Entrevista | José Ángel de Martino Tenás Marino, exgerente de Ebhisa y expresidente del Club de Tenis de Gijón
"El ‘Castillo de Salas’ nos sirvió de coartada para todo el carbón de El Musel que iba a parar a la playa"
"Las empresas al principio pensaban que la Ebhi iba a ser un fracaso por ser pública, pero la cosa funcionó y fue a más"

José Ángel de Martino, junto al ancla extraída en un dragado para ampliar Ebhisa, en su casa en Somió. / ÁNGEL GONZÁLEZ
José Ángel de Martino Tenás (Gijón, 20-2-1945), segundo de los tres hijos de Modesto de Martino Meré y Elvira Tenás Rivero, desarrolló gran parte de su trayectoria profesional en El Musel, donde fue el primer gerente de la terminal de minerales Ebhisa. Capitán de la Marina Mercante vocacional, en el suelo de su casa no hay parqué, sino maderas pulidas procedentes de un barco de la Black Start Line, la compañía del "Titanic".
Nadar. "Nací en el puerto de El Musel, en la antigua casa de los prácticos, que estaba al borde del mar y al lado del Petit Bar. Vivíamos en el segundo piso, porque mi padre era el responsable del servicio sanitario del Puerto, del botiquín. Tuvo la sensata idea de enseñarnos a nadar a los tres hermanos en cuanto aprendíamos a andar. Nos llevaba al testero del primer espigón de El Musel, nos lanzaba al agua amarrados con un cable de la luz a la cintura, de la que tiraba cuando nos veía apurados. Aquello me salvó la vida, porque con 7 años me dormí mientras estaba pescando en El Musel y caí al agua. Tardaron en darse cuenta y cuando se tiraron al agua a por mí, yo ya había salido nadando hasta la escalera".

José Ángel de Martino Tenás de niño / M. Castro
Los juegos en El Musel. "El Musel era entonces un barrio muy poblado. Hoy en día 120.000 toneladas de carbón las mueve en dos días un barco con 20 tripulantes. Entonces hacían falta del orden de 40 barcos muchos días, cada uno con 40 tripulantes. Eso explica la vida que había entonces en El Musel, un barrio como Cimadevilla, pero mucho más activo. Mi infancia en aquel Musel fue como la de un gorrión salvaje suelto en el monte. Los niños pasábamos todo el día haciendo chabolas, enredando entre la madera, tirándonos piedras de carbón que es como hacíamos la guerra contra los de El Muselín cuando nos venían a quemar la hoguera de San Juan, o contra los de Aboño que venían a provocarnos. Otras veces marchábamos los de El Musel a Aboño, cruzando el túnel y todos teníamos un ángel de la guarda, porque el juego era cruzar corriendo delante del tren, cuando pitaban para dar salida a los convoyes que volvían de vacío a Langreo a por carbón. Era un mundo salvaje, con otros juegos saltando de barco en barco, subiendo a pescar panchinos o calamares desde mercantes, o yendo a prender fuego al brezo que había en la falda de la Campa Torres cuando había viento del Nordeste para que el fuego subiera por la ladera, con lo que acaban persiguiéndonos los guardias de la Junta de Obras del Puerto, o a romper cristales o a cazar gatos en los almacenes del Puerto con el mastín que tenía ‘El Pinga’. Cuando hacíamos alguna travesura, como cuando mi hermano y yo, que tenía 6 años, desamarramos la lancha de los prácticos para jugar a los piratas y acabamos en medio de la dársena, nuestros padres nos decían que nos iban a mandar con ‘La banda del tanque’, que eran unos gitanillos que se acercaban a los barcos cuando acaban de comer las tripulaciones para que les echasen en un tanque las sobras".

Sosteniendo una lubina de 7 kilos que había pescado en Oles. / M. Castro
Los jesuitas. "A los 5 años empecé a ir a la escuela de Anita, en El Muselín, con el banquín y la pizarra, y después con Frutos. Al cumplir los 8 años empecé al colegio, con los jesuitas en la Inmaculada. Cogía el tranvía en El Musel, que tardaba media hora y luego una caminata de 20 minutos para llegar al colegio. Aquello para mí fue como si de repente me hubiesen sacado del bosque y me hubiesen metido en la cárcel de por vida, con chavales que no conocías de nada y que no sabían andar a pedradas por la calle; era tremendo. Luego hice nuevos amigos. En la Inmaculada fui capitán del equipo de mi curso de baloncesto y luego hicimos un equipo de antiguos alumnos, llegando a jugar en Segunda División, en la que también participé con un equipo de la OJE. Yo, que soy zurdo, jugaba de alero izquierdo".
