21 de febrero de 2010
21.02.2010

Ernesto Winter: vida, inquietudes y muerte con el Orfanato Minero al fondo

El director desarrolló en la institución sus principios pedagógicos y sociales, recogidos en una guía teórica

16.02.2010 | 01:00

Puede que fuera Rilke quien dijo que la infancia es la patria de todos los hombres, y algo de razón tenía. El miércoles 7 de septiembre de 1983 brillaba el sol. Lo recuerdo porque era una de las primeras veces que salía de Moncóu. Aquel día de finales de verano estaba contento. Contaba 6 años y por primera vez iría al colegio. Lo malo era que para llegar hasta él había que soportar más de tres horas y media de autobús por la serpenteante e interminable ruta Cangas del Narcea-Oviedo. Me acompañaban mis padres y mi hermano Ramón, que ya llevaba en el Orfanato Minero un año y me había inoculado ciertas ganas de conocer aquel lugar. A cada rato preguntaba: «¿Falta mucho?»; «¡Uff! Sí, todavía falta bastante. Anda, duerme un poco». Y al minuto: «Ramón, ¿vamos a tirarnos hoy por el tobogán? Yo quiero montar en los columpios». «En cuanto lleguemos subimos al tobogán».


Por fin pasamos Trubia. Cuando ya se divisaba el Naranco, Ramón me advertía: «Mira, ¿ves aquel Cristo que hay en lo alto? Pues por las noches, cuando todo el mundo está durmiendo, él cierra los brazos»; «¡Anda ya! ¿Entonces de qué son esos brazos?»; «De piedra, pero él los cierra. Ya verás, un día te lo enseño. Yo conseguí verlo una vez desde el orfanato».


Apenas recuerdo la entrada a la ciudad, ni la estación, pero sí la subida a Fitoria y la primera impresión que me produjo el Orfanato: una ciudad cercada que discurría paralela a la carretera desde bastante abajo, muy cerca de las vías del tren. Tomamos el desayuno en el bar más cercano al recinto y entramos por uno de los portalones. Traspasamos el umbral y un mundo amplio y racional en el que había varios edificios comunicados por una pasarela y separados por enormes patios apareció de repente. Padres, hijos y gritos, ése era el ambiente. En la planta baja de uno de los cuatro edificios más altos, dispuestos como los cuatro extremos de un cuadrado, nos preguntaron los nombres, la edad, si escogíamos Religión o Ética y cosas así. Desde allí, cargados con las maletas, nos enviaron a los dormitorios. El número de cama que me asignaron era el 3-16, lo que quería decir que estaba en el piso tercero de uno de los edificios altos y ocupaba la cama número 16. Los dormitorios tenían cierta disposición conventual: en aquella planta tercera, enorme y diáfana, las camas estaban colocadas en cuatro hileras separadas por dos mamparas y entre las camas había mesitas mínimas.


Se marcharon mis padres y el mundo se me vino encima, Moncóu, una apartada aldea de montaña, me arrasó los ojos de lágrimas con una letanía de la memoria a la que acudían los nombres de cada animal y cada árbol. Vinieron la rigidez de los horarios y los timbres y el calvario de las clases. Levantarse, lavarse, desayunar, lavarse los dientes, ir a clase, recreo, vuelta a clase, comer, lavarse los dientes, recreo, vuelta a clase, merienda, actividades, ducha, recreo, cena, lavarse los dientes, escuchar un cuento, dormir. Todo aquello duró una década en la que fui adaptándome cada vez mejor al funcionamiento del internado.


Fue en el Orfanato donde oí por primera vez el nombre de Ernesto Winter Blanco. Lo pronunció Jorge Cifuentes, uno de los profesores, y lo hizo porque yo le pregunté quién era el Manuel Llaneza, cuyo nombre figuraba en una placa sobre el dintel de una puerta. Cifu me contó que Manuel Llaneza era el fundador del sindicato minero y que de él había partido la idea de poner en marcha una institución para cubrir las necesidades de los hijos huérfanos de los mineros. Luego me explicó que el primer director del Orfanato había sido Ernesto Winter Blanco, al que habían matado durante la guerra.


Salí del internado a finales de junio de 1993. Años después volví varias veces para contemplar el escenario de mi infancia vacío, yermo, sin niños por los patios. Me busqué por aquellos espacios de la infancia: el cine instalado en el pabellón de Santa Bárbara -que en tiempos de Winter fueran los talleres-, el campo de fútbol, el comedor, las escaleras que llevan a la iglesia -impuesta en los años sesenta-. Paseé en compañía de toda la melancolía del mundo. En mi última visita me impresionaron las transformaciones que ha sufrido el recinto y me fui de allí pensando que no estaría mal escribir algo acerca de la persona que hizo posible el lugar que protagonizó mi infancia y adolescencia, en el que pasé más horas que en ningún otro y en el que aprendí a tomarle el pulso a la vida reduciéndolo todo a la medida de la Ciudad Escolar. Los pabellones donde estaban los dormitorios han sido sustituidos por mamotretos reconvertidos en centro de día o algo por el estilo. Su agitada historia hizo al Orfanato ser hospital provincial tras la incautación que autorizó Antonio Aranda en octubre de 1937, así que de nada se extrañarán los muros originales que quedan, entre los que aprendí a soñar y a creer ingenuidades parecidas a las que había creído un tal Ernesto Winter Blanco, cosas como que la educación puede redimir a los hombres y cambiar el mundo.


