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LECTURA

Los nativos de Tikopia preguntaron si existía alguna tierra en la que no se escuchara el mar

El escritor Ricardo Menéndez Salmón dedica un segundo libro a las obras del Museo de Bellas Artes de Asturias, esta vez las relacionadas con los océanos, del que se ofrece un adelanto en estas páginas

«¡Todo a babor!», óleo de Ventura Álvarez Sala que se expone en el Museo de Bellas Artes (depósito del Museo Nacional del Prado).| | MUSEO DEL PRADO / MUSEO DE BELLAS ARTES DE ASTURIAS

Querido padre:

Recuerdo haber escuchado en cierta ocasión que un mesías que llega de verdad no hace bien a nadie. Quizá porque una esperanza cumplida supone ya la mitad de una decepción.

En honor a ti, debo decir que has sabido permanecer fiel al misterio. Tu ausencia ha sido un conjuro en mi vida, el talismán de las jornadas en vela, alimento para mil vigilias. El vacío de tu presencia te ha mantenido indemne, fresco, intacto en la memoria. Como un tapiz no expuesto a la herida de la luz ni a la codicia de unos ojos. Como una urna no vulnerada por el polvo ni por la tristeza de la edad. Si un día cruzaras el umbral de esta casa, tengo la certeza de que no estarías a la altura de lo que mi exasperada imaginación te ha reservado: la audacia, el coraje, una fecunda insolencia de bucanero. Por eso te dedico esta carta paradójica, destinada a unos ojos que nunca la leerán y que sostiene un mito que no aspira a manifestarse. Sueño con un hombre que al hacerse carne se rompería como un cristal exquisito pero frágil. Y si de las estrellas apenas vemos otra cosa que viejas fotografías, el trayecto de una luz que al llegar a la Tierra ya sólo menciona el periplo de un cuerpo exhausto, apagado tras una explosión sin testigos, de ti apenas conservo un nombre, unas pocas fechas, los homenajes pálidos de tu caligrafía y de las postales que me alcanzan desde puertos exóticos.

Desde donde escribo, como una respiración sosegada a veces y afanosa otras, siempre presente, escucho el rumor del mar, el fuelle insomne, el latido agreste, la metáfora inasible que miles antes que yo han intentado contener en vano, como si el agua, que por definición adopta la forma del cuerpo que ocupa, se fuera a dejar atrapar mediante palabras, ese torpe expediente en el que pretendemos contener lo que nos sucede: la desmemoria, la fatalidad, las ocasionales heridas de la belleza.

Como la tuya. Esa belleza que quiero intrépida, casi temeraria, y que me lleva a imaginarte de perfil, a la intemperie, cristalizado en un gesto de pionero o de héroe proletario, mientras bramas una orden en cubierta, con un punto de insolencia en la mirada, entregado al reclamo del mar y a la vez consciente de ser parte de una representación más vasta, como si algo dentro de ti —un sexto sentido, un instinto construido en el doble teatro de las galernas en mar abierto y las cantinas en tierra firme, una preclara forma de supervivencia— indicara el grado exacto de plasticidad y de firmeza con el que tu cuerpo debe arquearse frente al viento y sus pinceles, con esa elegancia suave aunque al tiempo sólida con la que los marinos ofrecen sus figuras a fuerzas que los contienen, los resumen y los toleran, dejándose mecer, oponiendo a la inmensidad el criterio, adecuando su paso al cabeceo de esas planchas de acero y gravedad en que transcurren.

He descubierto hoy, querido padre, en una de esas lecturas con las que cortejo el tedio y disciplino mi edad, mientras devano el ovillo de tu ausencia y convoco a tu fantasma, una historia que sin duda te haría sonreír. Habla de Tikopia, una diminuta isla en la vastedad del Pacífico. En Tikopia, que apenas tiene tres quilómetros cuadrados de extensión, la distancia máxima entre su centro y la costa es de mil doscientos metros. Y a Tikopia, allá por el año 1928, llegó un etnógrafo de Nueva Zelanda llamado Raymond Firth. La primera pregunta que los nativos de Tikopia le hicieron a Firth no se refería a la ropa que llevaba, a los puros que fumaba o al color de sus ojos. Lo primero que le preguntaron a Firth los nativos de Tikopia era si existía alguna tierra en la que no se escuchara el mar.

