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María José Iglesias Figurinista de cine

"La ropa está en toda mi vida, pero la suerte la convirtió en mi profesións"

"Inicié Económicas por quedarme en el libertinaje de Madrid, pasé dos cursos de conflictividad antifranquista, ennovié con un economista y dejé la carrera"

La figurinista María José Iglesias, en su finca de Pie de Potro (Caravia). MIKI LÓPEZ

El buen estilo de una chica ye-ye acabó premiado con un "Goya" gitano

María José Iglesias García (Oviedo, 1946) llegó al cine por causalidad y por espabilarse para aprovechar unas capacidades difusas con el dibujo y la moda desde el tiempo ye-ye, que supo concretar. Hay muchos artistas en la familia Iglesias, desde el dibujante Alfonso a sus nietos.

Con su trabajo consiguió el "Goya" al vestuario por "Camarón" (2005), de Jaime Chávarri después de haber trabajado para Pedro Masó, Mariano Ozores, Pedro Olea, Vicente Aranda.

Tuvo cuatro hijos, de los que viven tres y sus dos hijas la han seguido en el oficio del vestuario de cine, al que ella se fue haciendo a base de tener buen gusto y acumular una buena biblioteca de imágenes, la mayoría conseguida en el extranjero.

Hace 12 años que tiene casa en Pie de Potro (Caravia) a partir de una cuadra que le arregló su primo, el arquitecto Alfonso Iglesias (director de la obra del HUCA). Desde su jubilación pasa cada vez más tiempo en Caravia.

Está divorciada desde 1990, vive en Madrid y tiene cuatro nietos: Sofía, 16 años; Mauro, 12; Catalina 8 y Carla, 6.

Echa de menos del cine que, después de trabajos apresurados y tensos, hay ese momento de magia en que ves los decorados, los vestuarios, los figurantes en movimiento y estás en otra parte, en otra época "y te emocionas". También el compañerismo y los reencuentros que vas teniendo a lo largo de la vida profesional: "Es difícil de llevar con hijos pequeños pero es creativo y gratificante".

–Nací en Oviedo en 1946. Tengo dos hermanos: Isabel, poco mayor que yo, y José Manuel, cuatro años menor.

–¿Cómo era su padre?

–Se llamaba José Manuel, era notario y el hermano pequeño de Alfonso Iglesias [autor de Pinón, Telva y Pinín]. Era estupendo. Era un disfrutón de la vida al que le gustaban la pintura, la literatura, la montaña, esquiar... jugó al tenis hasta que le empezó el alzhéimer. Era familiar y dejaba amigos por las plazas que pasaba.

–¿Y como padre?

–Era exigente con las notas, tranquilo, permisivo, encantador, como mi tío Alfonso.

–Alfonso y él eran hijos de un hombre recto y serio, criado en la inclusa, que llegó a director del Orfanato de Oviedo y de los colegios de huérfanos.

–Sí, Don Macario... pero crecieron con su madre y su tía Felisa, que era mi madrina, y ese ambiente de mujeres, más permisivo, les hizo de otra manera

–Su padre se casó con la hermana de la mujer de Alfonso.

–Sí. Eran dos hermanos casados con dos hermanas. Ellas, muy guapas; ellos, no. Las dos con carácter. "Las García", decían mis primos Alfonso y Esteban, mandaban en casa.

–¿Cómo era su madre?

–Isabel García Espina, Ita, era muy simpática, pero mandona, reñía y nos tenía bajo la bota.

–¿Dónde creció usted?

–Nací cuando mi padre era notario en Colunga, a los 4 años fuimos a Pola de Lena, luego a Infiesto y de ahí a Igualada, en Cataluña, mas tarde a Cádiz y cuando sacó la notaría de Mieres vinimos a Oviedo. Se jubiló en la plaza de Gijón. Mi madre decía "¡Cómo no voy a tener depresión cuando he vivido tantas mudanzas!". Como hicieron muchos amigos en Colunga se vincularon aquí veraneando y comprando una casa en los años sesenta.

–¿Sus primeros recuerdos?

–De Colunga, de la maravillosa playa de La Griega y del jardín, que tenía un gato y una palmera muy grande que se pudrió. Era muy independiente y me perdía por ir detrás de los bichos. Tengo una nieta clavada.

–¿Qué tal con su hermana?

–Muy bien, éramos casi iguales.

–¿Cómo empezó a estudiar?

–Con una profesora que recuerdo con amor, Doña Julita. Me enseñó a estudiar y a la que debo no tener faltas de ortografía. Me presenté a ingreso preparada por ella y saqué matrícula de honor. Para celebrarlo, mis padres me invitaron a comer tortitas en "Rialto" y tuve una indigestión.

