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DESDE ROMA

La casa de Livia en el Museo Nazionale Romano

Un remanso de paz que ha llegado a nuestros días

La casa de Livia en el Museo Nazionale Romano María Teresa Álvarez

Disfruto tanto de Roma, de sus callejuelas, plazas y fuentes. De sus elegantes y señoriales edificios. Disfruto tanto perdiéndome en su laberíntica fisonomía, que no suelo acudir con demasiada frecuencia a sus museos, pero una amiga me habló de las pinturas murales de la casa de Livia que se podían contemplar en el Palazzo Massimo alle Terme, hoy convertido en una de las cuatro sedes del Museo Nazionale Romano, y me animé a visitarlo.

El Palazzo Massimo, es un edificio neorrenacentista. Fue mandado construir a finales del siglo XIX, por el sacerdote, Massimiliano Massimo, un jesuita que lo cedió a la compañía para convertirlo en uno de los colegios de jesuitas de Roma, hasta que en 1960 fue adquirido por el estado italiano.

Las colecciones que custodia el Museo Nazionale llenan el sótano, la planta baja y dos plantas más. Todas ellas se pueden visitar, aunque mi objetivo se encuentra en el segundo piso y hacía él me dirijo, con curiosidad un tanto escéptica. Me he informado sobre las pinturas. Se dice que fueron realizadas entre los años 40 al 20 a. C. En la documentación consultada se alude a la impresión que los frescos despertaron en los arqueólogos, cuando en 1863 los descubrieron. Su asombro fue grande, tanto por el estado de conservación de las pinturas, como por la calidad del trabajo. Se dice que la técnica empleada para realizar estos frescos es superior a la de los pompeyanos, porque la mayoría de las escenificaciones están realizadas por el sistema denominado, “compendiaria”. En cuanto a su autoría, la mayoría de expertos señala que pudieron ser obra de los mismos artesanos que decoraron el Auditorio de Mecenas,

Al salir del ascensor un sencillo cartel indica el pasillo que debo seguir para llegar a la sala de la casa de Livia. Un vigilante, muy amable, me saluda y dice que voy a tener suerte porque no hay visitantes en esos momentos y podré disfrutar yo sola de la belleza de los frescos.

La casa de Livia en el Museo Nazionale Romano

Es una habitación que no tiene puerta. Se accede a ella por una especie de arco. Nada más traspasarlo, sientes la necesidad de parpadear ante lo que te rodea. No sólo por el efecto óptico, sino porque el jardín en el que te sumerges hace bajar la temperatura y exhala una sensación de paz que poco a poco te va envolviendo.

Es como si las paredes de la habitación no existieran o fueran transparentes para poder observar la hermosa vegetación. Granados, pinos, melocotoneros, almendros, laureles… más de veinticinco especies vegetales. Rosas que florecen, pájaros correteando por el suelo o volando… ramas movidas por el viento.

Te sientas en uno de los bancos que, con un poco de imaginación, conviertes en triclinio y piensas en lo especial que tuvo que haber sido esta mujer, que enamoró al emperador Octavio Augusto convirtiéndola en su tercera esposa. Y con la que, a pesar de no tener hijos, vivió los 52 últimos años de su vida.

Livia encarnó el modelo ideal de mujer romana. A pesar de que tuvo muchos detractores que la culparon, incluso, de envenenar a los herederos a la corona imperial, nunca dejó de gozar de la total confianza de su esposo Augusto. Fue esposa, madre, abuela, bisabuela y tatarabuela de emperadores.

Fuera como fuese lo que resulta evidente es que Livia poseía un gusto exquisito. Y sabía cómo agradar a sus invitados rodeándolos de la armonía de la naturaleza.

Es una suerte que dejen hacer fotos. Y, además, como estaba sola, he podido recrearme.

A la salida, el amable vigilante me pregunta si me ha gustado y me recomienda que no me vaya sin ver las pinturas de la Villa Farnesina.

Me sorprendo y le digo que ya conozco La Farnesina. Le pregunto las razones por las que habían hecho una copia, cuando se pueden ver los originales en la propia villa.

No es la misma- me dice sonriendo-. A la que usted se refiere es una casa renacentista. Y ésta esta es mucho más antigua. Fue rescatada bajo las aguas del Tíber, precisamente al lado de donde se encuentra la villa que usted conoce.

Agradezco su recomendación, y leo con curiosidad la información al respecto.

Parece ser que diez años después de descubrir los restos de la casa de Livia, una inundación en el Tíber hizo que se replantearan una remodelación urbanística para tratar de evitar las consecuencias de las frecuentes crecidas del río. Para ello, además de levantar altos muros de contención, fue necesario ampliar el cauce del río hasta alcanzar los cien metros de anchura a su paso por la ciudad. Es entonces cuando a la altura de villa Farnesina, al excavar 60 metros, para aumentar el cauce, se encontraron con los restos de una casa noble con magníficas pinturas pompeyanas. Las pinturas más hermosas que en Roma se habían visto hasta entonces.

La casa de Livia en el Museo Nazionale Romano

Habitaciones decoradas en su totalidad con caprichosos y bellos dibujos, artísticas cenefas, originales rodapiés, escenas alusivas a la sala de baños, al cuidado de la belleza femenina, a la música…

Ciertamente impresiona recorrer una por una las salas en las que se han colocado las pinturas, intentando reconstruir los distintos espacios, según el original de la casa, que también se remonta a la época de Augusto y que, según los estudios, perteneció a su hija, Julia la Mayor.

Confieso que la contemplación de estos frescos, probablemente los mejores que se conservan en Roma, me ha entusiasmado y también ha despertado mi interés por conocer un poco la vida de estas dos mujeres relacionadas con Octavio Augusto; Livia, la mujer a la que amó y Julia la Mayor, la hija rebelde a la que nunca consiguió dominar.

Visita totalmente recomendada al Museo Nazionale Romano, no solo por su colección de pinturas, sino porque las esculturas de las que allí se puede disfrutar son magníficas. Solo un nombre; “El púgil en reposo”. Estatua de bronce localizada en las Termas de Constantino. Se cree que la obra fue esculpida en el siglo IV a. C.   

Ni Roma, ni sus museos defraudan jamás.

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