Diría que esa pregunta encierra el discreto encanto de la perspectiva. O la evidencia de cómo se transforma el mundo en función del lugar desde el que se contempla. Ante una cuestión tan inocente y al tiempo tan abismal como la expresada a Firth por los tikopianos, qué vana resulta de hecho la idea, tan querida por nuestros filósofos, de que ha de existir un punto desde el que contemplar, con asepsia y espíritu tenso, el discurrir del planeta, una mirada cenital, objetiva, anclada en la ataraxia, desde la que escrutar cuanto acontece. Pero todos vivimos en nuestra Tikopia. Y nuestra Tikopia niega al filósofo en la claridad de su estudio. Pues existe al menos una Tikopia en la que el mar no se escucha.

Así, mientras alumbro estas líneas, recuerdo el consejo de otro viajero eminente, Bronislaw Malinowski, y su "Anotadlo todo", y pienso en la respuesta que hoy le daría al estudioso de las Trobriand ese omnívoro sistema que se perpetúa sin descanso ni fatiga, el "Todo ha sido anotado ya" de la Red, y cómo de ese diálogo entre un hombre finito y un colosal rizoma, entre un isleño y el océano, cabría deducir que no hay gnosis, oráculo ni revelación. Si la totalidad está inscrita en los fondos inagotables del sistema de sistemas, la cadena de claves y comandos de la cual no somos otra cosa que alimento; si insertos en esa nube complejísima, construimos y a la vez somos construidos por un mecanismo incesante; si la insistencia por hallar la imagen que defina cuál es el sentido de la realidad es tan precaria como insatisfactoria, entonces hemos de concluir que la única verdad es que no existe un observatorio desde el que interpretar el mundo. Y sin embargo algo me dice que en esa lógica fracasada, en la asunción de esa narrativa imposible, se esconde la única garantía de una conciencia lúcida. Perseveremos, pues.

Soy como un padre que navega en la inmensidad y aspira a volver a casa.

"M’illumino d’immenso". Este verso, "Me ilumino de inmensidad" en su traducción al español, el único del poema "Mattina" ("Mañana") de Giuseppe Ungaretti, es el título del próximo proyecto literario de Ricardo Menéndez Salmón: un libro, el segundo ya, que el escritor dedica a las colecciones del Museo de Bellas Artes de Asturias. Un volumen de próxima publicación en el que el escritor reflexiona sobre el mar a partir de una selección de obras de la gran pinacoteca regional.

La fructífera relación entre Menéndez Salmón y el Bellas Artes dio lugar, dos años atrás, a un primer libro: "Este pueblo silencioso. Las manos en el Museo de Bellas Artes de Asturias". Un volumen en el que el escritor profundizaba en un motivo tan complejo y sugerente en el mundo de las artes como es la representación de las manos. Dos años después, Menéndez Salmón vuelve a reflexionar sobre un motivo concreto y su plasmación artística a partir de una selección de obras, trece en este caso, del museo.

Las obras elegidas por Menéndez Salmón son "¡Todo a babor!" de Ventura Álvarez Sala, "La corbeta Villa de Avilés" de William Andrews Nesfield, "Las Carrayas" de Dionisio Fierros, "Naufragio" de Claude Joseph Vernet, "Luz retenida" de Melquíades Álvarez, "Marina" de Luis Fernández, "El Rinconín" de Juan Martínez Abades, "Una frase a la distancia del horizonte" de Ruth Álvarez Valledor, "En la playa" de Federico Granell, "Corriendo por la playa" de Joaquín Sorolla, "Caballos en la playa" de Paulino Vicente El Mozo, "La provincia" de Pelayo Ortega y "Le petit hotel" de Juan Fernández Álava. "No en todas ellas el mar está presente, pero todas ellas permiten urdir un mecanismo distinto al que usé para las manos y que genera un sentimiento de lectura diferente, un relato unitario", avanza el escritor. "Aquí", continúa, "la apuesta es más narrativa que ensayística, y la idea es construir una especie de pieza de ficción sirviéndome de la coartada de las obras". Una ficción que toma la forma de una carta escrita por una mujer, y en la que se deslizan reflexiones confesiones sobre una serie de cuestiones a las cuales, apunta el autor, "el mar presta una dimensión moral y estética: el viaje, la ausencia, el riesgo, la huida, la épica...".

A continuación, y merced a la amabilidad de Ricardo Menéndez Salmón y del Museo de Bellas Artes de Asturias, se reproduce la primera etapa de ese viaje que propone "M’illumino d’immenso", construida en torno a "¡Todo a babor!", de Ventura Álvarez Sala.

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