–¿Dónde siguió estudiando?

–Me internaron en La Asunción de León, donde estaba mi hermana, pero no me adapté y al mes volví para casa. A los 11 años entré en La Asunción de Gijón.

Mis primos me provocaban mucho, pero los quería y me contaban cosas de sexo y de política

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–¿Qué tal?

–Había unas cortinas en las habitaciones... fue triste al principio pero no tengo mal recuerdo. Una vez me escapé a ver a mi hermana al dormitorio de mayores y me la cargué. Las monjas no las recuerdo malas, la comida sí. Había misa todos los días e íbamos con unos velos blancos muy bonitos que parecíamos palomas. Hacíamos ejercicios espirituales y de la semana santa recuerdo las lamentaciones de Jeremías, cosas que me gustaban porque eran nuevas.

–¿En su casa eran religiosos?

–Íbamos a misa los domingos porque no había más remedio.

–¿Eran de derechas?

–Por parte de mi madre, no. A su padre le quitaron la fábrica que tenía y a las tres hijas les cortaron el pelo y las hicieron saludar. Al tío Esteban le amargaron la vida. Su novia era de derechas, no los dejaron casarse y se desgració con el alcohol. En casa no se hablaba de política hasta que mis primos nos abrieron los ojos. Mi padre se alegró mucho cuando llegó la democracia.

–¿Cuándo fueron a Cataluña?

–A los 13 años. Igualada era muy buena notaría pero un sitio muy triste. Estuve interna en la Asunción de Barcelona. Las monjas eran más modernas. Pero, no lo entendí entonces, a dos chicas las echaron porque las encontraron juntas en el cuarto de una. Los dos últimos años, como mi hermana estaba fuera, me dejaban salir los fines de semana e iba a casas de amigas del colegio que eran de la oligarquía de Barcelona. Mi padre tenía para pagar el colegio pero no aquel poderío. Lo pasé muy bien.

–¿Qué tal los estudios?

–Una monja, la madre Javier, que daba historia del Arte me pasó el interés por su asignatura y por la literatura. Con ella empecé a ver la importancia del arte. Fumaba asomada al tejado y leía mucho. "La peste" me emocionó; "Las flores del mal", Flaubert, Verlaine, Dostoievski, Tolstoi, Cela, Delibes... Sigo leyendo, voy a exposiciones y me interesa la arqueología desde entonces.

–¿Cómo fue su vida de "pollita", como se decía entonces?

–Era muy inocentona, pero lo pasé muy bien en los guateques. Me gustaba la música italiana y francesa: Sylvie Vartan, Françoise Hardy, Nico Fidenco, Domenico Modugno, Rita Pavone. Ya miraba las revistas francesas por la moda. Me conté el pelo como Sylvie Vartan, me encantaban los vestidos de Brigitte Bardot y los copiaba con la costurera que venía a casa. Con 16 años me hice el prime vestido. Era una moderna. A los 17 años salí en la revista "Semana" con una fotografía de "las primeras minifaldas de Madrid". Era muy ye-ye. Gané concursos de bailar twist y rock.

–Pero la mayor parte del tiempo vistió uniforme.

–Hasta entonces, sí, de invierno de verano y de gala y el de las monjas era muy bonito.

–Siguiente destino, Madrid.

–Mi hermana estaba allí en la universidad en un colegio mayor, pero yo me fui a hacer Preu a casa de mis primos. Estaba n el instituto Beatriz Galindo y me sorprendía lo que se saltaban las clases. No fue un bien año para mí. Tenía anginas desde siempre, pasé dos periodos de fiebre alta y me operaron de las amígdalas con 17 años. A la semana tuve una hemorragia porque no debía hablar, pero hablaba. Entre una cosa y otra pasé dos meses sin ir a clase. Temía suspender, pero no.

–Y a elegir carrera.

–Mis padres habían vuelto a Oviedo. Mi padre quería que hiciera Derecho; mi madre, Filosofía y yo quería vivir en Madrid con mi hermana por el libertinaje de no tener a mis padres encima. Elegí Económicas porque no la había en Asturias.

–Vivió poco con sus padres.

–Los veranos. Mi madre tenía una manía: no podías estar sin hacer nada o hacías punto o lo que fuera. En casa de mis tíos estaba muy bien. Mis primos me provocaban mucho, pero los quería mucho y me contaban cosas de sexo y de política de las que "las García" no dejaban hablar.

–¿Y en Económicas?

–Empecé a disiparme. Éramos tantos que nos daban las clases en una especie de teatro escalonado y la gente lanzaba aviones de papel encendidos. Yo estaba alucinada. Salvo Historia de la Economía y alguna más... Me dio clase José Luis Sampedro de Teoría Económica, que tenía mucha parroquia. En 1964, las chicas llevábamos traje de chaqueta y muchos chicos con corbata.

