Entrevista | José Luis Marrón Economista
““Lago y Cosmen eran empresarios muy eficientes en despachos institucionales””
“Pertenecía a la pandilla juvenil de los ‘sobacos ilustrados’ con los escritores Pepe Avello y Cote Álvarez-Flórez, en la que Humberto y yo somos economistas”

El economista José Luis Marrón, en la calle Pérez de la Sala de Oviedo. / FERNANDO RODRÍGUEZ
José Luis Marrón Jaquete (Cangas del Narcea, 1941) tiene ocho apellidos vaqueiros.
Perito y profesor mercantil, economista, técnico del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado, fue decano del colegio de Economistas, director económico-financiero de Hunosa 14 años, consejero de la compañía Potasas del Llobregat, S. A., y profesor titular de Economía Aplicada de la Universidad de Oviedo.
Fue del PCE y lo dejó sin ruido ni enfado, estuvo en la directiva de la AMSO y en el comité regional de la FSA y sonó como candidato a la Alcaldía de Oviedo para enfrentarse a Gabino de Lorenzo. En 2000 fue la imagen económica de Jovellanos Siglo XXI que dejó el Palacio de Congresos del Calatrava.
Casado con Marisa Losada, catedrática de instituto jubilada, tiene dos hijos, José Luis, “Cote”, que trabaja en una gran empresa digital en Madrid, después de hacerlo en Estados Unidos, Canadá y Francia, y Marta, economista. Tienen cuatro nietos
Su carrera profesional responde a la de quien quiso ser “un profesional conocedor de disciplinas, con orientación pero sin metas concretas”.
En los últimos dos años recorrió 66 aldeas del Suroccidente asturiano realizando entrevistas por “obligación moral” para hacer un trabajo sobre el futuro del Medio Rural que publicó recientemente en LA NUEVA ESPAÑA.
–Nací en la villa de Cangas del Narcea en 1941. Llevo 10 años a mi hermano, economista, inspector de Hacienda jubilado y más cangués de la pólvora y el disfrute que yo. De los veranos de Llamera tengo un rico patrimonio sensorial.
–¿Sus padres eran de allí?
–Mi padre, del valle de Naviego, del Otero. Mi madre, de Brañas de Arriba, crecida en Llamera, casa del Cereizo, al lado de Casa García, donde conviví los veranos de mi niñez con Francisco Rodríguez García, Reny Picot. Se conocieron en Madrid. Eran los últimos de siete hermanos emigrantes allí.
–Su padre, Juan Marrón.
–Trabajaba con sus hermanos de carnicero; en la guerra marchó de Madrid a Valencia, pasó los Pirineos, perdiendo compañeros derribados por los perseguidores. Regresó o lo regresaron y pasó meses en el campo de concentración de Figueras (Gerona), comiendo raíces y perdiendo compañeros en el mar. Vino a Cangas en 1940, abrió la carnicería y al año nací. Hasta mediados de los cincuenta fue asediado por su pasado y por su gremio.
–¿Cómo era?
–De gran bondad y un trabajador extraordinario. Recorrió todos los pueblos de Cangas, Allande y Tineo comprando carne a las ganaderías y acechado por los lobos. Era republicano de izquierdas, dialogante, correcto y muy querido por la clientela por su buen carácter y capacidad para relacionarse.
–¿Cómo era su madre?
–Consuelo Jaquete Boto era la clásica ama de casa que colaboraba en la carnicería porque, durante 25 años, hacía comidas cuando había feria. Cocinaba muy bien y presentaba exquisitamente los platos para la época. No era tan expansiva, nos quería mucho y estaba más pendiente del entorno.
–¿Eso es que era más cautelosa?
–Mi padre y yo oíamos BBC, Radio París y la Pirenaica bajo una manta para que no se enteraran los vecinos. Por ella yo fui más consciente de que mis padres vivían de la clientela y del esfuerzo que hacían para que estudiara y me preocupaba que me detuvieran por política.
–¿Eran creyentes?
