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Arquitectura personal (I)
Lluis Xabel Álvarez Filósofo, catedrático de Estética

"’Conceyu bable’ obnubiló que en el asturianismo hay mucha continuidad"

"En la Universidad tuve juicios diferentes sobre algunas clases, aprecié mucho a Alarcos, lo que no era general, y a Carmen Bobes"

El filósofo Lluis Xabel Álvarez, ante el edifico de EDP de Oviedo, esta semana. IRMA COLLÍN

Un activista de la llingua sentado sobre las artes


Lluis Xabel Álvarez Fernández, "Texuca", (Langreo, 1948) es un filósofo, escritor y profesor emérito honorífico de la Universidad de Oviedo. Iba para dominico pero lo echaron a los 21 años, estudió la carrera en Oviedo y Valencia, fue discípulo de Gustavo Bueno con el que acabó llegando al juzgado por una distinción entre "cretense" y "cretino" que llevaba mucha historia académica detrás. Colaboró en la creación de la Sociedad Asturiana de Filosofía en 1977. Ha realizado visitas y seminarios en las universidades de Duke, Princeton y el Humanities Center (North Carolina) y fue profesor visitante en la Universidad de Turín entre 1988 y 1989, colaborando con el filósofo Gianni Vattimo.

Su cátedra de Estética y Teoría de las Artes le parece una cristalización de una vida activa en Literatura, Música, Plástica y Dramática. Fue miembro del mítico coro universitario de Luis Gutiérrez Arias, hizo teatro con Nacho Martínez y Eladio de Pablo, es uno de los fundadores de Conceyu Bable y poeta en asturiano. Entre sus obras de temática variada "Poemes y tornes", "Signos estéticos y teoría, crítica de las ciencias del arte", "La estética del rey Midas: arte, sociedad, poder", "Diálogu de Pumarín y otros trabayos de razón local".

Esta casado con Amelia Valcárcel, catedrática de Ética, un referente del feminismo español que fue consejera de cultura del Principado. Tienen una hija, Olaya, formada en filosofía y sociología.

–Nací en Sama de Langreo en 1948. En la pequeña burguesía.

Mi padre, Luis Álvarez, era médico ginecólogo y mi madre, Sagrario, era ama de casa, hija de Manolo el Truzu, Manuel Fernández, persona importante en Sama, porque fue el primero que abrió una confitería en Llangreu. Tengo un hermano, Víctor, un poco más pequeño que yo.

–¿Cómo era su padre?

–Muy activo, inteligente porque siempre estaba preparado para comprender asuntos conceptuales y un poco nervioso en su carácter de fondo.

–¿Y con usted?

–Normal, excepto cuando hice alguna picia seria.

–¿Por ejemplo?

–Cuando se enteró de que, por jugar, se me hizo tarde para ir a ayudar a misa y luego fui al cine a ver "La familia Trapp" me castigó.

–¿Cómo era su madre?

–Había estudiado en las madres dominicas de Sama, donde yo fui a la clase de niños. Le dediqué un libro diciendo que quería seguir las enseñanzas de su filosofía práctica y vital. Tenía un espíritu libre y autónomo frente a las convenciones inevitables de la época pero discreto, modesto paciente...

–¿Eran padres cercanos?

–Sí. Yo era un rapacín activo y reflexivo, acompañando las costumbres del grupo, de la pandilla.

–Recuerdos de Sama.

–(Cierra los ojos) Si uno va al colegio está al lado del parque, donde podías ver burros paciendo y unas mujeres dando con unos palos a los colchones. Están la iglesia, que es como una catedral, y la plaza del ayuntamiento, igual, donde se juega a piocampo... Pasas el río por un puente de hierro y subes a la quintana de unos familiares y ya no es la ciudad, es el mundo rural con hórreo, casona y llimiagos enormes. Tomaba la leche casi recién catada con mi primo...

–¿Se notaba alguna ideología en su casa?

–Una posición religiosa muy moderada y una especie de regionalismo conservador con fuerte sentimiento de necesaria convivencia entre clases sociales, ideas y grupos, dentro de lo que es Sama.

–¿Habían ganado la guerra?

–Sí. Mi padre estudió medicina en Salamanca con Unamuno de rector, vino de vacaciones en el verano de 1936 y él y otros amigos se pasaron al otro bando a través de Santander, por Tinamayor. Sabino Fernández Campo, del que fui muy amigo, me dijo, en su humorismo de Latores, que en los primeros meses eso fue muy fluido. Acabó de alférez provisional y siguió su carrera médica.

