Luces y sombras de un sector clave en el mundo editorial
Los traductores asturianos se ganan la portada: "Somos autores y lo que lee el lector es nuestra versión del texto literario"
Los profesionales asturianos alaban la tendencia de reconocer su importancia al incluirlos en la cubierta de las obras literarias pero la visibilidad mayor no rescata al sector de la precariedad por las bajas tarifas

Portadas de varios libros traducidos por asturianos.
Si ustedes leen: "Përkthyesit letrarë jemi autorë dhe ajo që lexon lexuesi është motërzimi ynë i tekstit letrar origjinal" lo normal es que no entiendan nada. Es albanés. Si escribo: "Los traductores literarios somos autores y lo que lee el lector es nuestra versión del texto literario en la lengua de partida" la prosa cambia. Y es gracias a María Roces González, profesional asturiana de la traducción que ha recibido con satisfacción, al igual que sus colegas, la decisión de una editorial tan influyente como Anagrama de incluir por norma el nombre de los traductores en portada. Un reconocimiento que el decano de este imprescindible y no siempre reconocido oficio, el gijonés Mariano Antolín Rato, considera imprescindible.
También Xandru Fernández la ve "una decisión acertada. Leemos solo parcialmente la obra original, el traductor inevitablemente hace una recreación. Y al igual que compramos libros por el prestigio del autor, el del traductor también debería influir. Hay traductores que tienen un prestigio por la razón que sea, fidelidad, claridad, fluidez... En otros casos puede ser una advertencia de que, si bien el texto merece la pena, el traductor puede haberlo convertido en algo ‘excesivamente’ suyo".
Olvido García Valdés siempre lo tuvo claro cuando estuvo al frente de la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura. Ocasional traductora ("La religión de mi tiempo", de Pier Paolo Pasolini), es tajante: "Las traductoras y traductores son escritores, autores. Algunos, grandes creadores. Deberían figurar siempre en portada. Sin ellas, sin ellos, los sellos editoriales no serían económicamente lo que son, y los lectores no habríamos podido disfrutar gran parte de lo que no fue escrito en nuestra lengua. Su invisibilidad o escasa visibilidad es algo que debe repararse. Todos tenemos la experiencia de buscar un título en determinada traducción, que valoramos especialmente".
Cristina Macía, traductora de la saga "Canción de Hielo y Fueg" de George R.R. Martin en la que se basó la serie "Juego de tronos" es "más partidaria de la transparencia del traductor, de que su presencia se interponga lo menos posible entre el autor y el lector".
Jaime Priede lo ve "de justicia" y "en todo trabajo de traducción de textos artísticos". La traducción es una lectura muy atenta en la que no trasladas solamente un texto a otro idioma, sino a otra cultura. No es un mero trabajo lingüístico, eres portavoz e intermediario de una obra que se moviliza a un ámbito extraño para ella, y se hace desde una subjetividad responsable".
Roces ha trabajado con textos en albanés de Kadaré, Kongoli, Bashkim Shehu y Namik Dokle, autor que estuvo recientemente en Asturias. "Los traductores literarios somos autores", insiste, "como tales nos reconoce la Ley de Propiedad Intelectual, y generamos, por tanto, derechos de autor. La aparición del nombre del traductor en las portadas es una antigua reivindicación de la Asociación Colegial de Escritores-Traductores (ACEtt), a la que pertenezco, y un derecho del colectivo que algunas editoriales españolas –muy pocas aún– en justicia admiten. El hecho de que figure el nombre del traductor en la cubierta reconoce su autoría del texto traducido, respeta sus inalienables e irrenunciables derechos morales , e informa, en consecuencia, al lector de una excelente, buena o mediocre versión".

Por la izquierda, Xandru Fernández, Rubén Rodríguez, Víctor Suárez, Cristina Macía, Jaime Priede y Mariano Antolín Rato.
Anne-Hélène Suárez Girard, premio Nacional a la Obra de un Traductor, habla de una "excelente iniciativa", porque, "pese a que la traducción literaria no está suficientemente valorada, hay lectores que se fijan en esos detalles y tienen sus preferencias. Por ejemplo, en autores que son muy traducidos, o al menos de cuyas obras se encuentran diferentes versiones en ciertos periodos, como puede ser Emily Dickinson, hay lectores que saben cuál elegir, y agradecerán no tener que arrancar el precinto para consultar la página de créditos y ver de qué traductor se trata. Incluso cuando los lectores no conocen al traductor, el simple hecho de que éste sea visible otorga a la difícil labor de traducción la importancia que merece".
Jordi Doce valora "muy positivamente" la iniciativa aunque, matiza, "en realidad, la mayoría de las buenas editoriales literarias llevan años incluyendo el nombre del autor en cubierta. La noticia en este caso no es que Anagrama se haya sumado a esta práctica, sino que lo ha hecho tarde. Pero bien está lo que bien acaba".