–No. Empezaron a ir a misa de 12 los domingos cuando se regularizó su situación, como acto de representación. Yo solo me confesé para hacer la primera comunión. Soy muy respetuoso pero solo voy a misa para bodas y funerales.
–¿Qué neno era usted?
–Crecí un poco tarde y me daba problemas ser bajo. Me gustaban las fiestas de prao y fui despojando de adolescente mi timidez.
–¿Dónde estudió?
–Hice el Bachiller Elemental en Cangas con unos maestros que habían creado una academia. No había instituto. Los privilegiados venían internos a Oviedo.
–¿Tenía amigos?
–Cuatro. Dos novelistas conocidos, José Avello y José Manuel Álvarez-Flórez, también traductor, y Humberto y yo, economistas. Aprendimos a nadar en la presa de la eléctrica. Pepe Avello me tiró y dijo: “No te preocupes, que te saco yo”. Creí que me afogaba y salí solo.
Empecé a trabajar en Movierecord, que editaba “Triunfo” y era del ex nazi Jo Linten
–¿Dónde trabaron la amistad?
–En la biblioteca pública de Cangas, que abrió a mis 9 años. Mi padre no me dejaba ir a las cosas de Falange. Leí “Crimen y castigo” y “La montaña mágica” y me tuvieron dos semanas sin dormir. Dostoievski por la duda de si el asesinato podía tener sentido en algún momento y Mann por las conversaciones del inicio, que me desasosegaron e hicieron cuestionar la existencia de Dios.
–Vaya cuatro en ese entorno.
–Nos llamaban “los sobacos ilustrados”. Pepe era un espíritu libre; Cote, más difícil e introspectivo. Humberto trabajaba en la Sindical, hizo Económicas por libre y lo reencontré en Hunosa. Teníamos cierta altivez, sabíamos a Neruda y criticábamos a Pemán.
–¿Fue buen estudiante?
–Sin necesidad de empollar. Se me atragantaba el dibujo, lo que impidió que fuera arquitecto, una vocación compartida con la geografía. Al acabar cuarto y reválida mi padre me llevó con Andreloti, un maestro, a aprender taquimecanografía para, después del verano, mandarme de listero a las minas. Estaba desesperado porque quería seguir estudiando.
–¿Cómo lo logró?
–Vinimos a Oviedo para estudiar algo, pero el precio de la fonda era imposible. En 1956 la economía en el pueblo era el trueque y dejar la bombilla encendida costaba un rapapolvo. Comíamos la mejor carne pero no había una peseta para gastar. Mi hermano vino interno a Oviedo diez años después.
–¿Cómo lo arreglaron?
–Fui a vivir con Avelino Jaquete, hermano de mi madre, que había hecho dinero con talleres de reparación de coches.
–Su primer viaje a Madrid.
–Fue después de 24 horas en el Carchuleiro, un camión que llevaba dos veces por semana mercancía de Cangas. Había 24 negocios cangueses en un radio de 100 metros del cuartel de Conde Duque. Iba vestido con pantalones bombachos. Me esperaban mis tíos, a los que no conocía. Mi tío me dijo que al día siguiente tenía que matricularme en la Escuela de Comercio y me dio instrucciones para llegar. Cuando dijo que en Cuatro Caminos tenía que coger el metro pregunté qué era eso.
–¿Qué le contestó?
–Un sitio donde pone “Metro”, bajas, compras un billete y me citó las estaciones hasta plaza España. Conservo el billete. En la Escuela de Comercio me dijeron que tenía que estar empadronado. Llamé a Cangas, se tardaba cinco horas en conectar, e hicieron las gestiones.
–¿Qué tal con sus tíos?
–Mi tío era inhóspito y mi tía política, enternecedora. Tenían dos hijos de 7 y 8 años. Envidié a mis amigos de Cangas internos en Oviedo y Gijón. Al año me fui con un hermano de mi padre, Manuel, y mi tía Aurelia. No cabía en su casa y alquilé una habitación cerca para dormir, pero hacía la vida con ellos y les ayude en la carnicería. Distribuía carne, entre otros restaurantes, al México Lindo, donde cenaban Sofía Loren y Carlo Ponti.
