07 de marzo de 2010
07.03.2010
la semblanza del poeta 

Una visión asturiana de Antonio Machado

El escritor y pedagogo Luis Álvarez Santullano conoció de cerca al poeta y le ayudó en sus últimos días

02.03.2010 | 01:00
De izquierda a derecha, Antonio Machado, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala.

El escritor y pedagogo asturiano Luis Álvarez Santullano (Oviedo, 1879-México, 1951) conoció de cerca a Antonio Machado, de quien elaboró una semblanza y a quien ayudó en sus últimos días, en las duras condiciones del exilio. José Machado, hermano del poeta, incorporó esa visión de Álvarez Santullano a su libro «Últimas soledades del poeta Antonio Machado». La breve biografía se reproduce íntegra en estas páginas.

El Poeta

Esta es una leve estampa de Valencia, durante la guerra, el poeta habita, fuera de la ciudad, una hermosa casa entre los naranjos del pueblecillo de Rocafort.

Vive allí algo patriarcalmente, pues le rodean las familias de dos hermanos suyos y otros parientes menores. Sobre todo, tiene la dulce compañía de su madre, ya muy anciana, vacilante en ideas y palabras, pero aún muy señora de la cortesía y del ademán.

El poeta trabaja mucho, en verso y en prosa, la jugosa e intencionada prosa de Juan de Mairena. Los entusiastas voceros de la propaganda bélica, las revistas, los actos públicos aquí y allá solicitan de él cuartillas y más cuartillas incesantemente. El poeta no sabe de excusas, ni menos de negativas egoístas y así no da paz a la pluma en medio de la dura guerra.

Sus horas escogidas para la tarea son las del silencio de la noche, como en Madrid, como en Soria, como en Baeza, como en Segovia, como en todos los lugares de su errante vida de profesor. Terminada la cena, levantados los manteles, el poeta dispone su tintero y sus cuartillas en la misma mesa del yantar. El espíritu se acomoda ahora a la mesa de la refección, que no se desnuda de su función normal, pues manos femeninas disponen sobre ella una previsión de café para la velada.

Café y tabaco. El poeta necesita ese doble estímulo para su inspiración, ya en soledad. La casa apaga sus luces y sus menores ruidos. El reloj, metódico, indiferente va marcando sus horas, lentas para el desvelado, ligeras para el trabajador, las diez, las once, las doce... y sucesivamente, puntualmente, las tres, las cuatro, las cinco... La luz del alba -luminosa luz del Mediterráneo- comienza a traspasar los ventanales. El poeta gusta el último sorbo de café, ya frío, y ordena al lado de la taza las cuartillas de letra menuda y desigual, rebelde a la lectura. Allí está su labor de la noche, la que ha salvado la rigurosa autocrítica; pues la otra labor desechada, rasada o en rebujos, llena el cesto de mimbres, allí próximo, paciente testigo de la exigencia del escritor, Juan de Mairena lo había dicho: «Ríete del poeta que nos borra»...

Ahora el poeta sube la empinada escalera que lleva a la torre de la casa, para recrearse en la primera luz que ya alegra el horizonte del mar. El poeta admira la solemne y bella serenidad de la naturaleza y sueña con un mundo mejor, donde los hombres sean hermanos; mas acaso un avión enemigo, viniendo de la costa balear, detiene su dulce ensoñación y abruma en tristeza la noble frente.

El poeta dice su adiós a la mañana y busca reposo, mientras la casa empieza a despertar. Pronto su hermano José tomará las cuartillas de la vigilia para gozar, antes que nadie, en su lectura con fraternal devoción y trasladarlas a la letra más legible.