A Rubén Rodríguez, centrado en literatura infantil ("Mi niña valiente", de la actriz y cantante Hilary Duff) y no ficción ("No todos los chicos son azules", de George M. Johnson), le parece "lo más lógico. Los traductores son autores, sobre todo en traducciones literarias en las que, dada la naturaleza del texto, la traducción requiere una aportación creativa mucho mayor. No se trata de hacer meras equivalencias de un idioma a otro, sino de convertirte en la voz literaria del autor, acercándote lo máximo posible a lo que pretende comunicar y hacerlo en un tiempo limitado con una serie de plazos de entrega. Y para ese trabajo no solo hacen falta diccionarios. Cada tipo de traducción conlleva sus retos, pero hablo desde lo que conozco. La mención en la portada es la guinda del pastel". Pero: "Lo fundamental es poder trabajar en condiciones dignas, con tarifas razonables y recibir el porcentaje de regalías correspondiente por las ventas de ese texto. Esa mención visibiliza y es merecida, pero de visibilidad por sí sola no se vive".
Macía apunta: "Algunos, los afortunados, podemos vivir de la traducción literaria o el ensayo. Otros tienen que hacer más traducción técnica o jurada, que están mucho mejor pagadas. Para bastantes traductores, la traducción es un ‘complemento’ para su profesión principal, a menudo la enseñanza". Y destaca: "Las tarifas actuales son bajas en traducción literaria y ensayo. Otra cuestión muy diferente es si el ecosistema editorial, aparte de las grandes trasnacionales, puede permitirse pagar mucho más. Es paradójico: los traductores cobramos objetivamente poco, pero somos muy caros en el proceso de producción del libro".

Por la izquierda, Jordi Doce, Anne-Hélène Suárez, José Luis Piquero y María Roces con Namik Dokle.
José Luis Piquero hace un símil cinematográfico: "Debería ser tan indispensable como poner quién es el director de una película. Sin los traductores la mayoría de nosotros no podríamos haber leído ni una quinta parte de lo que hemos leído, ni una décima parte. ¿Habríamos leído a Mishima? ¿Quién hubiera leído el Quijote fuera de España? Es una figura fundamental que pasa totalmente desapercibida. Y eso que un mal traductor puede joderte la mejor novela del mundo. Es un trabajo altamente especializado, subpagado e ignorado no sólo por los editores sino también por los lectores más cultos".
¿Y cómo está el panorama? Mariano Antolín Rato, responsable de traducciones memorables como "Última salida para Brooklyn", de Hubert Selby o "American Psycho", de Bret Easton Ellis, lamenta que la situación "sigue siendo igual de mala que desde que empecé, hace muchos años, a traducir. Resulta difícil vivir exclusivamente de la traducción, y no conozco a nadie que se dedique exclusivamente a ello. El principal obstáculo reside en las bajas tarifas".
Tarifas, explica, que "fija la editorial. Y me consta que no son las mismas para todos los traductores. Hay quienes aceptan las más bajas y, a riesgo de la calidad del resultado, las editoriales recurren a quienes las aceptan. Hay editoriales que intentan pagar ateniéndose al número de caracteres. Y otros al de páginas. Estos son los que más valoran el trabajo del traductor".
María Roces recuerda que "mi asociación, ACEtt, y el conjunto de mis colegas no nos cansamos de reiterar que la realidad del sector de la traducción editorial es la de la más absoluta precariedad; una precariedad que se ha venido acentuando en la última década al no producirse en el periodo un aumento de tarifas. Los traductores, además, carecen de control sobre las nuevas formas de explotación y, si bien la Ley de Propiedad Intelectual ampara de iure a los traductores como autores, no existen de facto mecanismos de control sobre las empresas editoras".
Datos elocuentes: "Aunque el sector editorial se encuentre atomizado en cuanto a número de empresas, en términos de facturación, las 10 principales empresas atesoran más del 73,5% de la facturación, y el líder del mercado concentra el 27,3% del total. Cinco años atrás, 7 de cada 10 traductores tenían que desempeñar otro trabajo para poder vivir, pero es muy posible que en la actualidad aún sean menos los que puedan vivir exclusivamente de la traducción, ya que en su mayoría ejercen otras profesiones. El gran y verdadero obstáculo es la falta de reconocimiento de uno de los actores más importantes del proceso editorial y las bajísimas tarifas, muy por debajo de las de Francia, Alemania o Italia, que para traductores editoriales estarían aproximadamente entre 2 y 9 céntimos por palabra sobre el texto final".
Suárez Girard amplía información: "Hay editoriales que pagan ahora lo que se pagaba hace treinta años. Las hay que no contemplan los derechos de autor, algo que raya en lo ilegal. Para ser justos, hay también editores muy respetuosos con los traductores a quienes contratan, pero son minoría. En cualquier caso, es frecuente que cada nuevo encargo implique una nueva negociación, a veces penosa y descorazonadora".
Xandru Fernández, traductor de "La transformación", de Kafka, "La promesa", de Dürrenmatt, "La Marcha Radetzky", de Joseph Roth o la antología poética de Goethe para Alba Editorial, alude como mayor obstáculo a su trabajo "la brevedad de los plazos".