–Carne para tamales.
–Diez kilos de ternera picada que mi tía mezclaba con carne de caballo, más barata. Yo temía que nos descubrieran y nos llevaran a la cárcel. Iba a los billares de Callao a jugar al ping-pong. La Gran Vía era lo más cosmopolita de España. Madrid tenía eso celiano del “poblachón manchego” y también de libertad porque me hice de la red de teatros, entrada de clap, fui a cineclubs, asistí a la semana de la “nouvelle vague” del cine Barceló y conecté con estudiantes cangueses o compañeros como el historiador Ángel Viñas o Julio Segura.
–Tras cinco años de Comercio ¿notó el cambio a la Universidad?
–Sí. No tenía vocación de contable. En Económicas tuve de profesores a José Luis Sampedro, Fuentes Quintana, Velarde, José Ángel Rojo, Tamames...
–Las chicas en Madrid.
–Me manejaba dialécticamente con habilidad, pero en seguida conocí a la hija de unos amigos de Cangas que fue a estudiar al colegio mayor San Francisco de Sales y me la encomendaron. Ennoviamos en 1963.
–¿Fue un flechazo?
–Nos conocíamos de siempre y Marisa sentía cierto rechazo por mi faceta de “sobaco ilustrado” y que sus padres me pusieran de ejemplo. Es mi mujer desde 1967.
–Vida política en la facultad.
–El Plan de Estabilización liberalizó la economía y liberó costumbres. En Económicas, los más especulativos hacíamos actividades y venía a recitar Paco Rabal. No estuve en la FUDE pero era delegado de curso, me detuvieron junto a otros en la cafetería Cubanacan y me llevaron a la Puerta del Sol, donde pasé 48 horas incomunicado en los sótanos. La directora del colegio de Marisa subió al “2 caballos”, les montó la de Dios y me sacó.
–¿Su primer trabajo?
–Dos años en Movierecord, que tenía “TP”, “Triunfo”, Sonoplay, una participación en los estudios Moro y era de Jo Linten, un exnazi. Entré en contacto con César Alonso de los Ríos y los de “Triunfo”, la lectura más deseada del antifranquismo, con los cantautores de Sonoplay, Juan Pardo y Junior.
–¿Por qué vino a Oviedo?
–Los de Cangas solo veníamos a Oviedo a cosas malas: a examinarnos y al hospital. Después de once años de las ventajas de una gran cuidad quería volver por mi relación de amor atávica con Asturias. Abrí la delegación de Movierecord en La Jirafa y al año me ofrecieron volver a Madrid como director de una filial con buen sueldo y despacho, pero supe de la creación de Sadei y toqué al primer director, el ingeniero Ricardo Gómez Muñoz.
–¿Con éxito?
–Mi suegro tenía en Cangas una tienda grande de tejidos y mucha relación con los Rubio y con Luis Botas, de Almacenes Botas, presidente de la Cámara de Comercio. Sadei era una idea de José López Muñiz que conecta con la OCDE y tiene un soporte de empresas asturianas. Interpreté que podía ser eficaz y me gustaba hacer estudios.
–¿Quiénes estaban en 1970?
–La maravillosa Rosina Corugedo, un cuñado de Pepe Cosmen y la primera mujer de Nacho Quintana.
–En Oviedo entró en el PC.
–Sí. Tuvo de previa la presentación en 1968 del libro “El movimiento obrero en Asturias”, de David Ruiz, y la creación de Amigos de Asturias con José Troteaga, Gustavo Bueno, Nebot y Pin Torre Arca. Al volver de Madrid, a través de Marisa, mi mujer, conecté con Gabriel Santullano, Mourenza y más estudiantes de Historia. Entré en el PC el día de mi boda en Cangas y cuando volvieron a Oviedo los detuvieron por soltar propaganda. Nunca me sentí oprimido en el PC, hice las críticas que sentía. Di muchas charlas y formación.