Mi abuela Etelvina hablaba en asturiano, en la calle se oía amestao, en mi casa, castellano

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–¿Y por parte de madre?

–Claro. Manuel Fernández quería huir de la influencia de Belarmino Tomás y de Ramón González Peña, a los que conocía. En 1934 tenía un coche granate que los revolucionarios requisaron y a los 18 días los chavales que se lo devolvieron le dijeron: "mire, ni un rayón" Era de la CEDA. Fue alcalde unos meses al acabar la guerra pero no era falangista.

–¿Qué tal estudió usted?

–Bien. Era algo maniático. No me parecía correcto que en algunos actos con falangistas la madre superiora cantaban sus himnos vestida de monja. Para bien, en ese colegio hacían teatro asturiano con llar, güela, neñu... Me impactaba. En la calle, dos amigos, Chano y su hermano hablaban asturiano.

–¿Y en su casa?

–Castellano. Las chicas de la confitería venían de pueblos y hablaban amestao. Mi abuela Etelvina, que jugaba a la brisca con mi tía, en invierno con braseru y en verano al lado del mostrador de los helados, sólo hablaba asturiano.

–¿Dónde estudió?

– Yo era monaguillo de Don Dimas Camporro, párroco de Sama que acabó en San Isidoro de Oviedo en los años 70, y le había prometido ir a la Escolanía de Covadonga. Don Alfredo de la Roza probó mi voz de tiple en Oviedo pero en Sama los dominicos estaban buscando gente para el colegio de la Virgen del Camino, el más moderno, donde entré a los 10 años

–¿Para ser cura?

–Era colegio apostólico, adjunto al santuario. Mi intención, no muy intensa, exploratoria pero seria, era ser cura. Me atraía no tener que ir a un colegio de Oviedo porque veía más conceptual una enseñanza de síntesis entre lo científico laico y lo teológico.

–¿Qué tal le fue?

–Bien. El curso, 1959-60, el invierno fue duro porque no funcionaba todavía la calefacción y tuve sabañones. No eché especialmente de menos la casa. Comía bien pero me parecía imposible que hubiera garbanzos de segundo plato, intentaba colocárselos a los de al lado y a veces me abortaban la operación.

–¿Le gustó la enseñanza?

–Alguno de los frailes, sobre todo el padre Iparraguirre, fue un acompañante intelectual. Daba Literatura e Historia y se dedicaba al teatro. Hice mucho teatro y fui de la escolanía de la Virgen del Camino que grabó la Misa de Aragüés y difundió la misa en castellano.

–¿Tuvo crisis de fe?

–La misma que ahora, ninguna, por acceder a un determinado modo de observar la religión y la filosofía, que son primas: diferentes, pero cercanas.

–¿Por qué no fue cura?

–Me echaron a los 21 años.

–¿Por qué?

–Hice el noviciado en Caleruega (Burgos), frente a la torre de los Guzmanes, donde había nacido Santo Domingo de Guzmán. En aquel año estuvo con nosotros el torero "Mondeño".

–Juan García Jiménez.

–No duró nada y armó mucho lío erótico-sentimental. Venía en unos "Mercedes" impresionantes y en una navidad vino su gente, unos chavales con cajas enormes de uvas de tamaño cósmico. Luego fui a Caldas de Besaya (Cantabria) y allí se decidió que fuera para casa durante un periodo.

–¿Por qué razones?

–Las comunes a la adolescencia. En el colegio estaba muy valorado y no soporté el contraste al llegar al noviciado y sufrir las acciones de humillación. Fue un intento fallido.

–¿Por qué humillación?

–Como un modo de educación religiosa. Los dominicos son una orden notable, pero tiene costumbres monásticas clásicas. Una de ellas es la de someter a lo novicios a que otro le vigile y luego le acuse públicamente de lo que ha hecho mal, de lo que no hacía, de si era soberbio, ante lo que no tienes defensa. Soy muy amigo del que me acusaba. Esto lo veía con diversión, pero no seguía las normas de convivencia como ellos querían y, quiero pensar, porque veían en mí inclinaciones por las que no iba a ser fácil dominarme.

–¿Cómo llevó la expulsión?

–Ligera. Vivíamos en Oviedo. Mi padre comprendió que había aprendido lo que debía y mi madre siempre había dejado la puerta abierta a que saliera. El padre Iparraguirre me explicó las convalidaciones posibles para la universidad.

–¿Qué le pareció Oviedo?