Miguel Álvarez Areces recogió la biografía de Ernesto Winter Blanco en un libro con subtítulo sugerente: «Sólo la vida inquieta es vida». Winter Blanco nació en Gijón el 28 de mayo de 1873 y a los 8 años sus padres lo mandan a Francia para estudiar en el internado católico de Brive (Corrèze). Vuelve a España con 14 años y tiempo después comienza a estudiar arquitectura en Madrid, donde por medio de su cuñado -Fernando García Arenal- entra en contacto con la Institución Libre de Enseñanza y se hace entusiasta seguidor de los métodos utilizados por Francisco Giner de los Ríos. Finalmente abandonará la arquitectura por los estudios de ingeniería de minas, que cursará en Bélgica. Para completar su formación viajará por Europa visitando exposiciones, investigando y asistiendo técnicamente a empresas. Estudia, preocupado por el sentimiento de alienación que provoca en los obreros, el fenómeno del taylorismo.


En 1910 se casa con Carlota Flesch, con la que tendrá tres hijos. Por los años de la Primera Guerra Mundial vive en Barcelona y dirige un servicio de becas para obreros pensionados en el extranjero dependiente de la Junta para Ampliación de Estudios. En 1922 dirige la mina Coto-Musel de Laviana y este mismo año publica «El movimiento industrial después de la guerra», un libro que tendrá cierta repercusión entre los ingenieros del momento. Realizado para la Junta de Ampliación de Estudios, en este trabajo habla de su experiencia personal como estudioso de diversas factorías de Italia, Francia e Inglaterra, pasando revista a la formación del personal técnico, la maquinaria y la organización de los talleres en estos países. A raíz de su contacto con elementos destacados de la ILE y su experiencia como monitor de obreros, Winter está cada vez más interesado por la pedagogía y en 1923 escribe su obra más importante: «Elogio de la inquietud». Este libro, publicado en Barcelona con prólogo de Fernando de los Ríos y reeditado en facsímil en 1993 con una introducción de Etelvino González López, comienza con unas palabras que nos acercan mucho el ideario de su autor:


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«Sólo la vida inquieta es vida. Sólo el vivir del esforzado es vivir. Con goces o con tormentos, con ventura o con desgracia, sólo la vida del apasionado es digna de ser vivida». Se trata, en definitiva, de una guía teórica para sacar lo mejor de uno mismo y aprender a extraerlo de los demás.


En 1929 comienza a fraguar la idea de un orfanato para hijos de mineros muertos en el trabajo o afectados de incapacidad. Manuel Llaneza y José de la Fuente habían soñado con ello desde casi quince años atrás. Etelvino González reconstruyó el nacimiento de la institución, en cuyo proceso se ve la tenacidad de Manuel Llaneza y la utilidad de la política de apaciguamiento llevada a cabo al frente del SOMA durante la dictadura de Primo de Rivera para allanar el camino y convertir el Orfanato en una realidad que Llaneza no llegó a ver terminada. Se aprueba en Consejo de Ministros de ese año 1929 la entrega de un real por tonelada de carbón explotado para emplearlo en obras sociales y también se crea la sociedad benéfica, sometida a la jurisdicción del ministerio bajo la dirección del director general de Minas y Combustibles. Para mayo de 1930 ya está formado el primer patronato: presidido por Rafael G. Ormaechea, cuenta entre los vocales de representación obrera con Manuel Llaneza y Belarmino Tomás y actúa como secretario Manuel Rico Avello.


Una vez constituida la sociedad benéfica y formado el patronato, los vocales comienzan a buscar los terrenos adecuados para la construcción, a elaborar un censo de posibles beneficiarios, a crear un sistema de primeras ayudas urgentes y a buscar un director para la institución. Y es aquí donde aparece Ernesto Winter Blanco, elegido por unanimidad para desempeñar el cargo de máxima responsabilidad en el Orfanato. A pesar de que para entonces Winter ya tiene una amplia experiencia pedagógica dentro de la Junta para Ampliación de Estudios, sabemos por El Orfanato Minero Asturiano, de María Jesús Gómez González, que quiere contrastar sus propias ideas sobre el proyecto que se le encomienda y sale de nuevo a Europa, esta vez a la Universidad de Trabajo de Charleroi.


