09 de marzo de 2010
09.03.2010

Caballero Bonald, episodios asturianos

El escritor recoge en «La novela de la memoria», el tercer tomo de sus recuerdos, sus incursiones en la noche de Oviedo y su trabajo para la editorial gijonesa Júcar

09.03.2010 | 01:00
Ángel González y Emilio Alarcos, con los que Caballero Bonald compartió incursiones nocturnas en Oviedo.

Las memorias del escritor jerezano J. M. Caballero Bonald van ya por la tercera entrega. El libro acaba de llegar a los lectores, editado por Seix Barral, y su título es, justamente, «La novela de la memoria». En él se cuentan algunos episodios asturianos, vivencias del autor con algunos ilustres hombre de letras asturianos, como Ángel González, Emilio Alarcos Llorach, Carlos Bousoño, Mariano Antolín Rato o Juan Cueto. En estas páginas se reproduce el relato de las «descubiertas nocturnas» del autor en Oviedo y su trabajo para la editorial gijonesa Júcar.

...«Después de ese verano almeriense, Ángel González y yo emprendimos una expedición a Asturias, uno de aquellos viajes laboriosos, interminables, que hacíamos a Oviedo desde Madrid, preferentemente en coche, lo que venía a suponer, amén de un serio trastorno físico, una temeridad. Siempre nos vanagloriábamos de haber batido un récord al revés: tardábamos en llegar más que cualquier otro viajero. Pero llegábamos en condiciones bastante aceptables. En aquella ocasión nos acompañaba Carlos Bousoño, aunque sólo hasta Oviedo, pues Ángel y yo cumplíamos la doble función de excursionistas por la costa -Lastres, Tazones, Gijón, Salinas- y lectores de poesía en la facultad de la que era entonces decano Emilio Alarcos Llorach. Me acuerdo muy bien de unas larguísimas sobremesas en el restaurante Conrado y de unas más largas descubiertas nocturnas que acababan en matutinas. La verdad es que Alarcos, que era cuatro o cinco años mayor que nosotros, no lo parecía en absoluto. Quizá lo que más me atrajo de él desde un primer momento fue la infrecuente y admirable alianza que siempre supo promover entre la sabiduría y el humor. Aquí un libro, aquí una amistad. Sus conferencias, sus textos críticos, sus tratados lingüísticos, disponen todos de una sugestión adicional: junto a la solvencia científica surge de pronto como el deseo de aligerar la aridez de la materia con la amenidad expositiva, incluso con un gracejo de muy castizos atavíos retóricos.

Mis primeras noticias de la obra de Alarcos como lingüista, como filólogo, como introductor del estructuralismo en España, se reducían entonces a que había inaugurado un curso académico en Oviedo con una lección sobre la poesía de Blas de Otero, publicada luego por Anaya (1966). El simple hecho de que Alarcos eligiera la obra de Otero para ese discurso inaugural me pareció un buen ejemplo de independencia y perspicacia. Corrían tiempos, ya se sabe, inflexiblemente controlados por la hostilidad censoria y las coacciones doctrinales y era muy difícil sortear con cualquier desobediencia las ordenanzas al uso. Y con mayor razón si cabe en el ámbito universitario. El libro sobre Blas de Otero fue para mí una excelente guía de penetración en la poesía del autor de «Pido la paz y la palabra», pero también un muy preciso modelo de honradez intelectual. Por primera vez me acerqué a un estudio basado en los procedimientos lingüísticos para caracterizar la obra de un poeta, lo cual definía también una manera innovadora de enfrentarse al análisis de un texto. A lo mejor es que ya daba por seguro que, en poesía, el procedimiento lo es todo o la poesía no es nada.