–¿Tuvo consecuencias?
–Una pequeña factura en Sadei. López Muñiz fue un autócrata ilustrado con la mejor cabeza de entonces, pero no le podías llevar la contraria. El director, Pedro Piñera, buena persona, y yo le llevamos algo la contraria en “Asturias Semanal” sobre una variante que propusieron en la autovía de Pajares y chocamos respecto al peaje, contra el que mandamos otro artículo que Graciano García no publicó y del que se enteró López Muñiz.
–¿Hubo bronca?
–Nos dijo que teníamos que retirarlo. Habría que preguntarle a Chanín cómo se enteró y por qué secuestro el artículo. López Muñiz tenía para cosas de confianza a Fernández Coronado, el secretario de la Cámara de Comercio, a quien encontré revolviendo en mis cajones y le armé la de Dios. Culminó el asunto que Marisa y yo fuimos a Pau (Francia) al seminario de Tuñón de Lara. Volvíamos con propaganda y libros y en la frontera nos detuvieron, esposaron y llevaron a Irún, desde donde hablaron con el comisario Ramos que nos citó a Comisaría en cuanto llegáramos.
–¿Y en Sadei?
–Me ofrecieron liquidarme con un millón de pesetas, el máximo. No acepté para poder seguir mirándome al espejo. Fui a juicio, conté con Rosina Corugedo y las secretarias, gané y me indemnizaron con un millón de pesetas.
–Era 1977.
–Tenía dos hijos, de 7 y 8 años, Marisa no había sacado la cátedra y yo, temeroso de encontrar dificultades para trabajar, preparé solo la oposición de técnico del Estado. Nos presentamos 4.000 y pico a 26 plazas, saqué la número 2.
–¿Y eligió Oviedo?
–Sí. Fui director provincial de Servicios Sociales en la delegación de Sanidad y Seguridad Social. Juan Luis Rodríguez-Vigil era secretario técnico. El gobernador civil, Jorge Fernández Díaz, me tuvo un año a sueldo base, un tercio de lo que me correspondía. Pedí a Ramón Tamames que hiciera una interpelación en las Cortes y dos días antes de meterla empecé a cobrar lo que me correspondía. Participé en el mapa sanitario e hice el de servicios sociales, visitando todos los centros de minusválidos. En 1979 llegué al PSOE.
–¿Qué tal con Vigil?
–Era un gran amigo. Cuando se separó pasó a comer y cenar durante casi un año en nuestra casa, lo que casi nos lleva al divorcio. Me ofreció dirigir el Hospital o el Insalud y no acepté porque quería mantener su amistad y no podía estar a sus órdenes por su carácter atrabiliario. Me gritaba en la calle: “Mañana sales en el BOPA”. “Ni se te ocurra”. Dejamos de hablarnos.
–¿Por qué?
–No digirió que dije que sí a Emilio Barbón, consejero de Trabajo, con el que tuve año y medio de relación grata y humanizada: su bondad, sus cualidades y su furor. En Cataluña, Jordi Pujol le mandó una silla de ruedas al aeropuerto y lanzó la silla y tiró sus muletas.
–Entró en Hunosa en 1983 de director general financiero.
–Me llamó Juan Tesoro y le di largas. Me apretó y me presenté ante Ramón Madera, con el que me llevé bien, pero al que le parecía que un economista no debía cobrar más que un ingeniero.
–Estuvo 14 años.
–Y fue interesante, pero hubieran bastado cuatro. Tardé mucho en entender que el área importante era recursos humanos, conectado con el INI. Era relevante evitar una huelga, aumentar el déficit en 5.000 millones de pesetas, no.
–¿Qué tal con el líder sindical José Ángel Fernández Villa?
