06 de noviembre de 2009
06.11.2009
 

Cuando Llanes tuteó a Napoleón

Un libro basado en las crónicas de Lorenzo Simón recoge la historia de la resistencia que los llaniscos ofrecieron en la Guerra de la Independencia a las tropas francesas

03.11.2009 | 01:00

Ángel FIDALGO

«La partida de Zapatinos


no quier escondese en Pancar,


sino ponese, juntinos,


a echar franceses al mar...


¡Sin roncar, sin roncar, sin roncar!,


a echar franceses al mar...»


«Llanes y la invasión napoleónica» es el título de un libro escrito con motivo de la muestra del mismo nombre expuesta en la Casa de Cultura de Llanes, de la que Higinio del Río es su director, y coordinador de la publicación, con motivo de los 200 años de la invasión de las tropas napoleónicas.


El hilo conductor del libro, ilustrado con los dibujos de Javier Ruisánchez, es la crónica de la presencia de las tropas francesas en Llanes que escribió el beneficiario de la iglesia de Llanes, Lorenzo Simón Gonzáles, que pudo ser rescatada hace cuarenta años gracias a la ingente labor del historiador y miembro del RIDEA Elviro Martínez.


Las tropas napoleónicas permanecieron en Llanes un total dieciocho meses, aunque no de una forma continuada, desde el 24 de noviembre de 1808 hasta mediados de junio de 1812; período en el que cometieron numerosas tropelías de todo tipo y también crueles asesinatos.


Los comandantes franceses que se convirtieron en dueños de la vida y de las haciendas de los llaniscos, Aubril, Guillot, Pati, Fossion y Marmont, habían convertido el convento de la Encarnación, de las monjas Agustinas Recoletas, el actual hotel Don Paco, en su cuartel general.


Frente a ellos, dos patriotas llaniscos: Blas Posada del Castillo, padre de José Posada Herrera, y el legendario guerrillero «Zapatinos», que era un valiente labrador de la localidad de Queduro, en Nueva. Éstas fueron las dos personas que capitanearon con heroismo la resistencia a las tropas invasoras por todo el concejo.


El recibimiento hospitalario que un pequeño grupo de llaniscos hizo a las primeras tropas que llegaron a la villa sólo fue la calma que precedió a la tempestad.


El 24 de noviembre de 1808, según recoge la crónica de Lorenzo Simón, una avanzadilla de las tropas francesas que se habían acercado al río de Unquera, compuesta por 160 soldados, de los que treinta iban a caballo, entraron en Llanes sin oposición alguna, ya que la mayoría de los vecinos en edad de luchar se habían marchado a un lugar discreto donde no pudieran ser descubiertos. Intuían que la lucha sería larga y dura. No se equivocaban.


Los soldados napoleónicos no pudieron entrar con peor pie, pese a haber sido agasajados en El Cercao en su primera visita. No sólo mantuvieron una actitud orgullosa, sino que antes de regresar a Unquera saquearon los almacenes reales de tabaco y sal; a su paso por el valle de Mijares mataron a Alonso Díaz, que era vecino de Covielles.


Para empeorar aún más las cosas, a los dos días regresaron las tropas francesas, en esta ocasión en mayor número, y entraron sigilosamente en la villa a las diez de la noche. Prendieron una hoguera en la plaza y quemaron las armas que habían encontrado en la casa de Andrés de Posada y todo el mobiliario.


Los gabachos les cogieron gusto a las incursiones y pocos días después realizaron dos más, pero en estas ocasiones con sólo ochenta efectivos. Los había perdido la soberbia, por la que tendrían que pagar un alto precio, y lo hicieron a principio del mes de diciembre.


Para empezar, los guerrilleros llaniscos, advertidos a tiempo por el juez de la villa de la incursión francesa, en la cuesta del Santo Cristo del Camino, lograron no sólo la retirada de los soldados de Bonaparte, sino que hicieron varios prisioneros tras matar a un tambor.


Crecidos los llaniscos por la victoria conseguida en inferioridad de condiciones, un grupo heterogéneo de 140 hombres formado por soldados, agricultores y marineros, al mando del gobernador militar de la plaza, Blas de Posada, tomaron el campamento francés de Unquera poniendo en fuga a sus soldados.


Después, por cosas de los azares de la estrategia militar, vinieron mal dadas para los llaniscos. En mayo de 1809 una parte importante del regimiento asturiano que protegía Unquera tuvo que ser trasladada a la zona central de Asturias, por la incursión por el puerto de Pajares de un gran número de tropas francesas.


Esta ocasión de clara desprotección fue aprovechada por el general Bonet, que con sus soldados llegó pronto a San Roque, y poco después, a Llanes, donde nada más entrar mataron al marinero Hilario del Castillo, fusil en mano; y a un vecino de Poo, Santiago de la Fuente, que tenía en su poder pólvora presta para ser utilizada.


Pero la venganza por la muerte de estos dos llaniscos no se haría esperar. Uno de los primeros oficiales franceses en llegar a caballo al cuartel general, en el convento de la Encarnación, fue muerto de un certero disparo por uno de los resistentes.


Pero los llaniscos no se podían librar de la obsesión del general Bonet de avanzar desde el Oriente hacia Oviedo. El 25 de enero de 1810 volvió a hacer otra intentona, de la que, como siempre, los primeros perjudicados, por razones geográficas, fueron los habitantes de la villa y sus alrededores.


Empezaron saqueando las casas de La Pereda y Parres, donde cometieron todo tipo imaginable de tropelías con sus habitantes, incluidas las mujeres. Sólo se salvaron los que en medio de la noche lograron huir desesperadamente para refugiarse en la nevada sierra del Cuera. A la mañana siguiente los franceses marcharon hacia Oviedo.


En febrero, aprovechando el cambio del comandante francés en la villa, llegaron 400 hombres al mando de Pablo Mier y de Fernando Rubín con un único objetivo: apoderarse del cuartel general de los franceses cercándolo, ya que disponían de varios cañones, hasta que los invasores se quedaran sin agua. Pero a los primeros les faltó la pólvora, y a los segundos la sed los hizo salir en desbandada, dando al traste con el cerco.


Los franceses seguirían en Llanes, pero acosados de continuo por los guerrilleros que dominaban Vibaño, el valle de Ardisana y Purón, donde habían cogido prisioneros a trece soldados franceses con su sargento. Paralelamente, prestaban apoyo desde tierra a las tropas aliadas inglesas en sus desembarcos de armas.


En marzo de 1811 los llaniscos se las prometían muy felices, ya que confiaban en quedar, de una vez por todas, libres del yugo francés, al llegar desde Cangas de Onís 3.000 soldados con la misión de asaltar el convento que servía de cuartel general a los invasores. Pero la deseada orden de asalto nunca llegó, y el general Castañón ordenó a sus tropas que marcharan hacia Vibaño. Como represalia los franceses volvieron a cometer en la villa todo tipo de atropellos.


A mediados del mes de junio los franceses recibieron la orden de marchar hacia Castilla, con lo que los llaniscos, después de 18 interminables meses de cautiverio, pudieron al fin dormir tranquilos.

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