El Profesor

Todo el mundo no sabe que Antonio Machado era -después de altísimo poeta- modesto profesor de Francés en la segunda enseñanza española. Modestia no rima con incompetencia, pues el maestro sabía muy bien su «asignatura», que había aprendido en la misma tierra de Francia. Hombre sin pretensiones vulgares -por tener aspiraciones elevadas en lo espiritual- se había acogido a una humilde cátedra de instituto para vivir al día o al mes -tanto da- sin otra mayor apetencia económica. Nos lo cuenta él bellamente:

«Heme aquí ya, profesor
de lenguas vivas (ayer
maestro de gay-saber,
aprendiz de ruiseñor)
en un pueblo húmedo y frío
destartalado y sombrío
entre andaluz y manchego».

Este pueblo era Baeza. Machado, profesor de instituto, se acomoda gustosa y resignadamente a la conocida vida provinciana. De sus clases, lee filosofía:

Enrique Bergson: «Los datos
inmediatos
de la conciencia». ¿Esto es
otro embeleco francés?
Este Bergson es un tuno;
¿verdad, maestro Unamuno?

Pasea:
«Mi paraguas, mi sombrero,
mi gabán... El aguacero
amaina. Vámonos, pues».

Frecuenta las tertulias:
«Es de noche. Se platica
al fondo de la botica».

Y así van sucediéndose las horas del poeta-profesor:
«Tic-tic, tic-tic... Ya pasó
un día como otro día,
dice la monotonía
del reló».

Así transcurren los años que siguen a los de Baeza, en Soria, en Segovia, en Madrid, cambios de postura académica en una existencia igual y sencilla, donde sólo hay la variedad de las andanzas incómodas de una a otra ciudad provinciana, andanzas que el poeta lleva a la categoría de turismo barato:

«Yo para todo viaje
-siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera-
voy ligero de equipaje».

También viajaban así entonces Giner y Galdós; aquél llevado de su espíritu franciscano, éste para acercarse más al pueblo y penetrar mejor en su España.

Antonio pierde en Soria a la dulce compañera de su vida.

«Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar».

El poeta eleva su queja a lo más alto con un lamento de profunda y amarga angustia, luego humilla la cabeza y se acoge al amparo de la dulce soledad.


El profesor, trasladándose al Instituto de Segovia. Inviernos terribles, cruelísimos, con mucha nieve, muchos hielos y la pobre calefacción de un brasero de herraje. Ya la República española crecía en su ingenua niñez, arropada por el calor popular, y todavía el querido poeta continuaba sufriendo, enfreno, los rigores del clima segoviano. Mi admiración a Machado ayudó a obtenerle del Ministerio de Instrucción Pública algún alivio en aquella situación, mediante licencias mensuales dejando siempre la enseñanza atendida. Después la justicia de la República y los méritos del profesor-poeta facilitaron su traslado al Instituto Calderón de la Barca, en Madrid. Allí mi hijo menor alcanzó la fortuna de tenerle como maestro: maestro sencillo y generoso de sugestiones y adoctrinamientos, además de la tarea obligada.

En su alabada y magnífica creación «Juan de Mairena» el profesor acertó a dejarnos, como quien no dice nada, certeras ideas sobre la grandeza y servidumbre del arte de enseñar y donosas anécdotas, animadas por el mejor espíritu pedagógico. Recordemos aquella de los exámenes, que Machado sabía odiar todo cuanto pide el daño que hacen a la buena formación de la juventud.

«Mairena era como un examinador extremadamente benévolo. Suspendía a muy pocos alumnos y siempre tras exámenes brevísimos. Por ejemplo:

-¿Sabe usted algo de los griegos?

-Los griegos... los griegos eran unos bárbaros.

-Vaya usted bendito de Dios.

-¿...?

-Que puede usted retirarse.

Era Mairena -no obstante su apariencia seráfica- hombre en el fondo de malas pulgas. A veces recibió la visita airada de algún padre de familia que se quejaba no del suspenso adjudicado a su hijo, sino de la poca seriedad del examen. La escena violenta, aunque también rápida, era inevitable.

-¿Le basta a usted ver a un niño para suspenderlo? -decía el visitante abriendo los brazos con ademán irónico de asombro admirativo-. Mairena contestaba, rojo de cólera y golpeando el suelo con el bastón:

-¡Me basta ver a su padre!

