Desde Roma
Isla Tiberina, un salvavidas en el Tíber
Desde 2002 este espacio recuerda a los mártires contemporáneos en la basílica de San Bartolomé

Arriba, la proa de la isla Tiberina, que aloja una sinagoga. A la derecha, plaza e iglesia de San Bartolomé y, debajo, los dos puentes que unen la isla con las riberas romanas: el puente Cestio y el puente Frabrizio. | | MARÍA TERESA ÁLVAREZ
Como dice el Eclesiastés todo tiene su momento. El momento de visitar la isla Tiberina ha llegado de la mano de unos amigos de la Comunidad de San Egidio. Ellos me hablaron de que el año pasado en la isla, en la basílica de San Bartolomé, se había inaugurado un santuario ecuménico en memoria de los mártires de los siglos XX y XXI.
Como dice el Eclesiastés todo tiene su momento. El momento de visitar la isla Tiberina ha llegado de la mano de unos amigos de la Comunidad de San Egidio. Ellos me hablaron de que el año pasado en la isla, en la basílica de San Bartolomé, se había inaugurado un santuario ecuménico en memoria de los mártires de los siglos XX y XXI.

Isla Tiberina, un salvavidas en el Tíber
Todo empezó cuando en el año 2000, el Papa San Juan Pablo II manifestó su deseo de que la basílica de San Bartolomé se convirtiera en un lugar para recordar a los mártires contemporáneos, encomendando la misión a la Comunidad de San Egidio que desde 1993 custodia y dirige esta iglesia en la isla.
Dos años más tarde, San Juan Pablo II reconoció oficialmente la basílica de San Bartolomé como santuario de los mártires de nuestros días. En este tiempo habían llegado a la basílica cientos de reliquias, pertenecientes a personas que sufrieron martirio de todas las confesiones cristianas. Personas que fueron víctimas del nazismo, del comunismo, de los que entregaron su vida en servicio de los pobres, de los mártires de la justicia y de la lucha contra la mafia, de misioneros asesinados, de cristianos perseguidos. Recuerdos, entre otros, del padre Kolbe, del arzobispo de San Salvador Oscar Romero, del sacerdote español padre Poveda, de la misionera Leonella Sgorbati, del padre Pino Puglisi, del pastor evangélico Paul Schneider, de los Beatos Stanley Rother, y Jerzy Popiekuski.

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La memoria de estas personas llena hoy las seis capillas de la basílica de San Bartolomé, en espera de ser llevadas a la cripta de la iglesia, en la que, en los trabajos arqueológicos que se realizan en la actualidad, para habilitarla como museo, han sido descubiertos los restos de un templo del siglo III antes de Cristo, dedicado a Asclepio, dios griego de la Medicina.
Resulta interesantísimo este descubrimiento que nos remonta a los orígenes de la isla y que nos permite comprobar cómo siempre la medicina ha tenido un protagonismo decisivo en este mágico lugar.
Una isla, la Tiberina, repleta de leyendas e historias curiosísimas, como las de su propia creación. Cuenta la leyenda que la isla fue originada por la gran acumulación de arena y sedimentos, debido a que en ese mismo lugar del río fue arrojado el cadáver de Tarquinio el Soberbio, último rey de Roma. Tito Livio cuenta que ese verano en el que el monarca fue arrojado al río, todo el pueblo romano lanzó su cosecha al Tiber, así se acumularon detritos que el río arrastró hasta formar la isla.

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Esta leyenda y su posible realidad fue la causa de que durante un tiempo los romanos evitaran acercarse a la isla. Convirtiéndose la isla Tiberina en el lugar al que enviaban a vivir a perpetuidad a los criminales.
Pero su realidad estaba a punto de cambiar. Cuando la peste asoló Roma en el año 293 antes de Cristo, una de las muchas medidas que tomaron los romanos, para erradicarla fue honrar a Esculapio, dios de la Medicina, y pensaron en construir un templo en su honor. Decidieron viajar a Epidauro para hacerse con la escultura en forma de serpiente que representa al dios de la Medicina y cuando llegaron con ella a Roma, la serpiente salió de la barca en la que se encontraban y se dirigió a la isla. Había quedado claro donde tenían que construir el templo (en el libro XV de las "Metamorfosis", Ovidio nos habla de ello).
Al terminar su construcción, milagrosamente, la peste desapareció de Roma. Entonces decidieron dar forma de barco a la isla. Levantaron muros y construyeron una especie de proa y popa en sus orillas. También levantaron un obelisco en medio simulando un mástil.

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En el discurrir de la Historia, con la cristianización, tanto el templo pagano dedicado a Esculapio, como el dedicado a Júpiter fueron transformados en iglesias.
Primero se levantó la actual iglesia de San Bartolomé, santo venerado por sus poderes de exorcista, sobre lo que había sido el templo de Esculapio o Asclepio, como se demuestra en los trabajos arqueológicos recientes. Después, en lo que fuera el de Júpiter, se erigió la iglesia de San Juan Calibita.
A lo largo de toda su historia la isla Tiberina, situada en el centro de Roma, que se comunica con la ciudad a través del puente Fabricio (el más antiguo de los puentes romanos) que lleva directamente al Gueto judío, y el puente Cestio, que la une al Trastévere, ha sido lugar de acogida para enfermos. Monjes y laicos han trabajado durante toda la Edad Media. Cuenta la historia que hasta aquí llegó, después del Sacco di Roma (1527), el mensaje de un hombre bueno que no cesaba de repetir "hagan bien hermanos, por amor de Dios" (Fate bene Fratelli), era el portugués San Juan de Dios, creador de los Hermanos Hospitalarios.

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Desde el siglo XVI el hospital Fatebenefratelli, creado por los "Hermanos de San Juan de Dios" es una realidad. Es considerado uno de los hospitales más antiguos del mundo.
La labor de esta congregación al frente del hospital ha sido encomiable, como también merece especial mención el hecho de que, durante la segunda Guerra Mundial, muchos judíos hayan sido salvados del horror nazi al inventar unos valientes médicos y religiosos, de esta entidad, una falsa enfermedad contagiosa que hizo que los alemanes no se acercaran a la isla, pudiendo salvar así a muchos judíos. Lo cuenta Jesús Sánchez Adalid en su novela "Una luz en la noche de Roma".

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Me ha encantado visitar esta isla a la que volveré para disfrutar de su historia y recordar la existencia de muchas personas de distintos ambientes y creencias que comparten el mensaje evangélico. Como dijo Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio, haciéndose eco de las palabras de Papa Francisco, el "ecumenismo de la sangre" es la unidad que los cristianos han experimentado al ser perseguidos por su fe en Cristo.
Los mártires aquí recordados son ortodoxos, católicos, anglicanos y protestantes. Son mártires modernos, de nuestros días. Porque en esta sociedad, que parece vivir totalmente alejada de Dios, siguen existiendo mujeres y hombres dispuestos a entregar su vida por quien nos ama sin límite.
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