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El renacimiento del buen gobierno

La preocupación por la correcta actuación de los gobernantes no es un invento moderno: en la Toscana queda la prueba hecha arte

Sobre estas líneas, Hércules y Caco, en la Piazza della Signoria de Florencia y, a la derecha, Torres de San Gimignano, el Manhattan medieval. Debajo, las puertas del paraíso de Ghiberti, conservadas en el Museo dell’Opera del Duomo; a la derecha, una turista fotografía la Piazza del Duomo desde una ventana |  | M. J. GARCÍA

Sobre estas líneas, Hércules y Caco, en la Piazza della Signoria de Florencia y, a la derecha, Torres de San Gimignano, el Manhattan medieval. Debajo, las puertas del paraíso de Ghiberti, conservadas en el Museo dell’Opera del Duomo; a la derecha, una turista fotografía la Piazza del Duomo desde una ventana | | M. J. GARCÍA

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Este verano viajé con mi esposa a la Toscana con la mochila cargada de expectativas históricas, artísticas y gastronómicas. Regresé con algo mejor: la certeza de que la preocupación por el buen gobierno no es un invento moderno. Que los ciudadanos que tienen ojos y vergüenza llevan siglos vigilando a sus gobernantes. Entre colinas de cipreses, olivos, cereales y viñedos, se conservan las pruebas esculpidas en mármol y pintadas al fresco.

La cúpula de Brunelleschi de la Catedral, el símbolo florentino por excelencia. | |   M. J. GARCÍA

La cúpula de Brunelleschi de la Catedral, el símbolo florentino por excelencia. | | M. J. GARCÍA

Comenzamos en la Piazza della Signoria de Florencia, admirando la estatua de Hércules y Caco que se alza a la puerta del Palazzo Vecchio, otrora sede del poder gubernamental. Fue esculpida por Bandinelli en 1534 y representa a un Hércules erguido y desafiante que, maza en mano, agarra por la cabellera al subyugado Caco que está postrado a sus pies. Caco era un ladrón –obvio por nuestro rico idioma– que robó el ganado que custodiaba Hércules, pero éste lo descubrió y lo mató a garrotazos. Los poderosos Médici colocaron esta alegoría de la fuerza e ingenio del héroe venciendo a la maldad en la entrada del gobierno de la ciudad, a la vista de artesanos, comerciantes, funcionarios, clero, humildes ciudadanos, etc. El mensaje no puede ser más claro, siglos antes de que la Administración creara los planes de integridad, códigos éticos, declaraciones patrimoniales de políticos y demás fanfarria. Por cierto, la escultura no gustó y los florentinos la recibieron con burlas. Cuenta Vasari –el primer historiador del arte por sus célebres biografías de artistas italianos– que algún bromista acabó en prisión y, para más inri, el escultor Benvenuto Cellini afirmó que aquellos músculos hercúleos parecían un saco de melones. Ya existía la crítica ciudadana al poder y a su propaganda sin necesidad de redes sociales.

Vistas de Monticchiello,  paisaje típico de la Toscana.

Vistas de Monticchiello, paisaje típico de la Toscana.

Salimos de la plaza caminando por la Via dei Calzaiuoli hasta llegar a la Piazza del Duomo donde se encuentra el Baptisterio de Florencia, edificio religioso que guarda la historia de una licitación ejemplar. En 1401, el opulento gremio de mercaderes de Calimala convocó un concurso público para adjudicar las puertas talladas en bronce del templo. Los aspirantes debían labrar en un panel de bronce el sacrificio de Isaac por Abraham. Siete escultores compitieron y el jurado otorgó el encargo al joven orfebre Lorenzo Ghiberti, derrotando al mismísimo Brunelleschi. Ganó, entre otras razones, porque talló su relieve en una pieza, mientras que Brunelleschi necesitó varias. Por tanto, el panel requería menos bronce y tenía un coste menor. Traducido al lenguaje de nuestra actual ley de contratos públicos: la oferta económicamente más ventajosa o la mejor relación calidad-precio. Ghiberti comenzó la tarea en 1402 y finalizó en 1424, tras 22 años. Piano, piano. Y un último detalle exquisito, los dos paneles finalistas se conservan, de modo que cualquiera puede revisar el fallo del jurado seis siglos después; eso es transparencia y rendición de cuentas y lo demás son cuentos. No obstante, la mejor obra pública del momento y demás licitaciones estarán bien custodiadas en el futuro museo de la UCO para deleite de las generaciones venideras.

