21 de diciembre de 2009
21.12.2009

Carlos Quirós: un arabista poleso

Sacerdote, militar, gran conocedor de la filosofía, la cultura y el derecho islámicos, acabó en el ostracismo académico por una polémica filológica con Emilio García Gómez

15.12.2009 | 01:00
Carlos Quirós.

Carlos Quirós, sacerdote, arabista y militar, nació el 27 de octubre de 1884 en Pola de Siero y falleció en la misma localidad el 23 de julio de 1960, a los 75 años de edad. Hasta hace bien poco, casi nada se sabía o se recordaba del insigne arabista. Muy escasas eran las noticias que podían encontrarse sobre su vida, menos aún era lo que se conocía de sus traducciones, y casi nada de su legado. Incluso quienes habían manejado o leído su traducción del «Compendio de metafísica», de Averroes, no tenían noticia de que fuera asturiano y poleso. En la Semana Santa de 2004 cierto día Virginia Álvarez Quirós, de visita en casa de Teresa Cristóbal -amiga suya y madre de mi mujer-, se acercó a mí para hablarme del legado de «un tal» Carlos Quirós, tío suyo. Legado que sus sobrinas guardaban con mimo en un piso de Pola de Siero, propiedad de Aurelia la Villa Quirós.


Allí había recalado con la ayuda del sacerdote don Carlos Martino, que las acompañó a Madrid (iba con ellos también otra de su sobrinas y heredera, Rosario la Villa Quirós) con el fin de reclamar y traer para Asturias, desde la Universidad Complutense, los libros, códices y manuscritos de lo que había sido la biblioteca del insigne arabista. Fue de la mano de Virginia Álvarez como tomé contacto, por vez primera, con la figura de Carlos Quirós. Pero ¿quién fue y por qué es obligado blasonar su figura en el ámbito del arabismo español?


Carlos Quirós se había doctorado en 1908, con veinticuatro años, en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Santiago de Compostela. No mucho después, en enero de 1911, aprobó las oposiciones al Cuerpo de Capellanes Castrenses, en el que llegó a obtener el grado de coronel capellán jefe de los asuntos religiosos del Ejército del Aire. Fue maestro suyo Miguel Asín Palacios, que junto a Emilio García Gómez y Julián Ribera constituyó lo que se conoció en el arabismo hispano como los Banu Codera. Discípulos que fueron todos ellos, pues, de Francisco Codera (1836-1917), considerado como el fundador de la escuela de arabistas españoles. Asín Palacios, que había dirigido desde octubre de 1910 la «Investigación de las fuentes para la historia de la filosofía árabe española», tuvo a Carlos Quirós entre sus alumnos más destacados, junto con Pedro Longás Bartibás, Maximiliano A. Alarcón y Cándido Ángel González Palencia. Durante los años veinte y treinta permaneció en el norte de África. Desde 1931 hasta 1942 fue profesor de árabe literal en el Centro de Estudios Marroquíes, de Tetuán, del que llegó a ser su director, en sustitución de Clemente Cerdeira, que destacó por su labor política en el «asunto Raisuni» (uno de los jerifes que se había levantado contra España). Ejerció como profesor de la Escuela de Estudios Árabes de Granada y como profesor encargado del curso de Lengua Árabe de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid. Se le nombró correspondiente de la Real Academia de la Historia en 1942. Ingresó por oposición en la Sección de Oficiales Intérpretes afectos al Ministerio de Guerra. El 21 de mayo de 1935 fue condecorado oficial de la Orden Civil de África por la Presidencia del Consejo de Ministros español.


Desde luego, algunos de sus coetáneos en nada ayudaron al reconocimiento de su obra. En su legado pude leer una amarga carta dirigida a Emilio García Gómez, que fue premio «Príncipe de Asturias» de Humanidades. Una carta dolida y muy triste que seguramente nunca envió y en la que destilaba su amargor por el ostracismo al que Emilio García Gómez le sometió por causa de la polémica -puramente científica, filológica- que ambos mantuvieron a propósito de la traducción que don Emilio había realizado del libro de Ibn Hamz «El collar de la paloma», y que, en su momento, prologó Ortega y Gasset. Un buen día el bueno de don Carlos vio desaparecer su nombre de entre los profesores que impartían clase de árabe en la Escuela de Estudios Árabes de Madrid. Y todo por una diferencia de opiniones, de carácter puramente filológico. En esto no hay nada de demérito científico para Emilio García Gómez, salvo que retrata bastante bien el punto al que podía llevar sus suspicacias y malquerencias. Si estas cosas suceden en vida, qué no será cuando uno se muere y nadie parece quedar ni para defenderle, retratarle o dar cuenta debida de sus logros. Pues a Carlos Quirós algo así le ocurrió.