Pero ninguna anécdota más rebosante de gracia andaluza y humor castellano -prócermente unidos en el espíritu de Machado- y también de aguda intención filosófica que aquella deliciosa estampa del oyente:

El oyente de la clase de retórica, en quien Mairena sospechaba un futuro taquígrafo del Congreso, era en verdad un oyente, todo un oyente que no siempre tomaba notas, pero que siempre escuchaba con atención, ceñuda unas veces, otras sonriente. Mairena lo miraba con simpatía no exenta de respeto, y nunca se atrevió a preguntarle. Sólo una vez, después de interrogar a varios alumnos sin obtener respuesta satisfactoria, señaló hacia él con el dedo índice, mientras pretendía en vano recordar su nombre:

-Usted...

-Joaquín García, oyente.

-Ah, usted perdone.

-De nada.

Mairena tuvo que atajar severamente la algazara burlona que este breve diálogo promovió entre los alumnos de la clase.

-No hay motivo de risa, amigos míos, de burla, mucho menos. Lo cierto que yo no distingo entre alumnos oficiales y libres, matriculados y no matriculados; cierto es también que en esta clase, sin tarima para el profesor ni cátedra propiamente dicha (Mairena no solía sentarse o lo hacía sobre la mesa), todos dialogamos a la manera socrática, que muchas veces charlamos como buenos amigos y hasta alguna vez discutimos acaloradamente. Todo esto está muy bien. Conviene, sin embargo, que alguien escuche. Continúe usted, señor García, cultivando esa especialidad.

El periodista

Me creo parcialmente responsable -ello sin arrepentimiento- de la colaboración de Antonio Machado en la prensa de Madrid durante los últimos años de su vida.

Cierto día, la dirección de «El Sol», el periódico español entonces más leído, me dio el encargo de buscar algunos colaboradores. No puede tener duda alguna, y desde la semana siguiente Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez publicaban sendos artículos dominicales en la hoja madrileña. Así contribuí ya a distraer de sus renglones cortos a los grandes poetas; bien que los renglones largos de su prosa eran también poesía. Bella prosa de estilo diferente, pues diferentes eran los dos altísimos escritores..., incluso en la relación con la letra impresa.

Juan Ramón concedía esencial importancia al sitio donde había de aparecer su artículo: no en la plana primera, pues lo estimaba ostentoso; ni en la última, porque hubiera significado menos precio; no muy abajo en la página, para que no pasara inadvertido; ni muy arriba, pues diríase que se empinaba y huía por la claraboya. No debía tener cerca anuncios de cosas vulgares, ni otros artículos que desentonasen por su contenido o vocabulario. «¿Ha visto usted?» (me telefoneó alguna vez indignado Juan Ramón). No niego que ese artículo es interesante, pero la palabra "barriga", en que el autor se recrea al parecer... ¡intolerable, Santullano! ¡Intolerable!»

Machado tenía otra debilidad: ¡las erratas! Las erratas que para algunos lectores son la sal y salsa de la prensa diaria. Pero no lo eran para nuestro poeta, y así padecía mucho, mucho, cuando una letra o una sílaba trastocadas alteraban el suave ritmo del período; sobre todo, cuando el terremoto de unas líneas en el ajuste dificultaba la lectura o aparentaba un sentido absurdo. Pero Machado era tan bueno y paciente que no protestaba como Juan Ramón, sino que daba a su hermano José el encargo de visitarme para ver si sería posible evitar los desmanes otra vez de la linotipia.

El amigo

Antonio Machado era todo él cordialidad afectuosa y señorial, de esa que no se manifiesta con familiaridad de gestos, abrazos y golpecitos en la espalda -modo de políticos-, sino a la manera de los caballeros españoles, que los artistas acertaron a representar mediante el ademán sobrio, acogedor, afable.

