muy personal. Salió del ‘escarabajo’ verde y le dijo a mamá que nos llevaba a merendar al campo, que no hacía falta que preparase nada, que todo lo necesario para el picnic estaba en el capó del coche.

Las palabras de moda de aquellos primeros años sesenta eran picnic y pick up.

Recuerdo más mujeres que llamaban la atención. Joaquina trabajaba de secretaria de dirección en la Duro Felguera y vivía en casa de mis tíos, Pilar y Pepe. Tenía un Seat 600 color crema y recuerdo que se subía y bajaba juntando mucho las piernas para poder manejarse con la falda de tubo.

Rosa había estudiado Derecho y conducía un 600 verde agua. Solía vestir con trajes de chaqueta y pantalón, lo que hacía que muchos la miraran con recelo y murmuraran a su paso. Eran mujeres con un sueldo, independientes, y por tanto a contratiempo.

Hay dos mujeres más en mis recuerdos infantiles; ambas viven y son primas. Una se llama Alicia y la otra Concha. Concha había vivido también en Tánger con sus padres y pronto se fue a Madrid y se hizo actriz. Alicia se quedaba muchas veces con mi hermano y conmigo mientras mis padres salían al cine o a bailar. Nos dormía contándonos historias mágicas y algunos sábados por la mañana venía y ponía en el pick up discos de Paul Anka.

Alicia y Concha también eran mujeres diferentes que cantaban y bailaban y me revolvían el pelo cuando me veían y me daban besos y me abrazaban. Lucían vestidos de organdí con mucho vuelo y cuando íbamos a una romería y se sentaban sobre la hierba los vestidos armaban un redondel de colores a su alrededor.

Higinio, el anarquista, era una leyenda. Se le conocía como ‘El héroe del Mazucu’, en donde le detuvieron y le condenaron a muerte. Se contaba que Franco le había ofrecido suspender la ejecución a cambio de que se hiciera con el mando de una de sus unidades militares. El héroe se negó y Franco firmó la pena de muerte. Lo fusilaron al amanecer del 8 de mayo del 1938. Dos años después del fichaje como portero del equipo de fútbol España de Tánger, volvimos para quedarnos en La Felguera (¡qué verde era mi valle!). Cerca de casa vivía Aquilino Moral, otro famoso anarquista al que nunca pude ver y supongo que eso hizo crecer el misterio.

–Ahí vive Aquilino, el anarquista.

–¡Shsss!, te van a oír.

– ¿Tú lo has visto?

– Yo no, pero mi padre, sí.

– ¿Son amigos?

–¡No!, si eres amigo de él te meten en la cárcel.

La mili me tocó en el Aaiún, en 1973, en plena agonía franquista. El 6 de noviembre del 74 comenzó La Marcha Verde, con más de 300.000 civiles entrando por la frontera de Smara, al noroeste del Sahara occidental. El monarca alauí se había dirigido a sus súbditos diciéndoles que no buscaba la guerra con España y los animaba a confraternizar con los españoles: ‘Si encuentras a un español, militar o civil, abrázalo y bésalo y festeja el encuentro’.

Un 20N decisivo. “El 20 de noviembre de 1975 fue el principio de unos años intensos que viví intentando combinar la vida familiar con dos hijas, el trabajo, la lectura, la escritura…, asistiendo a asambleas, y manifestaciones para exigir ¡Amnistía, Libertad!, es decir: presos políticos a la calle y vuelta a casa de los exiliados. Solo cinco días después de muerto Franco indultaron a algunos de los encarcelados por el Proceso 1001, cuyo juicio había arrancado el 20 de diciembre de 1973, el mismo día en que mataron a Carrero Blanco, año del nacimiento del Frente Polisario. Un auténtico polvorín político de amplias dimensiones.

Una de las cuestiones candentes en la calle era preguntarse si los españoles estábamos maduros para el cambio; la otra, obsesionarse con que los comunistas nos lo iban a quitar todo. Mientras tanto, los progres encontrábamos nuestra razón de ser en los libros que al fin se publicaban, en el cine hasta entonces secuestrado y en las nuevas revistas de debate político como ‘El Viejo Topo’, y las literarias como ‘Poesía’, ‘Camp del arpa’, ‘Los Cuadernos del Norte’…”.

Una olla a presión. “Entre 1976 y 1977, el país era una olla a presión. Los comunistas asturianos (PCA) vivieron una importante crisis en marzo de 1978, en la famosa tercera conferencia regional de Perlora, en la que una mayoría de los más de cien delegados se dieron de baja en el Partido. Vicente (Tini) Álvarez Areces, secretario general del PCA y miembro del Comité Central, fue uno de los expulsados. A Horacio Fernández Inguanzo, ‘El Paisano’, una vida de coraje contra el régimen, le puso voz y música Víctor Manuel en 1976. Víctor y Ana la cantaron el verano de ese año en el Día de la Cultura, en el prau Los Maizales de Gijón: ‘Que repiquen las campanas /que se abran todos los brazos, /que está de nuevo en Asturias, /que está aquí nuestro paisano…’ Durante años fuimos al Día de la Cultura y cantábamos ‘La muralla’, comprábamos libros que habían estado prohibidos y firmábamos moratorias contra la caza de ballenas. El prau de Los Maizales lo cercaban setos y árboles tras los que nos observaba un pequeño ejército de grises esperando un motivo, que nunca les dimos, para entrar.

Librería en La Felguera. “En 1979 inauguré con mi primo Javier la librería Lorca en La Felguera; Lorca y Antonio Machado eran poetas muy admirados y habían sido importantes lecturas en la adolescencia. Por ahí navegábamos con vientos a favor del arte, el cine, el teatro, la novela y la poesía como elementos liberadores”.

Los Encuentros literarios. “En mayo de 1987 organicé los primeros Encuentros literarios dedicados a la poesía del Medio Siglo. Se celebraban en Oviedo. Todo empezó a gestarse en el verano de 1986, en Lastres, en donde pasaba yo unos días tranquilos a la sombra de buenas lecturas y mejores conversaciones, en casa de Lola Fernández Lucio, Juan Benito Argüelles, con Orlando Pelayo, José M.ª Laso, Ángel González, José Agustín Goytisolo… El entusiasmo de Goytisolo al contar los días pasados en Granada el año anterior, en la reunión de poetas y narradores del 50 con Luis García Montero, y el deseo de celebrar en Oviedo un encuentro poético de esas características fue la chispa para lo que hasta el año 2000 se conocería con la marca de Los Encuentros y que cada año reuniría en Oviedo a escritores y pensadores prestigiosos”.

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