–A los cuatro días de llegar recibí a Aquilino Ronceros, del SOMA-UGT, y me dijo: “Él quiere venir a verlo”. Ni lo nombraba. Dijo que sabía que tenía muchos cargos y que a ver. Al poco vino Villa a leerme la cartilla y decirme que era obligatorio que me afiliara a UGT. Le repliqué que había ido voluntariamente –tenía dos excedencias a las que regresar– porque creía en el proyecto de Felipe González y me parecía que él me consideraba alguien a quien combatir y me pedía cosas fuera de mi patrimonio moral. Dio media vuelta, dijo “nos veremos” y dio un portazo. Pasamos 15 años al lado en el consejo de administración sin hablarnos.
–En 2000 entró en Jovellanos XXI, que hizo el Calatrava.
–Me llamó mi amigo Alberto Lago, que se relacionaba muy bien con el alcalde Gabino de Lorenzo, y luego entró José Cosmen Adelaida, que se llevaba muy bien con Vicente Álvarez Areces. Son dos empresarios de antigua generación que se formaron fuera del libre mercado con enorme eficiencia en despachos institucionales para sacar adelante cosas. Vi a Alsa crecer y desarrollarse con conexiones internas en Renfe.
–Usted casi fue candidato rival de Gabino de Lorenzo.
–Ni “casi”. Me interesé. Podía ser útil como alcalde, pero no quería pasar por el proceso partidario y menos en la AMSO. Cuando Alberto me llamó yo estaba en la ejecutiva de la Federación Socialista Asturiana (FSA) porque me lo había pedido casi de rodillas Javier Fernández, el secretario general.
–¿Qué le pidió Lago?
–Que hiciera los números del Calatrava. No salían.
–Fue el autor del análisis de viabilidad de un presupuesto de 30.000 millones de pesetas.
–No hubo cuantificación del coste. Era un contrato de proyecto y ejecución de obra que dejaba en manos de Santiago Calatrava, arquitecto conocido por su incapacidad de ceñirse a presupuesto. Le añadí a Lago que nunca iría en una canoa con Gabino, al que conocía de muchos años, porque si había tempestad se ponía a salvo solo.
–Sin presupuesto, ¿qué hizo?
–Gestionar lo que pude. Me interesaba que Oviedo tuviera un Palacio de Congresos que necesitaba. Hablé con Calatrava para pedirle que se pusiera en contacto con expertos en congresos para combinar monumentalidad con funcionalidad y me mandó a la mierda. Fue pavoroso, arrogante, soberbio. Había que preguntarle todo. Paró a 800 obreros portugueses pendientes de que cogiera el teléfono.
–¿Fue peor de lo esperado?
–Sí. Dije desde el principio que era una locura y no me quiero quitar la responsabilidad. Soy agradecido pero libérrimo para expresar a la cara los desacuerdos. Mantengo la amistad pero no se habla de ello. Al margen de errores en un proyecto horrible, no tengo nada que reprobarme desde el punto de vista ético. Delante de El Corte Inglés di las 10 razones para que no llevara esa empresa la gestión. Me comprometí cuatro años a trabajar sin cobrar en la promoción de congresos por toda España para que el Palacio fuera el motor de la ciudad. No me gustó que no hubiera dinero para esa función pero sí 3.000 euros al mes para el gabinete de comunicación de Nicanor Fernández que mandaba fotocopias de lo publicado que yo ya había leído.
–Fue un padre presente
–Mucho, incluso intervencionista. Por la frustración de ser torpe en inglés mandamos a Cote ir a hacer COU a Estados Unidos cuando no le gustaba y Marta hizo un año de máster en Austin (Texas). Los dos hablan francés e inglés. Mantenemos una relación cordial. Tenemos cuatro nietos: dos mellizos de Marta, chico y chica, de 13 años, y de Cote, una niña de 13 años y un niño de 8.
–¿Qué tal cree que le trató la vida?
–Maravillosamente. Hubo momentos difíciles, pero me he sentido libre, responsable en mis decisiones, me puedo mirar al espejo y reconocer cómo he querido ser, con grados, claro. Espero seguir con el mismo paradigma en lo que me queda. La salud me ha respetado y mantengo la cabeza. Estoy jodido porque desde hace dos años no he podido hacer mis dos buenos viajes anuales.
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