La afectuosidad del poeta tenía expresión acendrada en el hogar, en la relación con los suyos. Entrañable y delicada amistad, poco frecuente en ese grado, la de los tres hermanos, Manuel, Antonio y José, ordenados así en razón de edad. Todas las tardes, en la proximidad del oscurecer, fuese invierno o verano, reuníanse los tres hermanos en un café madrileño y con ellos dos o tres amigos, el actor Ricardo Calvo, inexcusablemente. Era la peña de los Machado, los dos poetas y el pintor, a la que poco a poco se incorporaban amigos y admiradores de Antonio, sobre todo, aun siendo Manuel también un eximio poeta y, si se quiere, más popular, por lo mismo que su musa era -y es- más gitana y amiga de la calle.

Antonio gustaba de la intimidad y, en esas horas de recreo, de diálogo cordial, prefería la compañía de los suyos y de las personas que merecían su estimación. De ahí que la tertulia de los Machado fuese inestable e itinerante dentro de la ciudad, esto para evitar el crecimiento excesivo del grupo, según acontecía, una y otra vez, y dar esquinazo a los tertulianos demasiado locuaces, que el poeta no soportaba, ni como espectáculo, más allá de un par de tardes. Entonces venía el trasladarse a otro café distante y el participar el cambio secretamente a los amigos. Aunque más tareas no me consentían la asistencia regular a la tertulia de Antonio no dejaba de recibir cariñosamente los avisos de estas divertidas trashumancias.

Personalmente recibí la prueba más clara de la amistad de Antonio en la ocasión de tomarse en Madrid la comisión encargada de secundar la iniciativa sevillana para dedicar una fuente a los dos poetas -Manuel y Antonio-, en el hermoso parque María Luisa, donde los hermanos Bécquer y los hermanos Álvarez Quintero tenían ya sus glorietas conmemorativas. El pintor y arquitecto -jardinero Winthuysen- recibió el encargo de proyectar la florida fontana, y los Machado fueron avisados de designar, respectivamente, a un amigo suyo que los representara en la comisión, a fin de que la cosa se hiciese conforme al gusto de los poetas. Manuel dio su delegación al escritor Pepe Tudela; Antonio me distinguió cariñosamente con la suya... El levantamiento militar y la guerra hubieron de suspender el proyecto, que hemos de llevar algún día a cumplida realización.

*****

Por aquel tiempo yo veía mucho a Antonio, pues coincidíamos en las reuniones del Patronato de Misiones Pedagógicas, que presidía el querido maestro Cossío. Al aceptar el Ministerio de Instrucción Pública mis sugestiones en relación con este organismo, dio también el beneplácito a mi propuesta de las personas que habían de respaldar la obra en servicio del pueblo. Por vez primera reuníanse en España a colaborar desinteresadamente en una empresa de cultura poetas, músicos, educadores, médicos y gentes bien puestas de la vida. Antonio Machado fue hasta la ahora última uno de los vocales más asiduos del Patronato y hablando allí poco decía siempre la palabra justa y orientadora.

En aquella nuestra labor había una actividad que interesaba principalmente a Machado: el teatro ambulante o «Teatro del Pueblo», según le habíamos denominado, camarada rural de «La Barraca», de García Lorca, con la que manteníamos buena relación, pues eran los mismos nuestros objetivos: elevar por medio del arte, el tono cultural de los humildes, de la vida española. En sus excursiones dominicales y de vacaciones llevábamos a los pueblos españoles la alegría comunicativa de los estudiantes-actores, intérpretes excelentes de un repertorio de obras clásicas y de bellos romances y canciones. A propuesta de Machado, fue confiada la dirección de la actividad teatral de las Misiones a Ricardito Marquina, hermano del poeta de igual nombre, y cuando aquél hubo de dejar el puesto, Antonio Machado hizo suya la designación que yo presenté al Patronato a favor de Alejandro Casona, director de nuestro «Teatro del Pueblo» hasta que la guerra lo desbarató todo.

