Entrevista | Consuelo Vallina Artista plástica
"Mi marido murió hace tres meses y me falta la chispa, pero espero que me vuelva"
"El arte da una manera de vivir diferente porque disfrutas con lo que haces y con lo de los demás y te enriquece, triunfes o no"

Consuelo Vallina, en el parque del Campillín, en Oviedo, la pasada semana. | | DAVID CABO / Javier Cuervo
Consuelo Vallina (Ribadesella, 26 de diciembre de 1941) es pintora, grabadora, autora de libros de artista y de cerámicas y ha expuesto individualmente en Asturias, España, Polonia, Italia y Estados Unidos. El pasado febrero hizo una exposición antológica de su trabajo entre 1981 y 2006 sobre material textil con cuadros, esculturas y tapices. La última vez que su marido, José Luis Falcón salió de casa antes de morir fue para ir a Trascorrales a ver la antológica. Enviudó hace tres meses después de 60 años de relación de la que nacieron dos hijos, Ángel Luis, economista, y David, arquitecto. Tiene 5 nietos en Alemania, todos de David.
Desde que pudo sostener un lápiz no paró de dibujar. Entró en Artes y Oficios en 1953, con 12 años, se formó cuanto pudo, pero no expuso hasta 1977, con 36. Desde entonces ha sido muy activa como mujer, como artista y como mujer artista. Fue la primera presidenta de la sección regional de la Federación de Mujeres Progresistas, preside la Asociación de Artista Visuales de Asturias y presidió la Unión de Artistas Contemporáneos de España de 2018 a 2022, de la que ahora es socia de honor. Forma parte de la Asociación Asturiana de Pintores y Escultores y del colectivo Glayius.
Es natural, tenaz, crea para sí y habla de su arte con conciencia y sin retórica.
–Nací en Ribadesella el 26 de diciembre de 1941 en casa de mi abuela materna, pero estoy inscrita en Noreña, de donde era mi padre, el 1 de enero de 1942. Soy la mayor, mi hermana del medio, Angelita, murió el año pasado. De niñas nos peleábamos, pero que nadie la tocara. A la pequeña, Maite, psicóloga le llevo 15.
–¿A qué se dedicaba su padre?
–Ángel era pintor y tenía taller ya de soltero. Era muy buen profesional y trabajaba para la Telefónica, desde que yo nací. Era muy guapo. Y muy estricto con nosotras para los horarios. A las 10 en casa. Bueno, era una época horrorosa.
–¿Y su madre cómo era?
–Angelita era ama de casa, muy guapa, de “Las montañesas” porque venían de una familia de la zona de Santander. Era muy buena persona, pero tenía más carácter mi padre. Tenía tantos dolores de cabeza que una vez, de niña, le dije: "¡mamá, sana o muere!". Creo que fue por el cambio de vida. Mi tía y ella pertenecían al Partido Socialista, iban a manifestaciones. Fue muy buena abuela con mis hijos.
–¿Mantiene relación con Ribadesella?
–Tenemos la casa de la familia, del siglo XVIII, preciosa. Me queda una prima. Allí vivían mis abuelos y un tío. Otra hermana de mi madre, emigró a Tampa (Florida, Estado Unidos).
–Creció en Noreña.
–Hasta los 8 años. Mis padres se habían conocido allí. Cuando la guerra, perseguían a la familia de mi madre porque un tío era militar republicano. Mi madre y su hermana vinieron a Noreña donde mi abuela tenía unos amigos. Allí conoció a mi padre.
–¿Se contaba eso en casa?
–No hablaban de ideología, salvo mi abuela materna, que vivió sola hasta los últimos 3 años de su vida y murió cerca de cumplir 100. Mi madre fue a llevarle el desayuno y había muerto por la noche. El día antes le llevé pasteles. Veía muy mal, no podía leer los periódicos, pero escuchaba la radio y estaba preocupada porque eran las segundas elecciones de Felipe González y le estaban atacando. Le interesaba el futuro de un país que ella no iba a vivir.
–¿Fue importante esa abuela?
–Mucho. Mi abuelo era un señorito. Tenía una hermana en La Habana que lo llevó para allá y volvió al mes porque hacía mucho calor. Era tratante de ganado e iba a caballo por los pueblos, pero la que mantenía la casa era mi abuela, una persona no muy comunicativa, muy seria, pero con la que lo pasamos tan bien. Poníamos columpios en los manzanos de la huerta y mi tío republicano decía "que se secan los manzanos", pero ella nos dejaba. Teníamos muchos amigos y jugábamos a tres marinos en la mar, al escondite… en el hórreo hicimos una casa de muñecas llamada Villa Consuelito.