Aquella vez en Oviedo todo se ajustó a un programa de actos más bien vertiginoso que preludiaba lo que ocurrió en otros viajes sucesivos. Los consumos etílicos de larga duración, quiero decir los que no concuerdan con mis hábitos de bebedor vespertino, suelen alterarme bastante y casi nunca con desenlaces predecibles. Recuerdo una comida magnífica con Juan Cueto en una taberna marinera de Tazones, un almuerzo digno de la mesa de Lúculo en una venta caminera próxima a Gijón y sobre todo un itinerario de figones en Lastres. Ya estaba cayendo la noche en este empinado pueblo, y Ángel y yo nos apostamos en una esquina aguardando que pasara una procesión: dos hileras de mujeres enlutadas y entonando cánticos. Se conoce que el espectáculo de unos forasteros barbudos y con cara de pecadores, vagamente identificables con la imagen duplicada de Satanás, se contradecía con el recogimiento de aquella ceremonia religiosa. Lo supimos porque a medida que las mujeres se iban acercando hasta donde estábamos, interrumpían la salmodia y miraban a otro lado en señal de reprobación. No fuimos perseguidos por la Iglesia militante, pero sí nos negaron una última copa, ya tarde, en una taberna donde alentaba el fantasma de aquel energúmeno patriota llamado don Pelayo.

Cada noche tenía su afán. Por ejemplo, aquella vez en que Alarcos, Ángel y yo, después de haber cerrado el último bar, nos encontramos sin saber dónde ir ni qué beber. Se le ocurrió entonces a Alarcos una idea luminosa: en un cajón de la mesa de su despacho en la facultad guardaba una botella de whisky para imprevistos. Ningún imprevisto más perentorio que aquél, de modo que nos dirigimos a la vieja universidad en busca de tan preciada botella. La ciudad estaba vacía y la poca iluminación ponía en las fachadas una tonalidad imprecisa, unas sombras itinerantes que me sugirieron por vez primera la escénica clandestinidad de Vetusta. Al llegar al portón, Alarcos se buscó nerviosamente por todos los bolsillos y comprobó desolado que no llevaba encima las llaves. Hubo unos momentos de incertidumbre. El portón lucía más bien decrépito y, según pudimos comprobar, parecía bastante vulnerable. Alarcos nos pidió por señas que nos apartáramos y se situó en la acera de enfrente. Tomó desde allí carrerilla y se precipitó sobre el portón con mucha más potencia de la que hacía prever su enteca complexión. El cuerpo de Alarcos chocó leñosamente con la noble madera de la puerta del alma máter, pero ésta permaneció negándonos la entrada. Yo me ofrecí a ayudar a Alarcos, uniendo mi impulso al suyo, pero ya él volvía a lanzarse sobre el portón, el cual hizo un extraño mientras se abría una de las hojas con un estridente gemido de goznes. De modo que entramos, subimos a oscuras una escalera, atravesamos una galería y finalmente llegamos a un despacho. No sé si una vez en posesión de la botella, volvimos a salir o nos la bebimos allí mismo. En cualquier caso, hubiese resultado de lo más edificante la intervención de la policía ante un allanamiento de morada perpetrado por el decano de la morada.

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Alarcos podía comportarse así, antes -por supuesto- de que Josefina, su mujer, truncara de modo sañudo las naturales inclinaciones del profesor a los esparcimientos joviales. Ya había publicado por entonces algunos libros que marcaron la cumbre de los estudios lingüísticos en España: la Gramática estructural o la Fonología española. Pero procuraba que no se le notase. Si se refería ocasionalmente a esos libros (y aunque era consciente, creo yo, de su condición precursora), lo hacía como si fuesen obras de un señor al que conocía de pasada, pero con el que no quería tener mucho trato. La magistral Gramática de la Lengua Española que publicó en 1994 debe algo al entusiasmo -no me atrevo a decir a la vigilancia- de Josefina.