Machado acudía a las reuniones del Patronato -allá en los rigores del invierno madrileño- bien enfundado en su famoso gabán, un gabán que pesaba mucho y abrigaba poco, con algunas otras particularidades reseñadas malintencionadamente por el donoso Juan de Mairena, su propietario y paciente. «La especialidad de este abrigo», decía Mairena a sus alumnos, «consiste en que cuando alguna vez se le cepilla para quitarle el polvo, le sale más polvo del que se le quita, ya porque sea su paño naturalmente ávido de materias terrosas y las haya absorbido en demasía, ya porque éstas se encuentran originalmente complicadas con el tejido. Acaso también porque no sea yo ningún maestro en el manejo del cepillo. Con este gabán que uso y padezco, alegorizo yo algo de lo que llamamos cultura, que a muchos pesa más que abriga...».

Machado no tenía la menor soltura a la hora de ponerse su rígido y compacto abrigo, y así era graciosa tarea la que los amigos nos dábamos para ayudarle a meterse las mangas y tirarle de aquí y de allá hasta acomodarse al cuerpo, nunca cumplidamente, pues la oposición de la prensa, que no prendía, era la de una tabla rebelde a la flexibilidad. Antonio se sometía sonriente a la operación, no sin decir entre dientes: «Este maldito gabán... No hay quien le pliegue a razones».

Sus maestros

Hemos aludido al maestro Cossío. Por cariño a él, principalmente, consistió Machado en someterse al deber, enojoso para un poeta, de asistir puntualmente a reuniones pedagógicas y de participar en trabajos varios. Machado fue, según indicábamos, exactísimo cumplidor de la voluntaria y gratuita obligación hasta la postrera reunión con nuestro amado presidente, celebrada en el campesino lugar de la Sierra de Guadarrama. Allí iba despidiéndose Cossío serenamente de la vida que había de rendir dos días después de aquella tarde en que rodeábamos devotamente su blanco lecho, en la terraza de la casita veraniega -Antonio, Ángel Llorca, otro maestro excepcional-, florecida en primavera de jaras, tomillos, cantuesos, limitada en la fuerte lejanía por la montaña de Abanto, a cuyo regazo se acoge la masa severa y gris del Escorial. A la semana siguiente Machado escribía:

«Era mucha la belleza espiritual del gran español que hoy nos abandona para que podamos encerrar su figura en las corrientes epopeyas de la españolidad. Tampoco nos quedan buenos retratos suyos... Lo más parecido a su retrato es la figura velazqueña del marqués de Espinola recogiendo las llaves de una ciudad vencida. Porque allí se pinta un general que parece haber triunfado por el espíritu, por la inteligencia; que sabe muy bien cómo la batalla ganada pudo perderse, y que hubiera sabido perderla con la misma elegancia».

Así también con palabras análogas de comprensión y belleza supo Machado despedir a otro de sus grandes maestros de la Institución Libre de Enseñanza, don Francisco Giner de los Ríos, en una hermosa composición que, por el arte peregrino del poeta, convierte en sano estímulo la alegría:

«Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.

¿Murió?... Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanza.

Sed buenos y no más sed, lo que he sido
entre nosotros: alma.
Vivid, la vida que sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
llevan quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad: enmudeced, campanas!».

Su muerte

También Antonio Machado supo laborar hasta la hora última, pues rendido de fatiga espiritual y corporal llegó al pueblecito francés de Collioure, en los Bajos Pirineos, brutalmente arrojado por la galerna de nuestra guerra. Otro fin de semana -como aquel de Guadarrama, con el señor Cossío- Antonio dictaba a su hermano José una carta para mí -la última carta del poeta- desde su lecho de casi agonizante, diciéndome engañosamente que su salud iba en alza y que esperaba verme pronto en París, donde yo accidentalmente vivía. Esto decía la letra de la carta, pero los trazos de la firma vacilantes en temblorosa huida declaraban que la existencia del poeta se escapaba al más allá...

Así murió el poeta, en destierro del éxodo amargo, acaso obediente al lejano y sereno presentimiento:

«Y cuando llegue el día del último viaje

y éste al partir la nave que nunca ha de tornar

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar».

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