–¿Dónde vivía?

–Mis padres compraron un piso y nos instalamos las dos con Elisa, la tía abuela, que era muy buena. No nos dejaba llegar tarde, pero no se enteraba cuando volvíamos a salir.

–¿Qué tal en Económicas?

–Estuve en 1965, el año en que el franquismo echó a José Luis Aranguren, Agustín García Calvo y Enrique Tierno Galván. Logramos que no entraran los grises. No íbamos casi nunca a clase. Había manifestaciones casi todos los días y atacaban los de Cristo Rey. Era excitante porque era nuevo, pero peligroso. Un día la policía me quitó el carné de identidad y me dijo que lo recogiera en comisaría.

–¿Militó en algo?

–No, éramos de izquierdas, estábamos con la democracia y la verdad y nos enfadábamos con los editoriales de "Abc".

–¿Y de estudios?

–Acabé segundo y lo dejé porque eché un novio economista.

–¿Cómo se conocieron?

–Me conocía de vista y me confundía con mi hermana y vivíamos en la misma calle del final del barrio Salamanca. Un día nos vio a mi hermana y a mí y dijo "¡Anda, pero si sois dos!". Hicimos pandilla. Íbamos a boites.

–¿Cómo se llamaba su novio?

–«Tito», Florentino Escobar, de Aranjuez, con bodegas en Noblejas. A los 4 años nos casamos en la catedral de Oviedo, menuda era mi madre. Antes de San Mateo. ¡Llovía!... Compramos casa en cooperativa en Puerta de Hierro con el dinero que le dieron por la boda.

–¿Su primer hijo?

–Al año nació Álvaro. Un parto malísimo en Oviedo, con mucha pérdida de sangre por evitar una cesárea. A los dos años, Juan; un año después, Isabel y en 1979, Ana. Acepté muy bien la maternidad, pero no quería estar en casa.

–¿Cómo empezó a trabajar?

–En una tienda de regalos en navidades. Luego, mi hermana y yo empezamos a ir a comprar ropa a París y la vendíamos en reuniones en casa. Esto se hacía mucho, aunque era ilegal. Cucú Moré, hija de Mariano Moré, pintaba unas porcelanas y yo se las vendía para ganar algo y relacionarme.

–No hemos llegado a la ropa.

–Siempre estuvo ahí. De niña dibujaba mariquitas y diseñé mi traje de novia. Vi una tela en una revista, hice una foto y llamé a la Cámara de Comercio de Cataluña para que me pasaran los proveedores del textil que podían tenerla. Por ahí no lo conseguí. Llamé a la revista y, no sé cómo, me enviaron los metros de tela que necesitaba y me lo hizo una modista. Aplico bien la acuarela a mis diseños.

–¿Cuándo empezó en el cine?

–En 1980. Yo era lo que ahora se llama «personal shoper» de amigas. La hermana pequeña de mi marido tuvo una empresa de moda, «Balls», de muchísimo éxito, pero el marido se fue con una novia y el dinero y le dejó las deudas. Ella era amiga del productor Alfredo Matas e iba a hacer el vestuario de «127 millones libres de impuestos» pero una hepatitis B la tuvo 8 meses internada y me pidió que hiciera yo el trabajo. Fui a ver a Pedro Masó, hablamos hora y media y me aceptó. En el reparto estaban todos.

–¿Quiénes?

–Agustín González, José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, Fernando Fernán Gómez, Assumpta Serna, que era la doncella... Pedro Masó dijo de ella «esta niña no va a llegar a nada. No tiene espíritu». Está en Hollywood.

–¿Le gustó ese mundo?

–Sí y yo a ellos porque, por «Tito», conocía a los dueños de Celso García, al director de marketing de El Corte Inglés... y conseguí que en vez de comprar la ropa nos la diera Induico, filial de El Corte Inglés. Les ahorré un dineral. Decían: «qué educada es esta chica». Una vez Fernán Gómez, en una escena de una boda gritó: «¡María José!, ¿Dónde están las chisteras?». Yo desesperada: «¡No tengo!». Y se troncharon porque era broma. Fernán Gómez era encantador. Después aflojé porque mi Ana era muy pequeña. Me llamaron para «Anillos de oro» y tuve que decir que no, pero siguieron llamándome.

–¿Y volvió?

–A los dos años, para una película con «Los Pecos» que no se hizo porque uno tenía que hacer la mili y no les dieron permiso. En 1983 empecé a trabajar mucho con Mariano Ozores, que era un encanto. Hicimos «Al este del Oeste» con Pajares, al que adoro, y Esteso, que ummm. Era de época y pude hacer los trajes de las bailarinas del can-can. Salgo en una carreta por Almería junto a un cartel de «Al Oeste, 2 kilómetros».