–Llegar a la capital. En Sama nos decían "no vayáis a La Felguera" pero íbamos igual y te das cuenta de que pasas un puente y hay un parque, una iglesia, los cines y piensas: "esto ye igual que Sama". Peor todavía, tires pa Ciaño, un parque, una iglesia... A Oviedo venía de niño, mi madre compraba ropa y en 1956 oíamos en Sama que había semáforos y para que servían y aquello me hizo pensar que íbamos por buen camino.

–¿En que curso se matriculó?

–En 1969-70 en Filosofía y Letras. Tenía claro que quería ser filósofo de siempre y era lo que se hacía en Caldas de Besaya y cuando llegué a Feijóo venía muy preparado.

–Usted llegó de estar solo entre hombres a la facultad con más mujeres del distrito.

–Eso era muy atractivo e hice bonísimas amigas en un grupo en el que había varias tendencias sexuales.

–Tuvo que empezar a valorar la sexualidad, hasta entonces excluida, en la medida en que se puede...

–En el ambiente monacal hay un concepto de un destino personal superior pero que debe de ser completado y reconvertirlo sin destruirlo. Dentro de la convivencia también hay que tener un comportamiento sentimental y erótico adecuado. Uno pasa de ser monástico a ser caballeroso, que están muy cercanos.

–¿Era tímido?

–En absoluto.

–¿Qué tal en la Universidad?

–Estupendamente. Tuve juicios diferentes sobre determinadas clases y cosas e intenté aprovechar las enseñanzas que me parecieron mejores, siempre desde la modernidad. Se trataba de estar en la modernidad. Venía de hacer teatro y fundamos una compañía con mi amigo Eladio de Pablo y otros compañeros y compañeras.

–¿Qué representaron?

–«Rosencrantz y Guildenster han muerto», de Sir Tom Stoppard. Avalaba la obra el decano Álvaro Galmés. La hicimos en el teatro de las dominicas con el flujo y la fuerza de la primera juventud. Fuimos luego a Londres a verla, dirigida por Laurence Olivier, en el teatro Old Vic y al salir le dije a Eladio: «La nuestra ye meyor».

–¿Y la política?

–Todo era del Partido Comunista. En una asamblea de 40 personas, de las de juicios críticos a los profesores, hacer frente a la dictadura o a la reforma educativa, el líder dijo: «porque el partido quiere». Una persona de la cultura de Oviedo preguntó «¿qué partido?».

–¿Dónde estaba usted?

–Más bien con el de «¿qué partido?», que era del PSOE.

Juan Cueto siempre fue el más moderno de Asturias y yo quería ser como él; en una columna avisó de que después del estructuralismo venía el pensamiento débil

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–¿Militó?

–No, ya me había apuntado yo bastante. Cuando «Conceyu Bable» un miembro de un partido de extrema izquierda me citó y me recibió en una habitación oscura con una bombilla de 40, como una escenografía de partido. Bajé las escaleras de cuatro en cuatro.

–¿Qué le pareció la enseñanza en Oviedo?

–Mi profesor dominico Eladio Chávarri me dijo que en Oviedo había un proyecto de síntesis de marxismo y lógica y pensé «para allí voy yo». Atendí a todo eso mientras pude soportarlo. Aprecié mucho a Emilio Alarcos, lo que no era general, a gente de Historia y a Carmen Bobes.

–¿Qué tal Gustavo Bueno?

–Bien. Oí su primera clase en la facultad de la calle San Francisco, con un clásico de la filosofía contemporánea, el triángulo de Frege, que ya conocía, y me pareció que lo hizo correctamente.

–¿Por qué se fue a Valencia?

–Bueno lo aconsejaba porque Barcelona y Madrid estaban llenos de conservadores, según él. Fui a hacer la tesina con Fernando Montero y la veo muy atractiva como recogida de viejos materiales. Se tituló «El Ser Ideal de Hartmann y El Tercer Mundo de Popper». En los archivos de Valencia fue clasificada en Economía y Política porque la portada ponía «El Ser Ideal de Hartmann y El Tercer Mundo».

–¿Cuándo empezó a interesarle el asturiano?

–En Sama, que era bilingüe, y cuando conocí a Xuan Xosé Sánchez Vicente, Xosé Lluis García Arias y Ana Cano en 1971 e hicimos «Conceyu bable», que salió con tal fuerza generacional que obnubiló que en el asturianismo hay más continuidad de la que parece.

–¿Cómo es eso?

