Ciudad Rodrigo, historias de guerras y paces, palacios y un poco de Asturias
La localidad salmantina lleva tatuados en su piel retazos antiguos que revelan relaciones cruzadas en el pasado o en el presente entre lugares dispersos y gentes más distantes

Las murallas viejas de la localidad. / LNE
Entre los baluartes fronterizos de la "Raya Portuguesa", esa frontera larga y diluida que a lo lejos parece una línea en el horizonte y que nos separa y une al vecino país, escenario de encuentros y desencuentros, está Ciudad Rodrigo, al suroeste de la provincia salmantina. De la remota prehistoria conserva el sitio arqueológico de Siega Verde y más acá en el tiempo restos vetones en sus verracos pétreos. Su escudo son tres columnas romanas visibles en una de las entradas a la ciudad. Su gentilicio principal, mirobrigenses, procede del romano Miróbriga Augusta, aunque popularmente les dicen farinatos por su afición al consumo de ese embutido mantecoso de cerdo.
El dominio musulmán medieval de toda esta zona decayó a partir de Alfonso VI en el siglo XI cuando se puso en marcha el poblamiento del territorio. Parece que el rey encargó a un tal conde Rodrigo González de Girón la repoblación del terruño con gentes de las hoy provincias limítrofes aunque a ciencia cierta no se sabe, si bien se perpetuó como topónimo. Debió ser el mismo monarca quien encomendó a su yerno Raimundo de Borgoña la repoblación del sur, de la Sierra de Francia, llamada así por los inmigrantes francos, razón tal vez por la que los pueblos de la serranía, La Alberca como modelo, tienen un cierto parecido con algunos del país galo.

Castillo y torre del homenaje de Ciudad Rodrigo. / LNE
Aunque el verano es tórrido, las noches suavizan las temperaturas. Los locales utilizan como playa la ribera del río Águeda a los pies de la ciudad vieja. El arbolado y el agua son el mejor antídoto contra el calor. A la parte histórica de la ciudad se accede por puertas que taladran la muralla, baluarte defensivo del siglo XII que de ese modo pretendía atraer pobladores dándoles seguridad. Y como ninguna ciudad que se preciara carecía de iglesia propia aquí empezaron a levantar una catedral, cabeza de un obispado entonces poderoso. Enrique II de Trastámara, ya en el siglo XIV construyó el castillo–fortaleza sobre la muralla y el río, magnífico con su torre del homenaje y sus almenas, convertido desde 1931 en uno de los paradores más antiguos de España. Ciudad Rodrigo, 12.500 habitantes, apenas a 25 km de Portugal fue bastión defensivo ante el reino vecino, ante los musulmanes al sur y clave en las luchas entre leoneses y castellanos hasta su unión en el siglo XIII. Fue punto de atracción de familias nobiliarias que allí construyeron sus palacios y pelearon por el control de la ciudad.
Su ubicación marcó su historia. Todos los conflictos fronterizos y las guerras pasaron por Ciudad Rodrigo. Apoyaron a Isabel La Católica contra Juana La Beltraneja, favorita de los portugueses. Vencedora la primera los premió otorgándoles un mercado franco, libre de impuestos, llamado Martes Mayor en 1475; sigue celebrándose y en agosto está más concurrido que nunca. El Ayuntamiento promueve el comercio local, otorga premios, y tiendas y tenderos toman las calles al encuentro de los compradores. Para los habitantes de la ciudad extramuros, desparramada a los pies de las murallas, hay un "martes chico" anterior. Las relaciones vecinales portuguesas se incrementaron cuando Portugal pasó a formar parte de la Monarquía Hispánica en tiempos de Felipe II y se quebraron a partir de 1668 cuando se con

Puerta gótica. / LNE
sumó la separación, aunque nunca perecieron del todo. Sin embargo, la inestabilidad fue el motivo por el que una nueva muralla en forma de estrella reforzó el carácter bélico de la villa adaptándose al armamento pesado ya en boga en el siglo XVIII.
Sufrió mucho Ciudad Rodrigo en la Guerra de la Independencia, invadida en 1810 por los franceses; el mariscal Michel Ney, que había estado en Asturias un año antes fue uno de los responsables. Un par de años después británicos y portugueses, aliados de los patriotas españoles, la liberaron con tropas al mando de Lord Wellington. De aquella gesta da cuenta una exposición permanente, ya que al Lord británico de origen irlandés le nombraron duque de Ciudad Rodrigo entre otras muchas distinciones y regalos que de su empresa española se llevó. La contienda dejó herida la muralla en su parte más débil y la fachada barroca de la catedral aún conserva las cicatrices. Menos mal que la puerta del Perdón, con su maravilloso pórtico medieval quedaba protegida tras aquella. El perímetro amurallado no llega a dos kilómetros, pero pasearlo al atardecer, recomendable, permite apreciar su importancia estratégica y ver la lejanía.
Intramuros, Ciudad Rodrigo cuenta con placitas deliciosas y palacios señoriales de títulos nobiliarios orgullosos y a menudo enfrentados que blasonaban las fachadas a las que la piedra dorada salmantina aporta luz y monumentalidad. Su Ayuntamiento del siglo XVI, recrecido en el XX, con el escudo de la ciudad y el imperial de Carlos I, fue objeto del deseo por familias rivales que aspiraban al control. Frente a él la plaza mayor, plagada de bares, se llena al anochecer de vecinos y visitantes aprovechando el fresco. En el popular "Carnaval del Toro" de febrero se convierte en recinto taurino.