El renacimiento del buen gobierno

El renacimiento del buen gobierno

Tan satisfechos quedaron con su puerta que le encargaron otra y Ghiberti, fiel a su trepidante ritmo de trabajo, la entregó 27 años después, en 1452. Las cosas de palacio van despacio, imaginemos la descomunal labor artesanal de orfebrería para labrar la enorme puerta de 5,20 m. x 3,21 m .y 8 toneladas de peso. Supera incluso a la primera puerta, que ya era una absoluta obra maestra. Es indescriptible la belleza que produce al visitante, Miguel Ángel la apodó como las "puertas del paraíso" y Vasari como "la obra de arte más fina jamás creada". Hoy en día no podríamos concebir ese proyecto, es demasiado para nuestro estándar –laboral y vital– de esfuerzo y recompensa. Además, la ley estipula que un contrato público no puede durar más de cinco años, salvo excepciones tasadas. Así que desgraciadamente tal vez nunca regalemos a la humanidad una obra semejante. Se puede admirar en el moderno y maravilloso Museo dell’Opera del Duomo, visita muy recomendable para el turista deseoso de conocer –sin abrumarse y sin calor– el arte renacentista.

El renacimiento del buen gobierno

El renacimiento del buen gobierno

El arquitecto Brunelleschi se tomó la revancha ante Ghiberti en 1418 durante el concurso para levantar la inmensa cúpula de la catedral de Florencia. Un desafío técnico sin precedentes, cerrar un hueco de 45 m de diámetro. Las soluciones de Brunelleschi eran ingeniosas –estudiado por arquitectos de todas las épocas– y planteó una semiesfera octogonal de doble casco de ladrillo. Ghiberti se burló de esos planos y los tildó de imposibles. El maestro Brunelleschi se negó a enseñar sus métodos constructivos por miedo al plagio y desafió a sus rivales a sostener un huevo de pie sobre una losa. Cuando nadie lo consiguió, él lo cascó ligeramente por la base dejándolo erguido. "Cualquiera sabría hacerlo después de verlo", protestaron los demás. "Igual que levantar la cúpula si os enseñara mi modelo", respondió. Ganó el concurso por ingenio y solvencia técnica, no por papeleo burocrático. Su majestuosa cúpula, el símbolo florentino más universal, sigue en pie 600 años después y es recorrida por miles de incrédulos turistas.

El renacimiento del buen gobierno

El renacimiento del buen gobierno

¿Y quién pagaba el dispendio público en la República de Florencia? Los de siempre. Al comienzo, los ingresos provenían de los aranceles e impuestos al comercio, pero luego introdujeron la fiscalidad universal. En 1427 se realizó un censo patrimonial a los ciudadanos y se introdujo un impuesto del 0,5% sobre la propiedad y el capital. Carga fiscal en pleno Quattrocento, ¡toma ya!

Partimos hacia Siena, a 70 km de Florencia y eterna rival, pero antes hacemos un alto en el camino para visitar el pueblo de San Gimignano, el llamado Manhattan medieval. En la Piazza della Cisterna nos tomamos su delicioso vino blanco (Vernaccia di San Gimignano) y contemplamos sus 14 impresionantes torres. En su apogeo medieval llegó a contar 72 torres porque las familias enriquecidas por la Vía Francigena y el comercio competían por construir la torre más alta, símbolo de estatus antes que de utilidad. Como hoy sucede en Dubái y otras ciudades de Oriente Medio, con sus rascacielos construidos a golpe de petrodólar. La vanidad constructiva es imperecedera. Tan desbocada estaba la carrera que acabaron prohibiendo superar la altura de la torre comunal. Hasta el urbanismo del ego necesitó una norma. La peste de 1348 y la decadencia comercial apagaron la fiebre por las torres; ojalá a los jeques les depare mejor suerte.

