La Covadonga secreta del Prado
Fernando VI ordenó realizar una sobrepuerta con la batalla asturiana que ejecutaron en mármol Carlos Salas y Manuel Bergaz que nunca se instaló ni está expuesta

La sobrepuerta de mármol de la batalla de Covadonga. / Alicia Vallina Vallina
La cruz y la luna se enfrentan en una lucha a muerte. Los soldados de uno y otro bando empuñan sus armas y las elevan al cielo en una búsqueda desesperada de amparo y protección. Algunos yacen esparcidos por el suelo, aplastados por los pasos firmes de sus propios compañeros. Sus expresiones, agónicas y desesperadas, anuncian más muerte y desolación. Los estandartes se elevan con deseos de gloria mientras los hombres se despedazan. Pero no hay sangre ni olor a muerte. La delicadeza clasicista del mármol extremeño permite que el medallón de la batalla de Covadonga, conservado en el Museo Nacional del Prado (sin exponer), luzca espléndido y heroico, como insigne ejemplo de magnificencia de la escultura dieciochesca.
Tras su subida al trono en 1746 Fernando VI ordena la decoración de las sobrepuertas del corredor principal del Palacio Real de Madrid con la realización de 37 relieves siguiendo el modelo de programa iconográfico ideado por el fraile benedictino Martín Sarmiento (a instancias de quien se crea el Real Jardín Botánico de Madrid). Este fraile llamado Pedro José García Balboa (del que se cumple el 250 aniversario de su muerte), natural de Villafranca del Bierzo, pasó al menos 5 años de su formación en Asturias, primero como predicador y “pasante de Teología” en el convento de Celorio (Llanes) y más tarde como “lector de Artes” en el convento de San Vicente de Oviedo (de que era abad el padre Feijoo).
Los motivos decorativos principales establecidos por el padre Sarmiento se determinaron atendiendo a la ubicación en la que los mármoles debían colocarse, bien a Mediodía, a Oriente, Poniente o hacia el Norte.

Del mismo encargo, la batalla de las Navas de Tolosa. / Alicia Vallina Vallina
Los temas bélicos de grandes y valerosas hazañas que formaran parte de la Historia de España como el que nos ocupa, se colocarían hacia el Oriente. Acompañando a la batalla de Covadonga nos encontraríamos la victoria de las Navas de Tolosa, la batalla de Clavijo, la toma de Toledo, la victoria del Salado, la toma de Sevilla, la conquista de Granada, la destrucción de Numancia, el triunfo de los españoles contra los cartagineses en Sagunto o las conquistas de México y Cuzco.
Para Poniente, el tema elegido fue el de la representación de las Ciencias, ejemplificadas en las nueve Musas: la Gramática, la Retórica, la Filosofía, la Poesía, la Música, la Matemática, la Medicina, la Teología y la Metafísica y la Dialéctica (está dos en una sola).
En la zona Norte, donde se encontraba la capilla del Palacio, se situaron once magníficos relieves de temáticas religiosa, entre los que destacaron los martirios de San Lorenzo, San Vicente y Santa Eulalia, Cristo enviando a Santiago a predicar a España o la Virgen descendiendo a Toledo para vestir la casulla a San Ildefonso.
Al Sur se mostraban representados los principales órganos de gobierno de España como los Consejos de Guerra, de Hacienda, de la Inquisición, el Estado y las Cortes.
Los relieves comenzaron a labrarse en 1753 y los trabajos se extendieron más de siete años, finalizándose en 1761. Sin embargo, y con la subida al trono de Carlos III, el monarca, considerándolos demasiado ampulosos, los retiró (a pesar de que los que no se habían finalizado continuaron realizándose con la esperanza de poder ser empleados en algún momento) y fueron a parar, la mayor parte, a los almacenes de palacio.
La realización del mármol sobre la batalla de Covadonga recayó en manos de dos artistas dispares. El catalán Carlos Salas y el murciano (algunos historiadores vinculan su nacimiento a la ciudad de Cuenca) Manuel Bergaz.
Manuel Bergaz era el padre de Alfonso Giraldo Bergaz, insigne escultor de cámara del rey Carlos IV y quien fuera, primero, director de la Sección de Escultura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y, más, tarde director general de la institución.
Salas, que era uno de los principales seguidores de los postulados de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, solicitó encarecidamente a los miembros de la misma que le otorgaran la posibilidad de trabajar en solitario en la realización de uno de ellos, petición que fue desentendida al tener que compartir el trabajo con Bergaz, no solo en el relieve de “La batalla de Covadonga” sino también en el de las Navas de Tolosa, también en el Museo del Prado. Los 37 mármoles iniciales, 31 de ellos arribaron a la institución en 1862 y el resto se depositaron en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Salas consiguió su objetivo para realizar en solitario el relieve titulado “El primer Concilio de España”. Por su parte, el murciano Manuel Bergaz, que también trabajaría en la catedral de su ciudad natal, se trasladó a Madrid de modo definitivo para tratar de finalizar los relieves encargados para la decoración del palacio en 1758, a pesar de que, parece, nunca llegaron a ocupar su lugar en las sobrepuertas de la galería de la pared de la zona de Oriente, pues el mármol de la batalla de Covadonga sería entregado en 1761 al almacén real, sin ser exhibido al igual que la batalla de las Navas de Tolosa.
Tanto Salas como Bergaz se habían formado con Juan Domingo Olivieri y Felipe de Castro, ambos enormemente influyentes en las tareas escultóricas de decoración del Palacio Real de Madrid y decididos impulsores de la Real Academia de San Fernando. Las influencias de estos escultores se hacen notar especialmente en el relieve de la más insigne batalla asturiana de todos los tiempos donde, a pesar de las imperfecciones de la piedra, la composición es equilibrada y aún de marcado acento barroco.
Atendiendo a los estudios realizados por María Luisa Tárraga, Felipe Castro valoró el mármol de la batalla asturiana en unos 9.000 reales de su tiempo, lo que le valió la críticado del propio Olivieri del modo que sigue: “las partes cada una de por sí́ pudieran ser mejor estudiadas, corregidas y concluidas si la calidad de la piedra se le hubiere permitido, pues está llena de esmeriles que hacen burla de los cinceles, y no les deja perfeccionar, ni concluir la obra, como en un mármol regular lo que no deja de costar muchas más fatiga al artífice, sin poder lograr el correspondiente lucimiento y valor de la obra”.
El mármol de la batalla de Covadonga no se encuentra expuesto en las salas del Museo Nacional del Prado, pero es uno de los más significativos ejemplos de programa iconográfico definido por el poder real para ensalzar las glorias del imperio español.
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