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50 años del histórico concierto de Raimon en Ribadesella: "Fue un momento vital inolvidable"

Ataques de la ultraderecha, pasquines amenazantes y un escenario destrozado la víspera de aquella mítica jornada del verano de 1976, hito de la Transición en Asturias, que reunió a más de 4.000 personas en el paseo de la Grúa

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Ramón Díaz

Ramón Díaz

Ribadesella

Más de 4.000 personas se apiñaban aquel día soleado en una suerte de anfiteatro, el tramo final del paseo de la Grúa de Ribadesella. El calor apretaba. No era una fiesta local, ni una romería veraniega, sino un concierto de Raimon, el cantautor valenciano cuyos recitales llevaba prohibiendo el régimen diez años en Asturias, plantado en un escenario que hoy se diría "cutre" –un kiosco de verbena prestado por el Ayuntamiento–. Aquella sesión de música comprometida, celebrada el 28 de julio de 1976, fue un hito de la Transición en Asturias.

El permiso para celebrar el concierto llegó con tres condiciones: un máximo de diez canciones, prohibido interpretar "La nit" y no celebrarlo en fin de semana. Raimon arrancó precisamente con el tema prohibido y cantó cerca de veinte. Solo se cumplió la tercera exigencia: era miércoles. Organizó el evento un puñado de veinteañeros, de la Sociedad Cultural y Deportiva (SCD) de Ribadesella, "La Cultural", con más ilusión que recursos.

Algo más que un músico

El historiador y escritor Toni Silva, que tenía 20 años y fue uno de los artífices del evento, rememora aquella tarde como un punto de inflexión, no solo para la Transición asturiana, sino para toda una generación que veía en Raimon algo más que un músico: "Era dios, era el camino de la libertad, el futuro, todo aquello que abría los caminos de lo que se estaba pidiendo y necesitando". Y el concierto fue "la cúspide de toda aquella esperanza". Una juventud, politizada y ávida de cambios, encontró en el cantante un profeta, un catalizador de "la energía pura, y también ingenua", que se respiraba entonces.

Todo surgió meses antes, cuando el hermano de un veraneante barcelonés, que tenía contactos con el entorno del artista, lanzó la propuesta. "Dijimos que sí porque no podíamos decir que no", admite Silva. Raimon estaba en el pico de su fama, y en el punto de mira del poder. Ese mismo año le habían cancelado tres conciertos en Madrid después de que el primero desbordara las previsiones y aterrorizara al régimen.

Incidentes en la noche previa

Pero los astros se alinearon para Ribadesella. El nuevo gobernador civil, Victorino Anguera, un mallorquín defensor de la lengua catalana, era más permeable que su predecesor, José Manuel Mateu de Ros. "El régimen estaba en descomposición y los más inteligentes eran conscientes de que había que ir colocándose para el futuro", apunta Silva.

Fotografía del recital de Raimon incluida en el libro "La Cultura Asturiana", de 1980.

Fotografía del recital de Raimon incluida en el libro "La Cultura Asturiana", de 1980. / Francisco González Orejas

La noche previa no fue tranquila. Un grupo de Guerrilleros de Cristo Rey, embozados, atacó el escenario: rompieron tablas, hicieron pintadas y arrancaron focos y los arrojaron al agua. Silva, junto a dos amigos, se había quedado a vigilar con cañas de pescar como disimulo. Nada pudieron hacer: "Éramos solo tres y cobardes, y ellos muchos y valientes", bromea. Acudieron al cuartel de la Guardia Civil a denunciar el ataque, pero la respuesta fue la previsible: vuelva usted mañana. No volvieron, claro. Al día siguiente arreglaron los desperfectos, con ayuda municipal.

Alianza Anticomunista Asturiana

Hubo más: se habían distribuido también los días anteriores pasquines, llamando a suspender la actuación "por la tranquilidad y la paz del pueblo de Ribadesella", firmados por la Alianza Anticomunista Asturiana. Auguraban el desembarco de "tribus comunistas" procedentes de toda la región.

El concierto pudo celebrarse. El Partido Comunista, con enorme capacidad de movilización, vendió talonarios de entradas en Gijón, Oviedo y las Cuencas Mineras. La recaudación –a 100 pesetas la entrada– se disparó hasta las 400.000 pesetas. Raimon había pedido como cobro la taquilla y se llevó ese dinero. Los organizadores se quedaron con lo que sacaron del bar, unas 100.000 pesetas, que invirtieron en la adquisición de un proyector de cine y una pantalla para montar un cineclub.

"Estuve en el ojo del huracán"

Silva apenas pudo disfrutar del recital; andaba en tareas organizativas. Ese verano trabajaba de camarero en el bar de "La Cultural", el epicentro logístico de todo. "Estuve en el ojo del huracán", rememora. Presentó al cantante. Del texto que leyó, escrito por el poeta Pablo Ardisana, cercano entonces al PSOE y "pope" intelectual de aquella progresía, solo recuerda una frase: "Vamos a ser buenos aquí, para que las faltas no sean penaltis". A Silva, que se sentía capacitado para haber escrito la presentación, le supo a poco: "Yo hubiera hecho algo más a tono con la potencia del acto".

La llanisca María Jesús Villaverde tenía 15 años y guarda de aquel día uno de los mejores recuerdos de su juventud. No tuvo fácil ir al concierto: su madre se oponía por miedo a problemas con la extrema derecha y a su padre tampoco le gustaba. Finalmente, acudió escoltada por varios de sus hermanos, todos mayores, y se sentó con ellos en primera fila. En el suelo. Pudo pedir un autógrafo a Raimon, que todavía conserva, y guarda con celo una de las banderas de Asturias que se colocaron en el escenario.

La llegada de los "grises"

La riosellana Yolanda Cerra, entonces una joven estudiante de Filología en la Universidad de Oviedo, asegura que aquel recital fue para ella "grandioso". Lo vivió junto a sus amigos de Gijón, "con juventud, con emoción y con la certeza de un futuro sin dictadura; fue un momento vital inolvidable", añade.

El concierto transcurrió sin incidentes. Los "grises" (antidisturbios) aparecieron cuando ya había empezado, y su presencia, en lugar de atemorizar, tranquilizó a los organizadores. En caso de incidentes, mejor ellos que la Guardia Civil de Ribadesella, que no tenía experiencia en represión de masas. La playa, justo enfrente, se llenó de curiosos que esperaban ver "a los ahogados" si la Policía cargaba. No ocurrió. "Fue una fiesta", resume Silva.

Aquel concierto fue "una bomba de ilusión, sobre todo para la juventud". Consagró el papel de los jóvenes en la Transición asturiana, reflejo de lo que ocurría en el conjunto de España. "Éramos la gran maquinaria de la esperanza", sentencia. Silva enumera los hitos que dieron sentido a aquel esfuerzo –las generales en 1977, la Constitución en 1978, las municipales en 1979–, pero lamenta la deriva posterior: "A partir de aquellas municipales, todo se fue al carajo. La ingenuidad se perdió". La lección, quizá, es que aquella energía tan pura necesitaba algo más que conciertos para no pudrirse.

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