–¿Se notaba mucho la ideología en su casa?
–No, estaban francamente tocados. Nos mandaron un colegio religioso y nos dejaban ir a misa. No era una familia que te metiera ideas por la cabeza.
–¿Los dos lados de la familia?
–No, la de mi padre eran de derechas. Sólo era de izquierdas él.
–¿Recuerdos de Noreña?
–Ir al colegio de monjas un poco para arriba de la iglesia. Llevaba un uniforme negro y mi hermana pedía vestir ropa negra. Tengo muy buenos recuerdos de una amiga de mi madre.
–¿Qué rapacina era usted?
–Muy traviesa. Un chico me tiró de las coletas y corrí detrás de él hasta que llegó a casa y la madre lo vio, si no, le hubiera dado. Escribí centenares de veces "no se habla en clase".
–¿Qué tal se arreglaban económicamente?
–Mi padre ganaba bien, pero sin lujos.
–Vino a Oviedo a los 8 años, ¿Qué le pareció?
–Vivíamos en Buenavista que estaba poco edificado y había muchos prados. Bajábamos al colegio en el tranvía que paraba en la plaza de toros y daba tiempo a estudiar lo que faltaba de la lección. Las niñas del colegio eran algo pijitas. Oviedo fue muy convencional. Mi madre siempre nos llevó muy bien vestidas, iguales, porque tenía una modista estupenda. Quizá veníamos de un pueblo y, además, éramos muy guapinas.
–¿Dibujaba continuamente?
–Sí, encima de una mesa de mármol de la cocina, con un lápiz, hasta que mi padre me compró una caja de acuarelas y descubrí el color. Vio que tenía afición y me matriculó en la escuela de Artes y Oficios con 11 años. Fui a dibujo técnico, a pintura, a escultura con todos los profesores de la época. Gracias a él estoy aquí haciendo lo que amo.
–¿Es contradictorio con el padre estricto para los horarios?
–Una amiga mía me dijo que, como había vivido en la República, tenía una apertura de mente mayor. Las compañeras que tuve, la mayoría de la burguesía, iban a Artes y Oficios o a tocar el piano para enriquecerse personalmente, pero no era vocacional.
–¿Sería para que trabajara?
–No, en eso me ayudó a formarme de otra manera haciendo taquigrafía y mecanografía para que trabajara de telefonista porque como él conocía gente en Telefónica. Era un buen empleo para las mujeres, aunque cuando se casaban lo tenían que dejar. Mi padre debía de ser una persona bastante inteligente y me da pena la época en que le tocó vivir
–¿Qué le pareció Artes y Oficios?
–Me gustaba mucho y eso que había profesores un poco petardos, sobre todo con el dibujo carboncillo. En pintura eran más abiertos a la creatividad. Había compañeros de todas las edades y yo era una niña. El ambiente era más cálido que en el colegio. Victoria y Consuelo, mis mejores amigas actuales las conocí en la Escuela de la calle Rosal. Tenía un poco de respeto al director, que era tremendo, don Antonio García Miñor, que imponía porque tenía carácter. Yo era muy limpia en dibujo técnico. Si fallabas te mandaba repetir por la parte de atrás de la hoja. A uno que manchó las dos caras le dijeron que hiciera el dibujo en el canto. Era mi ambiente, más adulto, más serio. Salía de La Milagrosa, iba para allá hasta las 8 y volvía sola en tranvía de Rosal a Buenavista.
–¿Quería hacer Bellas Artes?
–Sí, pero no había mentalidad ni dinero para que una chica de mi generación fuera a Madrid.
–¿Cuándo empezó a trabajar?
–A los 17 años, de secretaria en Migros, una empresa de alimentación, luego en la empresa de construcción Diego Toro y Muela, y acabé en un estudio con tres arquitectos: Leopoldo Escobedo, Llaneza y Álvaro Ron.
–¿Tenía pandilla?
–No, amigos. Soy muy independiente, no necesito mucho de nadie porque tengo muchas aficiones. En seguida tuve novio.
–¿Cómo conoció a José Luis Falcón?