La última vez que estuvimos juntos fue poco antes de su muerte, en Sanlúcar de Barrameda, donde presidió el tribunal ante el que se defendía una tesis doctoral de José Juan Yborra sobre mi obra novelística. Yo le sugerí al director de la tesis -Alberto González Troyano- la composición de ese tribunal y él eligió el lugar en que debía celebrarse el acto: la espléndida bodega sanluqueña de Barbadillo. Nunca un ceremonial académico se había inscrito en un marco más inusitado, aunque en este caso también fuera el más idóneo. Me consta que Alarcos disfrutó lo suyo. Él sabía muy bien, conviene reiterarlo, que la erudición y el recreo pueden -incluso deben- simultanearse sin mayores estorbos.

En Oviedo he vivido algunas de las más gustosas noches de esos y otros subsiguientes tramos de mi historia personal. Se trata de un referente afectivo que en ningún caso se ha visto alterado por la mella del tiempo o la desmemoria de la edad. Siempre podía elegirse allí un seductor itinerario nocturno por la zona antigua de la ciudad, entre la catedral y el mercado, un poco al hilo de las remembranzas emocionantes de aquella secreta ciudad vislumbrada a través del catalejo que pone Clarín en manos del magistral don Fermín de Pas, contrastadas entonces con otras muy distintas andanzas amatorias y desenvolturas vitales. Tras la muerte de Emilio Alarcos, mis amigos asturianos de aquellos días son mis amigos actuales de cualquier parte: Paloma y Enrique Álvarez-Uría, Mariano Antolín Rato, Juan Cueto, Miguel Munárriz, Lola y Juan Benito Argüelles, Fernando Corujedo, Josefina Alarcos, Alicia Prada, Lola Mateos, amén de otros diversos inquilinos de la noche y espontáneos azotacalles».

«Empecé a trabajar por aquel entonces, no más de tres o cuatro horas matinales, en la editorial Júcar, una empresa de incipiente despegue familiar con sede en Gijón, planteada un poco a ojo y con intermitentes baches financieros, a la que me enrolé como director literario a propuesta de Ángel Pariente -también llamado Manuel Aragón-, autor de un excelente Diccionario temático del surrealismo (Alianza, 1996) y que representaba a la editorial en Madrid. Su dueño era un tal Silverio Cañada, librero y animador de proyectos varios, que había editado sendas enciclopedias por fascículos de Asturias y Galicia. Eso le otorgó cierto aparente desahogo económico, por lo que decidió ampliar el negocio y montar en Madrid una sucursal con pretensiones de entrar temerariamente en liza dentro de la industria editorial. Alquilaron una oficina menos que modesta, contrataron a un par de mecanógrafas recién salidas de alguna academia de la vecindad y convencieron a Mariano Antolín y luego a su mujer, María Calonge, para que hicieran las veces de subdirectores de algo o más bien de regidores de todo. Eso me agradó mucho y fue realmente lo que me hizo permanecer en un puesto que ni me ofrecía demasiadas compensaciones ni me resultaba particularmente halagüeño, sobre todo porque nunca llegué a entenderme con Cañada. Pero me tomé el trabajo en serio y, aparte de alentar las colecciones ya existentes -Los Poetas, Los Juglares, Biblioteca Júcar- o la de narrativa que dirigían Juan Cueto y Fernando Corujedo -Azanca-, puse en marcha otras dos: Crónica General de España y La Vela Latina. La primera estaba orientada a los estudios históricos y la segunda acogía preferentemente ensayos literarios, y creo que funcionaron bastante bien, dentro siempre de las no escasas irregularidades emanadas de la central gijonesa. Se canalizó así un catálogo de autores de lo más plural: Américo Castro, Caro Baroja, Lezama Lima, Bergamín, Ilya Ehrenburg, Juan Larrea, Llorenlf Villalonga, Sánchez Albornoz, Antonio Espina, Stanley Payne, Umbral, Nicos Kazantzakis ...