Traslado a El Llano. "Con 14 años dejamos la vivienda de El Musel y nos fuimos a una casa con una finca de 12.000 m2 en lo que hoy es la calle Ana María, en El Llano. En la finca teníamos la mayor plantación de lúpulo de Asturias y otra plantación de tabaco. Allí conocí a mi mujer, Angelines González, hija del fotógrafo de Foto Ángel, que vivía cerca y que era amiga de mi hermana. Con 18 años ya éramos novios".
Escuela de Náutica. "Tras acabar con 17 años Preu en los jesuitas me fui a La Coruña, a estudiar en la Escuela de Náutica. Durante las vacaciones trabajaba de buzo, en las campañas de recogida de ocle o inspeccionando casos de barcos. Acabé la carrera con 23 años y con 24 mandé mi primer barco como capitán, el ‘Juan B. Buesa’. Luego mandé otro mayor, el ‘Liana’".

Una estampa como capitán de la Marina Mercante / M. Castro
Minas a la deriva. "Una de las campañas más preciosas que hice fue el recorrido de todos los fiordos de Noruega, durante todo el periodo de sol, entre mayo y septiembre; eran una maravilla. También me gustaba mucho navegar por el mar del Norte, que en aquellos tiempos era muy estresante, aunque era la forma de curtirte bien en la navegación. Era una época en la que todavía existían los avisos de ‘mina a la deriva’ de las que habían quedado de la Segunda Guerra Mundial, no había GPS y te las tenías que arreglar con el radar y el goniómetro, yendo de buque en faro a buque en faro –de chata en chata que se llamaba– librando los bajos, en un mar con poco calado que a veces teníamos que surcar con nieve, ventisca o con temporales".
Accidente cerca de Bermudas. "En 1969, regresando de Estados Unidos, donde habíamos ido a llevar una estatua de Pedro Menéndez que el Ayuntamiento de Avilés regaló al de Miami, y a cargar en Nueva York y en Baltimore el tren de hojalata que se iba a instalar en Ensidesa, tuve un accidente importante. Yo estaba de primer oficial del ‘Liana’. A la altura de las Bermudas, nos íbamos a cruzar con los restos de un ciclón tropical. Por precaución, porque ya empezaba a haber mar gruesa, bajé a reconocer las bodegas con el contramaestre y uno de los tablones que sujetaban la carga se desprendió y me alcanzó y me fracturó la base del cráneo. El capitán lanzó un SOS. Respondió un barco de posición meteorológico de Estados Unidos, que preguntó de qué raza era yo, tras lo que se ofrecieron a auxiliar, pero tardarían 18 horas. A la vez contestó un barco factoría ruso que regresaba de haber estado pescando en Perú. Sus médicos fueron los que me asistieron. Ese barco luego nos acompañó durante 10 días navegando hasta Finisterre. Cuando me recuperé intenté ponerme en contacto con los rusos para agradecerles y no hubo manera. Al final tuvimos que mandar una nota de agradecimiento al Consulado".
Boda. "Aquel accidente sirvió de detonante para acelerar la boda con mi mujer, al año siguiente, en lo que entonces era la capilla de la Trinidad, que es donde hoy está el Museo Barjola. El viaje de novios fue a La Coruña, porque inmediatamente tenía que embarcar".

En la casa que construyó en Soto de Sajambre / M. Castro
La mili. "En 1970 hice la mili, que iba a ser de seis meses, al ser marino mercante. De los tres meses en el cuartel de Ferrol, no estuve ni 15 días, porque el truco era matricularte para capitán de pesca con lo que tenías permisos por los exámenes. Aquellos tres meses fueron las mejores vacaciones de mi vida, porque había estado navegando ya y mandando un barco y tenía dinero, con lo que aunque eras marinero te sentías capitán general. Hice la mili con Ceferino García Undina, que luego fue comisario del Puerto de El Musel. Íbamos de fiesta en fiesta. Luego tocaban tres meses de navegación. Me busqué una recomendación buena y los hice en el ‘Cíes’ un guardacostas con base en El Musel. Aparte de salir a la mar a pescar calamares, inspeccionábamos pesqueros. Una vez nos avisaron de que uno de Francia estaba pescando ilegalmente a la altura de Tinamayor. Cuando llegamos, nos abarloamos y el sargento me dio el cetme y me dijo: ‘Si ves que algo se complica disparas al radar o a otro sitio, pero no a la gente’. Nos acercamos con la zódiac al costado del pesquero, que tenía la cubierta llena de las tripas de la merluza que la estaban eviscerando y abrieron la trampilla echándonoslas encima. Al final los empapelamos. Solo estuve un mes en el ‘Cíes’: tuve una negociación muy dura con el comandante, que estaba desesperado porque iba a pasar revisión un oficial de alta graduación y el barco estaba indecente, con algas pegadas al casco. Yo, como era buzo, le dije que se lo podía arreglar, limpiando todo el casco, pero a cambio de no volver al barco hasta que me licenciara. En un par de mañanas le dejé el barco niquelado".