Llegamos a Siena para desempolvar más lecciones del pasado. La República de Siena era una ciudad-estado cuyo gobierno se ejercía desde el Palazzo Pubblico, actual Ayuntamiento, donde aún se conserva la sala de reuniones del Gobierno de los Nueve (1287-1355). La sala está cubierta por los frescos que los hermanos Lorenzetti pintaron en 1338: la Alegoría del Buen y del Mal Gobierno. De un lado, la ciudad bien gobernada y próspera representada por el comercio floreciente, obras, bailes en la calle, campos cultivados, etc. Del otro lado, la tiranía que produce ruina, saqueos, miedo, calles vacías, la justicia maniatada, etc. Los gobernantes deliberaban rodeados por esas imágenes, un recordatorio permanente –e incómodo, como debe ser– de las consecuencias de sus decisiones. ¿Y si pusiéramos pinturas similares donde se toman actualmente las decisiones? En los Parlamentos para disfrute de nuestros políticos. Tendrían buen "uso y destino", parafraseando al expresidente Zapatero cuando habló de sus joyas.

El régimen republicano de los Nueve parece diseñado por un experto en integridad pública: 9 ciudadanos de clase media-alta (principalmente comerciantes) con mandatos de sólo dos meses y recluidos en el palacio para alejarlos de tentaciones e influencias. Hoy algunos también acaban encerrados, pero por orden judicial. Siena vivió su edad de oro bajo este sistema caracterizado por la rotación constante, los plazos cortos y un poder consensuado. Compárese con nuestros gobernantes que se atornillan a la silla, se rodean de condenados e imputados por corrupción y, si vienen mal dadas, usan las puertas giratorias.

Además, Siena inventó la rendición de cuentas convertida en arte. La Biccherna, formada por cinco miembros, era la magistratura financiera encargada de la administración económica de la ciudad. Cada semestre se cerraban los libros de ingresos y gastos y desde 1257 las tapas fueron decoradas por los mejores pintores, incluido Lorenzetti. La contabilidad pública elevada a obra de arte. Se pueden contemplar en su archivo estatal (las tavolette di Biccherna).

Por otro lado, Siena fue uno de los primeros y más importantes centros bancarios del medievo. En 1472 se fundó el Monte dei Paschi, nacido como monte de piedad para proteger a los humildes sieneses de la usura. Es el banco en activo más antiguo del mundo, aunque ha sobrevivido gracias al rescate del Estado italiano en 2013. Ninguna institución, por venerable que sea, es inmune al mal gobierno.

Y podríamos seguir con Pienza, Montepulciano, Montalcino, San Quirico d’Orcia (ahí está la casa de Gladiator), Sarteano, Cortona o Arezzo. Repúblicas, guerras, poder, comercio, Papas, agricultura, arte, ambición y mucho más. Así es la historia de la Toscana, la esencia de la vida. Un viaje reconfortante, donde uno se reencuentra con la humanidad; aquella que hizo maravillas materiales e inmateriales sin utilizar nuestra apabullante tecnología ni cultura.

Ninguno de los problemas públicos que hoy nos escandalizan son nuevos, esa es la buena y la mala noticia. El ladrón medrando a la sombra del poder, el gobernante confundiendo lo público con lo propio, la vanidad edificada dilapidando fortunas, etc. Y tampoco son nuevas las soluciones: concursos públicos limpios, mandatos limitados, transparencia en las cuentas públicas o el castigo ejemplar al ladrón –aunque sea en mármol– ante la puerta misma del poder. Los toscanos lo esculpieron, lo pintaron y lo practicaron hace más de seis siglos. Por eso le llamamos el Renacimiento, una época brutal pero con pinceladas del arte del buen gobierno.

Viajad a la Toscana porque se come de maravilla, anima el matrimonio y, si uno presta atención, se aprende a gobernar.

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