Por Júcar pasaban a menudo personajes de muy distinta condición, aunque los más frecuentes eran los inclasificables: especímenes de vagas afinidades con traductores espontáneos, noveles pretenciosos, diseñadores incomprendidos, proveedores de hachís y desocupados crónicos. María y Mariano Antolín solían encargarse de bandear a esas visitas con invariable efectividad. Era una pareja con mucho encanto y muy buenos modales, a la que he seguido queriendo desde entonces sin mella ninguna. Mariano, novelista, traductor del inglés y crítico de literaturas anglosajonas, cultivaba entonces una narrativa de indagación conceptual, alineada en cierta facción del underground apenas reconocida por las vanguardias últimas, rehecha con materiales de la contracultura y elementos alegóricos de un mundo agobiado de visiones futuristas y caóticas. De ahí pasó a una novela más explícita, más deliberadamente inserta en una trama de hechos cotidianos, nunca convencional, no exactamente vinculada a la tradición del realismo nuestro, sino adelantando nuevas e inteligentes conexiones con una mecánica expresiva que algo debía al movimiento beatnik, sobre todo a William Burroughs, y no sé si en otro sentido a Tom Wolfe.

Entre los asiduos a Júcar había una correctora de pruebas bastante singular, una hermosa lesbiana de grandes ojos violetas y pechos poderosos, Dora de nombre -aunque sin las uñas verdes de la Dora de Picasso-, cuya compañera tenía aire de muchachito recién emancipado de la tutela doméstica. La historia de sus amores no parecía muy creíble. Oí contar que Dora, que tenía a la sazón una papelería en Segovia y suministraba artículos de escritorio a un convento, contrajo un amor furibundo por una de las novicias que allí aguardaban para profesar. La enamorada exteriorizó de muchas maneras su pasión y, si bien la novicia parecía discretamente halagada, tampoco dejaba de mostrarse un tanto esquiva. Así que las cosas empezaron a derivar hacia la desesperación por parte de Dora, quien una tarde, sin encomendarse a Dios ni al diablo, puso por obra lo que ya había escrupulosamente planeado: irrumpió en el convento aprovechando la hora vespertina del refectorio y, provista como iba de todas las cegueras del amor, exigió de la comunidad que le fuese entregada de inmediato la novicia, pues a nadie más que a ella podía pertenecerle de por vida. Dicen que la novicia se levantó incluso con mansedumbre, la cabeza bajeando y el andar decidido, y se echó en los brazos de quien así la requería. No es una mala historia y merecía ser fidedigna.

Otra persona muy atractiva que conocí a través de María y Mariano Antolín, o quizá de Luis Antonio de Villena o de Gustavo Domínguez, fue Eduardo Haro Ibars. Vivía con Blanca Uría, pero a ella la traté muy poco. Me agradó ese muchacho venenoso y elegante, que había elegido andar por la cuerda floja de todas las iconoclastias y heterodoxias posibles, temerariamente adscrito a una insurrección general de la vida. Tengo la impresión de que lo había probado todo -droga, sexo, violencia-, no fuese a ocurrir que se quedase sin conocer precisamente aquello que llevara implícito el germen de la felicidad. Nunca aceptó las medias tintas ni los términos medios; una de dos: o la línea dura de la extrema izquierda o el sector angélico de las Hermanas de la Caridad. Sus excesos personales eran la demostración más explícita de su inveterada desobediencia. Fue un poeta guadiánico, irregular, perdido a sabiendas por los extrarradios de las bibliotecas al uso, atenazado por una anhelante necesidad de sumergirse en los fosos prohibidos de la poética de la destrucción. Su breve obra - «Pérdidas blancas», «El empalador»- tiene algo de alucinación especular de un personaje maldito o, en todo caso, nocturno, subversivo, marginal, decadente por momentos. Le gustaba internarse por las zonas de sombra de la experiencia y usaba por lo común una escritura que lindaba con cierto hermetismo surrealista o, mejor, con la indisciplina funcional del automatismo. Su muerte fue la que le correspondía: el último iracundo trayecto de su afán autodestructivo».

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