Unión Asturiana Estibadora. "Dejar de navegar me costó, porque me gustaba, pero mi mujer insistía, porque ya teníamos proyecto de tener familia. En 1973 me incorporé como director de operaciones a Unión Asturiana Estibadora, que se ocupaba fundamentalmente de la descarga de carbón y mineral para Ensidesa y la carga de productos siderúrgicos, primero en El Musel y después también en Avilés. Al año siguiente nació mi hija Diana. La etapa en Unión Asturiana Estibadora fue muy dura. Las operaciones de carga y descarga ya se hacían las 24 horas y yo vivía prácticamente colgado del teléfono fijo de casa, recibiendo llamadas tres o cuatro veces por la noche, porque los capataces no hablaban inglés y siempre había algún lío con tripulaciones o con capitanes de los barcos".
Vela y tenis. "Por aquella época empecé a navegar en velero. Mi padrino, César García Rionda, que era jefe de transportes de Ensidesa, se compró un velero de 9 metros al jubilarse y yo salía a navegar con él. Al quedarme en tierra también me hice socio del Club de Tenis de Gijón. Cogí un profesor para que me enseñara a jugar, en 1974 o 1975"
El comisario político. "De aquella tenía pluriempleo. Además de en Unión Asturiana Estibadora, trabajaba como inspector de barcos para P&I. En torno a 1975, en vísperas de Navidad, tuve que inspeccionar un barco ruso que sufrió un accidente. Invité al capitán a cenar a mi casa y vino con el comisario político a cuestas, que traía un montón de insignias con la hoz y el martillo y se las puso a mi hija. Aún vivíamos en El Llano con mis padres. Mi padre era muy de derechas, y tenía una foto de Franco con la bandera y las armas cruzadas en el salón, encima de la chimenea. Cuando llegó, la niña, con todos aquellos símbolos comunistas, echó a correr para abrazar al abuelo. ‘La que se va a liar’, pensé. Pero a la segunda copa de orujo se hicieron los dos íntimos amigos y la cena funcionó muy bien".
El Club de Tenis. "Cuando Ramón Muñoz tuvo que dejar la presidencia del Club de Tenis, a finales de los 80, para centrarse en la del Sporting, fui elegido y ahí estuve de presidente 12 años. El Club se había constituido en una época de escasez, en los 60 y necesitaba una remodelación. Conmigo en la presidencia se hicieron mejoras en las instalaciones y también fue una época con muy buen ambiente, con la vida social del Club, que lo tengo muy cerca de casa desde que la familia vinimos a vivir a Somió, poco antes de que empezara a trabajar en la Ebhi".
«Castillo de Salas». "Cuando se hundió el ‘Castillo de Salas’, en 1986, estaba volviendo de esquiar de Francia. Pedro de Silva, entonces presidente del Principado, me puso con el asunto. Había mucha disparidad de intereses en las que cada cual quería imponer sus criterios; unos que el barco desapareciese y cobrar la indemnización, otros sacar el barco, los de la empresa Smith Tak –que hizo la operación– querían llevárselo para cobrar por su desguace. Yo propuse una solución que al final fue la que se tomó, pero no se hizo bien. Querían arrastrarlo y tirar el carbón al agua y yo dije que no, que había que sacarlo con bombas echando agua al carbón y aspirándolo, como se hace en una terminal granelera de Rotterdam. En Smith Tak, que eran de Rotterdam, lo vieron posible y empezaron a sacar el carbón de las bodegas, pero yo creo que por cada parte que echaban a los gánguiles, echaban tres al agua. No hacían de muy buena gana la operación, porque lo que querían era terminar con todo y liquidar el barco. Al final el casco se llevó a hundirlo mar adentro y ahí se nos quedó el carbón. Yo bajé con otros buzos y el carbón estaba tapado por un palmo de arena. Eso nos valió de coartada después, porque echábamos la culpa al ‘Castillo de Salas’ de todo el carbón de El Musel que iba a parar a la playa, cuando el origen del carbón es fácil de identificar en laboratorio, porque el carbón tiene su ADN".