–Había leído «Historia de Asturias», de Carlos Martínez y hoy no podría ponerle ningún pero, si acaso añadidos. Los materiales de RIDEA son impresionantes si se saben leer con buena intención. Son antecedentes de la lingüística estructural que ha salvado el asturiano y promovido su recuperación. Ignacio Galán tiene un libro sobre el bable antes y durante el franquismo y se ve una continuidad que gana eficacia con Conceyu Bable. La anterior generación, mandada por Alarcos, había organizado reuniones de estudio de lengua asturiana.

–¿De dónde viene su preocupación por la lengua si en casa hablaban castellano y estudió desde los 10 años en Castilla?

–Me influyeron mis compañeros dominicos vasconavarros por su firmeza identitaria frente a los compañeros asturianos. En Asturias, las villas son bilingües, no de modo muy fuerte, pero su gente llegó a la universidad, vio lo que se hacía en el resto de España y...

–En 1972 entró al departamento con Filosofía del Lenguaje. ¿Cómo vivía entonces?

–Sí, me dieron a escoger entre Historia y Lenguaje. Vivía en la calle Principado, en casa de mis padres, con mi hermano Víctor. Conocía a Amelia Valcárcel por el teatro. Ensayamos para hacer una obra, pero Nacho Martínez, de la tertulia, ya iba por su cuenta y ese año el teatro no pudo ser.

–¿Amelia y usted se hicieron novios pronto?

–Poco a poco. Ella estaba en una residencia en la Avenida de Galicia, extraordinaria para comida y servicios, pero de disciplina femenina falangista. Hablé con la directora para que nos dejara ir a ver una película al Palladium y me dijo que era imposible, que eran las fiestas del colegio.

–Se casaron en 1975.

–En la capilla de la Universidad, con permiso del rector José Caso. Coincidió con la revolución de los claveles en Portugal y hubo que posponerla algunos días. Nos casó un historiador del arte, amigo de la facultad, que luego dejó el sacerdocio. Amelia leyó un texto de Hegel y cantó el coro universitario de Luis Gutiérrez Arias al que pertenecíamos los dos. Yo tuve otra carrera de corista en los dominicos.

–Se doctoró en Estética.

–En 1982. Todo en mí tuvo mucho que ver con el sentimiento estético de la vida, la convivencia y la atención a las cuatro grandes artes: Literatura, Música, Plástica y Dramática (teatro, cine).

–¿Cuándo empezaron las discrepancias con Bueno?

–De eso no voy a hablar, salvo lo relativo a la tesis doctoral. Él no quiso seguir con la tesis y acudí a Emilio Lledó. Cuando se editó mi libro «Signos estéticos y teoría» cité a Bueno en el prólogo indicando que había tomado conceptos suyos, pero cualquiera que lea el libro ve que no va en su línea.

–¿Ya estaban Gianni Vatimo y el posmoderismo?

–Sí, aunque lo conocí después y compartí proyectos en Turín. Es uno de los autores de la filosofía posmoderna y yo soy autor filosófico de la posmodernidad.

–¿No era la modernidad?

–Sí y vi sus límites. Dicho en chiste, cuanto menos moderno creía uno que podía ser más moderno era. Juan Cueto siempre fue el más moderno de Asturias y yo quería ser como él. En una columna de «El País» avisó de que después del estructuralismo venía el pensamiento débil . En una lectura apresurada del «pensiero debole» interpreté pensamiento doble, algo en lo que yo ya estaba, quería un pensamiento dual, la filosofía del casi, porque los asuntos últimos no tienen una solución única sino dos versiones posibles.

–Cuándo empezó a escribir poemas?

–De niño. En castellano. El libro que sacaré pronto incluye uno de esos poemas traducido al asturiano. Mi padre tenía una biblioteca impresionante y di con el tópico adolescente de Hermann Hesse. La poesía la encontré en los años monásticos. El poema «Céltica» es la experiencia de inspiración más intensa que he tenido y salió sólo con leer un poco a Constantino Cabal. Tengo un amigo que tiene ese poema escrito en su salón. En Berlín, en 1981, entre escoceses y bretones, nos dijeron que subiéramos a hacer algo asturiano y me ofrecieron recitarlo acompañado a la gaita. No lo sabía de memoria, pero una niña que estaba allí, sí. Tomé nota y salí a recitarlo.

–Tienen una hija.

– Olaya. Está en California dedicada a la filosofía y la sociología.

–¿Tienen nietos?

–Si llegan, bienvenidos serán.

–¿Fue un padre presente?

–Claro, con sus discusiones y sus diferencias.

–¿Qué tal cree que le ha tratado la vida hasta ahora?

–Bien y espero que me trate mejor aún. Haré lo posible porque ese destino dé frutos apreciables para nuestra comunidad.

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