Priede, traductor de un volumen de la poesía de la canadiense Anne Michaeks o de la poesía completa de Raymond Carver, resalta que, en su caso, "la traducción es una actividad complementaria que compagino con otras. Dista mucho de estar dignificada en el aspecto económico y en el de visibilidad. No creo que nadie viva en España de la traducción literaria. El gran obstáculo para ello es la falta de reconocimiento. Decía George Steiner que sin la traducción viviríamos en provincias colindantes con el silencio".
Haría falta para modificar ese lastre "un cambio cultural y, por tanto, de formación, de educación. Debemos superar los prejuicios que siempre han existido en torno a la traducción y concienciarnos de que es un servicio público imprescindible en el mundo actual".
La sinóloga, profesora y escritora Suárez Girard (hija del cineasta ovetense Gonzalo Suárez), ganó el VI Premio de traducción "Ángel Crespo" (2003) por la traducción del francés de "Historia del pensamiento chino", de Anne Cheng, y el premio "Stendhal" de traducción por "La tercera virgen", de Fred Vargas. "Hay quien vive de ello", afirma, pero "personalmente, no lo he conseguido nunca. Quizá porque para eso hay que traducir muy rápidamente, y yo trabajo con mucho detenimiento. La traducción literaria sigue estando muy mal pagada para el esfuerzo que supone. La mayoría de los traductores literarios que conozco trabajan paralelamente en otras cosas, como la docencia, o la traducción comercial, jurídica o científico-técnica, o la interpretación; otros son diletantes que traducen por placer".
Haría falta "consideración por parte de los editores, promoción o, en cualquier caso, más presencia en los medios de comunicación y, sin querer resultar machacona, una remuneración acorde con lo que se exige a un traductor o con la calidad de su trabajo".
Jordi Doce ("Los cuatro cuartetos", de T.S. Eliot, "La caza del carualo", de Lewis Carrol...), entra al detalle: "La situación no es buena. En España se publican muchísimos títulos anuales, pero las tiradas medias suelen ser bajas, a veces incluso ridículas. Esto repercute negativamente en todos los eslabones de la cadena de producción, que tienden a cobrar muy poco por su trabajo. Título a título, la inversión es pequeña, los márgenes también, y en consecuencia hay mucha precariedad y voluntarismo. Se puede vivir de la traducción, pero trabajando largas horas, aceptando todo tipo de encargos y llevando una vida modesta. Un segundo sueldo en la unidad familiar tampoco está de más".
Piquero he traducido alrededor de 90 libros, clásicos como Byron, Dickens o Edith Wharton y best-sellers. Es "un traductor de encargos, así que he aprendido a respetar el trabajo, sea cual sea. Aunque Melville te puede marcar la vida y las novelas del oeste no. Si te gusta mucho este oficio, si no te importa trabajar muchas horas, si puedes vivir con muy poco, entonces puedes vivir de la traducción. Pero no nos engañemos: en la inmensa mayoría de los casos cobramos menos que por limpiar casas, cuando esto es mucho más que saber un idioma. Hay que formarse durante años para hacer una buena traducción. Las editoriales exigen y exigen pero no quieren soltar dinero. Es curioso: necesitan al traductor pero les da rabia gastar en una buena traducción. Creen que cualquiera que sepa el idioma puede hacerlo, lo cual es como decir que cualquiera que sepa redactar una frase puede ser Lorca".
Habría que "como mínimo doblar las tarifas. Si no pagas bien al traductor, éste procurará buscarse muchas traducciones; no le dedicará a la tuya el tiempo que merece. Tú verás. Al final el lector no es tonto. Cada tarifa depende de cada editorial. Las hay que pagan dignamente y las hay que son verdaderos estafadores".
Rubén Rodríguez introduce el asunto tan actual de la Inteligencia Artificial como posible enemigo: "La traducción literaria también es un sector creativo y plantear la posibilidad de que una IA sustituya a un traductor también ilustra lo poco que se suele valorar el trabajo creativo. Y ese menosprecio, una vez más, viene de las personas y no de una máquina o de un generador de imágenes". Roces añade: "Si ni siquiera la inteligencia natural es suficiente para ser traductor literario, es decir, para hacer literatura en castellano desde una obra literaria en otro idioma, dudo mucho que la inteligencia artificial sea capaz de crear obras literarias, si bien podrá traducir automáticamente prospectos y es posible que los grandes grupos editoriales la utilicen para traducciones de bestsellers como churros".
Víctor Suárez, traductor al asturiano de "La Rexenta" y "Roméu y Xulieta", se ciñe a "la situación de la traducción al asturianu que ye la que conozo. Nesti momentu, anque tovía falta camín por andar, tán dándose reblagos importantes col inxerimientu del idioma en delles ayudes estatales y, per otru llau, tán dándose iniciatives privaes que busquen otres víes de financiamientu. Sicasí, quien busque vivir d’ello agora mesmo ta bien equivocáu, anque cada vez se ta mirando más pol traductor agora mesmo ye invidable. La situación óptima sedría poder dedicase n’esclusiva a esi llabor, nel mio casu, al tratase la traducción d’un llabor secundariu y que compatibilizo con otres actividaes y inquietúes, munches vegaes ye difícil atopar el tiempu que requier. Los plazos d’entrega a vegaes son apuraos y esa falta de tiempu ye una estorbisa clara".
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