La Casa Consistorial, en la plaza Mayor de la ciudad salmantina. / LNE
Entre los nombres propios relevantes de su historia destacan los Pacheco, marqueses de Cerralbo desde el siglo XVI, con palacio principal e iglesia monumental levantada por un cardenal de la familia; entre idas y venidas, en múltiples cargos aquí y en América emparentaron en el XVIII con los Moctezuma, descendientes del emperador mexica, y edificaron nuevos palacios mirobrigenses como la actual casa de cultura. Siempre poderosos, hasta abrieron en Madrid su propio Museo Cerralbo, si bien su iglesia de Ciudad Rodrigo fue lugar mortuorio decorado hasta por Benlliure en la contemporaneidad. Casonas palaciegas privadas o adquiridas por entidades hay de los Águila, Chaves o Alba de Yeltes y otros con frecuencia emparentados entre sí.
La Catedral, pórtico del perdón gótico, claustro, puerta de las cadenas, coro de tallas sorprendentes es de ineludible visita. Hay conventos hoy, menos que en el pasado, destruidos por las guerras o la pobreza. El Hospital de la Pasión es parte de una antigua sinagoga porque aquí recalaron judíos en su camino hacia Portugal. Curiosidades locales se aprecian en museos como el de los tamboriles gaiteros, de gaita sin fuelle, y trajes charros exportados a América. Y excentricidad muy visitada es el museo del orinal, realmente chocante e interesante. Uno de los más curiosos del mundo.
En vínculos asturianos muy directos queda el recuerdo de Fray Benito Uría y Valdés (1729-1810) que nacido en su palacio de Cangas de Tineo (hoy de Narcea) destacó como benedictino culto en Orense, Valladolid o Salamanca hasta ser nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo donde reconstruyó el Palacio episcopal, pero donde, más importante, "se distinguió por su acción social y caritativa a favor de los artesanos y agricultores, huérfanos y viudas, sobre todo en años de malas cosechas. Visitó toda la diócesis. Murió cuando la villa estaba asediada por las tropas francesas, dejando fama de santo, por su caridad, celo pastoral, devoción mariana y castidad".

El exterior del edificio de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson, en Morasverdes. / LNE
De ascendencia asturiana, mujer rompedora y adelantada a su tiempo, fue María Bernaldo de Quirós convertida en la primera mujer piloto oficial de aeroplanos que residió un tiempo en la ciudad. Estaba casada en segundas nupcias con José Manuel Sánchez- Arjona y Velasco, gobernante local de 1925 a 1929 al que le dedicaron la plaza "el buen alcalde" por su labor asistencial, educativa y urbanística. El matrimonio residió y rehabilitó la noble Casa Vázquez, hoy sede de correos, donde imprimió y aún permanece el famoso: "antes de que Dios fuera Dios y los peñascos, peñascos, los Quirós eran Quirós y los Velasco, Velasco". María se divorció –algo muy infrecuente y signo de rebeldía – al encontrar un nuevo amor.
Sin necesidad de adentrarse en más vericuetos históricos el paseo urbano de Ciudad Rodrigo puede llevarnos a una "sidrería La Mina" donde, si no la hay, al menos se anuncia la sidra. Y nos dicen que no es la única.
Pero no queremos abandonar este relato viajero sin contar algo que camino de la Sierra de Francia nos ha pasmado. En un pueblo pequeño, Morasverdes, en un imponente edificio nuevecito, moderno y espectacular, al que no le falta de nada, con un entorno para acceso y aparcamiento, todo de estreno, se anuncia "Fundación María Cristina Masaveu Peterson. Arte y Naturaleza". Efectivamente, es un centro de arte vanguardista inaugurado hace apenas unos meses en el que se exponen obras de Agustín Ibarrola, Cristina Iglesias, Canogar, Abramovic, Richard Long, etc. que la prensa regional definió como un salto al futuro. Está concebido además como "albergue artístico" donde revitalizar y reforzar la vinculación entre naturaleza y creación, con habitaciones, salón de actos, cafetería o una biblioteca "Hevia" guiño a la sede asturiana de la Fundación. Entre dehesas de encinas y secarrales Morasverdes se antoja una apuesta audaz. El vecindario aún no puede creerse la suerte que ha tenido.
Reiteramos a Jovellanos: "me duele ver que viaja y no escribe, que observa y no apunta, no ordena, ni deduce y que se fatiga y no coge fruto ni para sí, ni para otros".
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