21 de octubre de 2009
21.10.2009

Un gran centro veraniego con la moda de los baños de mar

20.10.2009 | 02:00

Para ello rastrea el inicio del proceso de cambio a partir del último tercio del siglo XIX y demuestra, con una variada y profusa documentación y un notable aparato gráfico, cómo esas transformaciones están ya en gran medida cristalizadas, tras la I Guerra Mundial, en los años veinte del pasado siglo.

Las condiciones necesarias para que se produjesen tales cambios eran, por un lado, que una parte de la población luanquina dispusiese, con la reducción de su jornada de trabajo, de un mayor tiempo libre para dedicarlo al ocio, y, por otro, que para poder practicarlo gozase de un mayor nivel de vida material y educativo.

El motor para que se diesen esas condiciones materiales fue la conversión de Luanco en un importante centro de ocio veraniego a medida que, a partir de los últimos decenios del siglo XIX, se va imponiendo y extendiendo a las capas medias de la nueva sociedad burguesa la costumbre de los baños de mar, consecuencia de la nueva mentalidad higienista y de una diferente -casi antitética de la tradicional- concepción de entender la relación del hombre con la naturaleza.

La aparición de un espacio para ese tipo de ocio con la inauguración en 1890 en la playa de la Ribera de un balneario y una casa de baños, La Rosario, simboliza mejor que ninguna otra institución la conversión de Luanco en centro veraniego. En el balneario se desarrolló hasta su cierre, en 1917, una importante actividad recreativa y cultural no sólo para la numerosa colonia de veraneantes, entre la que se contaban importantes personalidades de la vida regional y nacional, sino también para la propia población de Luanco.

Como demuestra el autor con un detenido análisis del Registro de Matrícula Industrial, este turismo veraniego provocó a su vez, además la instalación de modernas empresas industriales como las dedicadas a la producción de conservas, un importante cambio en la estructura de los establecimientos de servicios, con la aparición de aquéllos que cubrían la demanda de las nuevas formas de ocio y sociabilidad burguesa: droguerías, farmacias, confiterías, tiendas de ropa confeccionada, cines, teatro, salas de billar, cafés?

Los cafés no lograron, sin embargo, sustituir, a las tabernas, donde la bebida dominante era la sidra y de las que tenemos varias descripciones literarias, como la que realiza de la taberna del muelle en su novela de 1925 «Ciencia y corazón» el líder obrero, primero socialista y después comunista, nacido en Luanco Isidoro Acevedo.

La práctica de esa nueva clase de ocio dio origen también a un nuevo escenario urbano con transformaciones en la morfología urbana de la villa con la racionalización del plano urbano y la aparición de nuevas edificaciones, la construcción de paseos, parques e incluso la mejora de las comunicaciones, entre las que cabe destacar dos de las obras emblemáticas de la villa, como fueron el paseo marítimo construido entre 1915 y 1930 y el puerto del Gayo, cuyas obras se iniciaron en 1903 con el apoyo del ministro Agricultura Félix Suárez- Inclán, asturiano muy vinculado a Luanco por lazos familiares y miembro asiduo de su colonia de veraneantes. Sin embargo, y más allá de cierta leyenda negra que presupone la oposición de un grupo de burgueses de la villa a ese intento, los esfuerzos de los políticos municipales y las fuerzas vivas de la villa fueron infructuosos en su deseo de la implantación del ferrocarril en el concejo y su capital.

El análisis de la evolución de los cuatro grandes festejos tradicionales de Luanco -las fiestas de Santiago y Santa Ana, del Carmen, de San Juan y del Cristo del Socorro- demuestra cómo en el modelo tradicional de esas fiestas populares se fueron introduciendo algunos elementos nuevos procedentes de la nueva concepción del ocio. Pero lo más destacable es la aparición de las nuevas actividades de ese ocio mercantilizado, como el teatro, la zarzuela, las variedades, el cuplé, el baile dominical y el cine. La construcción del Teatro del Carmen en 1913 permitió cubrir el vacío que para ese espectáculo, que era el preferente para el público luanquín, había supuesto el cierre del Ateneo Obrero. En esa institución comenzaron también a realizarse las primeras proyecciones cinematográficas hacia 1904. En 1929, con la inauguración del Teatro Moderno, de una capacidad ya notable, funcionaban tres salas de proyección ad hoc en la villa luanquina.

Esas nuevas actividades de ocio generaron un rico tejido asociativo instructivo-recreativo, a la cabeza del cual hay que poner la temprana creación por Mariano Suárez-Pola en 1869 de la fundación docente Santísimo Cristo del Socorro y entre las cuales están las dedicadas a la música y al fútbol -La Musical y el Club Marino de Luanco-, pero, sobre todo, el Ateneo Obrero, a cuyas actividades y organización el autor dedica un pormenorizado análisis en este libro, que, sin duda, constituye un válido modelo para cualquier futuro estudio de historia local que trate de llevarse a cabo en Asturias.

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