Ebhisa. "En 1989 empezó el proyecto para crear lo que fue Ebhisa. Con Borrell de ministro, se decidió que la iba a hacer el Puerto. El_Puerto, con Carlos Zapico de presidente, me contrató para hacerlo y ya a principios de 1991 se constituyó la empresa y Carlos me ofreció quedarme de gerente. Empezamos a funcionar en febrero de 1991, con la participación de Ensidesa, Hidrocantábrico y Tudela Veguín. Recuerdo que eran reacios, porque pensaban que aquello iba a ser un fracaso al tener control estatal, pero la cosa funcionó y fue a más. La idea de ponerle el nombre en inglés, European Bulk and Handling Installation, fue de quien era director del Puerto, Joaquín Juan Dalac, que era anglófilo y además pensaba que podíamos ser una referencia internacional. De hecho, desarrollamos tecnologías punteras en el mundo, que vino a ver gente de Australia, Alemania y Estados Unidos para copiarlo".
Asociación internacional. "En 1999 fui uno de los fundadores de la Dry Bulk Terminals Association, que agrupa a todas las grandes terminales de graneles sólidos del mundo. Daba muchas conferencias y tras una, vinieron a pedirme consejo de los astilleros coreanos Hyundai, sobre la construcción de barcos bulkarriers. Por aquel entonces había una guerra entre los armadores y los operadores de las terminales. Los armadores nos acusaban de destrozar sus barcos y nuestra postura es que había que hacer barcos con la resistencia adecuada para las terminales modernas con grandes rendimientos, en las que solo las cucharas de las grúas pesaban 20 o 30 toneladas y, cargadas, 50. Aquello no era para tener barcos con cuadernas de 6 milímetros, sino que había que proteger las brazolas y bodegas adecuadamente. Les preparé unos cuantos trabajos a los coreanos, que me quisieron pagar y yo no quise cobrar, porque las mejoras en los barcos eran en beneficio nuestro, porque facilitaba la operación en la terminal".
Accidentes. "Los peores momentos en la Ebhi fueron los de la muerte de dos trabajadores. Fueron momentos muy duros. En la Ebhi también tuve que aparcar la navegación a vela, porque los sábados y domingos los dedicaba a hacer los trabajos de calidad en el despacho. En 2006 me jubilé. Pasé más de 30 años en la descarga de bulkarriers, con más de 400 millones de toneladas".
El cáncer y la cocina. "Mi mujer falleció en 2008 por un cáncer de colon que le habían diagnosticado tres años antes. Fueron años muy duros, con quimioterapia, radioterapia y sufrimiento. Al final ella estaba en silla de ruedas y yo cocinaba en casa. Al principio me decía lo que tenía que hacer, pero al final se me dio bien y ahora soy un cocinitas. Me gusta cocinar para los amigos, no para mí solo. Y además soy muy creativo".
Grupo de expertos. "Asesoré en el diseño y mejora de instalaciones graneleras en la India, Kazajistán, Inglaterra y Alemania, en el marco de un grupo de expertos creado en la asociación de terminales. Pero el covid le dio la puntilla a ese grupo, aunque todavía me siguen llamando colegas para pedirme consejo".
El velero, en Galicia. "Poco antes de dejar de trabajar y pensando en la jubilación, compré un velero de 14 metros, con el que ahora navego. Lo tengo en el puerto deportivo de la Pobra do Caramiñal. Lo tuve tres años en el Puerto Deportivo de Gijón, pero es carísimo. Salgo a navegar mucho por Galicia, sobre todo por la ría de Arosa y de vez en cuanto vengo con él hasta Gijón. Tengo una cuadrilla muy buena para navegar, en la que uno toca la guitarra, otro la gaita gallega, yo cocino para todos y montamos unos saraos en el barco que la gente alucina. También sigo yendo dos o tres veces por semana al Club de Tenis a echar un partidín. También dedico tiempo a mi familia, con mis dos nietos. Cuando estoy en casa siego y cuido los frutales de la finca y un pequeño huerto que me lo destrozan los jabalíes cada vez que entran".
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