Crónicas gastronómicas

Dahl y la fábrica de comida

Renombrado autor de cuentos infantiles, su gran amor por la cocina lo inspiró su madre noruega y está presente en su obra literaria

ROALD DAHL PARA LA MIRADA DE LÚCULO

ROALD DAHL PARA LA MIRADA DE LÚCULO

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

Roald Dahl fue un genial escritor de historias para niños y un sagaz intérprete del humor negro en las de adultos. La chispa humorística, en general, está presente en la correspondencia que tuvo con su madre noruega a lo largo de cuatro décadas, y también la comida, como sucede en la práctica totalidad de su obra. Sofie Magdalene, su primera lectora, le inculcó el amor por la cocina desde niño. En esas cartas, que ahora publica Gatopardo bajo el título de "Te quiere, Boy", Boy, es decir Roald Dahl, piloto en la Segunda Guerra Mundial, mantiene al tanto a su madre de sus experiencias aquí y allá, del frío y del calor, del precio de la bebida, del paisaje y del paisanaje, no pierde la oportunidad de comunicarle que ha hecho bien en quejarse a Harrods del último bizcocho de Navidad, o de contarle su admiración por el grosor de unos dátiles.

A Roald Dahl le encantaba comer. La comida era a menudo el lente a través del cual veía el mundo. Sus libros están repletos de ejemplos e imágenes comestibles para ilustrar las fortalezas y debilidades de sus personajes. Este amor de Dahl por la comida le sobrevino a una edad temprana. Cuando era niño en la escuela, Cadbury’s enviaba cajas de sus nuevas líneas de chocolatinas para que los pequeños alumnos las probaran. Durante este tiempo soñó con inventar una tableta tan impresionante que ganaría los elogios del propio señor Cadbury. De ahí seguramente proviene la inspiración para los fabulosos brebajes que se encuentran detrás de las puertas de la sala de inventos de Willy Wonka en "Charlie y la fábrica de chocolate".

Sofie, la madre, fue su gran influencia. Entre los recuerdos de la infancia están sus recetas noruegas. Describe con afecto y reverencia su capacidad de cocinar una comida para una docena de comensales sin que se le moviera un pelo. No es exagerado decir que Dahl tenía a los grandes cocineros en la misma estima que a los grandes artistas. Por eso, tampoco sorprende que se casara con una gran cocinera, Felicity, conocida como Liccy y según el escritor poseedora de un micropaladar tan sensible que podía detectar la presencia de una sola semilla de comino en una olla de estofado de ternera. Dedicado a la búsqueda de la buena comida e impresionado por el talento de Liccy en la cocina, Roald Dahl contrataba a una joven diferente cada año para actuar bajo la instrucción y tutela de su esposa. Con ella, Dahl tramó sus famosas "recetas repugnantes" y comenzó a trabajar en "Memories with Food at Gipsy House" (1991), publicado un año después de su muerte y que en ediciones posteriores se convertiría en el "Libro de cocina de Roald Dahl".

Su amor por la comida, en sus historias infantiles y en otras no tanto, no le impidió jamás denunciar la avaricia y la glotonería. También la pedantería, como sucede en "La cata", quizás entre sus cuentos menos conocidos. En una cena organizada por un rico corredor de bolsa avergonzado de descubrir que ha ganado mucho dinero con poco talento, el invitado estrella es Richard Pratt, "famoso gourmet". Pratt apuesta a que puede adivinar la procedencia exacta de un vino a cambio de la mano de la hija de dieciocho años del corredor de bolsa, algo que por otro lado resulta bastante ridículo e increíble. Pero el gourmet de Dahl es un personaje tan extravagantemente odioso como cualquiera de los que aparecen en sus libros infantiles. Está descrito con todo detalle. Sus labios de goma parecen relucir cuando prueba el "claret". Después de una teatralizada deliberación, Pratt clava la procedencia del vino, Burdeos, del viñedo, St. Julien, y de la añada. Finalmente, es la criada la que lo desenmascara como un tramposo al devolverle las gafas de lectura que dejó en la habitación donde respiraba abierta la botella antes de la cena. En otro extremo, aliñado con la ironía más macabra, se encuentra uno de sus cuentos para adultos, este más conocido, publicado en el volumen "Relatos de lo inesperado", traducido a veces como "Cordero asado", otras más exactamente como "Cordero al matadero". En él es la comida misma la que se convierte en el instrumento de un crimen. Una esposa rechazada y despechada asesina a su marido golpeándolo con una pierna congelada de cordero, antes de asarla y dársela a probar a los detectives durante la búsqueda del arma homicida que destruyen, sin quererlo, la principal prueba.

El amor de Dahl por la comida, comparable con el desafecto que sentía por los pomposos gourmets, se halla sobre todo en sus memorias de la primera infancia, "Boy. Tales of Childhood". En ellas dedica un capítulo a la tienda de dulces local de Llandaff, Gales, donde miraba el escaparate y soñaba. Sus dulces favoritos eran los caramelos de sorbete y los cordones de regaliz, a pesar de la terrible advertencia del padre de un amigo sobre cómo se hacían. Los cuerpos triturados y guisados y de ratas muertas se vertían en un gran caldero en el suelo de la fábrica, decía ese amigo. Luego se enrollaban con una apisonadora hasta convertirlos en panqueques negros gigantes que se enfriaban, endurecían y se cortaban en tiras para hacer los cordones. La señora Pratchett, dueña de la tienda de dulces, podría haber salido perfectamente de las páginas de "Los cretinos". Dahl la describió como una "vieja bruja pequeña y flaca con bigote en el labio superior y una boca tan amarga como una grosella verde".

En los veranos, la vuelta a Noruega para pasar las vacaciones suponía una fiesta culinaria. Los banquetes solían consistir en pescado. Advierte Dahl a los británicos: "Cuando los noruegos dicen pescado, no se refieren al tipo de cosas que usted y yo recibimos del pescadero. Se refieren a pescado fresco que ha sido capturado no más de 24 horas antes nunca congelado o refrigerado en un bloque. de hielo". La celebración tenía como centro una platija, tan grande como una bandeja de té y tan gruesa como un brazo. Cortaban el pescado y lo ponían en platos con salsa holandesa y patatas nuevas hervidas. Nada más y estaba delicioso. El sabor del helado de caramelo con sus crujientes trocitos quemados, de postre, "era algo con lo que soñaste durante días", escribió Roald Dahl, aquel hombre de negocios, piloto de combate, espía, cascarrabias, seductor y genial narrador de cuentos infantiles.

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