–Con 17 años, íbamos a aprender mecanografía en Virgilio de Nicolás, en la calle Fruela. Yo estaba sentada entre él y Fernando Lorenzo, el del Paraguas. Al salir, hablábamos, pero nunca quedábamos porque José Luis iba a hacer oposiciones para Telégrafos, para lo que había que estar fuera, y yo no tenía ganas de comprometerme con una persona que estaba lejos. Nos hablábamos en el paseo de los Álamos. Al año de preparar oposiciones le comenté que salían unas en la Caja de Ahorros. Se presentó a Telégrafos y a la Caja, sacó las dos y escogió la Caja para quedarse conmigo. Ennoviamos a los 18 años.
–Y regresó a Artes y Oficios.
–Los arquitectos me dejaban entrar a las 5 y media y yo iba a clase de pintura de 3 a 4 y media. Entonces no había titulación en la escuela. Cuando salió el de titulado en Artes Aplicadas, saqué las asignaturas que me faltaban. Es mi único título y me importa un bledo, pero hubo momentos en que si me hubiera gustado una carrera universitaria. Lo fui asumiendo, me fui formando y pude hacer carrera artística porque me casé, tenía seguridad económica y José Luis me apoyó muchísimo. A cambio le enriquecí la vida como persona que se dedica al mundo del arte y trabajé… tuve un taller infantil de arte...
–Parece sentir mucho su falta de formación superior.
–Hice varios cursos cuando puse el taller infantil en Rosa Sensat de Barcelona y en Madrid para aprender a dar clase a niños. En un momento en que me quejé porque mis padres no me habían apoyado para hacer Bellas Artes y un psicólogo me dijo: «no sé qué harían tus padres, pero mucho te debieron de querer para que estés aquí, con tu edad». Hablaban de nosotras, contaban anécdotas y esa seguridad de afecto debió de influir.
–¿Cuánto duró su noviazgo con José Luis Falcón?
–Cinco años. Al casarnos fuimos a vivir a las casas de la Caja de Ahorros de la calle Muñoz Degraín. Nos fue bien porque él también era muy independiente. Nunca me coartó. Dejé de trabajar porque en aquel momento la Caja daba un plus por matrimonio y casi no me compensaba. Estuvimos 5 años sin tener hijos porque quise.
–¿Y esa planificación?
–Quería formarme y dedicarme al arte que era una manera de vivir diferente. En el mundo del arte disfrutas con lo que haces y con lo de los demás y tienes intereses. Si José Luis viajaba a Madrid iba con él si podía. Recuerdo estar en una exposición de Picasso en la fundación Juan March viendo retratos de la misma mujer, Jacqueline, hechos con distintas técnicas y me emocioné. Ese mundo para mí era lo más importante, triunfes o no, te enriquece.
–¿Dónde hallaba referencias?
–No era fácil. En la escuela había profesores que decían que Picasso no sabía dibujar. En vacaciones cogíamos el coche y marchábamos a Francia, a Rumanía, a Inglaterra, en casas de alquiler, en caravanas, a ver museos y galerías.
–Tiene dos hijos
–Ángel Luis y David, dos varones. A mi padre le habría encantado conocer un nieto. Éramos tres chicas y decía: «Cogí un gato para el taller y me salió gata».
-¿Cómo llevó la maternidad?
-Como pude. ¡Educar es tan difícil! Es una responsabilidad que recae en ti y compaginarlo con ser ama de casa, hacer algo en el arte, viajar con tu compañero... A las mujeres nos exigen una cantidad de cosas tremendas.
–¿Fue una madre presente?
–Sí. Los llevaba desde la Manjoya al bus de Meres, a una academia de música porque querían tocar el piano, al deporte... Cuando viajaba a formarme quedaban con mi madre y una asistenta. No sé qué tal madre sería.
–¿A qué se dedican sus hijos?
–El mayor, de 50 años, estudió Económicas y ejerció, pero la crisis lo dejo unos años en el paro y ahora encontró su vocación en el puerto pesquero de Gijón. David hizo Arquitectura en Sevilla y trabajó en Murcia y Levante hasta la crisis de 2008, que dejó sin trabajo a los arquitectos. Hizo rehabilitaciones en el terremoto de Lorca y tenía un compañero en Nueva Zelanda especialista en seísmos, que le ofreció trabajo. Es muy valiente: trajo la familia a mi casa dispuesto a marchar, pero lo llamó un estudio de arquitectos de Berlín y quedó en Alemania.
–Su carrera. Expuso por primera vez en 1977, con 36 años.
