13 de abril de 2010
13.04.2010
40 Años
40 Años
Apuntes del natural

Sinfonía de primavera

El canto de los pájaros alcanza su plenitud con la entrada de la estación del celo
y la reproducción, que también condiciona sus costumbres y su conducta

13.04.2010 | 02:00
Una corneja negra, posada en un tronco desmochado.

Día 4 de abril. Ceceda, Nava (aunque el escenario podría ser cualquier lugar de la Asturias rural donde aún se conserven bosquetes, sebes, pastizales, pomaradas y tierras de labor alrededor de las casas). Seis y media de la mañana. Los gorgoritos de un malvís (apropiadamente denominado «zorzal cantor» en inglés) no esperan al clarear del día. Emite un amplio surtido de trinos y gorjeos intercalados sin una estructura melódica definida, entre los cuales se reconocen imitaciones de los silbidos del ñerbatu (que no tarda mucho más en arrancarse a cantar), de los «relinchos» del pito real o picaniellu y del matraqueo del carbonero común (estos dos, menos madrugadores). Algo más alejado, en el tejado de una casa, un estornino negro compite con el zorzal: comparte algunas de sus imitaciones (de nuevo, el socorrido «sonajero» del carbonero común) e, incluso, imita sus aflautados silbidos.

Ajeno al duelo, un colirrojo tizón, encaramado a una chimenea, deleita el oído con su agradable voz: un gorjeo rápido y musical, de melodía variada, rematado en un trino metálico «marca de la casa». Es uno de los cantores más constantes (se le oye todo el año) y más insistentes (puede estar más de una hora seguida); además muestra una amplia variación individual y cambia su repertorio en cada estación (este son alegra también los despertares urbanos: el colirrojo tizón es uno de los pájaros que mejor se han adaptado a la vida en las ciudades).

A medida que amanece, otras voces se incorporan al coro: el piar de los gorriones, que buscan su almuerzo, y los graznidos de las pegas y de un grupo de cornejas (15, al menos) que se reúnen en un árbol antes de dispersarse por los campos. También «maúlla» un busardo ratonero, la rapaz más numerosa en los ambientes de campiña atlántica.

Desayuno con vistas al jardín. Las voces cobran presencia. Gorriones cercanos; urracas y cornejas merodeadoras, y el busardo ratonero que sobrevuela a baja altura, al acecho de una presa descuidada. Del río llegan dos ánades azulones, de paso hacia un arroyo cercano. Y, desde el pueblo, se acerca un macho de golondrina común, que emite en vuelo su dulce gorjeo. Nuevos actores entre los arbustos y en el ramaje de los árboles: un macho de curruca capirotada, asociado coyunturalmente a un bando de gorriones; el «raitán» (siempre hay uno fijo en todas las casas de campo, y otros que rondan en invierno, cuando abundan más, por la llegada de aves europeas, y cuando el hambre aprieta), que baja al césped y mira inquisitivo, como curioseando a través de los cristales de las ventanas. Se oyen, además, el matraqueo de alarma del cericu, oculto en la sebe del cierre, y el canto delicado y virtuoso de un jilguero. Siguen entonando los zorzales (ahora son tres, al menos) y vuelve a oírse, esta vez en versión original, el soniquete del carbonero, que se alterna con la llamada más musical del herrerillo común. Son las diez. «Cu-cu», «cu-cu», marca la hora el cuco sin reloj, bien oculto (pese a la ausencia de hojas) en algún árbol del valle. «Ríe» una tórtola turca.

Un corto paseo junto a la casa, entre prados, alguna huerta y una pomarada. Llama un verderón común desde la copa de un manzano; un verderín lanza su estridente chorro de notas aupado en un castaño; se multiplican las voces de los pinzones vulgares, que vuelan de árbol en árbol; «relincha» un picaniellu; grazna un «glayu»; arrulla la torcaz.

Dan las once y, pese a las nubes, amenazantes, sigue aguantando sin llover. Ahora un paseo más largo, por un camino rural que baja hasta el lecho de un arroyo, con amplias praderías en la vega, y luego serpentea entre colinas bien arboladas con castaños, robles, avellanos... Sobre el horizonte, alternan las siluetas de busardos ratoneros y milanos negros (equiparados en el nombre popular de milán). A pie de camino, las sebes arbóreas y arbustivas (meras hileras, pero en muchos lugares ni siquiera queda eso: en su lugar deslindan vallas de alambre) bullen de pequeños pájaros, que se oyen más que se ven: chochines (qué potencia de voz para un ave tan diminuta), carboneros comunes y garrapinos y herrerillos (modestos cantores monocordes), currucas capirotadas (un rico gorjeo seguido de una serie de silbidos, que a ratos recuerda a los del mirlo), petirrojos, ñerbatos, pinzones y el primer mosquitero ibérico de la temporada, que emite su característico canto desde un pequeño manzano. También sale al encuentro una pareja de agateador común: uno de ellos se encarama al poste de una valla y trina; el otro trepa por un carbayo donde, seguramente, tiene su nido, y ya con pollos, pues lleva cebo en el pico. Los pitos reales marcan sonoramente su territorio. Y, en el arroyo, destellos amarillos en el agua calma: el vuelo de una pareja de lavandera cascadeña.

Es primavera.

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