La obra de Carlos Quirós se reorganiza en torno a dos ejes fundamentales: su profundo conocimiento del derecho islámico, de la escuela malekita, hegemónica en el Magreb, y su interés por la filosofía y cultura árabes. De su interés por la filosofía dan cuentan sus traducciones de Averroes. Hay en su legado indicios de que esas traducciones no se redujeron al «Compendio de metafísica», ni tampoco al capítulo de la Bidaya titulado «El libro del yihad» -Publicado por la Fundación Gustavo Bueno-. Hay notas de su puños y letra sobre, posiblemente, el «Compendio sobre el alma», lo que me hace pensar que su labor de traducción de la obra de Averroes tuvo un lugar destacado, incluso, me atrevería a decir que formaba parte de un proyecto personal de trabajo que tenía por objeto verter la obra de Ibn Rush (Averroes el Nieto), que, necesariamente, hubo de compartir su tiempo con otros proyectos en los que estaba involucrado.


Sin duda alguna, Carlos Quirós disponía de un don -ampliamente reconocido por sus coetáneos- para traducir con elegancia y finura del árabe al castellano. Yo mismo he podido comprobarlo en su versión del opúsculo de Qusta ben Luqa (m. c. 912) «Sobre la diferencia entre el alma y el espíritu vital». El castellano de Carlos Quirós responde con justa armonía al estilo sencillo y claro del gran traductor de las obras de Euclides y de Galeno.


En su legado se encuentra también una traducción fechada en el año 1913, en Melilla, del «Tratado sobre el alma», del obispo jacobita Gregorio Abu-l-Jarach, conocido con el nombre de «Bar Hebreo» (1226-1286). Este último destacó por su actitud positiva ante el Islam hacia finales de califato abasí. Además, disponemos aproximadamente de un 45,61% del total de la traducción que Carlos Quirós realizó del «Tahafut-al-tahafut», cuyas cuestiones aparecen datadas, no todas, en diferentes años: Tetuán 1916, 25 y 29 de septiembre de 1948, 2 de febrero de 1960. Esta obra es uno de los textos fundamentales para entender no sólo a Averroes, su autor, sino también la filosofía árabe en su perpetuo y muchas veces difícil diálogo con el pensamiento occidental. Este trabajo se creyó perdido durante mucho tiempo para la historia de la filosofía española, aunque se sabía de su existencia por Salvador Gómez Nogales, tal como lo cuenta Idoia Maiza Ozcoidi en su libro «La concepción de la filosofía en Averroes. Análisis crítico del "Tahafut-al-tahafut"».


Un sucinto apunte biográfico servirá para ir entendiendo su interés por el derecho islámico -otro de los ejes que sustenta su fructífera labor de investigación-. Nos sitúa en el ámbito histórico del protectorado español, que duró del año 1912 hasta que Marruecos alcanzó su independencia en el año 1956. Cuando Carlos Quirós explicaba en 1928 (según noticia del 4 de octubre de «La Vanguardia») a los oficiales el sentido, causas y motivos del yihad no se limitaba a dar una lección meramente erudita. Estaba, en realidad, obligado a explicarles la estructura de un ejército de cabileños cuya composición étnica había sido determinante en la guerra del Rif, que hacía dos años escasos que había finalizado, en 1926, con la rendición de Abdelkrim. La estructura tribal en tiempo de guerra tomaba la forma de «harkas» que se comportaban conforme a los usos jurídicos del yihad ofensivo acontecido en Alándalus. Como bien explica la investigadora del CSIC Amalia Zomeño, en su artículo «El derecho islámico a través de su imagen colonial durante el protectorado español en Marruecos» (Madrid, 2002), los estudios relativos al derecho islámico fueron escritos fundamentalmente por militares durante el protectorado español.


Este esfuerzo de Carlos Quirós por hacer asequible todo cuanto tuviera relación con las leyes marroquíes responde a que las citadas leyes se encontraban dispersas entre el Corán, la «sunna» (o vida del profeta transmitida por la tradición, es la «fons vítae» de la ley islámica o «sharia», su núcleo generador), el «Digesto» de Jalil y la enseñanza oral que transmitían los maestros de la Universidad de Fez. Al igual que los franceses, los españoles intentaron conformar un código o digesto que contuviera todo el derecho musulmán aplicable, por el que pudieran guiarse cuando tuvieran que intervenir para juzgar las causas marroquíes. Parece que se encontró en el «Mujtasar» de Jalil. Se sabía que Carlos Quirós -a la sazón, profesor de Árabe Literal y de Derecho Musulmán en el Centro de Estudios Marroquíes de Tetuán- había comenzado a realizar esa traducción, pero -como había ocurrido con el «Tahafut-al-tahafut»- no pudo confirmarse hasta el momento en que se dio a conocer el legado en los ambientes académicos.


Aún hay cosas suyas por publicar, y todavía quedan trabajos inéditos por recuperar. El tiempo irá dándonos más detalles de su vida y obra. Que su legado vaya a quedar bajo la salvaguarda de la Universidad de Oviedo es una buena noticia para Asturias y para el arabismo español, y un orgullo para Pola de Siero, su villa natal.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook