Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Carcedo, 70 años del último garrote vil en Sama

Un capitán de la milicia republicana, al que las autoridades nacionales imputaban 990 asesinatos, fue ajusticiado en la plaza del Ayuntamiento en diciembre de 1937

Carcedo, 70 años del último garrote vil en Sama

Carcedo, 70 años del último garrote vil en Sama

Langreo,

Miguel Á. GUTIÉRREZ

El 13 de diciembre de 1937 Abelardo Carcedo Castaño era ajusticiado en la plaza del Ayuntamiento de Langreo. Se empleó el garrote vil. Fue la primera y la última vez que Sama presenció una ejecución semejante. A Carcedo, un capitán de la milicia republicana que había destacado como futbolista del Racing de Sama en tiempos de paz, se le condenó tras un juicio sumarísimo en el que se le imputaron 990 asesinatos. Es la cifra que ha quedado para el recuerdo, porque la historia siempre está escrita por los vencedores. Pocos creyeron los cargos -desproporcionados incluso para el mayor psicópata que pudiera haber existido- y muchos atribuyeron la repercusión que se dio al proceso capital a un deseo del Ejército nacional de mitigar el espíritu belicoso de las comarcas mineras.

El frente asturiano había caído sólo dos meses antes de la ejecución pública de Carcedo y la ocupación de la región aún era inestable. Los restos del Ejército republicano que no pudieron escapar al exilio se refugiaron en las montañas para continuar la lucha. Carcedo fue capturado poco después de caer el frente y se convirtió en una pieza importante para las tropas nacionales: oficial de alto rango (era capitán), antiguo dirigente socialista y muy popular entre sus vecinos debido a su pasado como futbolista. «No tengo duda de que su ejecución fue un golpe de autoridad, una demostración de fuerza neroniana para dar un escarmiento a la población y desalentar posibles levantamientos», explica Avelino Pérez, ex diputado e histórico militante socialista.

Cerco de Gijón

Pérez conoció la historia de Carcedo en el exilio, en Francia, por boca de José Mata, que en 1937 comandaba el batallón al que pertenecía el miliciano ajusticiado. «Cuando quedaron cercados en Gijón, Mata y otros muchos eran partidarios de refugiarse en la sierra del Aramo. Carcedo quería hacerse fuerte en el entorno de Sama y ofrecer una resistencia numantina hasta que fuera posible». La mayor parte de lo que quedaba del Ejército republicano, unos 3.500 hombres, eligió la opción del Aramo tras romper el cerco en una operación que costó un millar de bajas.

Carcedo, junto a algunos compañeros, regresó al Nalón. Fue capturado poco después y encarcelado. El consejo de guerra que lo juzgó no tardó en dictar sentencia: condena a muerte por garrote vil, una pena capital inédita hasta el momento en Sama, según atestigua la prensa de la época. La sentencia se ejecutó un lunes 13 de diciembre. Los periódicos relatan que Carcedo pidió cuatro cafés y otras tantas copas de coñac en su última noche. Las crónicas de prensa en una Asturias ya ocupada por las tropas nacionales hacen hincapié en el nocivo influjo del marxismo sobre un minero de porte distinguido e inquietudes intelectuales. Apenas hacen alusión, en cambio, a la forma en que se produjeron los 990 asesinatos que se le imputaban al reo.

La repercusión del caso traspasó las fronteras de la región. En su libro «El deporte en la guerra civil», Julián García Candau cita la semblanza de Carcedo realizada por el periódico «El Ideal Gallego». En la publicación se atribuye al miliciano langreano una participación activa en «las checas que iniciaron la limpieza en Irún». También se asegura que tomó parte en los asesinatos de Honorio Maura y Leopoldo Matos. Tampoco en esta ocasión se ofrecen más datos sobre los cargos imputados al reo.

Movilización forzosa

De lo que no cabe duda es de que la ejecución pública de Carcedo cumplió su objetivo intimidatorio. El garrote vil se instaló junto a una farola ubicada en el centro de la plaza del Ayuntamiento. Era día de mercado en Sama. Los guardias de asalto se apostaron en los tejados de las casas circundantes, al tiempo que numerosos vecinos eran movilizados en sus casas para asistir al ajusticiamiento. África García, hoy nonagenaria, era vecina de Carcedo y logró evitar asistir a la ejecución. «Yo le conocía bien y era una persona normal. No era creíble para nadie que hubiese podido cometer todos esos crímenes que se le imputaban», asegura García.

Una opinión similar sostiene el escritor Nicanor Rozada, autor de varias publicaciones sobre los guerrilleros de los montes asturianos. «En la guerra hubo atrocidades en los dos bandos; el problema es que cuando acabó la contienda la represión franquista fue brutal y puede decirse que en ese momento se inició lo peor de la contienda. Carcedo fue un defensor de las libertades como otros muchos al que se le atribuyeron unos cargos exagerados», concluye Rozada.

Tracking Pixel Contents