Winter ve en la institución la posibilidad de llevar a la práctica todas sus ideas filosófico-pedagógicas. Ahora puede aplicar el ideario vertido años atrás en «Elogio de la inquietud», de modo que, en cuanto regresa de su viaje, traza las bases de una obra que se llevará a cabo en la falda del monte Naranco, entre Pando y Fitoria, en los terrenos conocidos como Quinta Clavería -por pertenecer al doctor Julián Clavería- y otras fincas colindantes -Caseta, Mateo y Grillín, Reguerina y de Rubiera y Ania-. La elección se ajusta perfectamente a los deseos tanto de Winter como de Llaneza, puesto que es un lugar en pleno campo pero a la vez muy cercano a la ciudad, con unas condiciones de salubridad inmejorables: sol y aire en abundancia.


Gana el concurso para la construcción del Orfanato la propuesta de los arquitectos Enrique R. Bustelo y Francisco Casariego, titulada «Igualdad, solución A». La importancia arquitectónica de lo que se llamó Ciudad Escolar -no concluida hasta 1934- queda patente en los estudios realizados por María Fernanda Fernández Gutiérrez y María Cruz Morales Saro, para quien el conjunto es uno de los más importantes de la arquitectura de vanguardia asturiana y el más importante construido durante la II República en nuestra región.


A partir de 1931, desde antes de producirse ingresos en la Ciudad Escolar, durante el período de construcción de los pabellones, están funcionando organizadas por Winter las colonias de vacaciones tanto en la montaña (Beberino, aldea de Pola de Gordón) como en la playa (Salinas). Figura destacada en las colonias de vacaciones es la de Horacio Fernández Inguanzo, quien dirigió la colonia de montaña hasta el inicio de la Guerra Civil. Como maestros del Orfanato también desempeñaron un papel importante José Riera, Bonnardeaux y José Barreiro.


La evolución de la institución desde 1934 hasta la Guerra Civil fue bastante convulsa, intrigante y azarosa. A punto de acabarse las obras de los edificios, la Revolución de Octubre de 1934 desestructuró el patronato. Los vocales mineros, perseguidos y en el exilio, fueron sustituidos por representantes del Sindicato Católico de Obreros Mineros de Asturias y, nos cuenta Etelvino González, durante 1935 «se organizó y resolvió el concurso que dio plaza a cinco maestros, dos médicos, dos enfermeras, un sacerdote-catequista y otro personal subalterno, amén de otorgar la subdirección a J[esús] Graña y la jefatura de disciplina a su esposa [Elisa Méndez Villanueva]. Entendieron los (?) fundadores que lo actuado era ilegal por cuanto ellos estaban en forzada ausencia y, elegidos diputados en febrero de 1936, exigieron deshacer cuanto se había tejido en el año 1935».


A todo esto asistía perplejo un Winter Blanco esencialmente preocupado por la escuela organizada como comunidad de sexos, por la higiene, la pureza de ambiente y el respeto a la conciencia individual en la institución, que para él debía mantenerse al margen de toda confesionalidad religiosa, pero respetando las creencias de cada cual, hasta el punto que el propio Winter, sin ser él creyente, acompañaba los domingos a los escolares a la iglesia de San Juan de Oviedo. Entre enero de 1932 y junio de 1936 se habían registrado 325 ingresos de internos, pero tras los acontecimientos de 1935 Winter está desmoralizado y atrapado. No puede obviar lo mucho que se ha hecho y tampoco puede digerir las nuevas medidas tomadas por el patronato. Winter defiende el carácter peculiar y autónomo del Orfanato frente a la Administración y se encuentra con problemas. Durante el año 1936 presenta su dimisión sin éxito, hasta que ese verano el patronato acepta sustituirlo por Eleuterio Quintanilla, pero mientras espera la incorporación de su sustituto estalla la guerra.


Según nos cuenta Miguel Álvarez Areces, en uno de los rutinarios viajes a Oviedo para aprovisionarse de comida y ropa para los niños, Winter Blanco es detenido y llevado a la cárcel. Avisados sus hijos consiguen hablar con los militares y sacarlo, pero hay algo de premonitorio en esta detención, porque días después recibe un formulario oficial con diferentes preguntas y lo convocan ante el coronel Antonio Aranda. Parece que salió optimista de la entrevista, pero lo que vino después no da razones para que lo estuviera. La noche del 6 de noviembre de 1936, un grupo de militares del bando sublevado y de falangistas uniformados irrumpen en el recinto del Orfanato y sacan de la cama a Winter, que dormía en uno de los pabellones cuidando de los niños internados. El hijo mayor, Ernesto, al oír el escándalo sale para acompañar a su padre. El resto de la familia se queda dentro. Luego unos disparos en la noche y tras ellos un ceniciento silencio, el silencio de la muerte. La noche de San Ernesto de 1936 se roció en la sangre de un padre y un hijo cuyo único delito había sido aspirar a un mundo más justo, un mundo que sólo se alcanzaría proporcionando educación a la totalidad de los hombres. No casaban con los bárbaros tiempos esas ideas y muy pronto se vio que a partir de entonces cada uno debía estar en su casa y Dios en la de todos. Antes del alba, un rocío trémulo descubrió tirados al lado de la vía del tren los cuerpos de Ernesto Winter Blanco y su primogénito.

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