–Lo que me falta en conocimiento lo tengo de instinto y sabía que lo que hacía antes no se podía exponer. Desde la escuela tuve contactos con Bernardo Sanjurjo, una persona que venía de Madrid, me orientó y empecé a trabajar de otra manera. Hablé con Toto Castañón, que tenía la galería de Tassili y es muy serio. Vino al taller, dijo que le interesaba, me dio una fecha, la cumplió, expuse y vendí.
–¿Qué hacía entonces?
–Bodegones, paisajes y figuras dentro de un expresionismo. En la siguiente exposición me di cuenta de que no tenía por qué ceñirme a ninguna figuración y que me encontraba más libre trabajando con la materia tal cual. En otra exposición ya hice abstracción matérica.
–¿Cómo fue evolucionando?
–-Trabajo por series y cuando noto que una está agotada salto a otra cosa, pero todas las etapas tienen un hilo conductor, no son saltos en el vacío. Tienen un componente autobiográfico, con los años no soy la misma y eso se refleja.
–¿Y los tapices?
–En Rumanía vi un gran tapiz contemporáneo maravilloso y dije «esto quiero hacerlo yo». Cuando se me mete una cosa en la cabeza es mejor que sea buena.
–¿El tapiz es femenino?
–Soy una mujer de una época. Si tuviera ahora 20 o 30 años haría otra cosa, pero hay una memoria histórica de los trabajos de las mujeres y me sentí cercana a la artesanía, a los bordados ¿por qué no reivindicar eso? Además, me permitió hacer escultura para la que no tenía ni medios, ni conocía la técnica… Soy feminista y participé en movimientos. Fui presidenta de la Mujeres Progresistas, una asociación que fundó el PSOE
–Está en varios colectivos.
–Vengo de una España que no me gustaba y si puedo hacer algo por cambiar las cosas me meto. Soy activa, trabajadora y muy bien organizada. Soy presidenta de la Asociación de Artista Visuales de Asturias y fui secretaria con Ramón Rodríguez y Alejandro Mieres. Presidí la Unión de Artistas Contemporáneos de España. ¡Hay una lucha por el poder! Me cogió en medio del Covid, pasaba el puñetero día al ordenador, con papeles y estuve en un tris de mandarlos a hacer puñetas porque salí con un 80% de apoyo, pero el 20% restante me hicieron la vida imposible. Me dije: «No, Consuelo lo deja cuando cumpla, no la quitan y aguanté los tres años».
–La reciente retrospectiva de Oviedo ¿Qué fue para usted?
–El comisario Luis Feás siempre tuvo interés por lo que hacía, me metió en la enciclopedia, es una persona muy cercana y pensamos en reivindicar un momento que la gente ya no conocía. La idea era hacer una exposición muy escogida, pero con un hilo conductor. Pasamos cuatro años buscando dónde exponer hasta que coincidí en el patronato del museo con el concejal de Cultura José Luis Costillas y hablándolo con él me ofreció Trascorrales.
–Su marido salió de casa por última vez para verla.
–Sí, murió hace 3 meses. Estaba muy enfermo después de muchos años de diálisis. Era muy valiente, viajábamos a ver a los nietos dos veces al año y se dializaba en Alemania. Los últimos años tenía la salud muy delicada, pero en mi casa nunca había dramas. Dejó de conducir, metí un señor que lo llevaba a comprar al mercado en Grado, en Villaviciosa.
–Es resolutiva.
–Soy así. Ahora me falta chispa porque fueron muchos años viviendo juntos, pero estoy en todo y espero que me vuelva la chispa. Me valió mucho el viaje a Alemania. En Berlín vi a los nietos, que son un encanto y como disfruto más con la música que con el arte fui a Leipzig a ver la tumba y museo de Bach. Estoy en una vuelta a lo clásico, quizá porque me queda menos tiempo. Oigo música clásica y voy más al museo del Prado que nunca.
–¿Qué vida hace ahora?
–Tengo abandonada la pintura, estoy con papeleos de herencia, hice una pequeña reforma en la casa, espero a mis nietos en julio y, después de que marchen, seguiré con una serie de collage que tengo empezada. Es un homenaje a la música para lo que releo a Kandinsky y me está saliendo un postminimal
–¿Qué tal cree que le ha tratado la vida hasta ahora?
–Bien. Tengo una capacidad de disfrutar muy alta y eso es muy bueno. Soy muy independiente y me encanta estar con la gente, pero si tengo que estar sola, no hay dolor porque siempre estamos solos, nacemos solos y morimos solos. Espero seguir disfrutando.
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