–Un cine muy veloz.

–Una época muy bonita. Preparabas en una semana y en tres rodaban: «Cuatro mujeres y un lío», «El cura ya tiene hijo». Me decía Ozores: «tú ya sabes, muy monas, pero tampoco porno... fino, fino». Era un cine que dio alegría y, como era un poco verde, igual llegaban a casa y «vente p’acá, morena»

–¿Usted era de ir al cine?

–Sí. Un amigo de Colunga me recordó que le había dicho con 25 años que «debería dedicarme a hacer vestuario de cine». Me di cuenta de que quería cuando vi «Barry Lyndon». Leía «La edad de la inocencia» e imaginaba los vestidos.

Para ‘Amanece, que no es poco’ José Luis Cuerda me decía: ‘Vístelos como quieras, pero que sea gracioso’. Le puse gafas a Resines y él hizo de ello un chiste de guión

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–Y en la realidad...

–Hice «Supernova» con Marta Sánchez, que tenía un vestuario estupendo que nos hizo Jesús del Pozo, y estaban Gabino Diego, Chus Lampreave, Gurruchaga...

–Muy chiripitifláutica.

–Sí, pero el vestuario era muy imaginativo y creativo.

–Y luego, el cine intelectual.

–En «Bocaccio» tomando una copa Pedro Costa, muy amigo de mi hermana, me ofreció trabajar en «La huella del crimen». Hice «Las envenenadas de Valencia», con Pedro Olea, y «El crimen del capitán Sánchez», con Vicente Aranda. Ahí trabajé de otra manera, con tiempo, dibujos... Seguí con Vicente Aranda en «Tiempo de silencio». No hablaba mucho, era simpático y acabó insoportable.

–¿Cuál es su momento en una película?

–La preparación –con el director, el director de fotografía– y te la juegas en la prueba, días antes de rodar.

–¿Y los actores?

–Algunos no quieren ponerse la ropa que corresponde a la época. Victoria Abril, supercaprichosa, se llevó un corsé porque tenía un ligue, no lo trajo y le hice notar ante todos que eso no se hacía y que provocaba «raccord». La volví a ver años después y encantadora.    

–«Amanece, que no es poco».

–José Luis Cuerda me decía viste a todos como quieras pero que sea gracioso. A partir de las gafas negras que puse a Antonio Resines hizo un chiste.

–«Goya» al mejor vestuario por «Camarón», de Jaime Chávarri.

–Ahí el cuidado era que no criticaran el mundo del flamenco y de los gitanos. Sin Óscar Jaenada no me dan el «Goya».

–¿Para qué sirve un «Goya»?

–Para que gratifiquen tu trabajo y el de tus compañeros, tu corre, corre y los malos momentos. Después da igual.

–¿Lo desagradable de cine?

–Levantarte a las 5 de la mañana para vestir 600 soldados en «La forja de un rebelde» y que no te los organicen bien o que te cambien una secuencia por otra y no tienes el traje hecho.

–Sus hijos.

–Ana, tiene  42 años e hizo Historia del Arte e Isabel, «Bubi» de 48, empezó a trabajar conmigo en «Colegio mayor».

–¿Fue una madre presente?

–Muy presente. Falté cuando me tocaba rodar, pero ya eran mayores. Cuando no trabajaba estaba todo el tiempo en casa. Pero a veces te sientes mal. Lo peor fue cuando se mató mi hijo Juan que yo no estaba en Madrid.

–¿Cómo fue?

–En 1997 estaba haciendo «El color de las nubes». Ni tuvo la culpa ni iba rápido, fue una fatalidad: se le cruzó un coche y cayó de la moto. Tenía 25 años y estaba haciendo Filosofía. Me avisó mi otro hijo, Álvaro, economista, que trabaja en Telefónica.

–¿Y su marido?

–Nos divorciamos en 1990, pero mantuvimos muy buena relación.

–¿Fue el cine la causa?

–No. Hubo un momento en que dejé de querer estar con él. Se volvió a casar, me contaba los problemas con su mujer. La pena es que murió hace 15 años, por un error de diagnóstico. Iba a verlo todos los días al hospital y estaba allí cuando murió. Era muy bueno.

–¿Tiene pareja?

–Tuve algún picopico, pero de vivir, no. Te haces exigente.

–¿Qué tal le trató la vida?

–Bien. Tuve mucha suerte: de la nada me hice una profesión. Lo de mi hijo fue lo más gordo, pero tenía otros tres y, al año siguiente, nos fuimos las niñas y yo a Grecia a recordarlo.

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